
Lucía Romero e Isabella Acerenza decidieron potenciar sus mensajes artísticos y compartir escenario en la apertura del ciclo “Partículas” este 3 de noviembre en la Sala Verdi.
En una extensa conversación con Cooltivarte, hablamos de la libertad artística, los mandatos, las desigualdades de la industria, el cuerpo, los vínculos y la necesidad de hacer las cosas de otra manera – y sus dos miradas – se encuentran en este ciclo.
La música es un camino de exploración, una forma de entender el mundo, un lugar donde conocerse, pero también puede convertirse en una tarea solitaria cuando todo parece depender de una misma: componer, producir, gestionar, conseguir escenarios, convocar al público, sostener económicamente un proyecto y, en medio de tantas obligaciones, encontrar tiempo para hacer aquello que originó todo: crear.
En ese escenario, se encuentran Lucía Romero e Isabella Acerenza. Lucía invitó a Isabella a compartir esta primera instancia de Partículas creando una especie de conversación musical porque detrás de las canciones existen trayectorias, decisiones estéticas, experiencias personales y una mirada crítica sobre las condiciones en las que se desarrolla la música.

Lucía Romero es cantante, compositora y una artista cuya búsqueda no se agota en la música. Su relación con la danza, el movimiento y la expresión corporal forma parte de un universo creativo que viene desarrollando desde hace años. Después de Doblaje y Magia Pagana, su recorrido continúa abriéndose hacia distintas formas de composición. En 2026 presentó Soy pan, soy paz, soy más, una canción que recupera desde la sencillez instrumental y una sensibilidad profundamente personal. También lanzó Estamos Bailando, una pieza que explora otro territorio sonoro, más cercano al movimiento y que unifica esos dos mundos que conviven perfectamente en ella.

Isabella Acerenza es cantautora, escritora, docente de literatura y gestora cultural. Su universo artístico se construye en el cruce entre la palabra, la música, la experimentación y una mirada crítica sobre las relaciones humanas y sociales. Publicó los poemarios Cuando olvidé la espina y Un bastón hecho de polvo (recibiendo el primer premio del concurso de la Casa de los Escritores en la categoría poesía en 2020); editó el disco DAGA x CARICIA, una obra que transita entre diferentes sonidos, la sensibilidad y la catarsis. Integra el Coro de Mujeres Panambí y creó ÍNTIMA, un espacio de encuentro, formación y profesionalización para cantautoras.
Y empezamos a conversar.
Lucía, cuando escucho tus más recientes trabajos Estamos Bailando y Soy pan, soy paz, soy más, encuentro dos búsquedas sonoras bastante diferentes. También aparece con más claridad una dimensión tuya que quizás no todo el público conoce: la relación entre música, danza y expresión corporal.
Lucía Romero: “Me interesan ambos caminos. Estamos Bailando sigue un poco la línea de Magia Pagana, especialmente esa búsqueda sonora que aparece hacia el final del disco, algo más bailable y ambicioso en términos de producción. Soy pan, soy paz, soy más, en cambio, pertenece a otro mundo. Me gusta hacer lo que tengo ganas y justo este año empecé queriendo hacer algo muy simple, volver a esa canción que tiene un mensaje sencillo pero profundo. Fue un proceso muy dinámico, grabado en vivo, yo tocando la guitarra, con pocos recursos y de una manera bastante despojada.
A veces siento que es como ponerme un traje de otro color pero sigue siendo el mismo. Hay algo que une esas experiencias y tiene que ver con estar haciendo, con buscar qué me interesa y llevarlo a cabo. No siempre la paso hermoso, también existen momentos en los que me pregunto qué estoy haciendo, para qué me metí en esto y quién me manda a mí. Incluso desde lo económico hasta tener que resolver un montón de cosas que no necesariamente tienen que ver con la creación pero hay un pulso de querer hacer que me acompaña desde hace años. Me gusta mucho la música, la danza, lo escénico, componer y tomar decisiones. Siento que ahí encuentro un lugar donde estoy mejor que en cualquier otro”.
Isabella, en tu recorrido también aparece esa convivencia entre diferentes lenguajes. Sos escritora, docente, cantautora y gestora cultural. ¿De qué manera dialogan esas distintas dimensiones en tu música?
Isabella Acerenza: “Muchas veces van de la mano. Las temáticas que me interesan poéticamente se traducen después en una expresión musical. Las cosas sobre las que pienso o reflexiono me incentivan a escribir y componer. Creo que cualquier otro arte que practiquemos enriquece el proceso de composición porque te abre la mirada.
