
El 29 de julio de 1954, un hombre profetizó el iPhone. Se llamaba J. R. R. Tolkien. Solo que él lo llamó con otro nombre: el Anillo del Poder.
Así es como lo describió (énfasis añadido):
En cierto modo, sería un alivio no tener que preocuparme más por él. Últimamente ha estado ocupando mucho mi mente. A veces he sentido que era como un ojo que me miraba. Y siempre estoy deseando ponérmelo y desaparecer, ¿sabes? O preguntándome si está seguro y sacándolo para asegurarme. Intenté guardarlo bajo llave, pero descubrí que no podía descansar sin él en mi bolsillo. No sé por qué. Y parece que no soy capaz de decidirme.
Cuando lo leí por primera vez, se me puso la piel de gallina. Luego lo volví a leer. Y otra vez. Hace setenta y cinco años, Tolkien diagnosticó exactamente lo que todos los miembros de la generación Z (y todos los demás también) han sentido en la era de los teléfonos inteligentes: el peso de llevar un objeto irresistible que tiene voluntad de dominar.
Seis razones por las que el teléfono inteligente es un “anillo de poder”
Después de leer la cita de Tolkien y acompañar a personajes como Bilbo y Frodo, que expresaban sentimientos inquietantemente similares a los míos, decidí preguntarle a ChatGPT: «¿Cuáles son los principales propósitos del Anillo?».
Me dio seis propósitos. Cada uno era una descripción inquietantemente precisa de la pantalla de 6.1 pulgadas que tenía frente a mí. He resumido las respuestas de ChatGPT:
- Control. El Anillo está hecho para alcanzar, dominar y controlar todo lo que existe.
- Amplificación. El Anillo mejora las habilidades naturales de quien lo lleva, corrompe a los humanos al darles una versión distorsionada de lo que desean y sirve como un espejo y una lupa de nuestros propios deseos.
- Invisibilidad. Cuando se utiliza, el Anillo hace que las personas se vuelvan invisibles. Quien lo lleva entra en un estado fantasmal y supone que puede hacer lo que quiera sin ser detectado.
- Adicción. El Anillo tiene voluntad propia, alineada con la de su creador. Con el tiempo, tienta y corrompe a su portador, llevándolo a la obsesión y la destrucción.
- Conexión. El Anillo crea un «lazo espiritual» entre el creador y el portador del anillo. Esto permite al creador percibir e influir en quienes lo llevan. El creador puede oír y afectar cada una de tus palabras a través de una pieza de tecnología en tu mano.
- Vida prolongada (pero no verdadera vida). El Anillo prolonga la vida de forma antinatural, como se ve en Bilbo y especialmente en Gollum. Pero no concede la paz, sino que marchita el alma y el cuerpo con el tiempo.
Los anillos de poder tienden a convertirte en algo más parecido a un fantasma. En cierto modo, te hacen más virtual. Menos humano.
Además, una vez que están en nuestras manos, es casi imposible tirarlos al fuego.
Como ministro, mantengo conversaciones constantes con chicos (y chicas) de secundaria y universidad adictos a la pornografía. Como líder de un pequeño grupo, a menudo discipulo a mis alumnos de último año de secundaria para que aprendan a trabajar y dormir en lugar de navegar por Internet. Como amigo cercano, con frecuencia ayudo a compañeros cuyos dispositivos les inducen a la comparación y al consumismo. En cada uno de estos casos, parece que el primer y más obvio mitigador del pecado es la valiente decisión de quitarnos nuestros anillos de poder. Sin embargo, seguimos manteniendo nuestras preciosas, preciosas piezas de plástico como nuestros compañeros más cercanos.
Esto está empezando a convertirnos en fantasmas digitales.
¿Arrojamos nuestros teléfonos al fuego?
Jesús tenía una maravillosa tendencia a hacer preguntas que incomodaban a todo el mundo (ver Lc 6:46; 18:19) y a responder a preguntas sin la respuesta «apropiada» que hubiera tranquilizado a todos (ver Jn 3:4-12). Aunque Jesús no prescribiera una regla anti-teléfonos para todos los cristianos, podríamos fácilmente oírle decir algo como: «¿Dónde está tu fe? ¿Te atreverías a renunciar a tu objeto más preciado por mí?».
Cuando, avergonzados, respondemos: «¿Nos estás pidiendo que tiremos nuestros teléfonos?», parece poco probable que Jesús simplemente diga: «¡Oh, no, por supuesto que no! ¡Eso es ridículo!» (ver Mt 19:10-12; 16-22). En cambio, me pregunto si respondería como suele hacerlo, con una avalancha de preguntas incómodas:
¿Y si nosotros, como iglesia, tuviéramos la libertad de simplemente preguntarnos si deberíamos deshacernos del teléfono?
