
El siglo XX llegó a Cuba con el estruendo de cañoneras y la promesa agridulce de un cambio ajeno. No fuimos espectadores, ni ganadores, fuimos el botín. Cuando el polvo de la guerra se asentó, en 1900, nos encontramos con una república prestada, un traje de independencia que nos quedaba grande en los hombros. La autodeterminación, se esfumó en los tratados.
Aquí, en Santiago de Cuba, donde la gente irradia calor, la respuesta no fue un grito, sino un símbolo. En un acto de fe colectiva, la ciudad se empeñó en tener algo propio, tangible, que gritara cubano. Reunieron pesos y centavos, costura a costura, hasta crear una bandera descomunal. Una tan grande que su sombra pudiera abrazar a toda la villa, una que, al ondear como favor de identidad, fuera visible desde los cerros más lejanos.
Don Emilio Bacardí Moreau, el primer alcalde, hombre de letras y de coraje, convocó al pueblo para la última hora del último día de ese año. Frente a la entonces Casa Consistorial, el mástil recibió el peso inmenso de la tela. Las notas del Himno de Bayamo, aún prohibido en otras partes, se elevaron en desafío. Nacía así lo que conocemos desde entonces como la “Fiesta de la Bandera”. Voces viejas cuentan a día de hoy que, si al ser izada en el edificio del Ayuntamiento la bandera cubana ondea al viento, entonces el año que comienza será bueno. Muchas crónicas de la época cuentan que los peores momentos de la ciudad comenzaron con el vaticinio de que la bandera no ondeó: 2012, cuando un feroz huracán removió hasta las raíces de los árboles; 2020, la pandemia; así como los mejores años para los santiagueros cuando la enseña bailó con el viento.
Desde que tengo memoria, los 31 de diciembre en mi casa son mágicos: la familia, la comida y la esperanza de que el próximo año será mejor. Luego de cenar, y casi en procesión, nos unimos a otras familias y atravesamos media ciudad para llegar al parque Céspedes. Es el más simbólico de la urbe, y cuentan que allí se fundó la villa; por eso alrededor del parque se encuentran la iglesia, la casa del gobernador y la municipalidad, antigua Casa Constitorial. Allí, y como año tras año, cerca de la medianoche, pueblo, autoridades y extraños curiosos se congregan para verla. Y ella se hace desear. Cuando el reloj marca las once y cincuenta, un silencio tenso cae. Entonces, aparece. “La más bella que existe”, alguien exclama cada año, y es una verdad incontestable. Viene custodiada por soldados con uniforme de gala, y los fantasmas de todos los que, como Bacardí, la izaron con esperanza.
Suena el himno. Un escalofrío recorre la espina dorsal de la multitud. La bandera comienza su lento, agonizante ascenso. Los ojos no se apartan de ella. Este año, como en tantos otros, la noche está quieta. Demasiado quieta. La bandera sube, pero no ondea; se despliega pesada, estática. Una ansiedad palpable se propaga. “¡Sopleeeen!”, grita un joven. Y comenzamos: miles de labios se fruncen en un soplo colectivo, inútil y conmovedor. Manos se agitan, sombreros se mecen. Es un diálogo desesperado con la naturaleza, una súplica a los dioses del aire. La bandera llega a la cima. Por un segundo eterno, cuelga lacia. El corazón se encoge. Pero entonces, como si finalmente hubiera escuchado el ruego acumulado de un siglo, una esquina se estremece. Un temblor. Luego, un oleaje. Y de pronto, con un giro soberano, toda la tela se infla, ondea con fuerza, desplegando sus franjas y su triángulo rojo hacia el nuevo año.
Un rugido estalla en el parque. Abrazos, lágrimas, aplausos. El 2026 ha recibido su bendición. La bandera baila contra el cielo de Santiago. Y nosotros, su pueblo, nos vamos a casa con el alma más ligera, llevando en el pecho no solo la certeza de un buen augurio, sino la prueba tangible de que, a veces, la esperanza, cuando es colectiva, puede hasta mover el viento.
Cynthia Ibatao Ruiz
Fuente de esta noticia: https://grupormultimedio.com/todas-las-esperanzas-de-cuba-en-el-ondear-de-una-bandera-id181180/
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