En mi caso, las letras son centrales. Me interesa mucho la musicalidad de las palabras, incluso antes de agregarles una melodía. Me importa que exista una búsqueda detrás de lo que estoy diciendo, que no sea solamente encontrar una frase que funcione o que resulte atractiva. También me interesa mucho la experimentación. No quiero quedarme en un lugar en el que ya sé cómo hacer las cosas. Creo que parte de mi trabajo tiene que ver con encontrar otras posibilidades, con permitirme equivocarme y descubrir algo que no tenía previsto”.
Lucía, recuerdo especialmente aquella interpretación de Madre, en Sociedad Urbana Villa Dolores, cuando cantaste a cappella y construiste una escena completamente corporal. ¿Qué lugar ocupa esa búsqueda en tu manera de presentarte ante el público?
Lucía Romero: “Es una búsqueda que todavía no he explorado explícitamente desde una propuesta que reúna todo eso, pero está presente. Durante los años de pandemia tuve más participación en la danza. Estrené Impulso, una obra que hice junto a la coreógrafa Lucía Valeta, en el ciclo Montevideo Danza, y también hice un solo en Impermanencia, en el Teatro Solís. En ese momento sentí que había un lugar para mí desde la danza.
Después apareció otra visibilidad con Magia Pagana, que tuvo un lanzamiento más cuidado y también otro alcance. Una va haciendo camino y de repente empieza a llegar a públicos que antes ni siquiera sabía que existían.
Me interesa mucho lo escénico, la danza, la música y el cuerpo. Incluso ahora estoy estudiando el cuerpo humano desde la osteopatía en la Escuela de Osteopatía Argentina. Siento que llevo más de diez años dedicándole prácticamente toda mi vida a estas búsqueda y hay algo que tengo bastante claro dentro de toda la incertidumbre que significa hacer música: cuando termino un trabajo, tiene que gustarme a mí. Tiene que ser algo con lo que pueda irme a dormir tranquila, sabiendo que en ese momento hice lo mejor que podía hacer. Después quizás aprendo otras cosas y al día siguiente haría algo diferente, pero necesito sentir esa paz.
He sacrificado muchas cosas por la música, por estudiar, por formarme, por dedicarle tiempo. A veces pienso que la vida es tiempo y que yo le he dedicado muchísimo a esto. Es una elección que sigo haciendo”.
Isabella, en tu caso hay otra dimensión que me interesa particularmente: la relación entre tu formación literaria y la construcción de las canciones. En una época en la que parece que la letra queda muchas veces subordinada a la melodía o a la posibilidad de viralizar un tema, ¿Sentís que existe una pérdida de interés por el lenguaje?
Isabella Acerenza: “Creo que es un mal de época. Me parece que estamos teniendo dificultades para lidiar con pensamientos complejos. Solemos comunicarnos con memes, stickers y emojis, y eso también genera una pérdida del léxico.
A través de las redes todo el mundo quiere ser famoso, entonces parece que ya no importa tanto lo que alguien tiene para decir en una canción, sino lo cuantitativo.
También siento que estamos en una época que tiene un conflicto con la metáfora. Una metáfora implica un ejercicio mental, un trabajo de interpretación, y a veces parece que no queremos hacer ese recorrido. Igual, eso no significa que toda la música tenga que tener una letra compleja. Me encanta escuchar música experimental, música para bailar, propuestas en las que la voz es casi otro instrumento y no necesariamente se entiende todo lo que se está diciendo. También necesitamos eso.
Pero en el mundo de la canción siento que la letra está muy subestimada. Mucha gente va a talleres de música y nadie va a talleres de composición. Parece que escribir una letra fuera algo que simplemente sale, como si no necesitara trabajo.
También hay una simplificación del imaginario femenino. Parece que para escribir para mujeres hay que repetir determinadas ideas: mujeres que aman, que cuidan, que son fuertes y yo me pregunto por qué las mujeres querríamos escuchar todo el tiempo canciones que nos dicen lo que supuestamente somos”.
En ese sentido, ¿Sentís que hoy las artistas tienen más herramientas para generar sus propios espacios o que las dificultades siguen siendo las mismas, aunque hayan cambiado de forma?
Isabella Acerenza: “Creo que hay herramientas, pero también hay que entender que la democratización no significa que cualquiera pueda armar algo y que automáticamente vaya a funcionar. Para gestionar un proyecto necesitás saber qué vas a hacer con los recursos, cómo vas a financiarlo, cómo vas a administrarlo y qué sucede si las cosas no salen como esperabas.
