
El calamar Magnapinna sp. es tan esquivo que en toda la historia registrada solo ha sido visto unas 70 veces. Un robot submarino del MBARI acaba de sumar el avistamiento 70 —o quizá el 71— a 3,200 metros de profundidad, en oscuridad total, y lo filmó completo. La investigadora que monitoreaba la cámara creyó ver una medusa. Luego aparecieron los codos.
El animal que confundió a la científica que lo descubrió
El Magnapinna tiene una silueta que no cuadra con ningún calamar conocido. Su cuerpo principal es pequeño, casi discreto, pero sus tentáculos se doblan en un ángulo pronunciado a mitad de camino —esa curva es lo que los investigadores llaman informalmente ‘los codos’— y luego caen verticales hacia el fondo. El efecto visual es tan poco familiar que cuando la investigadora del MBARI (Monterey Bay Aquarium Research Institute) lo vio en el monitor, su primer instinto fue catalogarlo como una medusa de aguas profundas. Solo al acercar la cámara remota la silueta reveló lo que realmente era.
El ejemplar registrado en este avistamiento medía 1.25 metros, que suena modesto hasta que se considera que casi toda esa longitud son tentáculos. Otros individuos documentados han alcanzado los 7 u 8 metros, convirtiéndolos en uno de los calamares más grandes que existen —y en criaturas que, proporcionalmente, son casi todo brazo. Lo que hacen con esa extensión a 3,277 metros de profundidad sigue siendo, en gran medida, una pregunta abierta. La hipótesis más aceptada es que arrastran los tentáculos sobre el fondo para atrapar presas, pero nadie lo ha confirmado con imágenes directas de la cacería.
Por qué verlo vivo es tan difícil —y tan importante
Setenta avistamientos en toda la historia documentada no es un número pequeño solo porque el animal sea raro: es pequeño porque las condiciones para encontrarlo son extremas. El Magnapinna habita la zona batipelágica, donde la presión aplasta cualquier equipo convencional y la oscuridad es absoluta. Los vehículos operados de forma remota (ROV) capaces de llegar a esas profundidades existen desde hace pocas décadas, y no todos los institutos oceanográficos tienen acceso a ellos.
Cada filmación nueva aporta algo que las anteriores no tenían: resolución, ángulo, duración, contexto de comportamiento. Este registro del MBARI es particularmente valioso porque el animal no huyó de inmediato —una rareza en criaturas que suelen reaccionar a la luz artificial de los ROV retirándose a profundidades aún mayores. Unos segundos de comportamiento natural a cámara equivalen, en términos de datos, a años de especulación académica.
Amamos que el océano siga teniendo este tipo de respuestas guardadas. En un planeta donde parece que ya todo fue catalogado, fotografiado y subido a una base de datos, el Magnapinna aparece cada cierto tiempo para recordarnos que la mayor parte de la Tierra —el 80% de los océanos— sigue sin mapear con detalle.
Medio: ecoosfera.com
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