Viajé 19 horas en colectivo para venir una vez más a la Marcha del Orgullo. Este año hubo mucho debate sobre la fecha, el recorrido, la organización y la visita del nuevo Papa. Desde que tuvimos un Papa argentino, el asunto está muy presente en nuestras vidas. La visita de León XIV parece ser algo masivo, histórico, y la Marcha del Orgullo también, porque arde la violencia en las calles y las personas LGBTIQ+ sabemos de salir a las calles a defender nuestros derechos.

Se me ocurrió pensar en quienes podrían participar de ambos eventos históricos en un fin de semana y empecé a buscar. Por contactos en Tucumán llegué hasta Vanesa Caro, una tucumana que vive hace un par de años aquí, en la CABA, en el Hogar de Cristo de las mujeres trans, la casa Animí.
Compartimos unos mates con un grupo de mujeres trans que están en la casa, en un salón donde el ruido de la ciudad invade.Para mi sorpresa, había muchas ganas de compartir y de charlar. Mis preguntas tenían que ver todas con la Marcha del Orgullo y la visita del Papa. Creo que, aunque las pensé mucho, eran muy genéricas, como si las hubiera hecho ChatGPT, como si mi modo de entender la marcha y la visita de León XIV también estuviera explicado por la IA.
Ayelén, Anyi, Esvieta, Alma, Vanesa, Brenda y Lorena Farfán me contaron cómo iban a pasar este fin de semana. Pero cada opinión estuvo antecedida por una breve reseña de quién hablaba y por qué decía cada cosa. El nivel de sinceridad, discrepancias y profundidad me hizo pensar, a los 15 minutos de charla, que había fracasado en mi intento de entrevista, que debería haber llevado una cámara y haber hecho un registro del coloquio.
Las personas de esta casa viven el orgullo y a Dios con una intensidad que muchos militantes reconocidos y muchos fieles de misa podrían envidiar. Aunque la mayoría no irá a la marcha y muy pocas irán a ver al Papa.
Ayelén cuenta que fue un par de veces, cuando vivía en el Gondolín. Esvieta también dice que fue, que en la marcha siempre empezaba bien, pero terminaba mal, por el consumo. Y por eso muchas no irán, saben que hay que cuidarse de los excesos. «Me gustaría ir, pero prefiero no porque conozco mis límites», dice Alma.
Algunas tienen curiosidad por participar en alguna oportunidad. Lorena sostiene un discurso sobre marchar con ropa, vestidas, para mostrar otro costado de la identidad trans.”Ya mostramos nuestros cuerpos, en todos lados, yo considero que también tenemos que marchar más vestidas, con la convicción de que podes trabajar de verduleras, barrenderas, en cualquier negocio”, afirma.

Vanesa es quizás una de las que más claramente enuncia el vínculo con la militancia y con la fe.”La fé me salvó la vida” dice. En el Hogar de Cristo, los días están llenos de trabajo, de encuentro y de cosas que hay que resolver en conjunto. La convivencia, como en todo hogar, lleva también mucho tiempo. Pero Vanesa además cuida a una anciana de 80 años y acompaña a personas que están con problemas de consumo.
Alma es la más crítica, aunque cuida sus palabras. Enuncia que solo cree en algo más allá, pero tiene en su voz el peso de la falta de creencia en las instituciones, y sobran las razones para eso. Otras, como Lorena, creen en Dios y hablan con él. «No solamente lo busco en los tormentos, lo busco en mis buenos días».

Anvieta cuenta que siempre creyó en Dios, pero hace pocos meses, desde que decidió dejar el consumo, se animó a hablarle. Antes creía que no era tan importante como para molestar al mismísimo Dios con su vida. Hoy está mejor, tiene fe.
Anyi relata que sobrevivió a la trata en su adolescencia y que en la calle cayó en el consumo. Cree en Dios. Su hermano, en Perú, tenía una foto con Juan Pablo II. Ella no sabe si irá a ver al Papa. Si tiene que trabajar, lo hará. Si no, lo va a seguir por la tele. Hay curiosidad en su discurso y muchas ganas de trabajar. Ella, además, está cursando la primaria desde hace un par de años. «Yo no sabía leer».
Ayelén habla de la fe en Dios y en la recuperación. «Si yo hoy no tuviera fe o no hubiese existido un poder superior, pienso que no estaría acá». «Yo también», repite Esvieta, y otra más, a la que no llego a ver, dice «también». La mesa está llena de sobrevivientes que tienen fe y desconfianza por igual.
La charla se interrumpe porque Anyi y Ayelén van a visitar a una compañera que está internada. Estar juntas les permite también ayudar a otras que no están en el hogar. Pero a los pocos minutos aparecen Dani y Ana y se suman. Dani es un hombre que viene de otro espacio, pero cuenta que con el tiempo pudo congeniar con las trans. Ana cuenta que es parte de la comunidad y que eligió estar en el Hogar trabajando junto a sus pares.
La visita del Papa entusiasma a algunas y a otras casi nada. Es algo que está presente, pero que todavía resulta lejano. La procesión sí es una experiencia más compartida. Los hogares de Cristo hacen una procesión al año, en marzo. «Cada año somos más las personas que vamos, que estamos mejor, luchando, saliendo del consumo».
Probablemente las fotos y los videos que circulen la próxima semana sean muy distintos entre la 35.ª Marcha del Orgullo y la primera visita de León XIV a la Argentina. Los mensajes y la doctrina son distintos, antagónicos y, para muchos, absolutamente irreconciliables. Pero en el medio, o, mejor dicho, en los márgenes, toda palabra que posibilite estar mejor vale, suma. Vanesa en la marcha y Vanesa vendiendo llaveros del Papa son una misma persona en quien se refleja ese acto de fe en sí misma, en su libertad y también en Dios.
Antes de terminar, les pido una palabra sobre lo que sienten con respecto a la Marcha del Orgullo. Arranco yo.
—Ganas.
—Fuerza.
—Libre.
—Amor.
—No, no sé.
—Querer.
—Soltar.
—Ser libres.
Ahora les pido una palabra sobre la visita del Papa a la Argentina. Después de todo lo que hablamos, una palabra. Arranco yo.
—Expectativa. O espera, más bien, espera.
—Negocio.
—Cariño.
—Esperanza a la gente.
—Amor.
—Yo tengo la expectativa de que quiero saber qué va a transmitir el Papa a toda la gente. ¿Qué va a decir? No sé.
—Paz.
—Amor.
—Búsqueda.
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