Desde ÍNTIMA trabajamos mucho esas cuestiones. Me interesa que las artistas puedan tener herramientas para entender cómo funciona la industria.
Me parece fundamental que cuando te invitan a trabajar estén claras las condiciones. No podés reservar una fecha sin saber qué contrato vas a firmar, cuánto vas a cobrar o cuáles son las responsabilidades de cada parte y esto no tiene que ver solamente con una cuestión económica. Tu tiempo no es gratis, tu obra no es gratis. Estuviste años estudiando, preparándote y construyendo una propuesta artística”.
¿Dónde sentís que está hoy la principal dificultad?
Isabella Acerenza: “Existe una brecha enorme entre la pequeña burbuja en la que nos movemos las músicas y lo que conoce el público general. Nosotras sentimos que somos muchísimas, y lo somos, pero salís de ese círculo y muchas personas no conocen a ninguna de esas artistas.
El otro día fui a ver a Naoko y vi un público muy variado y pensé: es por acá, amigos. Las mujeres no podemos ser siempre las que vamos a ver a otras mujeres, las que compramos las entradas y las que sostenemos esos proyectos”.
Lucía, ¿Compartís esa preocupación?
Lucía Romero: “Sí, totalmente. Siento que cada espacio que se nos vaya brindando como mujeres podemos llevarlo adelante con profesionalismo. No tengo ningún tipo de dudas de eso. El mundo sigue siendo un terreno hostil para las mujeres. Creo que aprendimos todos los discursos, sabemos qué decir y qué es políticamente correcto, pero después, puertas adentro, siguen pasando cosas que nos hacen preguntarnos cuánto hemos cambiado realmente.
También creo que es momento de replantearnos qué políticas patriarcales ejercemos, tanto hombres como mujeres, y cómo podemos transformarlas. Los cuerpos que se muestran como expresión de libertad sexual siguen siendo, muchas veces, cuerpos jóvenes y hegemónicos. Parece que la posibilidad de vivir la sexualidad libremente estuviera reservada para determinados cuerpos de mujeres.
¿Dónde están las mujeres grandes viviendo su sexualidad libremente?, ¿Dónde están las mujeres que pueden ser sexys por su intelectualidad? Me parece que ahí tenemos mucho para seguir pensando.
También me pregunto constantemente qué imágenes estoy levantando con mi música y con mis espectáculos porque lo que ponemos en escena no solamente refleja la realidad, también contribuye a construirla. Las imágenes que repetimos una y otra vez terminan estableciendo qué es la belleza, qué es lo sexy y qué lugar puede ocupar una mujer.
No creo que seamos ingenuas con respecto a las decisiones que tomamos. Cada una sabe qué está haciendo y qué está dispuesta a negociar”.
En esa construcción también aparece el problema de los referentes. A veces parece que las mujeres tienen que responder a una imagen determinada para conseguir visibilidad, incluso cuando su discurso público plantea otra cosa.
Lucía Romero: “Sí, es paradójico. Creo que el feminismo puso sobre la mesa cosas fundamentales. Empezamos a nombrar situaciones que antes estaban naturalizadas: el abuso, el mansplaining y un montón de violencias que no tenían nombre o que no se reconocían como tales pero siento que quedó muchísimo por reflexionar. No alcanza con saber qué cosas están mal o qué comportamientos hay que cuestionar. También tenemos que pensar qué lugares ocupamos.
Para mí, a medida que una toma conciencia de su rol social, también tiene que preguntarse desde dónde está haciendo lo que hace. No es solamente una cuestión artística. Es artística y social”.
Hablando de Partículas, ¿Qué importancia tiene que las propuestas culturales contemplen las condiciones reales de trabajo de las artistas?
Lucía Romero: “Me parece fundamental. Yo siento que cada espacio que se nos vaya brindando como mujeres hay que celebrarlo, pero también tenemos que pensar en las condiciones en las que se desarrolla ese trabajo.
Una cosa es que exista una sala preciosa y otra es que haya una estructura que permita que las artistas puedan llegar a ese escenario, convocar público y sostener económicamente lo que están haciendo. Hay muchas cuestiones que no se ven. Una entrada no representa todo el trabajo que hay detrás de un espectáculo. Están los ensayos, los músicos, los instrumentos, el traslado, la producción, las horas de estudio y todo lo que una persona invierte para llegar a ese momento.
También hay que ser conscientes de que no todas las personas parten del mismo lugar. Poder estudiar música, tener un instrumento, disponer de tiempo y acceder a determinados espacios culturales son privilegios. Yo nunca tuve problemas para comer, tuve gente que me llevó a clases de música y pude trabajar dando clases de canto y tocando para financiar mis discos. También tuve apoyo de fondos pero para presentarme a esos fondos necesité una educación que me permitiera escribir un proyecto. Son muchas cosas que se van acumulando.
