
La ONU eleva a crimen contra la humanidad la deportación de niños ucranianos a Rusia y detalla un sistema masivo de traslados.
La ONU ha endurecido al máximo su acusación contra Rusia por el traslado forzoso de menores ucranianos y ya no lo sitúa solo en el terreno de los crímenes de guerra, donde llevaba tiempo encuadrado, sino también en el de los crímenes contra la humanidad. El salto es enorme. La comisión internacional independiente que investiga la invasión de Ucrania sostiene que hubo una práctica extensa, organizada y sostenida, con menores sacados de sus hogares o de zonas ocupadas y enviados a territorio ruso o a áreas bajo control de Moscú, en muchos casos con una lógica que no encajaba con una evacuación temporal sino con una reubicación prolongada. La imagen que deja el informe es dura, casi helada: niños separados de su entorno, familias sin información suficiente y un sistema administrativo montado para que el regreso no fuera ni rápido ni sencillo.
El dato central, el que sostiene todo el edificio de la acusación, es también el más contundente: la comisión ha documentado al menos 1.205 traslados o deportaciones de menores de entre 11 meses y 17 años. De ellos, alrededor del 80 % no habían regresado cuando se cerró la investigación. La mayor parte de esos casos se concentra en los primeros compases de la invasión a gran escala iniciada en febrero de 2022, cuando la ocupación rusa de partes de Donetsk, Lugansk, Jersón, Mikolaiv y Járkov permitió mover población civil en medio del caos bélico. La novedad no es solo la cifra, sino la conclusión jurídica: para la ONU, el patrón observado demuestra que no se trató de episodios aislados ni de un desorden de guerra, sino de una política aplicada de forma sistemática contra una población civil especialmente vulnerable.
El informe que cambia el marco del caso
La comisión, presidida por el jurista noruego Erik Mose, ya había afirmado en investigaciones anteriores que estos traslados constituían crímenes de guerra. Ahora da un paso más porque considera que el volumen de casos, la coordinación institucional y la permanencia de muchos menores fuera de Ucrania permiten hablar de crimen contra la humanidad, una categoría más grave y más amplia en derecho internacional. No es un simple matiz técnico. Cambia por completo el enfoque. Un crimen de guerra puede ser gravísimo y, aun así, describir un hecho concreto en el contexto de un conflicto. Un crimen contra la humanidad exige un patrón más amplio, un mecanismo repetido, una política de agresión contra civiles. Eso es exactamente lo que la ONU dice haber identificado.
El informe, que se presenta esta semana ante el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, apunta a una conclusión especialmente delicada: las autoridades rusas del más alto nivel, incluido el presidente Vladímir Putin, habrían coordinado las condiciones prácticas para ejecutar esos traslados y facilitar la estancia prolongada de los menores en Rusia. El texto también señala a las estructuras estatales y a organismos que dependen directamente del Kremlin. No habla de una cadena rota ni de decisiones tomadas sobre el terreno por mandos intermedios en mitad del fuego cruzado. Habla de algo mucho más estructurado, con sello político y recorrido burocrático. Ese es el punto donde el caso deja de parecer un abuso disperso y empieza a encajar en una maquinaria de Estado.
Los 1.205 niños que la ONU ha podido documentar
La cifra de 1.205 menores no pretende cerrar el balance real, sino fijar el mínimo comprobado con evidencias suficientemente robustas. Es decir, la comisión no sostiene que solo existieran esos casos, sino que ha podido reconstruir y verificar, con el estándar que exige una investigación internacional, al menos ese número. Dentro de ese bloque, 995 menores fueron trasladados por la fuerza desde las zonas ocupadas de Lugansk y Donetsk a territorio ruso poco después del arranque de la ofensiva a gran escala. La concentración territorial no es casual: el este de Ucrania fue uno de los primeros escenarios donde Rusia consolidó control militar y pudo poner en marcha redes de salida, traslado y posterior redistribución de menores.
La franja de edad de los afectados revela, además, la amplitud del fenómeno. Hay bebés de menos de un año y adolescentes de 17, lo que desmonta la idea de operaciones puntuales sobre un perfil concreto. La comisión describe un universo mucho más amplio, con niños procedentes de cinco oblasts ucranianos y enviados luego a una red extendida por la geografía rusa. No quedaron solo en regiones limítrofes o en espacios provisionales próximos a la frontera. Muchos terminaron en al menos 21 divisiones administrativas rusas, incluidas zonas muy alejadas de Ucrania como Murmansk, Yamalo-Nenets, Tiumén, Omsk o Novosibirsk. El mapa, visto así, impresiona: desde el Donbás hasta el Ártico o Siberia, miles de kilómetros y una dispersión que hacía aún más difícil rastrear a los menores y preparar su retorno. Cuanto más lejos iban, más espesa se volvía la separación.
