
Los creyentes sabemos y enseñamos que Cristo murió por nuestros pecados, resucitó y que por medio de Él tenemos perdón y vida eterna. Pero ¿qué pasa si al hablar del evangelio, por alguna razón, terminamos reduciéndolo a una mera definición personal? Esa es una de las preguntas que el pastor y escritor Josué Ortiz plantea en su nuevo libro Todo por el Reino: Cómo vivir el evangelio cada día (B&H Español, 2026).
Entendiendo el evangelio del reino
El autor no parte de la idea de que la iglesia haya dejado de hablar del evangelio, sino de que corre el riesgo de limitar su mensaje solo a lo que Dios «hace por el pecador». Por ejemplo, lo perdona, lo salva y lo lleva al cielo. Todo eso es verdad. Sin embargo, el evangelio también habla de que hay un Rey, Jesucristo, y que nuestra vida le pertenece.
Ortiz escribe con un corazón pastoral y no intenta impresionar al lector con un lenguaje técnico. Más bien explica, confronta, cuenta historias y después lleva la verdad a situaciones cotidianas. Eso hace que el libro sea accesible para quienes comienzan a estudiar teología bíblica, pero también puede servirle a aquellos que llevan años en la iglesia y necesitan detenerse a contemplar nuevamente las verdades que ya conocen.
Desde las primeras páginas, Ortiz quiere despertar en el lector el deseo de profundizar más en el significado del evangelio a la luz de todo el consejo bíblico. Por esta razón, empieza aclarando lo que el evangelio no es y desarrolla argumentos que respaldan cada afirmación. Por ejemplo: «El evangelio no es acerca de mí», «el evangelio no es una “invitación”», «el evangelio no es una empresa de bienes raíces», «no es un espectáculo de prosperidad» (pp. 26–28).
Después de explicar lo que en verdad significa el evangelio a la luz de pasajes claves (como Efesios 1:1–22 y 1 Corintios 15:1–4), el autor presenta en un capítulo el significado del evangelio del reino. El evangelio del reino es la historia del reino, es la gloria de Cristo, es el Rey reinando en la tierra como en el cielo, para luego incluir la parte más señalada del evangelio: la redención de la criatura y la creación.
Quizás algunos lectores tengan reservas ante esta manera de expresarlo, en especial si están acostumbrados a definir el evangelio principalmente en términos de la obra salvadora de Cristo a favor del pecador. Pero Ortiz no busca desplazar verdades esenciales como la muerte y resurrección de Cristo, el perdón de los pecados o la justificación por la fe. Su intención es ubicarlas dentro de la historia más amplia del propósito redentor de Dios y del señorío de Cristo.
Vivir según el evangelio del reino
Desde esa perspectiva, el libro nos invita a contemplar el evangelio del reino al leer las Escrituras como una sola gran historia en la que Dios lleva adelante Sus propósitos por medio del Mesías, el Rey que vino a rescatar a Su pueblo y a restaurar todas las cosas (pp. 30–31).
Pienso que en lo anterior, el libro acierta de manera especial porque no deja esta verdad en el terreno de la teología bíblica, sino que pregunta qué hacemos con ella durante la semana. Si Cristo es Rey, Su reinado tiene algo que decir sobre nuestra casa (p. 102), nuestro matrimonio (p. 103), nuestros hijos (p. 125), nuestro trabajo, nuestra santidad (p. 215), nuestra manera de relacionarnos con la política (p. 153) y hasta en la manera en que nos acercamos a leer la Biblia (p. 198).
El evangelio del reino nos recuerda que Cristo no vino simplemente a mejorar nuestra vida. Vino a reclamarnos para Sí
Por ejemplo, el autor afirma: «El matrimonio es para el reino de Dios, no para el nuestro» (p. 110). El matrimonio no existe principalmente para hacer feliz a quienes lo componen. Los hijos tampoco existen para cumplir los sueños de los padres. La vida cristiana no puede organizarse alrededor de la pregunta: ¿qué me conviene?, sino alrededor de otra mucho más importante: ¿qué honra a mi Rey?.
Todo esto, a su vez, toca una realidad que puede resultar incómoda. Podemos confesar que Cristo es nuestro Salvador y seguir viviendo como si fuéramos los dueños de nuestra vida. Mientras leía el libro, una pregunta me acompañó: ¿Hay áreas de mi vida en las que quiero a Cristo como Salvador, pero todavía no lo reconozco como Rey soberano?
