

No son pocos los casos de toreros con uno o más hermanos que fueron también matadores de alternativa. Lo difícil es que más de uno haya alcanzado el rango de figura del toreo. Está, desde luego, el ejemplo ilustre de los Gallos –Rafael y Joselito–, pero no ocurrió lo mismo con familias tan connotadas como los Armilla, los Dominguines, los Ordóñez Araujo o incluso los Belmonte, pues los hermanos del Terremoto de Triana, Manolo y Pepe, crecidos a la sombra de Juan, resultaron unas auténticas birrias como toreros.
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No así la dinastía, asimismo sevillana, que encabezó Pepe Luis Vázquez, el Sócrates rubio del barrio de San Bernardo, ya que de la misma cepa surgió a continuación un artista tan considerable como Manuel Vázquez –y aun tuvieron un tercer hermano matador, Antonio, sin mayor proyección histórica–. Manolo Vázquez causó sensación de novillero debido a que poseyendo tanto arte y finura como el primogénito de la familia, los manifestaba con un estilo inconfundiblemente suyo. A diferencia de Pepe Luis, Manuel veroniqueaba con las manos bajas, implantó la chicuelina –“envuelta” a lo Cagancho–, con cite de frente, y de frente se mantuvo al citar a los toros muleta en mano, antes de cargar levemente al suerte para ligar los naturales y derechazos en serie. Y aunque el castigo que le infligieron las astas afectó progresivamente su carrera, al menos en sus inicios demostró tener más arrestos que su metódico, cerebral y finísimo hermano mayor.
Fue el propio Pepe Luis su padrino de alternativa, con Antonio Bienvenida por testigo (Sevilla, 06.10.51), doctorado que confirmó al día siguiente en Las Ventas con idéntico cartel y el contratiempo de un percance de importancia al pasar de muleta al sexto. Solamente en Madrid, Manolo iba a sufrir a lo largo de su carrera tres cornadas graves a cambio de numerosos triunfos, incluida la puerta grande que abrió de novillero, superando a su amigo e incipiente rival Antonio Ordóñez.
Idas y vueltas. El cartel de Manolo fue decayendo paulatinamente en la década del 60, duramente castigado por los toros –se ponía muy de verdad cuando había que apretar–, de modo que anunció su retirada para la feria de San Miguel de 1968, encartelado con el mexicano Alfredo Leal y Curro Romero para despachar una corrida pesada y dura de Concha y Sierra (Sevilla, 28.09.68); y ya solo se le vio participar en numerosos festivales benéficos, incluidos dos en la capital mexicana, donde tenía numerosos afectos e inclusive lazos familiares.
Para 1981, Manolo contaba 51 años y llevaba una existencia tranquila y confortable. Pero su sobrino Pepe Luis hijo era novillero puntero y latía la posibilidad de que volviese para darle la alternativa. Además, el ambiente se encontraba muy agitado con el retorno de Antonio Chenel “Antoñete”, capaz de generar una oleada retro en la que del modo más inesperado se montó –o montaron– a Manolo Vázquez, que por otro lado tenía pendiente la conquista del público de su tierra natal, pues en la Real Maestranza nunca tuvo la fortuna muy de su lado. Y quiso la misma caprichosa diosecilla que Sevilla se rindiera por fin al viejo y querido artista, que en el centro mismo del ruedo maestrante iba a bordar, con su hermoso toreo frontal, al cuarto toro de Bernardino Piriz de un memorable jueves de Corpus, recordado también por los quites en cadena de Curro Romero, Rafael de Paula y el propio Manolo, que fue quien se llevó el premio mayor de las dos orejas (18.06.81). En La Música callada del toreo (Edit. Turner. Madrid, 1981), José Bergamín recrea las impresiones y sentires que lo conmovieron dicha tarde.
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Final luminoso. Manolo había apadrinado tanto la alternativa sevillana de su sobrino (19.04.81) como su confirmación en Las Ventas (23.05.81), en tardes adversas para ambos. Y prosiguió su andadura en corridas y fechas bien escogidas, acartelado casi siempre con los veteranos artistas de culto que de pronto se habían puesto de moda. Por Madrid pasó sin demasiado relieve –aunque aún recuerdo con deleite un quite suyo por dormidas verónicas la tarde en que le confirmó su doctorado mexicano a Jorge Gutiérrez (22.05.82)–, mas cuando la empresa sevillana anunció para el 12 de octubre del 83 la corrida de su despedida definitiva, la ilusión de disfrutar por última vez la el arte de un clásico vivo hizo que se vendiera todo el aforo de la Maestranza. Su único alternante sería Antoñete –otro bastión del toreo eterno–, y el encierro, situación típica de fin de temporada, de tres procedencias distintas: Juan Pedro Domecq, Herederos de Carlos Núñez y Manolo González. Felizmente, mágicamente, la realidad superaría las expectativas más optimistas.
