
La puerta se abrió de golpe. Mi compañero de cuarto, un estudiante de medicina ansioso y motivado, entró corriendo. Yo estaba sentado en mi cama, comiendo papitas y bebiendo un refresco, leyendo sobre deportes. Él me miró con desprecio. «¿Qué has hecho hoy para justificar tu existencia?». Sonreí y respondí: «¡Nada!». Sentía que mi misión era ayudarlo a dejar de tomarse todo tan en serio. Él sería más feliz si se uniera a mí para saborear la vida y pensar en profundidades propias de un estudiante de literatura inglesa. «¡Inútil!», resopló y se dirigió afanosamente a su escritorio.
Actué como si hubiera conseguido una victoria. Pero sus palabras me persiguieron. ¿Realmente necesitaba demostrar que mi vida valía la pena? Conforme avanzaba en la vida, las voces de mi propia crianza se volvían más insistentes. «Tienes que desarrollar todo tu potencial. Más te vale que respondas a tu llamado y luego estés a su altura». ¿O qué? Yo sabía la respuesta. Demasiadas veces había oído a mi abuela hablar de hombres que, a sus ojos, se habían estancado sin llegar a ser valiosos. «No es más que un don nadie. Es un cero a la izquierda». En otras palabras, si no justificas tu existencia con logros, sería mejor que simplemente no existieras.
Ese es un mensaje debilitante. Solo el evangelio puede contrarrestarlo. Pero antes de escuchar cómo, profundicemos un poco más en lo comunes que pueden ser estas acusaciones.
Voces de rechazo
Eres un desperdicio de recursos. Hay una lógica diabólica que puede surgir de contemplar en exceso la fragilidad y la finitud de la creación. Funciona así: «Utilizo muchos recursos para mantenerme vivo y cómodo. Tomo más de la tierra de lo que devuelvo. Mi huella de carbono como habitante bien establecido de Occidente en el siglo XXI es enorme. Somos demasiados. El planeta no puede soportar este saqueo. Quizás sería mejor que nunca tuviera hijos. Quizás sería mejor que dejara de consumir y simplemente dejara de existir».
Todo en tu cuerpo está mal. Los niños del preescolar de nuestra iglesia juegan sin ninguna vergüenza. Corren, se columpian, trepan, construyen o cantan libremente. Pero esos mismos niños, al llegar a la pubertad y la adolescencia, bien pueden crecer para odiarse a sí mismos. Es posible que intenten constantemente «arreglar» su imagen. El color del pelo. Los piercings. Vestirse como modelos o con un estilo gótico alienante. Un estilo acorde con su sexo o diametralmente opuesto a cualquier estereotipo. Puede que se sorprendan de a quién y qué desean. Puede que se sientan perpetuamente delgados o irremediablemente gordos. Una mente en conflicto con su cuerpo puede empezar a preguntarse: «¿Debería estar aquí?».
No encajas. Queremos ser seres únicos, claramente diferentes a todos los demás. Pero, al mismo tiempo, deseamos desesperadamente ser incluidos en un grupo en el que seamos importantes, en el que seamos alguien. Si no encontramos un hogar social, puede parecer que nadie nos presta atención. Si estamos en una tribu, pero rompemos una norma del grupo, la gente rápidamente nos deja de lado. Sentimos que no encajamos si perdemos un trabajo importante, nos abandona nuestra pareja o desarrollamos una enfermedad aparentemente incómoda, especialmente si es mental. Podemos empezar a preguntarnos: «¿Alguien me echaría de menos si ya no estuviera? ¿O se sentirían aliviados?».
Eres descartable. Esta evaluación ruinosa se presenta de muchas formas. Padres cuyo trabajo siempre era prioritario. Amigos que encontraron compañeros más ventajosos. Amores que nos traicionaron por otra persona. Estafadores que nos utilizaron por dinero, o por algo más. Peor aún, el abuso persistente puede hacer que un virus espiritual fluya a través de nosotros. Multiplica el mensaje de que tus límites no importan, que debes desaparecer en la voluntad de otra persona, que debes cumplir o ser destruido. En cualquiera de estas situaciones, podemos recibir el mismo mensaje: «Tu lugar está en la pila de descarte».
Una palabra mejor
¡Qué diferente nos habla el Dios trino! «Dios vio todo lo que había hecho; y era bueno en gran manera» (Gn 1:31). Estas primeras palabras no solo hablan del valor que Dios nos ha dado, sino también del placer que Dios siente por nuestra existencia. A través de Isaías, se dirige de manera más personal a Su pueblo, diciendo: «Eres precioso a Mis ojos, / Digno de honra, y Yo te amo» (Is 43:4). Siglos más tarde, se haría carne para demostrarlo: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Jn 3:16).
La encarnación de Jesús puede ser la dignificación más profunda posible de nuestro ser
La encarnación puede ser la dignificación más profunda posible de nuestro ser. En ella, vemos a Jesús tomar Su deseo de tenernos a todos hasta la cruz, a través del reino de la muerte, y luego de vuelta al cielo. Allí Él nunca deja de ser humano, nunca suelta el abrazo vivificante que estrecha a los redimidos contra Su corazón.
