
EEUU endurece su ofensiva sobre Irán y sacude el petróleo mientras Ormuz vuelve a convertirse en el punto más delicado del mapa global entero
Estados Unidos ha decidido pisar el acelerador de la guerra con Irán y hacerlo sin demasiados rodeos. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, anunció este martes desde el Pentágono que la jornada será la más intensa de toda la campaña: más cazas, más bombarderos y más ataques dentro del territorio iraní que en ningún otro día desde que empezó la ofensiva. La declaración no llegó sola. Hegseth la acompañó con otra idea que en Washington consideran decisiva: Irán ha disparado en las últimas 24 horas la menor cantidad de misiles desde el inicio del conflicto. En otras palabras, la Administración de Donald Trump interpreta que el desgaste militar iraní ya no es una hipótesis, sino un dato sobre el que se puede construir una nueva fase de presión máxima.
Ese anuncio cambia el tono, el ritmo y también el significado de la guerra. No se trata ya de una cadena de ataques para castigar, contener o enviar un aviso. Lo que describe el Pentágono se parece mucho más a una fase de aplastamiento operativo, una ofensiva diseñada para reducir todavía más la capacidad iraní de lanzar misiles, mover drones, sembrar minas en el mar o sostener una respuesta regional prolongada. El jefe del Estado Mayor Conjunto, Dan Caine, sostuvo en la misma comparecencia que Irán no ha resultado más formidable de lo que Washington esperaba y añadió un dato que explica por qué Estados Unidos cree haber ganado terreno: los ataques balísticos iraníes han caído un 90% desde el arranque de la campaña y los drones suicidas han bajado un 83%. La guerra entra así en su undécimo día con un mensaje clarísimo desde Washington: si Teherán parece más débil, este es el momento de golpear más fuerte.
El Pentágono eleva la apuesta
La frase de Hegseth tiene un peso específico enorme porque no es una exageración improvisada en un pasillo ni una filtración sin firma. Sale del Pentágono, con cámaras delante, y va acompañada de cifras, objetivos y una puesta en escena pensada para transmitir control militar. Caine precisó que Estados Unidos ha atacado ya más de 5.000 objetivos en los primeros diez días de campaña, entre ellos más de 50 barcos de la Marina iraní. También confirmó operaciones contra embarcaciones iraníes dedicadas a colocar minas y dejó caer que el Pentágono estudia distintas opciones si acaba recibiendo la misión de escoltar tráfico comercial por el estrecho de Ormuz, hoy convertido en el gran nervio de esta guerra. Esa combinación de aire, mar y presión sobre las rutas energéticas enseña la lógica del momento: Washington ya no solo quiere degradar capacidades, quiere dominar el tablero entero.
El cambio de intensidad no se explica solo por razones militares. También responde a una necesidad política muy estadounidense: convencer de que la operación avanza, de que no se ha embarrado y de que el adversario retrocede. Hegseth repitió que esta guerra no será interminable y subrayó que será Trump quien decida cuándo termina la campaña. Esa frase parece inocente, pero no lo es. Sirve para contener el miedo interno a otro conflicto abierto sin salida visible, una sombra que en Washington siempre aparece cuando Oriente Medio vuelve a llenarse de humo. Al mismo tiempo, el Pentágono intenta presentar la intensificación de los ataques como la antesala de una eventual resolución, no como el inicio de una espiral fuera de control. Es una línea argumental clásica: golpear más para acabar antes. Otra cosa es que el terreno obedezca siempre a ese libreto.