Un Adiós con mayúsculas. En su última tarde torera, el torero de San Bernardo iba a dar fe de su clase legendaria pero también de un valor que no estaba en el radar de todos los aficionados, por aquello de que el arrojo no suele acompañar a los artistas caros. Manolo Vázquez le cortó la oreja al primero de la tarde, “Veraneante” (504 kilos), de Juan Pedro Domecq; bordó el toreo en forma sensacional con el magnífico tercero, “Clarines” (476 Kg.), de González Sánchez–Dalp, al que desorejó por partida doble, y saboreó la última vuelta al ruedo en su vida mostrando un apéndice más, el cuarto de su tarde más bruja, cobrado tras una faena altamente meritoria, pues la logró con un astado de Núñez Moreno de Guerra, “Desbolsillado” de apodo (484 kg.), gazapón y con la cara siempre arriba. Se había lucido en quites, muleteó a sus tres astados con tanta clase y decisión como dominio, y, salvo por algún pinchazo, los despachó yéndose en rectitud y hundiendo el alfanje en la cruz. Manolo Vázquez había redondeado una despedida de ensueño.
Antoñete, sin tela de donde cortar, acompañó al homenajeado con el señorío que le distinguía, y aunque su lote no incluyó un solo bicho propicio al triunfo, el público premió su torera actuación con sendos saludos desde el tercio, calurosamente aplaudidos. El sexto toro se lo había brindado, en gesto de cordial compañerismo, al torero que se iba.
Testimonios. Naturalmente, la prensa nacional ubicó en la Maestranza a sus cronistas estelares para cubrir la tarde final del torero de San Bernardo. El del ABC era a la sazón Vicente Zabala, que entre otras cosas escribió lo siguiente:
“La tarde histórica de la despedida de Manolo Vázquez superó con creces todos los pronósticos (…) Al Brujo no le pudieron rodar mejor las cosas (…) Decir adiós a una gloriosa profesión saliendo a hombros por la Puerta del Príncipe es un caso sin precedentes (…) El público, que abarrotaba la plaza, dedicó al gran maestro una enorme ovación antes de que soltaran al primer toro (…) Y qué dos verónicas, una por el pitón derecho y otra por el izquierdo, a pies juntos (…) La faena, justa y torera, la construye sobre la mano derecha. Todo un primor de enjundia torera (…) Manolo parece que está reapareciendo, no despidiéndose. Lo despachó de una entera y cortó la primera oreja.
Con su segundo, Manolo hizo una faena de ensueño, sobre ambas manos, con el aperitivo muleteril de cuatro ayudados, el de pecho y un cambiado por la espalda que sembraron el delirio (…) Dos series con la derecha y una por naturales pusieron la plaza a revientacalderas (…) todo ligando y mandando en trance de inspiración, en la frontera de las irrealidades sublimes (…) Tirándose a matar muy de verdad pincha, antes de cobrar una entera que basta. Dos orejas.
El penúltimo de la jornada, brindado a la plaza, presenta dificultades (…) En el centro del redondel dicta el maestro su última lección. Con el engaño en la derecha y citando de frente, obtiene muletazos de antología. El entusiasmo y la emoción que se respira son indescriptibles. Manolo obtiene más pases de los que tiene su oponente. Pinchazo y una corta. Cae la cuarta oreja. Manolo recoge la montera. Vierte en ella un puñado del albero. Lo besa. La gente lo obliga tres veces a saludar. El maestro llora. El hijo del Brujo, Manuel, le desprende el añadido a su padre, que a continuaciíon es alzado en hombros y paseado por el redondel de sus amores, saliendo de esa guisa por la Puerta del Príncipe. Son las siete y cuarto de la noche (…) ¿Cuándo amanecerá otra vez en el toreo?” (ABC, jueves 13 de octubre de 1983).
Tampoco faltó a la cita Joaquín Vidal, el ácido crítico de El País, y se expresó con parecida emoción, no menos conmovido por los sucesos del memorable dia:
“Por la puerta del Príncipe salía a hombros Manolo Vázquez, después de haber protagonizado una tarde memorable. Su despedida ha sido una continua apoteosis. Cuando su propio hijo le cortaba la coleta, rodeado de la cuadrilla y fotógrafos, lloraba el torero y yo creo que llorábamos todos en la plaza. La emoción era incontenible. Las restantes cuadrillas, con Antoñete al frente, se rompían las manos de aplaudir. Éramos conscientes de que habíamos vivido un acontecimiento histórico y nadie quería abandonar los tendidos.
