
El auge de los ‘paladares’, el alojamiento en casas particulares y el impacto directo en el empleo autónomo abren un debate sobre el verdadero alcance de la crisis del sector y el sustento de las familias cubanas.
Aunque el desplome del 65,1% en las llegadas internacionales a Cuba hasta septiembre de 2026 dibuja un panorama desolador para la infraestructura hotelera del país, analistas y emprendedores locales sugieren que la crisis actual está forzando una transformación estructural en la manera en que se gestiona y distribuye el capital del turismo en la isla.
Frente a los grandes complejos en régimen de todo incluido administrados por conglomerados estatales, los cuales sufren masivos cierres, el ecosistema del turismo privado —compuesto por los denominados «paladares» (restaurantes independientes) y las redes de hospedaje particular— emerge como la única red de seguridad financiera para miles de familias.
El impacto microeconómico: el valor del turismo de cercanía
Detrás del frío dato estadístico, que sitúa la ocupación de las instalaciones turísticas tradicionales en mínimos históricos, se esconde una realidad profundamente ligada al sustento cotidiano.
Para el sector privado autónomo de Cuba, cada visitante representa un canal directo de divisas que esquiva el circuito financiero gubernamental.
• Sustento familiar: El dinero inyectado por los turistas en las casas de alquiler y negocios independientes financia directamente la compra de alimentos, medicamentos y artículos de primera necesidad en un mercado local castigado por la escasez generalizada.
• Destrucción y refugio de empleo: Se calcula que la parálisis del turismo convencional ha provocado el despido de unas 25.000 personas en la órbita de las empresas del Estado. Muchos de estos profesionales —guías turísticos, chefs y transportistas— se están refugiando en iniciativas privadas autónomas para mantener sus ingresos familiares.
El papel clave de la diáspora y el turismo solidario
A pesar de que las visitas de los emigrados cubanos sufrieron contracciones debido a las trabas y el endurecimiento de las directrices de viaje de Estados Unidos, la comunidad en el exterior continúa posicionándose como uno de los sostenes económicos prioritarios del destino.
Representando prácticamente una cuarta parte del flujo real de viajeros que ingresa al país, este perfil de visitante no acude a los complejos vacacionales de sol y playa, sino que consume de forma íntegra en los negocios de sus barrios y comunidades, dinamizando la economía de proximidad.
Asimismo, turoperadores especializados en turismo solidario y agencias independientes de Europa e Iberoamérica han comenzado a rediseñar sus paquetes.
En lugar de promover grandes resorts en cayos aislados, fomentan itinerarios culturales e históricos basados en estancias en casas particulares y el consumo en cooperativas locales independientes, promoviendo una filosofía de viaje enfocada en el apoyo explícito al pueblo cubano en momentos de extrema dificultad.
Desafíos de un modelo en transformación
El giro hacia un turismo más comunitario e independiente no está exento de obstáculos. La crisis de combustible que dificulta los traslados internos, los cortes de luz y las restricciones bancarias internacionales —que bloquean el uso de divisas mediante pasarelas convencionales— obligan al sector privado a reinventarse diariamente mediante el uso de redes informales de pago y logística alternativa.
Mientras los megaproyectos hoteleros construidos en los últimos años permanecen vacíos, la supervivencia de la actividad turística en Cuba ya no se mide en millones de pasajeros, sino en la resiliencia de su tejido civil.
La temporada invernal que acaba de comenzar pondrá a prueba si este modelo de turismo enfocado en la comunidad es capaz de sostener el día a día de una población que resiste en medio de la peor tormenta económica del siglo.
Expreso. Redacción. Q.R
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