
Eustaquio o Eustace Clarence Scrubb casi se merecía su feo nombre. Al comienzo de La travesía del Viajero del Alba, los lectores lo identifican rápidamente como un sabelotodo quisquilloso que detesta la autoridad y sufre de una imaginación empobrecida. A mitad de la historia, Eustace se ve transformado en un dragón como símbolo externo de su estado interior. ¿Cómo es que un niño termina así, draconiano por dentro y por fuera, odiando y siendo odiado por los demás? En parte, dice Lewis, porque «Eustace no había leído ninguno de los libros adecuados» (p. 463).
¿En serio? ¿Cómo funciona eso? Lewis sabía (como todos los sabios) que una de las influencias más significativas en el carácter es lo que uno lee:
Quienes hemos sido verdaderos lectores toda nuestra vida rara vez nos damos cuenta plenamente de la enorme extensión de nuestro ser que le debemos a los autores. Nos damos cuenta mejor de ello cuando hablamos con un amigo no literato [es decir, una persona con malos hábitos de lectura]. Puede que esté lleno de bondad y buen sentido, pero habita en un mundo diminuto. En él, nos asfixiaríamos (Un experimento de crítica literaria, énfasis añadido).
En otras palabras, eres lo que lees. Todos hemos escuchado: «Eres lo que comes», cuyo principio es que tu dieta determina en qué te conviertes. Lo mismo se aplica a lo que lees. Al igual que el plato, la página nos moldea. Si imaginas cada libro como una comida y cada artículo como un bocadillo ligero, lo que consumes y digieres día tras día, a lo largo de años y décadas, moldea tu carácter.
Entonces, ¿cómo te moldean los hábitos de lectura para convertirte en un tipo particular de persona?
Con quién te relacionas
En primer lugar, debemos darnos cuenta de que, aunque a menudo leemos por nuestra cuenta, nunca leemos solos. Cuando abres un libro, te sientas junto a un autor. El libro es, en esencia, una tecnología de conversación; fomenta el encuentro de mentes a través del tiempo y el espacio. La palabra escrita captura algo del autor y, al leerla, lo evoca. «Todos los escritores, por la forma en que utilizan el lenguaje, revelan algo de su espíritu, sus hábitos, sus capacidades y sus prejuicios… Toda escritura es comunicación… es el yo que se escapa a la luz» (The Elements of Style, pp. 97–98). En resumen, cuando lees, te relacionas con un autor.
Esta percepción nos permite aplicar el principio bíblico universal de que te conviertes en quien te rodea. Tus compañeros dejan su huella en ti. Relacionarte habitualmente con malas compañías desgastará los contornos de la buena moral (1 Co 15:33). Por otro lado, cuando los santos se reúnen, su amor y sus buenas obras se propagan como un contagio positivo (He 10:24–25).
Los libros que leemos tienen un doble efecto: moldean nuestros deseos y definen la forma en que percibimos la realidad
Es posible que el libro de Proverbios sea el que más tenga que decir sobre el poder transformador de los compañeros. Hazte amigo de un sabio y terminarás siendo sabio; si te quedas con los necios, te contagiarás de necedad (Pr 13:20). Jesús, además, dice que todo aquel que sigue a un maestro —es decir, que observa su forma de vida y recibe sus palabras— se volverá como él, para bien o para mal (Lc 6:40). Esta es la esencia de la lectura. Como explica Mortimer Adler: «Leer es aprender de un maestro ausente» (How to Read a Book, p. 16).
Entonces, si nuestros compañeros y maestros nos moldean, y si en cada libro un autor nos ofrece esa compañía, ¿es de extrañar que los libros posean la magia que puede construirnos o destruirnos, que puede convertirnos en un Eustace o en un Lewis? Sin embargo, aún no hemos dicho cómo funciona este encantamiento. ¿Cómo nos convertimos en lo que leemos? Los libros que leemos tienen un doble efecto: moldean nuestros deseos y definen la forma en que percibimos la realidad.