Además, para que no lo olvidemos, Él nos recuerda: «Vendré otra vez y los tomaré adonde Yo voy; para que donde Yo esté, allí estén ustedes también» (Jn 14:3). Es como si pudiéramos oírle decir:
Te amo tanto que he venido a ti como uno de los tuyos. He tomado lo que eres como Mío. He ido a los lugares más oscuros y abandonados para rescatarte de tu propio pecado, y para que, dondequiera que vayas, sepas que Mi luz brilla incluso allí. Quiero que estés conmigo para siempre, y he arriesgado mi propia vida, incluso hasta la cruz, para mantenerte conmigo. Te llevaré a casa, a la casa de Mi Padre. ¡Es bueno que existas!
Prueba de vida
¿Cómo podemos saber que estas palabras son ciertas? Por supuesto, en el fondo, se trata de que el Espíritu Santo confirme en nuestros corazones que pertenecemos a Cristo (Gá 4:6-7). Solo Él nos asegura que estamos en Jesús. Gracias a esa unión, somos hijos e hijas amados de Su Padre. La experiencia de esta afirmación en la adoración, la oración y la lectura de la Biblia desata la esperanza de que realmente es bueno que existamos. Sin embargo, para reforzar ese amor, Dios nos envía una aprobación adicional de nuestro ser a través de nuestras interacciones con los demás. Consideremos algunos ejemplos.
Al sostener a una recién nacida, la miro y sé que no necesita hacer nada para ser infinitamente cautivadora; solo con su mirada despreocupada a mis ojos, mi corazón se une al suyo. Un chillido, un bracito extendido que no puede controlar, un pequeño estornudo… su ser es un deleite. Me enfrentaría a un ejército por ella, daría mi vida en un segundo. ¡Oh, pequeña, qué bueno es que existas! ¡Cómo tu simple presencia me hace regocijarme de estar vivo!
Una vez, acogiste a un perrito abandonado con sarna y una pata rota. Lo cuidaste hasta que recuperó la vida. Durante la última década, él te ha mirado y te ha dicho, de todas las formas menos con palabras: «Es bueno que existas. Estoy muy agradecido de que lo hagas». Esta es la bestia que vigila cada noche fuera de tu puerta, siempre alerta por ti. Cada día espera tu regreso, listo para recibirte con alegría desbordante. No importa el estrés del mundo laboral, este animal te calma con la seguridad de que tu sola existencia significa todo para él.
Últimamente, ella no siempre recuerda su nombre. Pero cuando él entra en su habitación, ella reconoce su rostro. Ha olvidado que, seis décadas antes, se encontraron frente al altar y se prometieron estar juntos «en la salud y en la enfermedad». Sin embargo, su sonrisa sigue tranquilizándola y asegurándole que está bien. Él le canta y, a veces, las letras de los viejos himnos salen de su propia boca. No sabe decir qué significan, pero ve la alegría de él cuando oye su voz. Luego él la arropa y le comunica, más profundamente que con palabras, cuán bueno es que ella exista, incluso ahora.
Nunca podré justificar mi existencia con mis logros. Pero puedo recibir la afirmación de mi ser a través de Cristo
Visito semanalmente a un estudiante de primaria. Se supone que soy su mentor. Mi principal responsabilidad es escucharlo, pasar tiempo con él de una manera que afirme su vida. Es un ministerio. Con frecuencia, hay días en los que nos absorbemos en un juego o una manualidad y nos olvidamos por completo de cómo «debería» desarrollarse nuestra hora. Una tarde, hizo un comentario tan divertido que me reí a carcajadas como no lo había hecho en años. Él estaba encantado. Su rostro me decía: «Es bueno que existas. Es bueno que existamos juntos».
Noticias vitales
Dios es amor. A menudo, decimos estas palabras con demasiada facilidad y las descartamos como si fueran una simple verdad obvia. Pero esta noticia es vital. Necesitamos recibirla y compartirla para afirmar la bondad de estar vivos. Dios es amor y nos envía a amarnos los unos a los otros. El amor hace que el evangelio se arraigue más profundamente en nuestros huesos.
Piensa en todos aquellos que te han amado de una manera que te ayuda a creer en la seguridad de Dios de que es bueno que existas. Piensa en lo importante que es que estés presente, que des de corazón y que demuestres aún más a través del amor lo mucho que alguien le importa a Dios. En todas las formas en que entregamos nuestras vidas los unos por los otros, manifestamos la verdad más profunda de que Dios ha declarado de todo corazón lo bueno que es para Él que existamos.
Este pensamiento me anima a seguir adelante con energía. Nunca podré justificar mi existencia con mis logros. Pero puedo recibir la afirmación de mi ser a través de Cristo, quien me amó y se entregó por mí (Gá 2:20).
Gerrit Scott Dawson
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/bueno-tu-existas/
También estamos en Telegram como @prensamercosur, únete aquí: https://t.me/prensamercosur Mercosur
Recibe información al instante en tu celular. Únete al Canal del Diario Prensa Mercosur en WhatsApp a través del siguiente link: https://www.whatsapp.com/channel/0029VaNRx00ATRSnVrqEHu1W
ESPACIO PUBLICITARIO