De Donetsk y Lugansk a internados y familias rusas
La comisión sostiene que la mayoría de los menores fueron dados en adopción o ingresados en instituciones una vez trasladados a Rusia o a zonas ocupadas. Esa fórmula, que sobre el papel podría presentarse como acogida, es precisamente uno de los elementos que la ONU considera más graves. Una evacuación legal por motivos de seguridad debería ser temporal, controlada, informada a las familias y orientada al regreso cuando las condiciones lo permitan. Aquí, sin embargo, lo que describe el informe es otra secuencia: salida forzosa, estancia prolongada, colocación en internados o familias y ausencia de información suficiente para padres, tutores o autoridades ucranianas. La diferencia entre protección temporal y absorción prolongada es el corazón del caso.
Hay otro detalle importante. Muchos de estos niños no fueron trasladados tras un procedimiento transparente con comunicación clara a sus allegados. La investigación denuncia que, en un gran número de expedientes, las autoridades rusas no informaron de manera adecuada a padres, tutores, familiares o autoridades ucranianas sobre el paradero de los menores. Esa falta de información no es un elemento secundario ni administrativo. En derecho internacional puede encajar en la figura de la desaparición forzada, y la comisión lo dice de forma expresa. El niño no solo es movido de un lugar a otro; también queda envuelto en una opacidad que rompe el vínculo con su entorno y convierte su localización en una carrera de obstáculos. La guerra desplaza; la desaparición forzada borra el rastro.
Por qué la ONU ya habla de crimen contra la humanidad
El salto jurídico tiene una explicación concreta. La comisión considera que los traslados y deportaciones de menores se llevaron a cabo de forma “extensa y sistemática”, dos palabras que en este terreno lo cambian todo. “Extensa” porque la práctica afectó a un número elevado de víctimas repartidas por varias regiones. “Sistemática” porque siguió un método, una organización, una repetición reconocible, con apoyo institucional y continuidad temporal. No es solo la suma de casos, sino el dibujo que forman cuando se observan juntos. Lo que ve la ONU no es un montón de piezas sueltas, sino un engranaje.
La clave está también en la finalidad real de esas salidas. Rusia ha defendido durante todo este tiempo que los menores fueron evacuados para protegerlos de los combates. La comisión no niega que la guerra generara situaciones extremas ni que hubiera zonas donde la población civil corría peligro. Lo que niega es que esas operaciones mantuvieran la naturaleza de una evacuación temporal. Según el informe, en numerosos casos los traslados no fueron temporales, como exigiría el derecho internacional humanitario, y las autoridades rusas coordinaron medidas para facilitar la permanencia a largo plazo de los menores en territorio ruso. Ahí es donde la versión de la evacuación empieza a crujir. Porque una evacuación saca a una persona del peligro y prepara su retorno. Una deportación la arranca de su sitio y reorganiza su vida en otro.
Ese matiz, que parece de diccionario, es en realidad el centro exacto del debate. Si un menor es sacado de una zona ocupada, enviado a miles de kilómetros, internado o dado en adopción y mantenido fuera del alcance efectivo de su familia, el problema ya no es solo humanitario. Es político, penal e internacional. La comisión insiste en que los hechos documentados muestran una coerción suficiente como para hablar de traslado forzoso y, en numerosos casos, de desaparición forzada. No se trata simplemente de niños cruzando una frontera para escapar de los bombardeos. Se trata de un traslado impuesto en un contexto de ocupación, sin capacidad real de consentimiento y con las instituciones del Estado agresor gestionando la permanencia. La palabra “forzoso” aquí no es decorativa; define la esencia de lo ocurrido.