Los libros condicionan los deseos
Al comienzo de El infierno, Dante entra al círculo infernal donde los adúlteros sufren las consecuencias de sus pecados. Así como en vida fueron arrastrados por pasiones lujuriosas, en la muerte un ciclón infernal los arremolina y los azota. Durante una breve tregua en la tormenta, el peregrino Dante se encuentra con Francesca y Paolo. Ellos le cuentan su historia de «amor», una pasión irresistible que se apoderó de ellos, los arrojó a un lecho adúltero y, en última instancia, los llevó a una muerte prematura. Dante le pregunta a Francesca qué los llevó a entregarse a ese «amor». Resulta que su relación ilícita fue provocada por un libro.
Francesca y Paolo se sumergieron en la literatura de caballeros, que celebra el adulterio. Un día, los dos estaban solos, leyendo la historia de Lancelot y Ginebra, y la historia hizo que el pecado les resultara tan atractivo que quisieron probarlo. Llevados por su lujuria, terminaron finalmente donde Dante los encuentra: en el infierno. En la escena final, Francesca se lamenta: «¡Galeotto [alcahuete] el libro fue, y quien lo hiciera!» (Divina comedia: Infierno, 5.137).
Dante nos advierte aquí de manera impactante que los libros condicionan los deseos. Nos enseñan qué desear. A través del poder de las palabras, los libros pueden hacer que casi cualquier cosa parezca atractiva y, por lo tanto, deseable. Las historias y la poesía nos afectan especialmente porque apelan a la imaginación, y la imaginación, como órgano del significado, determina en gran medida lo que consideramos digno de alcanzar. Esto es exactamente lo que les sucedió a Francesca y Paolo (y a Anna Karenina, a Madame Bovary y a tantos otros). Al alimentarse de una dieta de historias que promueven el adulterio, se convirtieron en lo que leían. Cuidado, lector: el género moderno de la literatura obscena o erótica tiene el mismo efecto… y el mismo final.
Los libros ejercen presión sobre nuestros deseos. Pueden enseñarnos a desear bien o a desear mal, pero ninguno es neutral. Al igual que los compañeros de vida, los autores actúan como mediadores del deseo; a diferencia de ellos, ejercen la magia particularmente potente de la palabra escrita, invitándonos a adentrarnos en sus experiencias, a participar en sus mundos, a vivir con sus personajes y a poner a prueba sus visiones del mundo. Los libros forjan al hombre porque catequizan los deseos.
Los libros enmarcan la realidad
En el panteón de la buena ficción, Don Quijote ocupa el primer lugar. El caballero loco de Miguel Cervantes y su robusto compañero siguen siendo dos de los personajes más queridos de todos los tiempos. En esta extensa aventura, Cervantes gira en torno a un tema central: el efecto de la literatura en el carácter.
La novela comienza con Don Quijote, un caballero respetable que adquiere la costumbre de devorar libros de caballerías. Leyó tantos que «por dormir poco y leer demasiado se le secó el cerebro, lo que le hizo perder la razón». Cervantes deja en claro que Don Quijote no perdió la razón en el sentido de padecer demencia, sino en el sentido de que ve la realidad exclusivamente a través del lente de los libros de fantasía.
Esta locura se manifiesta claramente en el infame incidente de los molinos de viento. Poco después de emprender la búsqueda de aventuras junto a su criado Sancho Panza, Don Quijote se encuentra con una hilera de molinos de viento. Sin embargo, dado que «todo lo que nuestro aventurero pensaba, veía o imaginaba parecía suceder de acuerdo con lo que había leído», no puede (o no quiere) ver los molinos como lo que son. En cambio, se alzan ante él como gigantes malvados que piden a gritos ser conquistados. Así, el valiente caballero jura enfrentarse a ellos en un «combate feroz y desigual».
Sancho Panza, quien no había leído ningún libro de caballeros, intenta convencer a Don Quijote de que lo que tienen frente a ellos son simples molinos de viento, pero el caballero enloquecido no puede escapar de la influencia de sus libros. «Me parece claro», responde Don Quijote, «que no estás muy versado en materia de aventuras». Dicho esto, espolea a su caballo, baja la lanza y embiste uno de los molinos justo cuando una ráfaga de viento agita las aspas. Su lanza se enreda en la tela, lanzando por los aires tanto al caballero como a su corcel. Ambos terminan muy maltrechos, solo para escuchar el (justificado) comentario de Sancho: «¿No se lo dije?».