No digo que todo sea privilegio ni que no exista talento, pero hay una combinación de factores que permite que una persona llegue a determinados escenarios. ¿Quién va a tener ganas de tocar la guitarra ocho horas si no tiene comida en la panza o tiene que mantener a su familia?”
También hay una cuestión territorial. No alcanza con que un espectáculo sea gratuito si después sucede en un lugar al que muchas personas no pueden llegar.
Lucía Romero: “Totalmente. Si una propuesta musical no circula por determinados lugares, si no suena en la radio o si las personas no tienen posibilidades de conocerla, después es muy difícil que quieran ir a verla.
Nunca voy a culpar al público por no conocer una música. Si a una persona le ofrecieron siempre lo mismo, ¿Cómo va a descubrir otras cosas? Yo tampoco conocía lo que me gustaba hasta que empecé a escuchar otras propuestas.
La música también es cultura porque abre abanicos de posibilidades sonoras. Hay que generar las condiciones para que las personas puedan acceder a otras experiencias y eso no depende solamente de los artistas. Hay una cadena de acontecimientos que tiene que funcionar”.
Isabella, desde tu lugar como gestora cultural también conocés esas dificultades. ¿Qué tendría que cambiar para que las artistas puedan desarrollar sus carreras con mayor tranquilidad?
Isabella Acerenza: “Aprecio mucho que existan ciclos de mujeres pero estamos salteándonos una parte fundamental: hay que generar público que escuche mujeres. Si no, das el espacio, pero no necesariamente conseguís que la gente vaya.
También hay que pensar en las condiciones de trabajo. Las invitaciones deberían llegar con las condiciones sobre la mesa y cuáles son las responsabilidades de cada parte. Entiendo que muchas veces tampoco tienen recursos suficientes pero justamente por eso hay que pensar cómo se hace para que el trabajo no termine recayendo siempre sobre las artistas.
En Uruguay hay una diversidad y una cantidad de talento impresionantes. He tenido la suerte de conocer otras escenas y cuando volvés te das cuenta de la cantidad de canciones increíbles que aparecen en cualquier reunión, en cualquier encuentro. El problema no es la falta de talento. Es que no tenemos una plataforma suficientemente sólida para sostener profesionalmente a quienes quieren dedicarse a esto”.
También mencionaste que desde ÍNTIMA trabajan sobre tres cuestiones muy concretas: hablar de autogestión, aprender a hacer las cosas por una misma y construir equipos con otras mujeres. ¿Por qué te parecen tan importantes esos tres ejes?
Isabella Acerenza: “Porque muchas veces nosotras mismas no tenemos las herramientas para negociar o para entender qué estamos aceptando.
En el cierre de ÍNTIMA vamos a hacer un conversatorio con tres mesas. Una se llama Amiga, hablemos de plata. Otra se llama Amiga, hacelo vos misma y tiene que ver con aprender a utilizar herramientas, descargar programas, maquetear canciones, entender cómo funciona un proceso antes de entrar a un estudio y quedar dependiendo de alguien que sabe cosas que vos no sabés.
Y la tercera es Hacelo con otras para pensar a quién vas a llamar para tu equipo, quiénes son las personas con las que podés trabajar y cómo construir una red.
No significa que todos los roles tengan que estar ocupados por mujeres por una cuestión automática. Se trata de mirar quién puede hacer mejor cada trabajo y también de preguntarnos a quiénes estamos dando visibilidad porque después está lo que sucede arriba del escenario, quiénes son los invitados, quiénes aparecen y quiénes quedan siempre atrás. En los roles de producción muchas veces encontrás mujeres, pero cuando mirás los espacios de mayor visibilidad, la representación cambia.
Me interesa que podamos construir equipos donde no tengamos que justificar permanentemente nuestras decisiones. He visto mujeres liderando proyectos de una manera extraordinaria, con una visión muy clara, donde todas las personas trabajan en función de algo que se comparte. Eso también es un capital que tenemos que valorar”.
Lucía, hablamos también de la presión de las reproducciones, las visualizaciones y la necesidad de estar permanentemente produciendo algo nuevo. ¿Cómo se hace para no terminar midiendo el valor artístico con los mismos parámetros que utiliza la industria?
Lucía Romero: “Es difícil porque, si no estás atenta, terminás comiéndote ese discurso y empezás a pensar que si algo no tuvo determinada repercusión es porque fracasaste.