Putin, Lvova-Belova y la sombra de La Haya
El nombre de Vladímir Putin vuelve a aparecer de forma central en este episodio. La comisión de la ONU sostiene que las autoridades rusas en los niveles más altos coordinaron estas deportaciones y traslados. Esa conclusión conecta de forma directa con otro hito internacional clave: la decisión de la Corte Penal Internacional, que el 17 de marzo de 2023 emitió órdenes de arresto contra Putin y contra Maria Lvova-Belova, comisionada rusa para los derechos del niño, por la presunta deportación y traslado ilegal de menores ucranianos. Aquella decisión de La Haya ya colocó el caso en una dimensión inédita, al poner por primera vez al presidente ruso en el centro de una orden de detención internacional vinculada a la guerra de Ucrania. Lo que hace ahora la ONU es reforzar y ampliar el marco de esa acusación.
La figura de Lvova-Belova no es menor. Desde el comienzo del conflicto ha sido uno de los rostros más visibles de la política rusa hacia los menores trasladados desde Ucrania. Su nombre aparece ligado a programas de acogida, reubicación y tutela. La orden de arresto de la CPI la situó junto a Putin en el foco judicial internacional. El nuevo informe de la ONU no sustituye a la CPI ni adelanta condenas, pero sí aporta un respaldo político y probatorio de enorme valor. Cuantas más instancias internacionales coinciden en la gravedad y naturaleza de estos hechos, más estrecho se vuelve el margen para presentarlos como un simple programa humanitario. La acumulación de informes, testimonios y resoluciones va formando un expediente cada vez más pesado.
La versión rusa de la evacuación ya no sostiene el relato
Moscú ha defendido durante estos años que los niños fueron trasladados para alejarlos de las hostilidades y darles refugio seguro. Esa explicación tiene un primer atractivo formal, porque en una guerra proteger a los menores es una obligación evidente. El problema está en todo lo que vino después. El informe de la comisión subraya que muchos traslados no tuvieron carácter provisional, que la estancia se prolongó y que las autoridades facilitaron activamente esa permanencia. Dicho de otro modo: si el objetivo fuera únicamente poner a salvo a esos menores, el sistema tendría que haber estado orientado al retorno, a la localización inmediata por parte de las familias y a la conservación plena del vínculo con su origen. Lo que se ha documentado va en dirección distinta.
La dispersión geográfica es otro golpe contra la versión rusa. No resulta sencillo sostener la lógica de una evacuación urgente cuando los menores terminan repartidos por regiones muy alejadas, desde el entorno ártico hasta Siberia. Tampoco ayuda que muchos quedaran integrados en instituciones o familias rusas sin un itinerario claro de regreso. El argumento humanitario pierde solidez en cuanto se observa el conjunto: salidas masivas desde territorios ocupados, redistribución por decenas de divisiones administrativas, información deficiente a familiares y un porcentaje altísimo de menores que no habían vuelto. La imagen final no se parece a un puente de emergencia, sino a una red de reubicación.
Rusia también ha rechazado de forma reiterada las acusaciones internacionales sobre crímenes cometidos en Ucrania y suele presentar estas investigaciones como ejercicios politizados contra Moscú. Esa respuesta se repite en casi todos los grandes expedientes abiertos desde 2022, desde ataques contra civiles hasta torturas, desapariciones o traslados ilícitos. Pero el caso de los menores tiene una carga distinta, mucho más delicada incluso en el terreno simbólico. Hay asuntos en los que la propaganda puede sembrar dudas. Con los niños, la capacidad de matizar se reduce casi a cero. Y cuando aparece un informe de la ONU que habla de crimen contra la humanidad, el coste reputacional se multiplica.
El 80 % que no había vuelto y el drama del regreso
Uno de los datos que mejor explican la gravedad del caso es ese 80 % de menores documentados que no habían regresado cuando la comisión cerró su trabajo. Esa cifra desmonta por sí sola la idea de una evacuación temporal bien gestionada. En una operación de protección clásica, el regreso es parte del plan desde el primer minuto. Aquí, en cambio, el retorno aparece como una excepción difícil, lenta y en muchos casos bloqueada. La guerra complica cualquier reunificación, sí, pero la comisión sostiene que la propia arquitectura del sistema ruso agravó esa dificultad. No es solo que volver fuera complicado; es que el mecanismo parecía pensado para que la vuelta se diluyera.
En términos humanos, ese porcentaje tiene un peso devastador. Detrás de cada expediente hay un niño separado de su casa, de su escuela, de sus referencias, de su idioma cotidiano, de su red familiar. Hay bebés demasiado pequeños para recordar con precisión de dónde salieron y adolescentes que sí recuerdan, quizá con más nitidez de la deseada, el trayecto, la ocupación o la ruptura con su entorno. El daño no es abstracto. Se mide en meses y años sin reunir a una familia, en documentos perdidos, en llamadas imposibles, en nombres que se buscan en registros, en trayectos que cruzan países y frentes. La guerra destruye edificios; estas prácticas rompen biografías enteras.