Es posible agradecer profundamente el perdón de Cristo y, al mismo tiempo, todavía luchar por el control egoísta sobre el dinero, el matrimonio, los hijos, el tiempo o nuestros propios deseos. El evangelio del reino nos recuerda que Cristo no vino simplemente a mejorar nuestra vida. Vino a reclamarnos para Sí.
El evangelio del reino y la cruz
Ahora bien, aquí haría una precisión que me parece importante. El énfasis en el reino es provechoso, siempre que no terminemos separando el reino de la cruz. El autor mismo reconoce esta conexión. Dice que la cruz y la resurrección son parte de la historia, aunque no sean «toda la historia», y llega a describir la cruz como «el trono de Cristo en el que fue entronizado» (p. 132–134). Esa afirmación ayuda a entender su intención. No está tratando de quitar la cruz del centro de la obra de Cristo, sino de contemplar su significado dentro de la historia más amplia del reino.
Esa distinción importa porque podemos caer en dos errores. Podemos reducir el evangelio a «Jesús murió por mí y algún día iré al cielo», olvidando que ahora pertenecemos al Rey de reyes y nuestro estilo de vida debe reflejar y anunciar esa gloriosa verdad. Pero también podríamos hablar tanto del reino, de nuestra transformación, de la misión y de la vida cristiana que terminemos dejando en segundo plano la obra que hizo posible que nosotros pudiéramos pertenecer al reino.
Cuando el Rey vuelve al centro, el evangelio deja de ser solamente algo que creemos y vuelve a ordenar toda nuestra vida
La Escritura mantiene juntas estas verdades. Pablo dice que Cristo «se humilló Él mismo hasta la muerte, y muerte de cruz» y que, por eso, Dios «Lo exaltó hasta lo sumo» (Fil 2:8–9). El Rey exaltado es el Rey que fue crucificado y resucitó. Esta conexión entre doctrina y vida es, para mí, una de las mayores fortalezas del libro. El lector encontrará que esta idea vuelve una y otra vez: nuestra vida no gira alrededor de nosotros, gira alrededor de Cristo.
Si tuviera que hacer una observación constructiva, habría sido útil desarrollar con mayor profundidad la relación entre el reino de Dios y doctrinas como la justificación y la unión con Cristo. No porque considere que el énfasis del reino desarrollado por el autor sea equivocado, sino porque estas doctrinas nos ayudan a entender cómo los beneficios de la obra del Rey llegan a Su pueblo.
Sin embargo, hago esta observación teniendo en cuenta lo que Ortiz se propone. No está escribiendo una teología sistemática del reino. Más bien, se propone ayudar a la iglesia a recuperar una visión más amplia del evangelio y, sobre todo, a preguntarse qué significa vivir bajo el gobierno de Cristo. En ese objetivo, el libro es consistente.
Amemos más al Rey que a Su reino
Hay una frase que resume muy bien lo que Ortiz quiere dejar en el corazón del lector. Debemos «amar al Rey del reino más que al reino del Rey» (p. 271). Pienso que esa frase merece quedarse en nuestra mente y corazón, porque incluso las cosas buenas pueden ocupar el lugar que solamente le corresponde a Cristo. Podemos amar la iglesia, la familia, la misión, la justicia, la transformación cultural o una visión bíblica de la sociedad. Todo eso es bueno, pero si dejamos de amar al Rey por sobre todo lo demás, hemos perdido el enfoque.
Al concluir la lectura de Todo por el Reino, me queda esta impresión: Ortiz quiere expandir nuestra mirada. Quiere que dejemos de pensar en el evangelio solo como la respuesta a nuestra necesidad personal y volvamos a contemplarlo como la gran noticia de todo lo que Dios ha hecho en Cristo.
Quizás eso es justamente lo que necesitamos, un recordatorio de que nuestra vida ya tiene dueño. Cristo es nuestro Salvador, nuestro Rey. Por eso recomiendo Todo por el Reino a todo creyente, en especial a quienes anhelan comprender mejor el señorío de Cristo. También puede ser útil para pastores, maestros y líderes que buscan conectar la teología bíblica con la vida cotidiana de los creyentes.
La pregunta no es solo si entendemos mejor el reino de Dios y cómo vivir según el evangelio, sino: ¿Amamos al Rey más de lo que anhelamos los beneficios de Su reino? Porque cuando el Rey vuelve al centro, el evangelio deja de ser solamente algo que creemos y vuelve a ordenar toda nuestra vida.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
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