Qué persigue Washington con el golpe más duro
Sobre el papel, la estrategia estadounidense tiene varias capas, y todas apuntan al mismo corazón del problema. La primera es la más visible: reducir la capacidad iraní de atacar. Menos misiles, menos drones, menos plataformas navales, menos margen para hostigar a vecinos del Golfo o a bases estadounidenses en la región. La segunda capa es económica y geopolítica: impedir que Irán convierta el bloqueo energético en su mejor arma. Ormuz no es una nota al pie. Por ese paso angosto circula una parte gigantesca del petróleo y del gas licuado del mundo, así que cada mina, cada amenaza y cada petrolero detenido convierten un conflicto regional en un problema internacional. La tercera capa es simbólica, casi psicológica: instalar la percepción de que Teherán ha perdido la iniciativa y se ve obligado a responder cada vez con menos fuerza y menos precisión.
Washington sostiene que los números le dan la razón. Hegseth afirmó que el descenso de los lanzamientos iraníes es una prueba de degradación y Caine lo reforzó con ese recorte del 90% en misiles y del 83% en drones. Pero una guerra no se mide solo por la curva descendente de un gráfico. Un adversario más golpeado puede, precisamente por eso, buscar formas de respuesta más sucias, más indirectas y más difíciles de anticipar. Irán ya ha enseñado que no necesita replicar cada bombardeo con un espejo exacto. Puede presionar en el mar, desordenar rutas comerciales, castigar a socios regionales de Washington o esperar el momento para un golpe más selectivo. En esa ambigüedad se mueve ahora el conflicto: Estados Unidos presume de superioridad, pero al mismo tiempo sabe que una potencia herida puede seguir siendo muy dañina.
El mensaje doble de Trump
La Casa Blanca acompaña esta escalada militar con un discurso llamativamente contradictorio. Por un lado, Donald Trump amenaza con ir todavía más lejos si Irán bloquea el petróleo del Golfo. Por otro, desliza que la guerra podría terminar pronto. Reuters recogió este martes la caída del crudo después de que el presidente insistiera en que el conflicto parecía “muy completo” y que Washington iba muy por delante del plazo inicial que él mismo manejaba. A la vez, Trump ha dejado abierta la puerta a hablar con Irán si las condiciones le convienen. En una entrevista con Fox News, dijo que es posible que aceptara negociar y añadió que había oído que Teherán quería hablar “desesperadamente”. Es el viejo péndulo trumpista: amenaza máxima y rendija diplomática en la misma respiración.
Ese doble mensaje no es una rareza menor, sino una pieza central del momento político. Trump da por buenos los resultados de la ofensiva, asegura que han ido “mucho más allá de lo esperado” y, al mismo tiempo, mantiene una presión verbal constante sobre la nueva cúspide del régimen iraní. Ya no está Ali Khamenei, muerto en los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel del 28 de febrero, y en su lugar se ha consolidado Mojtaba Khamenei, a quien Trump ha atacado públicamente en los últimos días. Esa mezcla de victoria anticipada, amenaza económica, desgaste militar iraní y posibilidad de conversación dibuja un escenario inestable: Washington quiere que Teherán sienta que solo le quedan malas opciones, pero no renuncia a presentarse como quien todavía puede abrir la puerta de una salida pactada.
Irán dispara menos, pero conserva capacidad de daño
La gran cuestión no es si Irán lanza menos proyectiles, sino qué capacidad real conserva para complicar la guerra. La respuesta corta es que aún tiene margen. La reducción de los ataques no significa que el conflicto se haya enfriado; significa que ha cambiado de respiración. Reuters y AP coinciden en que la actividad iraní ha bajado respecto a los primeros días, pero también en que el país sigue golpeando, sigue presionando y sigue tratando de exportar el coste de la guerra a toda la región. Qatar, por ejemplo, ya ha reclamado reforzar su asociación defensiva con Estados Unidos después de los ataques iraníes sobre su territorio. El portavoz del Ministerio de Exteriores catarí, Majed Al Ansari, recordó que el país alberga Al Udeid, la mayor base estadounidense de Oriente Medio, y defendió que los acuerdos de seguridad con Washington y con socios europeos deben fortalecerse. Ese movimiento enseña algo elemental: la guerra no se limita al eje Washington-Teherán, sino que arrastra a todo el Golfo.
