
El océano tiene una contabilidad pendiente. Durante décadas, los satélites han permitido seguir el pulso del fitoplancton a partir del “color del mar”, pero solo en una franja superficial y con una medida indirecta (la clorofila). Un trabajo liderado por investigadores de la Universidad de Dalhousie (Canadá) propone ahora una corrección sustantiva al balance global. A partir de la red internacional de flotadores biogeoquímicos BGC-Argo, el estudio calcula que el stock de fitoplancton en el océano abierto ronda las 314 teragramos de carbono (Tg C) y que aproximadamente la mitad de esa biomasa está a profundidades que el satélite no puede detectar.
El artículo científico puede consultarse en el enlace oficial de PNAS (10.1073/pnas.2405354121) y la red de observación, en la web del programa (Biogeochemical Argo (BGC-Argo)).
Lo que han medido estos robots y por qué cambia el mapa
El dato central no es solo la cifra de biomasa, sino el método. El equipo ha reunido 99.341 perfiles bioópticos obtenidos por 903 flotadores BGC-Argo durante la última década. Estos instrumentos descienden y ascienden de forma autónoma y registran variables que permiten estimar biomasa de fitoplancton a partir de propiedades ópticas del agua (como la retrodispersión de partículas), además de fluorescencia asociada a clorofila.
La consecuencia es un mapa con “profundidad” real, no una fotografía superficial. El propio estudio explica una de las limitaciones clásicas de la teledetección. Los satélites quedan restringidos a la primera capa óptica, mientras una parte relevante del fitoplancton se sitúa por debajo, donde hay menos luz pero, a menudo, más nutrientes disponibles.
La investigación cuantifica ese punto ciego con números concretos. Con un umbral de “primera profundidad óptica” (PAR), el 85% del carbono fitoplanctónico quedaría por debajo del horizonte visible desde el espacio. Esta diferencia se agrava porque la clorofila no es un equivalente perfecto de biomasa. Los organismos pueden ajustar su clorofila con la luz (fotoaclimatación) y eso distorsiona la lectura superficial.
Cuando el satélite se equivoca con el calendario de los blooms
El hallazgo tiene una segunda derivada que afecta a cómo se interpreta la productividad del océano. Al comparar los ciclos estacionales, el trabajo concluye que la clorofila superficial no identifica bien el momento del pico anual de biomasa en una gran parte del planeta. La nota técnica indica que ese desajuste ocurre en dos tercios del océano, una cifra que obliga a releer series históricas construidas solo con color oceánico.
Esto es relevante por una razón de fondo. El fitoplancton está en la base de la red trófica marina y es un actor mayor del ciclo del carbono. La producción biológica del océano ayuda a retirar CO2 de la atmósfera y parte de esa materia orgánica acaba hundiéndose hacia capas profundas. El artículo recuerda que ese proceso mantiene las concentraciones atmosféricas de CO2 muy por debajo de lo que serían en un océano sin fitoplancton.
A la vez, conviene situar el dato en contexto para evitar lecturas simplistas. Hablamos de “carbono fitoplanctónico” en océano abierto, no del total de toda la biosfera marina y costera. El propio cálculo excluye zonas costeras someras y se centra en stocks integrados hasta 500 metros, con contribuciones ya muy pequeñas por debajo de 300 metros.
Cifras clave
- 314 Tg C (estimación del stock global de fitoplancton en océano abierto)
- 99.341 perfiles y 903 flotadores (base observacional del estudio)
- Cerca de la mitad de la biomasa (a profundidades fuera del alcance de los satélites)
- 85% del carbono fitoplanctónico (por debajo de la primera profundidad óptica PAR)
Por qué importa para el clima y la gestión del océano
La pregunta práctica es qué se gana con una estimación más afinada. Los modelos climáticos y biogeoquímicos necesitan líneas de base robustas para proyectar la respuesta del océano al calentamiento, la desoxigenación y la acidificación. Afinar la biomasa y su distribución vertical puede mejorar la calidad de esas proyecciones, porque cambia tanto el “cuánto” como el “dónde” del carbono vivo.
En paralelo, hay un debate que reaparece de forma recurrente y que este tipo de datos obliga a tratar con más prudencia. Algunas propuestas de geoingeniería marina, como la fertilización con hierro, se discuten a partir de un diagnóstico incompleto del ecosistema. Si una parte grande del fitoplancton ya estaba fuera de foco, cualquier intervención se evalúa con mayor incertidumbre ecológica y con riesgos más difíciles de anticipar.
También conviene recordar por qué el asunto trasciende la oceanografía. Según NOAA, aproximadamente la mitad del oxígeno producido en la Tierra procede del océano y, en gran medida, de organismos fotosintéticos microscópicos como el fitoplancton. No es un argumento para convertir cada cifra en un titular grandilocuente, pero sí una razón para entender por qué medir mejor importa.
Adrián Villellas
Fuente de esta noticia: https://www.ecoticias.com/naturaleza/los-cientificos-no-dan-credito-una-flota-canadiense-de-robots-oceanicos-saca-a-la-luz-un-robot-canadiense-revela-una-gigantesca-masa-oculta-en-los-oceanos-del-mundo-equivalente-a-250-millones-de-ele
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