
Esta frase se le atribuye a Friedrich Nietzsche, aunque también circula vinculada a otros autores, como José Saramago. Sin una fuente que confirme su autoría, podemos acercarnos a ella desde su esencia: aquello que nos invita a sentir, cuestionar y comprender sobre nuestra propia vida.
Desde una mirada humanista, una reflexión adquiere sentido cuando nos ayuda a reconocer nuestra humanidad: las heridas que llevamos, las preguntas que nos acompañan y la posibilidad de seguir creciendo, incluso en medio de la incertidumbre.
Hay encuentros en los que escuchamos para comprender y otros en los que apenas esperamos nuestro turno para responder. En estos últimos, la conversación puede convertirse en una defensa de nuestras certezas: cada persona insiste en su interpretación y, poco a poco, se pierde la posibilidad de encontrarse.
La frase nos invita a detenernos ante esa dificultad humana. Podemos estar tan seguros de lo que vemos que olvidamos preguntarnos qué estamos dejando fuera.
Cada uno mira la vida desde su propia historia. Las experiencias, los afectos, las pérdidas y los aprendizajes influyen en el significado que damos a lo que ocurre. Un silencio puede sentirse como tranquilidad para alguien y como rechazo para otra persona. Una decisión puede representar libertad para quien la toma y despertar temor en quien la presencia. Compartimos una situación, pero no necesariamente la vivimos de la misma manera.
Desde una perspectiva humanista, reconocer estas diferencias permite acercarnos al otro con mayor sensibilidad. Cada persona merece ser escuchada como alguien cuya experiencia tiene valor, incluso cuando sus palabras cuestionan nuestras convicciones. Detrás de una opinión hay una vida que no conocemos por completo.
Escuchar también implica aceptar nuestros límites.
Comprender a otra persona exige admitir que nuestra interpretación puede ser incompleta. Esa admisión a veces incómoda, sobre todo cuando hemos construido parte de nuestra identidad alrededor de tener la razón. Sin embargo, aceptar que podemos aprender abre un espacio para relacionarnos con mayor honestidad.
En la vida cotidiana, esta apertura comienza con gestos sencillos: preguntar antes de concluir, permitir que alguien termine de hablar o comprobar si entendimos lo que quiso expresar. Decir ¿cómo viviste tú ese momento? puede acercarnos a una experiencia que habíamos juzgado demasiado rápido.
Pensemos en alguien que se distancia después de una discusión. Podemos interpretar su comportamiento como indiferencia. Pero al conversar quizá descubramos que se sintió herido, que necesitaba tiempo o que no sabía cómo expresar lo que le ocurría. Escucharlo nos permite responder con más información y menos suposiciones.
La empatía necesita respeto y límites.
Abrirnos a otras perspectivas no nos obliga a aceptar cualquier conducta ni a abandonar nuestras convicciones. Podemos comprender el dolor de alguien y señalar que sus acciones nos han lastimado. También podemos escuchar con respeto y mantener un desacuerdo.
La empatía adquiere profundidad cuando reconoce tanto la dignidad del otro como la propia. Una relación humana necesita espacio para expresar diferencias, establecer límites y asumir responsabilidades. Comprender lo que una persona siente no convierte todas sus interpretaciones en hechos ni justifica el daño que pueda causar.
Esta misma disposición puede dirigirse hacia nosotros. A veces nos encerramos en una versión rígida de nuestra identidad: «yo siempre fracaso», «no puedo cambiar», «así soy». Mirarnos con humanidad permite reconocer que somos más amplios que un error, una etapa difícil o una opinión que hemos sostenido durante años. Podemos revisar lo aprendido y elegir nuevas maneras de actuar.
El encuentro empieza con una pregunta.
La reflexión de la imagen nos propone una práctica cotidiana: dejar un lugar para aquello que todavía no comprendemos. En la familia, en el trabajo y en nuestras relaciones, ese lugar puede abrirse con una pregunta sincera, una pausa o la disposición a escuchar sin preparar de inmediato una defensa.
Antes de asegurar que conocemos toda la situación, podemos preguntarnos: ¿Qué parte de esta experiencia aún no he escuchado?.
Tal vez allí comience una forma más humana de mirar: reconocer que nuestra voz tiene valor y permitir que la voz del otro también encuentre un lugar.
“Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse”. Santiago 1:19, Reina-Valera 1960
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.
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