Por eso el argumento del Pentágono, aun siendo importante, no alcanza por sí solo para describir el momento. Irán puede perder potencia de fuego convencional y, aun así, mantener viva la amenaza mediante ataques selectivos, presión sobre el tráfico marítimo, hostigamiento indirecto o represalias sobre infraestructuras energéticas aliadas. La propia comparecencia de Caine dejó ver esa preocupación al confirmar ataques estadounidenses contra barcos iraníes colocadores de minas. No es un detalle técnico. Es una señal de que Washington cree que Teherán puede jugar la baza marítima con más intensidad a medida que se le estrecha el margen aéreo y misilístico. En guerras así, la ecuación nunca es lineal: menos misiles no equivale automáticamente a menos peligro. A veces significa exactamente lo contrario, una transición hacia formas de daño más difíciles de contener y más costosas para el comercio global.
A esa dimensión militar se suma ya una dimensión civil y humana dentro de Irán que no se puede apartar como si fuese un detalle lateral. La OMS advirtió este martes del riesgo sanitario derivado de la llamada “lluvia negra” que se está registrando tras los ataques a instalaciones petroleras y refinerías. El organismo ha respaldado la recomendación de las autoridades iraníes para que la población permanezca en interiores por los problemas respiratorios asociados a ese aire cargado de residuos aceitosos y sustancias ácidas. Teherán amaneció bajo una nube negra después del impacto sobre una refinería y las imágenes de líquido oscuro en las calles han amplificado la sensación de que la guerra ya no solo destruye objetivos militares: empieza a envenenar el entorno urbano. Ahí la palabra “desgaste” cambia por completo de registro.
Ormuz y el precio global de la guerra
Si la dimensión militar se ve en los radares, la dimensión económica se nota en el precio del barril. El estrecho de Ormuz se ha convertido de facto en una arteria bloqueada. Reuters informó de que los petroleros llevan más de una semana sin navegar con normalidad por ese paso, mientras productores y comerciantes calculan el golpe con una mezcla de nerviosismo y resignación. En ese contexto, el crudo se disparó el lunes por encima de los 119 dólares, su nivel más alto en casi cuatro años, antes de corregirse con fuerza este martes después de las declaraciones de Trump sobre una posible desescalada. Aun con esa caída, el susto no ha desaparecido. El Brent llegó a bajar a 91,81 dólares y el WTI a 88,51, pero el mercado sigue leyendo la guerra como una amenaza directa sobre el suministro y sobre la estabilidad de los flujos energéticos mundiales.
No es una discusión abstracta de operadores financieros. Saudi Aramco advirtió este martes de consecuencias “catastróficas” para el mercado mundial del petróleo si el bloqueo de Ormuz se prolonga, y JPMorgan calculó que podrían perderse hasta 12 millones de barriles diarios en dos semanas si no se garantiza un paso seguro. A eso se añade otro golpe concreto: la petrolera estatal de Abu Dabi, ADNOC, ha parado como medida de precaución su refinería de Ruwais tras un incendio originado en una instalación del complejo después de un ataque con drones. Cada una de esas piezas —petroleros detenidos, refinerías afectadas, seguros marítimos disparados, temor a escoltas armadas— multiplica el alcance real de la guerra. Lo que empieza como un parte militar termina sentándose en la mesa de ministros de Energía, en las cuentas de una naviera y en el precio final de los combustibles.
Europa entra en modo contención
Europa sigue esta escalada con una memoria muy concreta: la crisis energética de 2022. No hace falta demasiada imaginación para entender el reflejo. El martes, los ministros de Energía del G7 y varios líderes de la Unión Europea activaron contactos para discutir cómo responder a la subida de precios y a la amenaza sobre el suministro. De momento no hay una decisión para liberar reservas estratégicas, aunque la fórmula está sobre la mesa y Japón ya ha mostrado su apoyo a un eventual movimiento coordinado. Roland Lescure, ministro francés, dejó claro que el objetivo es bajar el precio en el surtidor, pero también admitió que todavía no están en el punto de abrir los depósitos de emergencia. La sensación en Bruselas es de vigilancia constante, con bastante preocupación y poca poesía.
