Aquello —tan pequeño, tan humano— le había resultado más inmediato, más verdadero, que cualquier certeza teológica que hubiese defendido hasta entonces. Y esa constatación, lejos de acercarlo a Dios, lo dejó en una especie de intemperie.
Por Juan Andrés Valencia Arbeláez
Encuentre aquí la primera entrega: El éxtasis de don Pérez (parte uno)
Los años pasaron sin alterar en apariencia el orden de las cosas. María dejó de ser la adolescente que apenas se atrevía a sostener la mirada, y se convirtió en una joven cuya presencia no irrumpía, pero permanecía. No era una belleza de aquellas que obligan a volver la cabeza, sino de las que, una vez vistas, se instalan con una suavidad difícil de olvidar.
Su cabello, oscuro y abundante, solía caerle recogido con descuido sobre la nuca, como si incluso en ese gesto evitara llamar la atención sobre sí misma; sus ojos —de un verde claro que parecía más luminoso en la penumbra del templo— rara vez se alzaban del todo, y cuando lo hacían, era solo lo suficiente para escuchar mejor, no para ser vista. Había en su andar una cautela casi aprendida, como si cada paso hubiese sido medido para no perturbar el aire que la rodeaba.
Sin embargo, el pueblo, que rara vez se equivoca en lo que observa y casi siempre en lo que interpreta, comenzó a hablar de ella.
En la legumbrería, entre el peso de las papas y el rumor de las monedas, se decía que María tenía una hermosura que crecería con los años; en la carnicería, donde las palabras suelen ser más rápidas que los juicios, se comentaba que varios muchachos habían empezado a rondar su casa con excusas cada vez menos disimuladas; en la panadería de los Castaño, entre el olor del pan recién hecho, se repetía con ligereza su nombre, acompañado de risas que no siempre lograban ocultar una intención más seria.
Don Pérez escuchaba todo esto como escuchaba el resto del mundo: con atención suficiente para no parecer distante, pero con una reserva que impedía que algo de aquello se adentrara en él… o, al menos, eso creía.
Sus recorridos no variaron: la misma hora, los mismos lugares, las mismas palabras sobre el clima, las cosechas o los pequeños acontecimientos del pueblo. Pero hubo quienes comenzaron a notar que, cuando el nombre de María surgía en conversación, su respuesta llegaba un instante más tarde, como si tuviera que atravesar primero un silencio antes de convertirse en palabra.
Nada en su conducta, sin embargo, daba lugar a sospecha. Al contrario, su fama de santidad crecía, y aunque varios llegaron a interrogarlo por la veracidad sobre sus pláticas con Dios, don Pérez, quien entendía lo necio de estas palabras, amenazaba con la excomunión y el infierno a estas personas, por lo que la gente siguió suponiendo que era verdad, pero ya no lo expresaban tan abiertamente.
Se decía que era un hombre de oración constante, que su voz en el altar no conocía distracción y que su mirada parecía fija en algo que los demás no podían ver. Algunos aseguraban que había en él una pureza poco común, una especie de desapego que lo mantenía al margen de las preocupaciones ordinarias. Otros, más inclinados al fervor, comenzaban a atribuirle una santidad que no necesitaba ser proclamada, porque se insinuaba en cada uno de sus actos.
Una mañana de jueves, mientras la lluvia caía suave a las afueras del templo, y don Pérez veía desde el confesionario hacia el San Antonio donde conoció a María y recordaba aquella vez, escuchó su voz, que ya no era la de un gatito, sino más bien la de una flauta dulce tocada magistralmente.
La luz entraba por los vitrales con una suavidad distinta, como si incluso el sol hubiese moderado su presencia, y las pocas personas que permanecían en las bancas hablaban en voz más baja de lo habitual, sin saber bien por qué.
—Ave María purísima —dijo María.
Había en su postura la misma reserva de siempre, pero algo en la forma en que sostenía las manos —más juntas, más tensas— delataba una inquietud que no lograba ocultar del todo.
—Sin pecado concebida —respondió don Pérez.
La fórmula, tantas veces repetida, sonó esa tarde más distante, como si hubiese atravesado un espacio mayor antes de llegar a su destino.
