
En septiembre de 1983, Atari envió camiones cargados de videojuegos y equipos a un vertedero de Alamogordo, en Nuevo México. Más de tres décadas después, una excavación recuperó unos 1.300 cartuchos y confirmó que aquella historia, convertida en leyenda entre aficionados, tenía una base muy real.
Entre los objetos rescatados había copias de E.T., el videojuego inspirado en la película de Steven Spielberg, y una de ellas alcanzó los 1.535 dólares en una subasta. Pero el hallazgo también permite mirar aquel fracaso comercial desde otra perspectiva, la de los productos electrónicos que terminaron bajo tierra.
Qué apareció en la excavación
El 26 de abril de 2014, el equipo alcanzó los restos de Atari a unos nueve metros de profundidad. Según Andrew Reinhard, director del grupo arqueológico, aparecieron más de 40 títulos diferentes, además de consolas Atari 2600 y mandos.
Algunos artículos conservaban sus cajas, el envoltorio de plástico o incluso las etiquetas de las tiendas. Aquellos detalles aportaban información sobre cómo se habían vendido y desechado unos productos que, para muchas familias, habían representado una nueva forma de entretenimiento en el salón de casa.
Cómo acabaron bajo tierra
El material había llegado desde las instalaciones de Atari en El Paso, Texas, en plena crisis del videojuego estadounidense. El historiador Raiford Guins, participante en la excavación, describe una mezcla de productos dañados, devueltos y nuevos que fueron arrojados al vertedero en septiembre de 1983.
La historia fue cambiando con los años hasta quedar asociada sobre todo a E.T. Sin embargo, la variedad recuperada permite entender el lugar como el rastro de un problema comercial más amplio, con distintos juegos y aparatos convertidos en residuos.
Las prisas detrás de E.T.
Atari quería aprovechar el éxito de la película y llegar a las tiendas para la Navidad de 1982. Según el Museo Nacional de Historia Americana del Smithsonian, el programador Howard Scott Warshaw dispuso de cinco semanas y media para desarrollar el juego, frente a los seis a nueve meses habituales que señala la institución.
La presión por cumplir el calendario se sumó a un mercado cada vez más disputado. Como explica el museo The Henry Ford, la competencia se había multiplicado y los ordenadores personales ganaban terreno como máquinas para jugar. Atribuir toda la crisis a un único cartucho deja fuera buena parte de lo ocurrido.
De desecho a objeto de colección
La excavación formó parte del proyecto documental Atari: Game Over, y después llegaron las subastas. En agosto de 2015, la venta de 881 cartuchos de distintos títulos había recaudado 107.930,15 dólares, según informó Ars Technica al recoger el balance presentado en Alamogordo.
La copia de E.T. más cara alcanzó los 1.535 dólares. Esas cifras corresponden a las ventas celebradas entonces, que atrajeron compradores de países como Francia, Brasil, Australia y Singapur.
¿Qué estaban comprando los coleccionistas? La procedencia documentada era parte del atractivo, y los juegos se acompañaban de certificados municipales de autenticidad. The Henry Ford conserva uno de esos documentos, que vincula la pieza con la excavación del 26 de abril de 2014.
La lectura ambiental
El contraste resulta llamativo cuando se observa desde la gestión de residuos. Un producto podía perder su salida comercial y acabar enterrado, aunque su carcasa, sus componentes y los recursos empleados para fabricarlo siguieran allí. La excavación hizo visible esa parte material del negocio.
Los datos globales ayudan a situar esa reflexión. El informe Global E-waste Monitor 2024, elaborado por la UIT y UNITAR, calculó que en 2022 se generaron 62 millones de toneladas de residuos electrónicos en el mundo. Solo el 22,3 % quedó documentado como recogido y reciclado formalmente de manera ambientalmente adecuada.
Lo que aún cuenta la basura
Los resultados de la intervención de 2014 describen una muestra limitada de todo lo enterrado. Reinhard explicó que el tiempo, el presupuesto y una tormenta de arena limitaron los trabajos, dejando una parte considerable del material bajo tierra.
Parte de los objetos recuperados llegó a instituciones como el Smithsonian y The Henry Ford. Allí adquirieron valor como testimonio de la cultura de consumo de los años ochenta y de las decisiones empresariales que marcaron aquella época.
Joe Lewandowski, que ayudó a localizar los restos, resumió su inesperada fama con una frase. «Ahora me llaman el Indiana Jones de la basura», contó en un reportaje sobre la excavación publicado el 23 de abril de 2025 en New Mexico Magazine, una revista del estado de Nuevo México.
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