
Podemos entrar a los sitios de noticias, mirar programas de actualidad en el cable o escucharlos en la radio, seguir las discusiones en las redes y sus infinitos recortes y rebotes. Podemos leer las columnas de los analistas políticos y en todas vamos a encontrar variantes de lo mismo: internas en el Gobierno, dispersión en el peronismo, preocupación por la economía, reacciones airadas, intrigas en Casa Rosada y peleas de conventillo en alguna sesión del Congreso. Cada semana se esperan novedades inminentes, cada negociación será decisiva, los resultados de las encuestas envalentonan a unos y desaniman a otros, cada estadística oficial se interpreta como una señal definitiva de algo.
Así y todo, superados los titulares urgentes y los ecos indignados, lo cierto es que hace varias semanas, incluso meses, que en la Argentina no pasa nada. Parece que pasan cosas, pero en realidad no pasa nada. Al menos nada relevante o que permita adivinar que el panorama pueda alterarse de manera significativa. Y esto que constatamos va más allá de que las denuncias de corrupción al final no tengan su correlato judicial, o de que el presidente se la pase ladrando mucho —al borde del paroxismo, sí; con formas repelentes, degradantes institucionalmente y en el límite de la salud mental, también— y mordiendo poco. Se relaciona más bien con un escenario en el que nadie quiere admitir que ya las cartas están jugadas, que no hay mucho más que hacer.
Al Toto Caputo ya se le echa en cara abiertamente la promesa de “los mejores 18 meses” porque la economía se resiste a crecer (es más, preparémonos para las reacciones histéricas cuando el mes que viene se confirme la recesión técnica). Análogamente, Máximo Kirchner puede prometer chavismo 5.0 para el año que viene, con la ilusión apenas disimulada de alentar una corrida que mejore sus chances electorales, pero la corrida tampoco llega porque no hay condiciones objetivas para ello. Algunos dirán que las cosas están bien, pero no van tan bien; otros, que están mal, pero no tan mal. El riesgo país puede subir por factores internos o externos, pero en lo fundamental sigue igual. Sólo queda esperar a que las cosas avancen a su ritmo, que no tiene por qué coincidir con las urgencias partidarias. Por supuesto, nadie podría reconocer esto porque nadie está obligado a declarar en contra de sí mismo o a exhibir su propia prescindencia.
Nadie está obligado a declarar en contra de sí mismo o a exhibir su propia prescindencia.
Se ha dicho que nuestro calendario electoral obliga a los oficialismos a validar su gestión cada dos años, motivo por el cual las oportunidades para ejecutar reformas de fondo son pocas y breves. Esto desde luego es cierto, pero en la situación actual hay ciertas particularidades que lo refuerzan. Sabemos que el Gobierno asumió y encaró con decisión la parte más traumática pero también la más veloz del ajuste. Evitó la hiperinflación y normalizó las variables de la economía sin defaults ni ruptura de contratos. Cumplió con sus obligaciones externas, enterró muertos que el kirchnermassismo le había dejado en los armarios, mantiene una buena relación con el FMI y muestra compromiso con el superávit fiscal. En parte porque las propias metas del programa con el Fondo así lo exigen, pero también porque a la Argentina ya no le queda ningún otro argumento. Se acabó, this is it. Sí, hay que recordar todo el tiempo que tenemos el prontuario de un delincuente reincidente, que hace décadas que nos la pasamos incumpliendo nuestras promesas. Que los países que hacen eso se cuentan con los dedos de una mano y que eso irremediablemente tiene un costo.
Además del ajuste, el Gobierno también ejecuta un cambio de modelo productivo. Hay kioscos que siguen y seguirán abiertos, pero en lo fundamental la apuesta es la lógica: apuntar a las ventajas naturales y a los sectores en los que podemos ser competitivos. No más industria conurbana subsidiada, sino que al agro se le suman ahora el petróleo y el gas de Vaca Muerta y la minería. No hay tampoco, pese a las quejas, una “brutal” apertura comercial, sino apenas una que nos deja alineados con el Mercosur. En cuanto a inversiones y política impositiva, el RIGI que algunos presentan como un privilegio injusto, el Gobierno lo explica como la única alternativa (otra vez) dados nuestros antecedentes y como un objetivo hacia el que el resto de los sectores deberían converger, no como una excepción. Es decir, que los gringos del campo deberán tener un poco más de paciencia. Otra vez.