—Perdóneme, padre, porque he pecado.
—Dime, hija.
Hubo un silencio. No el silencio habitual de quien busca palabras, sino uno más lleno, como si aquello que iba a decirse tuviera que encontrar primero un lugar donde ser dicho.
—Me voy el lunes.
Don Pérez no respondió de inmediato. Del otro lado de la rejilla, la penumbra ocultaba su rostro, pero no la pausa. Durante años había escuchado confesiones de todo tipo, había aprendido a reconocer el peso de las palabras antes de que fueran pronunciadas, pero aquella frase —tan sencilla, tan definitiva— no parecía encajar en ninguna de las categorías que conocía.
—Lo sé —dijo al fin.
—¿Lo sabe?
—En un pueblo como este —respondió—, hay cosas que dejan de ser de quien las vive mucho antes de que ocurran.
María bajó la mirada, aunque él no podía verla.
—No estoy segura de querer irme —añadió—. Pero tampoco sé si quedarme sería… correcto.
—Lo correcto —dijo él— rara vez se nos presenta con claridad.
—Entonces, ¿cómo se decide?
Don Pérez apoyó la mano sobre el borde de la madera, como si necesitara un punto firme desde donde sostener la respuesta.
—Se elige —dijo—. Y después se aprende a vivir con lo que no se eligió. La frase quedó suspendida entre ambos. María respiró hondo.
—Padre… —empezó—, ¿uno puede equivocarse incluso cuando cree estar haciendo lo mejor?
Esta vez el silencio fue más largo.
—Sí —respondió él finalmente—. Y a veces es en ese error donde se reconoce lo que realmente importaba.
María apretó con más fuerza sus manos.
—¿Y si uno se da cuenta demasiado tarde?
—Entonces ya no se trata de evitar la pérdida —dijo don Pérez, con una lentitud que no era habitual en él—, sino de decidir qué se está dispuesto a perder.
El templo parecía haber quedado completamente en silencio. Ni pasos, ni murmullos, ni el leve movimiento de las bancas. Solo esa conversación que, sin apartarse del rito, comenzaba a rozar algo que no pertenecía del todo a él.
—¿Y hay cosas… —preguntó María, casi en un susurro— que no deberían perderse?
Don Pérez cerró los ojos. Por un instante —breve, pero suficiente— dejó de ser el hombre que respondía con certeza y se quedó en ese punto incierto donde las palabras ya no bastan.
—Sí —dijo—. Pero no siempre nos es dado conservarlas.
La respuesta no alivió a ninguno de los dos. Luego, como si necesitara apoyarse en algo más firme que sus propias palabras, sacó su billetera y desdoblando una estampa que llevaba dentro la pasó por la rejilla del confesionario.
—Toma —dijo.
María recibió la estampa.
—Es de santa Rita de Casia —añadió él—. Es patrona de las causas desesperadas. Cuando se le reza encuentran solución.
—¿Y la tienen? —preguntó María. Don Pérez guardó silencio un instante.
—A veces —dijo—. Pero hay cosas… para las que ni siquiera los milagros bastan. María no respondió.
—Guárdala —continuó él—. Puede que te sirva cuando tengas que elegir… o cuando entiendas lo que elegiste.
La absolvió después de eso, pero su voz no recuperó del todo la firmeza habitual.
—Ve en paz.
—Gracias, padre.
Después de que María se fue, salió con paso pesado y mirada perdida del confesionario, rezó el ángelus como de costumbre y le pareció curioso, al ver el corazón de la Virgen traspasado por espadas, cómo él mismo sentía que su alma había sido perforada. Se dirigió a la casa cural, saludó a Angélica y le dijo que ese día no comería mientras caminaba hacia su habitación.
Cerró la puerta con un cuidado innecesario, como si temiera que incluso el sonido pudiera delatar algo que todavía no sabía nombrar. Permaneció de pie unos segundos, mirando el pequeño espacio en el que había vivido tantos años sin sobresalto alguno: la cama siempre tendida, el breviario sobre la mesa, la ventana abierta hacia el mismo paisaje de siempre.