Oculto detrás del humor, en medio del enredo del caballo y del hombre, el mensaje de Cervantes es claro: Los libros tienen el poder de moldear nuestra realidad. Lo que Don Quijote leía, lo veía. Esta es su locura a lo largo de toda la novela. Sin embargo, su locura no es exclusiva de él, y tal vez ni siquiera sea tan loca. Los libros nos afectan a todos de manera similar. Leland Ryken explica:
Las historias que abrazamos nos definen. Los estudiosos de la narrativa suelen afirmar que las historias que elegimos leer definen quiénes somos, pero también nos convertimos en producto de las historias que leemos. Las historias reflejan la identidad individual y tienen el poder de modificarla. Esto también es cierto para las sociedades y las naciones. Las historias constituyen un medio fundamental a través del cual los grupos codifican, preservan y transmiten sus creencias y valores (Recovering the Lost Art of Reading, p. 71).
Los libros nos ponen cara a cara con los autores, y cada autor parte de ciertas suposiciones sobre el hombre, el mundo y Dios antes incluso de que la pluma toque la página. Nunca son neutrales; «hacen más que presentar experiencias humanas; las interpretan» (Recovering the Lost Art, p. 59). Con el tiempo, la selección de libros que leemos y la compañía de sus autores cambian nuestra forma de ver el mundo. Pueden encoger nuestra visión hasta reducirla a casi nada o expandirla sin medida. Pueden distorsionarla o enderezarla, vaciarla o llenarla, darle color o desaturarla.
Al igual que Eustaquio, si no puedes imaginar un dragón, no lucharás contra uno. No reconocerás el mal devorador, como los enemigos que matan a bebés, castran a niños y trafican con almas. No tomarás las armas contra tus propias inclinaciones draconianas. Verás un mundo libre de enemigos de la bondad y la verdad.
Qué leer se reduce a madurez, discernimiento y consejos sabios. Tu elección de compañeros es una cuestión de vida o muerte
Al igual que Don Quijote, si no puedes evitar imaginarte gigantes, no dejarás de luchar con ellos. Te lanzarás de cabeza a cuestiones de prudencia como si fueran asuntos de blanco y negro. Tomarás las armas contra tus hermanos y hermanas en Cristo. Considerarás que el combate es la única respuesta adecuada para los familiares difíciles.
Los libros constituyen el mobiliario habitual de la mente. Enmarcan la realidad.
Hazte amigo de los buenos libros
¿Cómo nos moldean los libros? Nos moldean al acercarnos a sus autores: hombres y mujeres que hacen que ciertas cosas sean deseables, que ven el mundo de una manera particular, que nunca son neutrales. En las páginas de sus libros, nos sentamos con ellos y comemos de su mesa. Moramos con ellos. Alan Jacobs resume bien este efecto: «Convivir habitualmente con las personas implica, inevitablemente, adoptar su forma de abordar el mundo, lo cual no es solo una cuestión de ideas, sino también de prácticas» (How To Think, p. 63).
Así que, amigo mío, ten cuidado con lo que lees. No desnutras tu imaginación. No satures tus pasiones. Cuida tu dieta. Las comidas aisladas no son tan importantes como las tendencias habituales. Un delicioso pastelito (esa publicación de fitness en Instagram, esa polémica en Facebook, esa novela de suspenso) está bien de vez en cuando; pero podría matarte si es lo único que comes. Qué leer se reduce a madurez, discernimiento y consejos sabios. Tu elección de compañeros es una cuestión de vida o muerte (Pr 12:26). Así que elige con sabiduría. Hazte amigo de los buenos libros. No te conviertas en un Scrubb por leer los libros equivocados; en cambio: «Quédate cerca de los hombres buenos y conviértete en uno de ellos» (Don Quijote).
Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por María del Carmen Atiaga.
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