Esperando el rebote
Así las cosas, con el ajuste inalterable y el grueso de las reformas puestas en marcha, sólo queda esperar. Hemos escuchado también que las transiciones de este tipo resultaron largas y complejas en otros países (Chile, Australia, Israel: elige tu propia aventura), que una vez que la inflación se ubica entre el 1% y el 2% mensual viene lo más difícil, que es reducirla al dígito anual, y no hay motivos para esperanzarse con que acá va a ser distinto. Más bien lo contrario. Pero todas las semanas hay simposios, congresos o reuniones sectoriales, y nadie se sube a un estrado para decir “hay que esperar, suerte, nos vemos”. Se discute, sí, sobre el nivel del tipo de cambio, el ritmo de compra de reservas, la política monetaria y las condiciones de mejora del crédito como efecto dinamizador. Todo muy bien, pero la impresión es que un cambio en esas cuestiones tendría efectos marginales. En cualquier caso, parece improbable una explosión del consumo o un salto de la actividad económica antes de las elecciones. El equipo económico lo sabe, por eso sobreactúa para curarse en salud y que no corran (otra vez) con el dólar en campaña.
Ni corrida cambiaria ni plan platita. No hay margen para hacer lo que hizo Massa en 2023 ni lo que acaba de hacer Lula, quien, a diferencia del Sergio, deberá hacerse cargo de las consecuencias de sus decisiones. Apenas si se puede muñequear un poco con cuestiones como ésta, como para que las expectativas no empeoren más. Porque sí, porque esto es lo que hay. Esta chatura, una curva que se aplana, que trata de despegar pero parece sentir una atracción irresistible por la base. Un cero a cero aburrido: puntitos inteligentes. Desensillar hasta que aclare, elige tu propia metáfora. El Gobierno no puede calentar la economía porque va contra sus principios y porque tampoco tiene con qué. Cambió las condiciones, desreguló y fijó los marcos para que el sector privado haga lo suyo, pero ese ciclo virtuoso se demora en concretarse por su propia naturaleza y porque además convive con el otro ciclo, dictado por la ineludible periodicidad de las elecciones. Se lo puede llamar “riesgo kuka” o de cualquier otra manera, pero es el razonamiento circular según el cual esto se traba porque seguimos comprando dólares en lugar de apostar en serio a invertir, que nadie invierte por miedo al regreso de los orcos y que los orcos volverían porque esto no arranca. No se culpe a nadie, por algo no nos estamos yendo todos ahora mismo a vivir a Neuquén.
Hasta acá hablamos de economía, porque es el rubro donde el Gobierno puede mostrar sus mejores resultados y un equipo homogéneo. Algunos dirán lo mismo sobre Sandra Pettovello y su pericia para desmontar los aparatos clientelares y reorganizar los programas sociales, pero hasta ahí llega el escrutinio público sobre su desempeño. Sumado a ello, a la ministra se la ve por acá y por allá muy cada tanto, y apenas si le conocemos la voz. Sí, es cierto, podríamos agregar el control de la calle. Sin culpa y hasta con alegría. Era más fácil y rendidor de lo que parecía, después de todo, pero había que hacerlo, si además es legítimo y hasta una obligación del Estado.
Para las demás áreas de gobierno, podríamos decir que hay tres maneras de gestionar: con plata, con inteligencia o con ambas. Plata sabemos que no hay, lo cual elimina dos opciones. Queda la inteligencia y sería mejor no hacerse muchas ilusiones con este Gobierno en este aspecto. Es cierto que son transparentes: parecen un corso a contramano (diría mi abuela) y lo son. Las peleas internas, las guarangadas y el trazo grueso los distinguen desde su propia conformación como partido. Nacieron con la lógica del trolleo y así se conducen, porque es casi lo único que saben hacer. No hay escándalo moral ni sensibilidad ofendida en esta descripción, es lo que hay.
Es injusto porque sí, es desgastante ver que el consumo no repunta y ya sabemos que no te van a entender que aquello que se extraña era en verdad una anomalía.
