
Un mamífero extremo ante un problema sencillo: beber agua
Quizás la escena te parezca trivial: un animal que se agacha para beber. Pero en una jirafa, con una cabeza situada hasta cinco metros sobre el suelo, esa maniobra implica un desafío cardiovascular extraordinario.
Si un humano tuviera el corazón a la altura del pecho y el cerebro a dos metros de distancia, al bajar de golpe la cabeza la sangre se precipitaría hacia el cráneo, aumentaría la presión intracraneal y el desmayo sería casi seguro. ¿Por qué a la jirafa no le pasa?
La respuesta está en una combinación de anatomía, física de fluidos y millones de años de evolución afinando, milímetro a milímetro, el sistema circulatorio de este rumiante, el más alto del planeta.
Un corazón hipertenso por diseño, no por enfermedad
El corazón de la jirafa adulta puede pesar entre 10 y 12 kilos, el doble o triple que el de una vaca de tamaño similar. No es solo grande: es un verdadero motor de alta presión. Late contra valores que en humanos serían letales: presiones sistólicas cercanas a 250–260 mmHg, casi el doble de la considerada hipertensión grave en personas.

Esta presión descomunal no es un fallo, sino una adaptación necesaria. El corazón debe impulsar la sangre “cuesta arriba” hasta el cerebro, venciendo la gravedad a lo largo de un cuello que puede superar los dos metros. Sin esa presión, el flujo sanguíneo cerebral sería insuficiente y el animal podría perder el conocimiento simplemente por levantar la cabeza.
Para soportar esa carga, las paredes del ventrículo izquierdo son excepcionalmente gruesas y musculosas. Es, en esencia, un corazón hipertenso sano: un modelo extremo de lo que en medicina humana se considera patológico.
El riesgo al bajar la cabeza: una ola de sangre que nunca llega
El verdadero problema aparece cuando la jirafa invierte la ecuación y desciende la cabeza por debajo del corazón para beber. De pronto, la gravedad, que antes era un obstáculo, se convierte en aliada de la sangre.

En teoría, la presión que ya era alta podría dispararse en los vasos de la cabeza y el cerebro, provocando edemas, hemorragias o, al menos, un mareo incapacitante. Esa “ola” de sangre, sin embargo, nunca llega tal como la describe el cálculo simple.
El sistema circulatorio de la jirafa está lleno de frenos, válvulas y amortiguadores biológicos que regulan, en milisegundos, cómo y cuánto aumenta la presión en cada región del cuerpo.
Arterias blindadas, venas con válvulas y una “media” natural
La arteria carótida, principal vía de llegada de sangre al cerebro, tiene paredes particularmente gruesas y elásticas. Funciona como un conducto reforzado, capaz de tolerar una presión elevada sin dilatarse en exceso.

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En la base del cráneo, una red de pequeños vasos conocida como rete mirabile (“red maravillosa”) actúa como intercambiador y amortiguador: distribuye el flujo, reduce picos de presión y facilita un suministro más constante al tejido cerebral. Es una especie de filtro hidráulico natural.
Las venas del cuello, por su parte, están segmentadas por múltiples válvulas que impiden que la sangre caiga libremente hacia la cabeza cuando esta se inclina. El retorno venoso desde el cráneo al corazón se regula como un tráfico en rotonda, no como una autopista sin peajes.
A todo esto se suma la piel gruesa y una fascia muy tensa en patas y cuello, que funcionan como una “media de compresión” integrada. Esa presión externa estabiliza los vasos, evita que se dilaten en exceso y reduce la acumulación de sangre en las extremidades.
Sensores de presión y reflejos ultrarrápidos
La jirafa no depende solo de estructuras pasivas. En las paredes de sus grandes vasos hay barorreceptores, sensores de presión que informan al sistema nervioso de cada cambio brusco en cuestión de segundos.

Cuando la cabeza desciende, estos sensores desencadenan respuestas coordinadas: el corazón puede ajustar la frecuencia y la fuerza de cada latido; las arterias del cuerpo se contraen o se dilatan según la región; se redirige parte del flujo hacia órganos críticos. Cuando la jirafa vuelve a incorporarse, el circuito se reajusta al instante para evitar la caída de presión en el cerebro.
Lo que en humanos puede traducirse en mareos al levantarse rápido de una silla, en la jirafa es una coreografía extremadamente precisa, ensayada a través de generaciones.
Un laboratorio evolutivo para entender nuestra propia circulación
Las adaptaciones del sistema circulatorio de la jirafa interesan cada vez más a cardiólogos, fisiólogos y especialistas en medicina espacial. Comprender cómo este animal tolera presiones arteriales tan altas sin daño grave en corazón, cerebro o riñones puede inspirar nuevas estrategias frente a la hipertensión humana.
Ingenieros biomédicos analizan también sus arterias y venas como modelos para mejorar trajes de presión negativa, sistemas para evitar desmayos en pilotos o soluciones para el retorno venoso en microgravedad. Lo que hoy es una curiosidad de la sabana africana puede tener aplicaciones en quirófanos y cápsulas espaciales.
El legado de un cuello imposible
La misma selección natural que alargó el cuello de las jirafas para alcanzar hojas inaccesibles rediseñó, silenciosamente, su corazón y sus vasos. El precio de mirar por encima de todos los demás herbívoros fue reinventar casi desde cero la fontanería interna del cuerpo.
Cada vez que una jirafa se inclina a beber en un abrevadero de África oriental, demuestra que la evolución no solo diseña formas espectaculares, sino también soluciones de ingeniería biológica capaces de hacer convivir un corazón de 12 kilos con un cerebro que nunca se desmaya.
Alba Acosta
Fuente de esta noticia: https://www.abc.com.py/ciencia/2026/01/25/el-corazon-de-12-kilos-la-ingenieria-biologica-que-permite-a-la-jirafa-beber-sin-desmayarse/
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