
Las discrepancias son legítimas y necesarias en democracia. Lo que no puede convertirse en una costumbre es que cada desacuerdo termine debilitando la organización política y proyectando una imagen de división permanente.
Las recientes diferencias al interior de Ahora Nación, expresadas en las renuncias de César Holguín e Indira Huilca a sus responsabilidades como voceros parlamentarios, vuelven a poner sobre la mesa un problema recurrente de la política peruana: la enorme dificultad que tienen nuestros partidos para procesar sus discrepancias y construir una convivencia interna basada en reglas, acuerdos y decisiones colectivas.
La senadora Mirtha Vásquez ha salido a precisar que no existe una ruptura en la organización, que ambos parlamentarios continúan perteneciendo a la bancada y al partido, y que las diferencias surgieron principalmente alrededor de la posición que debía adoptarse frente al pedido de facultades legislativas del Ejecutivo. Según explicó, hubo dos corrientes: una favorable a otorgarlas y otra que advertía riesgos importantes.
La aclaración es necesaria. Renunciar a una vocería no significa abandonar una bancada ni romper con un partido. Sin embargo, el episodio merece una reflexión que va más allá de los cargos y de las personas involucradas.
La política también consiste en saber perder
En una organización democrática no siempre se consigue imponer la posición propia. Se discute, se argumenta, se negocia, se vota y finalmente se adopta una decisión.
Quienes quedan en minoría tienen todo el derecho de dejar constancia de sus discrepancias, explicar sus razones y continuar defendiendo sus planteamientos. Pero también deben comprender que formar parte de una organización colectiva implica aceptar reglas de convivencia y respetar los mecanismos mediante los cuales se adoptan las decisiones.
Saber ganar y saber perder es parte de la madurez política.
No se puede pretender que cada posición individual se convierta necesariamente en la posición oficial de la bancada. Tampoco es razonable que, cuando una propuesta no obtiene respaldo mayoritario, la respuesta inmediata sea poner los cargos a disposición, emitir pronunciamientos o trasladar las diferencias internas al escenario público.
Las organizaciones políticas necesitan deliberación, pero también necesitan estabilidad y capacidad de decisión.
El divisionismo debilita la representación política
El Perú ha tenido una larga experiencia de fragmentación partidaria. Organizaciones que nacen alrededor de una propuesta colectiva terminan debilitándose por disputas internas, diferencias de liderazgo, intereses particulares y dificultades para construir acuerdos.
El problema no es que existan corrientes distintas. La pluralidad es parte de la democracia. El problema aparece cuando esas corrientes dejan de convivir dentro de una misma organización y convierten cada desacuerdo en una confrontación que amenaza la continuidad del proyecto político.
En el caso de Ahora Nación, la responsabilidad es especialmente importante porque sus representantes forman parte de una nueva configuración parlamentaria. Los ciudadanos no eligieron solamente nombres individuales: también respaldaron una propuesta política y una representación que ahora tiene responsabilidades dentro del Congreso.
Por eso, las diferencias deben procesarse sin perder de vista el mandato recibido.
Una bancada que transmite permanentemente la imagen de estar enfrentada consigo misma corre el riesgo de perder capacidad de interlocución, coherencia en sus decisiones y confianza ciudadana.
La izquierda también debe superar sus contradicciones internas
Llama la atención que estas dificultades aparezcan también en organizaciones y sectores políticos que históricamente han reivindicado la organización colectiva, la disciplina democrática, la solidaridad y la construcción de proyectos comunes.
La izquierda peruana, como otras corrientes políticas, tiene una responsabilidad particular en demostrar que es posible convivir con diferencias ideológicas y tácticas sin convertirlas en una permanente disputa interna.
El puritanismo político llevado al extremo tampoco ayuda. Pretender que todos piensen exactamente igual, que cada integrante adopte sin discusión una determinada interpretación de los acontecimientos o que cualquier discrepancia sea considerada una desviación política termina haciendo inviable la construcción de organizaciones amplias.
Pero el problema contrario es igualmente perjudicial: que cada representante considere que su posición individual debe prevalecer sobre cualquier acuerdo colectivo.
Entre la obediencia ciega y la indisciplina permanente existe un espacio democrático que se llama deliberación, negociación y respeto a las decisiones adoptadas.
Ese espacio es el que los partidos deben aprender a construir.
La ley contra el transfuguismo no resuelve el problema de fondo
En el Perú se han impulsado mecanismos normativos para enfrentar el transfuguismo parlamentario y evitar que los representantes cambien de bancada por conveniencias personales o intereses circunstanciales.