Yo lo siento. Es como si la cantidad de reproducciones empezara a determinar cuánto vale lo que hacés. Y eso puede afectar muchísimo la psiquis de una persona que está creando.
También pienso mucho en la autoexigencia. Es algo que tengo y que me ha hecho sufrir bastante. Está muy sobrevalorada la idea de que ser autoexigente o tener un umbral de dolor alto es algo positivo. Como si aguantar más fuera siempre mejor.
Cada vez intento más que esa exigencia no se traslade a las otras personas con las que trabajo. Somos seres sensibles y hay muy poca gente que funciona mejor bajo presión. Para mí sucede lo contrario. Cuando hacés sentir valorada a otra persona, cuando confiás en ella y considerás su aporte, las cosas funcionan mucho mejor.
No somos máquinas. Somos organismos mucho más complejos y sensibles. Por suerte tenemos la capacidad artística, la posibilidad de cocinar algo rico, disfrutar, tomar un mate. Esas cosas también forman parte de lo que somos.
Siento que se han perdido los espacios para no hacer nada. Siempre aparece una voz que te dice que tenés que estar haciendo algo, que tenés que pensar en el próximo paso, en el próximo disco, en la próxima canción y eso termina trasladándose a la manera en que nos tratamos y trabajamos con otras personas. Pensamos la producción como si fuéramos una industria y nos tratamos a nosotros mismos de esa manera”.
En ese sentido, también me parece interesante cómo aparece la construcción colectiva, no solamente como una herramienta para conseguir mejores resultados, sino como una forma de respetar el aporte de cada integrante.
Lucía Romero: “Sí, totalmente. Es muy importante considerar el aporte de la otra persona y entender que una construcción colectiva no puede consistir en que alguien decide todo y los demás simplemente tocan los acordes que esa persona quiere.
Tenemos que aprender a reconocer. Las personas responden mucho mejor cuando se sienten valoradas. No hablo solamente de los músicos, sino de cualquier persona que trabaja en un proyecto.
Mi compromiso es con la música y con el arte. Después el camino dirá adónde me lleva. No quiero perder de vista eso por estar persiguiendo una determinada cantidad de reproducciones o una idea de éxito que quizás ni siquiera tiene que ver conmigo”.
Isabella, ¿Cómo encontrás ese equilibrio entre la necesidad de comunicar, la búsqueda artística y la exposición permanente que hoy parece exigir la música?
Isabella Acerenza: “Para mí existe una diferencia enorme entre hacer música y producir contenido. Las redes pueden ser una herramienta, pero no pueden reemplazar el encuentro real con otras personas.
Me interesa pensar qué lugar ocupa la música en nuestra vida y qué esperamos de ella. No todo tiene que convertirse en una carrera por conseguir visibilidad. Hay algo muy valioso en poder encontrarse con otras personas, hacer una canción, compartirla y generar una experiencia. Por eso me importa tanto lo colectivo. Si no hacés lazos reales, te perdés. Te quedás mirando el celular como si eso fuera estar en la música. Todo creador parece que debiera convertirse obligatoriamente en un creador de contenido y a mí me interesa que podamos volver a pensar en la música como una experiencia compartida, que sucede en un escenario, pero también en los ensayos, en las conversaciones y en las redes que construimos”.
La invitación de Lucía a Isabella tiene algo de esos gestos que parecen sencillos, pero que dicen bastante sobre la manera en que ambas entienden el trabajo artístico. No se trata de construir una identidad común ni de encontrar una estética que las vuelva iguales, se trata de abrir un espacio para que dos búsquedas puedan convivir.
Lucía Romero sigue explorando las relaciones entre la voz, el cuerpo, la composición y el movimiento. Isabella Acerenza continúa expandiendo un universo donde la literatura, la música y el pensamiento crítico se encuentran. Ninguna parece interesada en quedarse dentro de una definición.
Quizás por eso Partículas adquiere una dimensión que excede la programación de una sala. El arte necesita tiempo, escucha, sensibilidad y también una estructura que permita que todo eso suceda.
Este 3 de noviembre, en la Sala Verdi, Lucía Romero e Isabella Acerenza compartirán esta primera instancia que abre una puerta mucho más amplia que la de la sala e invita a disfrutar de la música y la reflexión de manera naturalmente vinculada.
Aún quedan algunas entradas disponibles en este link.
https://cooltivarte.com/portal/entrevista-a-lucia-romero-y-a-isabella-acerenza-la-musica-que-hacemos-tambien-habla-de-como-vivimos/
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