
El INAH confirmó el hallazgo de al menos 50 huellas fosilizadas de dinosaurios en un arroyo de Apatzingán, en la región de Tierra Caliente, Michoacán. Las pisadas miden entre 12 y 48 centímetros y pertenecieron a especies carnívoras y herbívoras que caminaron por esa zona hace aproximadamente 65 millones de años. Lo que hace este descubrimiento todavía más particular es que no lo encontraron los científicos primero: fueron los propios habitantes quienes avisaron al instituto.
Qué encontraron exactamente en Apatzingán
Las huellas están distribuidas a lo largo de un arroyo en Apatzingán, Michoacán, y corresponden a dos tipos distintos de dinosaurios: carnívoros y herbívoros. Algunas de las pisadas son pequeñas —apenas 12 centímetros— pero otras alcanzan los 48 centímetros, lo que sugiere que sus dueños medían hasta cuatro metros de altura. No es un rastro aislado ni una huella suelta: son al menos 50 impresiones conservadas en roca, lo suficientemente claras para que los especialistas del INAH pudieran clasificarlas por tipo de animal.
Los paleontólogos que trabajan en el sitio creen que puede haber muchas más huellas bajo la superficie o en zonas adyacentes del arroyo aún no exploradas. Por eso el instituto ya inició trabajos de estudio y protección del área, que por ahora se mantiene bajo resguardo para evitar daños al registro fósil. La conservación de este tipo de sitios en México ha sido históricamente difícil, sobre todo cuando están en zonas de acceso público o cerca de comunidades sin infraestructura de protección inmediata, .
Por qué Michoacán y por qué ahora
Que existan huellas de dinosaurios en Michoacán no es una rareza geológica total, pero sí es un hallazgo poco común para el centro-occidente de México. La región de Tierra Caliente tiene características geológicas que favorecieron la preservación de este tipo de registros: sedimentos de roca que, bajo las condiciones correctas de presión y tiempo, pueden conservar impresiones durante decenas de millones de años.
Lo que convierte este caso en algo distinto es la participación directa de la comunidad. No fueron expediciones científicas las que localizaron el sitio, sino los habitantes locales, quienes reconocieron las marcas en la roca y decidieron reportarlas al INAH. Ese dato dice algo sobre la relación que las comunidades mexicanas tienen con el territorio que habitan: una especie de vigilancia orgánica que, en este caso, derivó en un hallazgo paleontológico de primera importancia.
El instituto aún no ha publicado una fecha estimada para el inicio de una excavación formal ni para la apertura del sitio al público, pero el solo hecho de que los especialistas estén ya sobre el terreno indica que el hallazgo tiene suficiente peso científico como para justificar recursos y tiempo.
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