La dificultad del retorno tiene además una dimensión jurídica y burocrática enorme. Para recuperar a un menor hacen falta pruebas de identidad, vínculos familiares, cooperación entre autoridades enfrentadas, acceso a la información y, muchas veces, mediación internacional. Si el niño está en una institución remota o con una familia rusa, la operación se complica todavía más. Si además la guerra sigue abierta y Rusia no coopera plenamente con los mecanismos internacionales, el proceso se vuelve exasperante. Por eso la comisión no se limita a describir un daño pasado. Está describiendo también un problema presente, vivo, con cientos de casos que siguen abiertos. El informe no habla solo de lo que ocurrió; habla de lo que todavía no se ha reparado.
Desaparición forzada: la acusación más oscura
La comisión subraya que las circunstancias de muchos traslados, unidas a la falta de información suficiente sobre el paradero de los menores, permiten apreciar desaparición forzada. Es una de las partes más sombrías del informe. Porque la desaparición forzada no exige necesariamente un escenario clandestino de película. A veces opera con apariencia administrativa: un menor trasladado, un registro incompleto, una autoridad que no responde, una familia que deja de saber dónde está su hijo. Esa combinación de coerción y opacidad es lo que convierte el caso en algo todavía más grave. El niño no solo es desplazado, también es sustraído del control y del conocimiento de quienes legal y afectivamente deben saber dónde se encuentra.
En la práctica, esa acusación agrava todavía más la posición rusa. No hablamos ya solo de deportaciones o traslados ilícitos, sino de un mecanismo que, en determinados casos, borra o enturbia el rastro del menor. Eso convierte la reunificación en una tarea titánica y multiplica la angustia de las familias. El tiempo, además, juega en contra. Cuanto más se alarga la separación, más difícil resulta reconstruir vínculos, localizar documentos, coordinar intermediarios y devolver a cada niño a su entorno original. El reloj de la guerra no corre igual para un expediente que para una infancia.
Un caso que sigue creciendo en La Haya
La importancia política y judicial de este informe no termina en Ginebra. Lo más probable es que su contenido alimente nuevos pasos en la Corte Penal Internacional, en otros foros internacionales y en el trabajo diplomático de los países que exigen la devolución de los menores. El caso ya es uno de los más sensibles de toda la guerra de Ucrania porque mezcla tres planos que rara vez coinciden con tanta crudeza: niños, ocupación militar y responsabilidad de la más alta jerarquía del Estado ruso. Cuando una investigación de la ONU concluye que esa combinación puede constituir un crimen contra la humanidad, la discusión deja de estar en los márgenes y pasa al centro mismo del conflicto.
No es un episodio lateral ni una derivada menor de la invasión. Es uno de los asuntos que mejor retratan el tipo de guerra que se ha librado desde febrero de 2022 en territorio ucraniano. No solo por los combates, las ciudades arrasadas o las infraestructuras destruidas, sino por la utilización del control sobre la población civil y, de forma muy particular, sobre los menores. La comisión ha dejado por escrito una acusación de enorme alcance: miles de niños ucranianos fueron trasladados o deportados a Rusia y a territorios ocupados; al menos 1.205 casos están documentados; la mayoría no habían regresado; y el patrón observado encaja en crímenes contra la humanidad. Eso ya forma parte del expediente internacional de esta guerra. Y difícilmente va a desaparecer.
Lo que queda después de leer el informe es una certeza incómoda y muy concreta. Rusia podrá seguir defendiendo que actuó para proteger a esos menores, pero la ONU ha descrito otra cosa: una operación amplia, coordinada y opaca, sostenida por las autoridades rusas, que sacó a niños ucranianos de su país o de las zonas ocupadas, los dispersó por buena parte del territorio ruso y en demasiados casos los mantuvo lejos de sus familias. Ese retrato no cierra el caso. Al contrario, lo abre más. Porque mientras esos niños no vuelvan y mientras las responsabilidades no se depuren, el expediente seguirá creciendo. Y cada nuevo dato hará más difícil discutir de qué estamos hablando realmente.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/onu-acusa-a-rusia-ninos-deportados/
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