¿Puede una adolescente realmente manejar la capacidad de compararse con todas las demás personas del planeta? ¿Se debe esperar que un adicto a la pornografía lleve un club de striptease en el bolsillo las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana? ¿Debe una madre ansiosa luchar con la capacidad sobrehumana de ver dónde y cómo está su hijo adolescente en todo momento? ¿Puede el adicto al trabajo renunciar a su progreso cuando lo tiene al alcance de la mano en todo momento?
¿Y si nosotros, como iglesia, tuviéramos la libertad de simplemente preguntarnos: «¿Debería deshacerme de mi teléfono?». ¿Y si tuviéramos pastores que realmente creyeran que «¡Sí!» es una respuesta posible a esa pregunta?
Sí, Jesús quiere sanar el corazón humano más de lo que quiere lo que mi generación llama con desdén el «manejo del pecado». Nos apresuramos a decir: «Deshacerse de un teléfono no puede resolver instantáneamente la lujuria, la pereza, el miedo o la codicia de alguien». Pero olvidamos que el «manejo del pecado» es una parte esencial de cómo los seres humanos se recuperan de la adicción.
La distancia de la sustancia adictiva permite que nuestro cerebro se reconfigure. En lugar de permitir que el pecado nos controle, tomamos medidas prácticas que nos permiten «[ser transformados] mediante la renovación de [nuestra] mente» (Ro 12:2). Después de todo, ¿y si la obediencia significara sacarnos los ojos y cortarnos las manos (Mt 5:29-30)?
Escapar de la esclavitud
A finales de septiembre, ayudé a organizar un evento de bienvenida en el Wheaton College. Lo llamamos «AWAKE» [Despierta], un servicio de oración y adoración que duró toda la noche para que tanto los antiguos alumnos como los actuales se arrepintieran, fijaran su mirada en Jesús e intercedieran por el campus de Wheaton y más allá.
Ojalá pudiera contar toda la historia. Nueve horas de adoración y oración. Tres horas y media de confesión pública ininterrumpida. Pero hubo un momento en particular en el que las palabras de confesión se convirtieron en acción, y no lo olvidaré fácilmente.
La sala se quedó en silencio cuando un estudiante de posgrado se dirigió con determinación al escenario, metió la mano en el bolsillo y sacó su iPhone. No recuerdo lo que dijo, pero recuerdo vívidamente que cogió una bolsa de basura, la levantó delante de todos y tiró su teléfono dentro, que luego ató y arrojó a un contenedor.
Si un deseo lleno del Espíritu de arrepentimiento cayera sobre nuestras iglesias, más de nosotros nos sentiríamos motivados a arrojar nuestros anillos al fuego
Cuando hablé con él después, me dijo que esperaba no ser el único que sintiera la convicción de escapar de la esclavitud del teléfono inteligente. Pero, como Tolkien percibió tan acertadamente, solo unas pocas personas tienen la fuerza para escapar de algo, aunque muchos de nosotros podríamos beneficiarnos también si escapamos.
Por supuesto, la metáfora del «smartphone como Anillo de Poder» se desmorona en algún momento. Probablemente estés leyendo este artículo en tu smartphone y seguramente realices muchas otras actividades buenas, verdaderas y hermosas en ese mismo dispositivo. Así que tal vez tú y yo tengamos razón al reconsiderar la estrategia de deshacernos del teléfono inteligente. «Si los teléfonos son inevitables hoy en día», razonamos, «¿no podemos simplemente usar la tecnología para el bien?».
Aun así, debemos recordar la idea de Jacques Ellul de que la tecnología no es neutral. Tu tecnología no se creó simplemente para ser utilizada, sino para utilizarte a ti.
Así que, aunque nuestras iglesias no tienen por qué convertir la destrucción de los teléfonos inteligentes o la IA en algo normativo, debemos fomentar y normalizar medidas drásticas para limitar estas tecnologías. De lo contrario, el comportamiento predeterminado de la tecnología —su voluntad de dominar— nos consumirá. Y la tendencia predeterminada de la iglesia siempre ha sido no ceder a los ajustes predeterminados de la sociedad.
Quizá por eso, mientras me maravillaba de la valentía del estudiante de posgrado, sentí una punzada de esperanza de que, si un deseo lleno del Espíritu de arrepentimiento cayera sobre nuestras iglesias, más de nosotros nos sentiríamos motivados a arrojar nuestros anillos al fuego.
Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.
J. T. Reeves
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/tolkien-profetizo-telefono-inteligente/
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