La inquietud europea no se reduce al combustible. Ursula von der Leyen recordó este martes que la UE importa más del 90% de su petróleo y alrededor del 80% de su gas, y utilizó la crisis para insistir en una idea que llevaba tiempo flotando: la dependencia de combustibles fósiles importados deja a Europa en una posición estructuralmente vulnerable. En paralelo, Antonio Costa resumió el malestar con una frase seca: por ahora, el gran beneficiado indirecto del caos energético ha sido Rusia, que ve cómo suben los precios y cómo parte de la atención occidental se desplaza de Ucrania. Reino Unido, mientras tanto, trabaja con sus aliados para estudiar fórmulas que sostengan la libertad de navegación en Ormuz. El portavoz de Keir Starmer explicó que Londres ya ha hablado con Friedrich Merz y con Giorgia Meloni para coordinar opciones. Traducción directa: Europa no controla esta guerra, pero ya se prepara para pagarla.
El coste político también empieza a subir en Washington. Un grupo de senadores demócratas, con Chris Murphy, Cory Booker, Tammy Duckworth, Adam Schiff, Tammy Baldwin y Tim Kaine entre los nombres más visibles, ha reclamado audiencias inmediatas sobre la guerra. Quieren sentar ante el Senado a Pete Hegseth y a Marco Rubio para que expliquen la duración prevista del conflicto, los objetivos concretos y el marco político de una intervención que Booker ya describió como la mayor implicación militar estadounidense desde Afganistán. Esa presión no detiene un bombardeo, claro, pero sí empieza a señalar una grieta posible: cuanto más crece la operación, más difícil resulta sostener la idea de que todo está perfectamente controlado y perfectamente encaminado.
La guerra entra en otra velocidad
Lo que deja este martes es una evidencia incómoda y muy material. Estados Unidos no está rebajando la guerra, la está empujando a una velocidad superior justo cuando cree haber identificado señales claras de agotamiento en el rival. Hegseth anuncia la jornada más dura; Caine presume de degradación operativa iraní; Trump amenaza, insinúa negociación y da por muy avanzada la campaña; Europa y el G7 activan el escudo energético; Qatar pide reforzar sus disuasiones; la OMS alerta por la lluvia negra sobre Teherán; Países Bajos, además, ha decidido trasladar temporalmente a su personal diplomático en Irán a Azerbaiyán por razones de seguridad. Son piezas distintas, pero todas encajan en la misma imagen: la guerra se ha hecho más ancha, no más simple.
Ese ensanchamiento del conflicto importa tanto como la cifra de bombarderos del día. El Pentágono quiere imponer la idea de que Irán está cediendo y de que este salto de intensidad puede rematar la faena. Pero la región ofrece otra lectura, más áspera, más realista: un enemigo debilitado aún puede incendiar Ormuz, golpear infraestructuras energéticas, alterar la seguridad del Golfo y contaminar el aire de su propia capital con humo tóxico. La guerra, en este punto, ya no solo se mide por los objetivos destruidos o por los misiles lanzados. Se mide por la capacidad de contagio de cada ataque, por el temblor que deja en los mercados, por el nervio de las cancillerías y por la facilidad con la que un paso marítimo de apenas unos kilómetros puede poner de rodillas media conversación económica del planeta. Este martes, con la mayor oleada de bombardeos anunciada por Washington, no ha quedado más cerca la normalidad. Ha quedado más cerca, en todo caso, una fase todavía más severa y más imprevisible del conflicto.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/pentagono-ofensiva-mas-dura-contra-iran/
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