
Durante dieciocho años, camino al CECANOT, un semáforo me ha obligado a contemplar la metamorfosis de unos tenis. Al principio se exhibían sobre la acera, expuestos al polvo y al sol, como mercancía de un mercado de pulgas. Después llegaron las vitrinas, las filas de muchachos que doblaban la esquina y, finalmente, un edificio de tres plantas. Aquellos zapatos habían ascendido socialmente sin moverse de lugar.
El semáforo, en cambio, permanece inmutable. Sigue empeñado en distinguir tres colores que muchos motoristas consideran una simple opinión.
De vez en cuando aparece alguno calibrando en vía contraria, con la rueda delantera apuntando al cielo y la trasera discutiendo con Newton sobre quién gobierna el asfalto. Sospecho que padecemos una epidemia de daltonismo selectivo: el rojo del semáforo se vuelve invisible, pero los colores de unos «Joldan» se distinguen a dos cuadras. La oftalmología todavía no ha explicado semejante prodigio.
En nuestro patio, la «pinta» es asunto serio. Hay que llevar los tenis adecuados, la gorra en su ángulo preciso y esa expresión de quien acaba de conquistar un territorio, aunque todavía deba el desayuno. No basta con salir. Hay que conseguir que todos se enteren.
Aquellas filas siempre me intrigaron. ¿Qué podía esconderse dentro de una caja de zapatos para justificar semejante devoción?
Min Jin Lee, autora de Pachinko, ofrece una respuesta menos frívola de lo que parece. Recuerda la humillación de ver a sus padres tratados con desprecio por ser pobres. Por eso comprende que un muchacho sin dinero compre unos tenis caros. «Lo que importa es el respeto», dice.
De pronto la escena pierde algo de su comicidad. Quizás debajo de aquellos cordones no haya solamente vanidad, sino una vieja vergüenza familiar, el deseo de entrar por una puerta sin que nadie examine primero el calzado. Hay heridas que no sangran, pero obligan a vestirse para defenderse.
El problema comienza cuando la pinta exige sacrificios que exceden el bolsillo. Algunos ahorran durante meses; otros han descubierto que también puede pagarse con lo que desaparece de bolsillos ajenos. Curiosa alquimia: un celular cambia de dueño y, en algún lugar, alguien estrena una versión mejorada de sí mismo.
La admiración, sin embargo, es mercancía perecedera. Apenas se estrenan los tenis, alguien aparece con otros más nuevos, más caros, más difíciles de conseguir. Y comienza otra vez la carrera, aunque nadie recuerde dónde estaba la meta.
La luz cambia y avanzo. En el retrovisor queda aquel edificio de tres plantas, levantado donde antes se vendían zapatos sobre la acera. Ignoro las historias que guardan sus paredes. Me basta con lo que he visto.
Quizás nuestro verdadero daltonismo no esté en confundir los colores del semáforo, sino en distinguir tan bien unos zapatos y tan mal a quien los lleva.
Por: Carlos García Lithgow
NLP/
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