A las cinco en punto de la tarde, hora torera y hora de romance, había comenzado el gran acontecimiento. Hubo un extraordinario tercio de quites en el primer toro. Manolo Vázquez lo hizo por chicuelinas ceñidísimas; Antoñete, con verónica y media belmontina, que le salieron de antología. En la muleta, el veterano maestro de San Bernardo empezaba a magnificar su despedida con un recital del toreo en redondo, mediante tres series de alta escuela, rematadas con su torería peculiar. Este recital lo repetiría en el quinto –el último toro de su vida– el cual era complicado, violento y manso de los que se van del engaño, gazapón. Le hizo el toreo de frente que le dio fama en su primera época. Alegraba con la voz, se cruzaba, y convertía el muletazo en un suave aleteo de fantasía.
Pero la apoteosis se produjo en el tercero, un cinqueño terciado, manso, que acabó nobilísimo. O nobilísimo lo convirtió Manolo Vázquez en los ayudados por alto ganando terreno y curvando a la cadera la trayectoria del viaje; los remates por bajo en ligazón; las series de redondos y naturales. Del toreo puro hacía esencia, y aquello ya no era torear, sino oficiar de pontifical el rito de la tauromaquia. De frente o cargando la suerte, ligando pases de pecho de espeluznante exposición, pero también de mágico dibujo. Lo tendidos se cuajaban de pañuelos, la gente daba brincos y la Maestranza era un clamor: «¡torero, torero!». Manolo Vázquez caminaba con majestad; ebrio de torería reemprendía el toreo de filigrana. Y además, pases de pecho en vaivén, ligados, del corte de esos que han dado fama al torero de la vertical impavidez; hasta esos dio, a manera de lección, y como con desdén. Un alarde de poderío, que abandonó, porque el toreo auténtico, y el difícil, es el otro, el que había desgranado y siguió desgranando después, en medio del delirio. La grandeza de la faena de Manolo Vázquez convirtió la Maestranza en un manicomio.
Antoñete le brindó el último toro. Antoñete tuvo una actuación llena de detalles toreros y la gente le aplaudió a rabiar; pero no redondeó su tarde.” (El País, 13 de octubre de 1983)
Y por ahí anduvo también el polémico intelectual Fernando Sánchez Dragó, que, sin contar con una tribuna propiamente taurina a su disposición, hizo volar la pluma y la imaginación en honor de Manolo Vázquez en su tarde de adiós:
“Por cosas así merece la pena arriesgar la vida o tocar la muerte. Nadie que lo haya visto tendrá la osadía de llevarme la contraria ¡Y aún hay bárbaros que consideran barbarie este espectáculo! Se necesitan por lo menos cien mil años de flexible e imaginativo mestizaje cultural para que se dibuje la sombra de la sombra de lo que Manolo hizo, de repente, a su segundo… Nos quedamos de un aire. ¿Qué puñetas era eso? ¿Una espaldina de frente por detrás y el quiebro? ¡Viva el barroco, la teoría y quien la trujo! (…) ¿Cabe un adiós más hermoso? No lo admito y no lo creo (…)
Y que todas las vírgenes andaluzas, tan “aficionadas”, me perdonen el desacato, y perdonen también a Manolo Vázquez la audacia de ser Dios y el milagro de haberlo conseguido.” (Amorós, Andrés. EL TOREO DE FRENTE. Manolo Vázquez. Edit. Biblioteca Nueva, S.L. Madrid, 2005. pp 91–92)
De hispanocentrismo y adioses. En el mismo libro, dedicado a Manolo Vázquez por Andrés Amorós, el autor, con ese hispanocentrismo cerril que tanto daño le ha hecho a la Fiesta, escribió que “En toda la historia de la Tauromaquia, sólo Marcial Lalanda y Manolo Vázquez han alcanzado un remate de carrera tan glorioso.” (íbid, p 92). Lo será desde esa perspectiva que limita todo el devenir de la tauromaquia a lo que sucedido en torno a Despeñaperros, de arriba a abajo y de abajo a arriba pero sin pasar de ahí. Bajo esa óptica obtusa es comprensible que el señor Amorós no tenga ni idea de lo que fueron las gloriosas despedidas de Fermín Rivera (17.02.57), Jorge Aguilar (11.02.68) o Luis Procuna (10.03.74), pongamos por ejemplos ilustres. Pero tal ignorancia es menos comprensible cuando se tiene tan a la mano a un Niño de la Capea que ha confesado a quien quiera escucharlo que el instante más emotivo de su vida torera lo vivió precisamente en su tarde del adiós a la profesión, y que eso sucedió en la misma Plaza México, escenario de las despedidas de los diestros arriba mencionados.
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Lo cual, por cierto, en nada empaña la memorable ocasión en que Manolo Vázquez se transportó al paraíso en la Tierra llevándose consigo, por milagro del arte, a los 13 mil presentes; y lo hizo justamente el día de su retirada definitiva, consagrando para los restos aquel miércoles de octubre de 1983 como una fecha histórica en los anales de la Real Maestranza de Caballería. Y de Sevilla entera.
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