Todo estaba en orden, y, sin embargo, por primera vez, ese orden le pareció insuficiente. Se sentó, mas no rezó, aunque intentó hacerlo, pero las palabras —esas que tantas veces había repetido con una certeza casi mecánica— se le presentaron ahora como fórmulas vacías, correctas en su forma, pero incapaces de contener aquello que sentía.
Pensó entonces en Dios. No en el Dios de sus sermones, ni en el de las imágenes que adornaban el templo, sino en ese Dios al que había consagrado su vida con una fidelidad que nunca se había permitido cuestionar. Intentó recordarlo como presencia, como consuelo, como aquello que justificaba la renuncia… pero lo único que encontró fue una idea.
Una idea perfecta, inmutable, pero extrañamente distante. Se sorprendió, no sin cierta amargura, de lo poco que había en ella que pudiera compararse con lo que había sentido esa misma tarde, al escuchar la voz de María quebrarse apenas al decir que se iba. Aquello —tan pequeño, tan humano— le había resultado más inmediato, más verdadero, que cualquier certeza teológica que hubiese defendido hasta entonces. Y esa constatación, lejos de acercarlo a Dios, lo dejó en una especie de intemperie.
¿Había amado realmente, o había pasado la vida entera resguardándose en una forma de amor que no exigía ser probada? Se levantó y comenzó a caminar por la habitación, lentamente, como si cada paso necesitara afirmarse en algo que ya no estaba del todo firme. Pensó en María, no como en una falta, ni como en una tentación, sino como en una presencia concreta, situada en el tiempo y en el mundo, que no pedía ser comprendida, sino simplemente vivida. Recordó sus silencios, la forma en que elegía las palabras, la manera en que sus preguntas no buscaban respuestas, sino algo más parecido a una compañía.
Y comprendió, con una claridad que no había buscado, que aquello no se parecía en nada a lo que había aprendido a llamar amor a Dios. Lo otro —ese amor elevado, sin rostro, sin urgencia— nunca lo había puesto en riesgo, porque nunca le había exigido nada que no pudiera ofrecer sin perderse; este, en cambio, lo desordenaba, lo volvía incierto, lo obligaba a elegir.
Se detuvo, se acercó a la mesa y apoyó ambas manos sobre la madera, se sentía agotado, como si hubiese corrido una maratón. Miró el breviario, cerrado. No lo abrió. Pensó, con una serenidad que no venía de la fe, sino de algo más simple, más inmediato, que no quería perder a María.
No quería perder aquello que, sin haber sido buscado, había comenzado a existir entre ambos con la discreción de lo verdadero, y entendió entonces que quedarse —permanecer en el orden que había sostenido hasta ahora— no era una elección neutral, era, en realidad, una forma de renuncia, no a sí mismo, como había creído siempre, sino a lo único que, por primera vez, le parecía digno de ser conservado.
Se dejó caer en la silla, y no hubo revelación o consuelo, solo una certeza que no necesitaba justificarse: si Dios exigía aquello, entonces Dios no era suficiente. La frase no llegó a formularse en voz alta, pero tampoco encontró nada dentro de sí que la contradijera. Esa fue su decisión —no un acto de fe, sino, quizás por primera vez, un acto de voluntad: se iría, no porque estuviera seguro de hacer lo correcto, sino porque quedarse, ahora, le parecía la única forma verdadera de equivocarse.
Se agachó bajo la cama y sacó una pequeña maleta, y después de volver a repasar en su cabeza esa decisión comenzó a empacar, y mientras lo hacía, notó que no tenía muchas cosas, producto de su vida casi ascética. Cerró la maleta, decidió no empacar nada ligado a esta vida que determinó abandonar, allí estaban el cristo de sus votos, el breviario, el rosario, la sotana, entre otras cosas propias de su oficio. Se tiró en la cama sin siquiera destenderla, sentía que
esa ya no era su casa y no tenía autoridad para ello, y así pasó la noche, mirando al techo, absorto en ensoñaciones sobre lo que le diría a María, pero quizás sería inútil tratar de explicar esa decisión de buenas a primeras, así que optó por no levantar un muro de palabras y solo decir «vamos», como si las decisiones más graves pudieran pronunciarse con la misma ligereza con que se invita a dar un paseo, y como si aquello que dejaban atrás no fuese, precisamente, lo único que hasta entonces había dado sentido a su vida.