Sin embargo, una regulación no puede reemplazar la formación política ni construir por sí sola una cultura de responsabilidad partidaria.
Además, debemos distinguir situaciones diferentes. Una cosa es abandonar el partido o la bancada por la que se obtuvo representación y otra muy distinta es renunciar a una responsabilidad de vocería. En el episodio de Ahora Nación, según la aclaración pública de Mirtha Vásquez, se trata de lo segundo.
La cuestión de fondo es cómo se construyen organizaciones capaces de resolver sus diferencias sin debilitarse y cómo sus representantes comprenden que la responsabilidad parlamentaria no termina en defender una posición personal.
Las normas pueden establecer límites, pero la madurez democrática se demuestra en la conducta de los propios actores políticos.
El Congreso necesita bancadas estables y partidos responsables
Este asunto adquiere mayor relevancia por el actual escenario institucional del país.
El equilibrio político que resultó de las elecciones tiene consecuencias en la composición del Congreso, en la relación entre las fuerzas parlamentarias y en la capacidad de fiscalización y control del Poder Ejecutivo.
Si los partidos de oposición permiten que sus diferencias se conviertan en divisiones sucesivas, pueden terminar modificando, por sus propias decisiones internas, el equilibrio político que los ciudadanos configuraron mediante el voto.
No se trata de impedir que un parlamentario cambie de opinión ni de obligarlo a respaldar decisiones que considere contrarias a sus principios. Se trata de comprender que la fragmentación tiene consecuencias institucionales y que quienes representan a los ciudadanos deben asumir responsabilidad por ellas.
La estabilidad democrática no depende exclusivamente del Gobierno. También requiere partidos organizados, bancadas capaces de deliberar y representantes que comprendan el alcance de sus decisiones.
Una oposición dividida puede perder capacidad de fiscalización, debilitar su interlocución y dificultar la construcción de acuerdos sobre los principales problemas nacionales. Y ese resultado no sería atribuible solamente a las circunstancias políticas, sino también a las conductas de quienes no logren procesar sus discrepancias.
La unidad no significa renunciar a las convicciones
Es importante decirlo: defender la unidad partidaria no significa exigir silencio, uniformidad ni subordinación absoluta a una dirigencia.
Los partidos deben garantizar el debate interno, permitir que las minorías expresen sus posiciones y establecer procedimientos transparentes para adoptar acuerdos. Una mayoría tampoco puede utilizar su condición para excluir o descalificar automáticamente a quienes discrepan.
Pero, una vez agotada la deliberación y adoptada una decisión conforme a las reglas internas, corresponde asumir colectivamente la responsabilidad política de lo acordado, sin perjuicio de las posiciones individuales que legítimamente puedan mantenerse.
La unidad no se decreta. Se construye con respeto, tolerancia, procedimientos y responsabilidad.
Una advertencia para la política peruana
Ahora Nación tiene por delante el desafío de demostrar que puede convertirse en una organización política capaz de procesar sus diferencias sin proyectar una imagen de fragmentación permanente. Y esta reflexión no se limita a ese partido: compromete a todas las agrupaciones que han recibido representación parlamentaria.
El país necesita partidos que no se desarmen ante la primera discrepancia, que no confundan pluralidad con desorden y que no conviertan cada votación adversa en una crisis interna.
La política no puede ser una sucesión de pequeñas organizaciones personales reunidas solamente para participar en elecciones. Debe ser un espacio de construcción de proyectos colectivos, con principios, reglas y responsabilidades compartidas.
Los ciudadanos entregaron un mandato mediante las urnas. Corresponde a sus representantes honrarlo.
Porque un partido no demuestra su fortaleza cuando todos piensan igual, sino cuando, pensando diferente, son capaces de discutir, alcanzar acuerdos y respetar las decisiones colectivas.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
REDACCIóN CENTRAL
Prensa Mercosur es un diario online de iniciativa privada que fue fundado en 2001, donde nuestro principal objetivos es trabajar y apoyar a órganos públicos y privados.
- ★Se celebrarán los 150 años de Manuel de Falla con una agenda especial en noviembre
- ★Pronóstico para Alta Gracia: lluvias al inicio de la semana y máximas de hasta 27 grados
- ★Reclamos por entradas y disturbios en un boliche de Alta Gracia
- ★IPS inicia acciones para transparentar mecanismos de control y mejorar capacidad de respuesta institucional
- ★(AUDIO) Resaltan que informalidad laboral disminuye 3.6 puntos porcentuales desde el inicio del actual Gobierno



