Podrán decir que es injusto, que es muy difícil de internalizar el hecho de que, una vez bajado el nivel demencial e inviable del gasto, el robo y la catastrófica gestión kirchnerista, ya nunca te va a quedar la opción de volver a reventar cualquier stock como si no hubiese un mañana. Es injusto porque sí, es desgastante ver que el consumo no repunta y ya sabemos que no te van a entender que aquello que se extraña era en verdad una anomalía, una imposibilidad. Es más, ni el ortodoxo más desalmado nos va a decir que, si ya nos cagamos de hambre tres años, hace falta que nos caguemos de hambre otros tres, cinco o diez. No importa que sea cierto, es un desafío explícito, si no a la condición humana, al menos al Argentina state of mind. En ese sentido sí, somos todos peronistas aunque no lo sepamos ni lo queramos.
Un ejemplo endemoniado ilustra la situación a la perfección: las universidades nacionales. Es desde luego una opinión personal, pero se trata de una encerrona, una calle sin salida. Es imposible sostener una discusión sensata y honesta al respecto, porque la maraña de problemas, intereses y conflictos la convierten en la Hidra de Lerna. Como en tantos otros casos, hay distintos grados de responsabilidad en los gobiernos anteriores, pero sobre todo en los kirchneristas. Hay responsabilidad también de las propias universidades y sus autoridades, que se llenan la boca de buenas intenciones pero parecen desconocer cualquier mínima noción de rendición de resultados y, a la hora de los bifes, ya sabemos de qué lado se paran. Así y todo, su supervivencia les exige seguir con sus reclamos al Gobierno.
Es un desquicio caro, contra el que hasta una selección mundial de tecnócratas se estrellaría, entonces para qué intentarlo.
Es un desquicio caro, contra el que hasta una selección mundial de tecnócratas se estrellaría, entonces para qué intentarlo. La que va, entonces, es trollear. Mandar a un funcionario de segunda línea a decir barbaridades y pelearse con los rectores, con la certeza de que, dos días después de la enésima marcha enarbolando los más altos ideales, esos mismos rectores van a posar en público con Sergio Massa. El resultado forzoso es otra vez el empate, nada se soluciona o incluso empeora, y se podría decir que hasta resulta funcional para todos, menos para los que la miramos de afuera. La ligaron los jubilados, los estatales, los textiles y otros tantos otros sectores: qué les hace pensar que con las universidades sería distinto. Hace años que, quienes pueden, reemplazan salud, seguridad y educación pública básica por la privada. Para quienes no pueden, la educación superior es una quimera.
Este ejemplo sirve, además, para entender por qué el ruido de la polémica mediática es lo que se nota en la superficie mientras en el fondo no pasa nada. No hay debate sensato cuando ninguno de los contendientes está dispuesto al fair play, cuando nadie está dispuesto a aceptar sus responsabilidades, a resignar privilegios o a administrar problemas extremadamente difíciles de resolver. Cuando las discusiones se reducen al postureo, la chicana y la mala fe, todo se convierte en la pelea de inválidos de South Park.
Y entonces qué
Supongamos, en el escenario más optimista, que la economía se reactiva algo y el oficialismo suma algunos argumentos para pelearle al tren fantasma. Los pronósticos no son mi especialidad, pero no se me ocurre imaginar que el peronismo irá dividido ni que Milei dejará a otro su candidatura. Lo primero, porque sin unidad no tienen chances. Lo segundo, porque ningún gobierno que se quiera un poco renuncia a postular a su presidente. Sí, lo hizo el Furia cuando imaginaba la alternancia familiar eterna, pero las condiciones hoy son distintas.
La campaña será áspera y ruidosa, es decir, como siempre. Este escenario optimista requerirá además que desde el exterior no lleguen olas demasiado grandes. La mano no viene como para pedir demasiado viento de cola, sino para conformarnos con no tener un vendaval de frente. Todo lo que está en pausa seguirá en pausa, mientras hacemos la plancha y esperamos que las lluvias nos den otra cosecha récord sin que se inunde la mitad del país, o mientras esperamos que el revoleo de cifras millonarias de Vaca Muerta nos deje un hueso como para ir tirando. Si sale bien, habrá más de lo mismo, quizás un poquito mejor. Ningún Imperio Austral: a lo sumo un país con un montón de quilombos de los cuales sólo una parte se podrá resolver con la plata que entre y la inteligencia que se pueda comprar, artificial o de la otra.
¿Y si sale mal? Perdón, pero hoy no tengo muchas ganas de imaginármelo.
La entrada No pasa nada, loko se publicó primero en Seúl.
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