Fue entonces cuando se percató de que debía dejar constancia de su partida, no tanto por fidelidad a quienes dejaba, sino para evitar que su ausencia, desprovista de explicación, adquiriera esa persistencia incómoda de un desaparecido a quienes los vivos se empeñan en apegarse sin aceptar su ya no presencia entre ellos. Se sentó en la cama, sacó un papel de una libreta y pensó en qué escribir: si decía la verdad no la creerían o peor aún, creyéndola, no la entenderían, y nunca había sido bueno mintiendo ya que esa es una habilidad que no enseñan en el seminario. Miró el reloj, eran las 4:00 a. m. y sabía que debía partir antes de que Angélica llegara a la casa cural, o alguien en el pueblo lo viera partir, así que escribió lo primero que se le vino a la cabeza y salió rumbo al paradero de los buses.
A las siete de la mañana, el paradero de buses tenía ese aire incierto de los lugares donde nadie permanece más de lo necesario, solo un par de viajeros con maletas pequeñas, una mujer que sostenía un bolso con ambas manos como si temiera que alguien se lo reclamara, y el vendedor de café, que parecía más despierto que todos los demás; la luz apenas terminaba de asentarse sobre el pueblo, y entre el murmullo discreto de algunos viajeros y el silbido ocasional del viento, don Pérez se encontraba sentado en una banca de madera con la maleta a sus pies, aguardando con una paciencia que no era tanto virtud como hábito, intentando ordenar en su cabeza aquello que, llegado el momento, diría con la brevedad que había decidido imponerle a su propia vida.
Sin embargo, el hambre lo obligó a levantarse y dirigirse al puesto de café cercano, donde, mientras bebía con lentitud, se permitió por unos instantes no pensar en nada, como si el cuerpo, a diferencia del alma, supiera resolver sus urgencias sin conflicto alguno. Al regresar, la vio, de pie, sosteniendo su maleta con la misma discreción que parecía acompañarla en todo, y por un instante creyó que bastaría acercarse para que todo aquello que había decidido durante la noche adquiriera sentido; pero entonces reparó en que no estaba sola: a su lado se encontraba Juan, el hijo del panadero, inclinado hacia ella con una familiaridad que a ella no parecía incomodarle, y María, a quien tantas veces había escuchado hablar en voz baja, midiendo cada palabra como si temiera que el mundo pudiera oírla, reía ahora con una ligereza que a él le resultó extraña.
Y al observar cómo sus ojos verdes brillaban al ver a Juan, aunque bien podía ser solo el reflejo del sol matutino, y le exhibía una sonrisa coqueta, comenzó a sospechar, con una claridad que no necesitaba confirmación, que había aspectos de ella que nunca le habían pertenecido; fue entonces cuando el gesto ocurrió, tan leve que habría pasado inadvertido para cualquiera: la mano de Juan rozó la de María, y ella, lejos de retirarla, la sostuvo con una naturalidad serena, aferrándola con esa confianza silenciosa con la que un niño se aferra a su peluche favorito.
No se acercó, no porque le faltara valor, sino porque entendió que no había nada que interrumpir, y mientras el bus comenzaba a anunciar su partida, se dio la vuelta con la misma discreción con la que había llegado, llevándose consigo no una pérdida, sino algo más difícil de nombrar: la certeza de que había llegado a tiempo para descubrir que, en realidad, siempre había estado fuera de lugar.
Mientras tanto en el pueblo, ya preocupados por la ausencia de don Pérez, decidieron ir a buscarlo a la casa cural, y sobre la mesa de su habitación, junto al breviario abierto y el rosario cuidadosamente dispuesto a su lado, encontraron apenas una línea subrayada en tinta reciente: «Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mateo 6, 21). Nadie en el pueblo dudó del sentido de aquellas palabras, pues todos creían saber, con la certeza que da la costumbre, cuál había sido siempre el tesoro de don Pérez; y así, sin mayor inquietud, aceptaron que su ausencia no era abandono, sino elevación, sin sospechar que, tal vez, el corazón, como los hombres, puede aprender demasiado tarde a latir en otra parte.
