El mundo cambió las reglas y la Argentina, por primera vez en décadas, llega a tiempo. La transición energética y la carrera tecnológica convirtieron al litio y al cobre en mucho más que recursos naturales. Hoy son activos estratégicos que las grandes potencias se disputan, y premian a los países que se animan a producirlos, no a los que se conforman con tenerlos bajo tierra.
Los números no dejan lugar a dudas. Según el último informe de la Agencia Internacional de la Energía sobre minerales críticos, América latina podría generar unos u$s 185.000 millones de valor económico hasta 2035 a partir de la cartera de proyectos considerada. La región tiene lo que la economía del futuro necesita. Lo que le faltó, demasiadas veces, fue la voluntad política de aprovecharlo.
La Argentina conoce bien esa historia. Durante años, el litio y el cobre durmieron bajo el peso de cepos, retenciones y reglas que cambiaban según el humor de las gestiones peronistas. Eso empezó a cambiar. Con el RIGI y el ordenamiento de la macroeconomía, el país volvió a aparecer en el radar de los inversores internacionales.
En una economía que necesita exportar, generar dólares y crecer de verdad, la minería no es un tema más de la agenda. Es una prioridad. La Argentina con los yacimientos de Vaca muerta y el competitivo campo argentino sumada la minería puede diseñar un futuro promisorio, más allá de los agoreros de turno que quieren volver al pasado.
Para eso están las reformas. No para la foto, sino para que se invierta, se produzca y se genere empleo. Quien compromete miles de millones en un proyecto que tardará una década en madurar necesita algo que la Argentina le negó sistemáticamente, que es previsibilidad. Reglas que no se reescriben a mitad del partido. Sin eso, los proyectos se quedan en el papel. Con eso, arrancan.
El protagonista de esta historia no es el Estado. Es el sector privado, con su capital, su tecnología y su capacidad de gestión. Al Estado le toca una tarea más modesta y más difícil, que es no estorbar. Si lo logra, la minería no se agota en la extracción. Trae proveedores locales, empleo calificado y oportunidades para provincias que durante décadas solo recibieron promesas.

La geopolítica juega a favor. Estados Unidos, China y Europa compiten por asegurarse minerales críticos y reducir su dependencia. Esa competencia es una oportunidad para atraer capital, diversificar mercados y ganar peso internacional, con una brújula clara: el interés nacional.
El falso dilema entre inversión y desarrollo ya le costó demasiado al país. No hay que elegir. Tampoco hay que esperar a que todo sea perfecto para empezar a producir, porque esa espera infinita fue precisamente la coartada del estancamiento. Se trata de avanzar, atraer inversiones y construir capacidades sobre la marcha.
La Argentina tiene los recursos. Ahora empieza a tener las reglas. En un mundo que demanda cada vez más minerales críticos, el país tiene una oportunidad concreta de convertir su ventaja geológica en crecimiento, empleo y prosperidad. El riesgo no es equivocarse de camino. El riesgo es volver a abandonarlo.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
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