Muchos años después, María volvió a su pueblo acompañada de su esposo y sus dos hijos, Pedro y Juan. No llegó con la timidez de la adolescente que alguna vez fue, sino con esa serenidad aprendida de quienes han vivido lo suficiente como para no esperar demasiado de las cosas. Su rostro conservaba algo de la suavidad de antes, pero ahora estaba atravesado por líneas casi imperceptibles que no afeaban su belleza, sino que la volvían más cierta; su cabello, aún oscuro, comenzaba a recogerse con mayor cuidado, como si el tiempo le hubiese enseñado que incluso la sencillez requiere de cierta intención, y sus ojos —los mismos verdes de entonces— ya no evitaban la mirada de los otros, aunque en ellos persistía, como un resto, esa forma de reserva que no desaparece del todo cuando ha sido aprendida desde joven.
El pueblo, sin embargo, no era el mismo. Las calles que recordaba estrechas se habían ensanchado en ruido y movimiento, los locales habían cambiado de dueño o de nombre, y donde antes había pausas, ahora había prisa. El parque, que en otro tiempo le había parecido suficiente para contener toda la vida del lugar, se había llenado de voces nuevas, de vendedores, de niños que jugaban sin reconocer en ese espacio nada de lo que ella había conocido.
Caminó hasta el templo y entró sin anunciarse, como si aún perteneciera a ese lugar en una forma que no necesitaba ser confirmada. El aire conservaba algo familiar —una mezcla de cera, madera y silencio—, pero incluso allí había cambiado el ritmo: más visitantes, más movimiento, más palabras.
Cerca del altar, un hombre hablaba, no a ella, sino a un pequeño grupo de turistas y a algunos niños de catequesis que escuchaban con esa atención curiosa que no distingue del todo entre la fe y la historia:
—Aquí —decía— hubo un sacerdote, don Pérez, un hombre de una santidad extraordinaria, quien hablaba con Dios, no rezando, sino directamente, como quien habla con otro por teléfono, llegó incluso a realizar milagros, y un día, sin previo aviso, fue elevado al cielo, como le ocurrió al profeta Elías.
Los niños abrieron los ojos con asombro, los visitantes asentían con esa facilidad con la que se aceptan las historias cuando no comprometen a quien las escucha. María permaneció en silencio, no corrigió nada, tampoco preguntó, se limitó a escuchar aquella versión de los hechos con la misma serenidad con la que se escucha algo que ya no puede modificarse.
Abrió su bolso y buscó la estampa de santa Rita de Casia, algo gastada por los años, con los bordes suavizados por el uso más que por el descuido, y la sostuvo entre los dedos unos segundos, con una forma de comprensión que no necesitaba palabras. Recordó entonces, no la despedida —que nunca ocurrió—, sino aquella última confesión, la pausa en la voz de don Pérez, la manera en que sus respuestas habían dejado de ser seguras para volverse humanas, y esa frase, dicha casi como quien se corrige a sí mismo: que había cosas para las que ni siquiera los milagros bastaban.
Y María siguió sin decir nada, porque comprendió que lo sucedido entre ellos no había sido negado, sino transformado en algo que el pueblo podía conservar sin incomodidad. Pensó entonces que no había sido tanto que ella no lo eligiera, sino que nunca dijo con claridad lo que esperaba que el otro entendiera sin palabras, como si el silencio pudiera hacer por ella lo que no se atrevió a pronunciar. Y no pudo evitar reconocer, con una leve ironía que no alcanzaba a ser reproche, que él tampoco había dicho nada, como si ambos hubieran confiado en que aquello que sentían sabría abrirse camino por sí solo, sin necesidad de ser nombrado. Y entendió, demasiado tarde, que hay cosas que no fracasan por falta de verdad, sino por exceso de silencio. Y María no dijo nada mientras salía del templo, porque comprendió, quizá demasiado tarde, que hay verdades que no ennoblecen a nadie, y mentiras que, por su belleza, merecen ser creídas.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
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