
Es escuchar más
de lo que hablas,
dijo la prudencia.
Es aceptar que no sabes
todo, dijo la humildad.
Es aprender incluso
de quien no te agrada,
dijo la madurez.
Es elegir la paz
antes que tener razón,
dijo la calma.
Y es entender que la vida
siempre tiene algo más
que enseñarte,
dijo el tiempo.
Anónimo
Lo que encierra el mensaje
Me parece especialmente valioso que el texto no presenta la sabiduría como acumulación de conocimientos, sino como una manera de relacionarnos con nosotros mismos, con los demás y con la vida.
Hay cinco ideas que se complementan: prudencia, humildad, madurez, calma y tiempo. La prudencia enseña a escuchar; la humildad reconoce los límites propios; la madurez permite aprender incluso del desacuerdo; la calma nos recuerda que no toda discusión merece convertirse en una batalla; y el tiempo termina demostrando que nunca dejamos de ser aprendices.
Hay, además, una idea humanista muy potente detrás de todo ello: ser inteligente no necesariamente significa ser sabio. Podemos tener muchos conocimientos y, aun así, no saber escuchar, reconocer un error, pedir perdón o convivir con quien piensa diferente.
A partir de esa idea, escribiría el artículo así:
LA SABIDURÍA: CUANDO YA NO NECESITAMOS TENER SIEMPRE LA RAZÓN
Vivimos en una época extraña. Tenemos más información al alcance de nuestras manos que cualquier generación anterior y, paradójicamente, parece que cada vez nos cuesta más escucharnos.
Opinamos rápidamente. Respondemos antes de comprender. Defendemos nuestras posiciones como si cambiar de opinión fuera una derrota y, muchas veces, confundimos tener argumentos con tener sabiduría.
Pero quizás la sabiduría comienza precisamente en otro lugar.
Comienza cuando comprendemos que saber mucho no significa comprenderlo todo.
Una persona sabia no necesariamente es aquella que tiene una respuesta para cada pregunta. A veces es aquella que ha aprendido a permanecer en silencio el tiempo suficiente para escuchar una respuesta diferente.
Porque escuchar verdaderamente requiere algo que no siempre resulta sencillo: aceptar que la otra persona podría mostrarnos algo que nosotros todavía no hemos visto.
Escuchar también es una forma de sabiduría
Escuchar parece sencillo hasta que alguien contradice aquello que creemos.
Escuchamos fácilmente a quienes piensan como nosotros. El verdadero desafío aparece cuando frente a nosotros se encuentra alguien cuya historia, experiencia o manera de entender el mundo es completamente diferente.
Allí aparece la prudencia.
Escuchar no significa necesariamente estar de acuerdo.
Significa concederle al otro la dignidad suficiente para intentar comprender por qué piensa como piensa.
Una conversación cambia profundamente cuando dejamos de escuchar para responder y comenzamos a escuchar para comprender.
Y quizá muchas relaciones humanas podrían salvarse si aprendiéramos esa diferencia.
La humildad de decir: “No lo sé”
Hay una enorme libertad escondida dentro de tres palabras:
No lo sé.
Sin embargo, nos cuesta pronunciarlas.
Nos han enseñado que debemos demostrar seguridad, conocimiento y capacidad. Por eso algunas personas prefieren defender una equivocación antes que reconocer que desconocen algo.
La sabiduría funciona de manera diferente.
Mientras más aprendemos sobre la vida, más conscientes somos de todo aquello que ignoramos.
Reconocer nuestros límites no disminuye nuestra inteligencia. La hace más honesta.
La humildad intelectual nos permite preguntar, investigar, corregirnos y evolucionar. Quien cree saberlo todo ha cerrado la puerta al aprendizaje; quien reconoce que todavía tiene algo por descubrir mantiene abierta la posibilidad de crecer.
Aprender incluso de quien no nos agrada
Quizás esta sea una de las formas más difíciles de madurez.
Tendemos a creer que las enseñanzas solamente pueden provenir de personas que admiramos. Sin embargo, algunas de las lecciones más importantes de nuestra existencia pueden llegar a través de personas difíciles.
Algunas nos enseñarán mediante su ejemplo.
Otras nos enseñarán exactamente aquello que no queremos convertirnos.
Incluso alguien con quien tenemos profundas diferencias puede tener razón en algo.
Aceptar esa posibilidad requiere madurez.
Porque cuando dejamos de evaluar una idea exclusivamente por la persona que la pronuncia, comenzamos a preguntarnos algo mucho más importante:
¿Qué puedo aprender de esto?
Entonces hasta el desacuerdo puede convertirse en maestro.
La paz también puede ser una victoria
No todas las discusiones necesitan un ganador.
Hay momentos en los que continuar intentando demostrar que tenemos razón solamente consigue lastimar una relación, alimentar el orgullo o convertir una diferencia pequeña en una herida enorme.
Elegir la paz no significa permitir abusos, guardar silencio frente a la injusticia o renunciar a nuestros principios.
Significa aprender a distinguir qué batallas realmente merecen nuestra energía.
Hay conversaciones que necesitan argumentos.
Hay situaciones que necesitan límites.
Hay injusticias que necesitan nuestra voz.
Pero también existen discusiones que solamente necesitan que alguien tenga la madurez suficiente para detenerlas.
A veces podemos tener razón y aun así equivocarnos en la manera de defenderla.
Porque no solamente importa qué decimos.
También importa cómo hacemos sentir al ser humano que tenemos enfrente mientras lo decimos.
El tiempo: el maestro que nadie puede evitar
Finalmente aparece quizá el maestro más paciente de todos: el tiempo.
La vida tiene una manera particular de enseñarnos aquello que alguna vez creímos comprender.
Personas que juzgamos terminan enseñándonos compasión.
Decisiones que parecían fracasos terminan redireccionando nuestra existencia.
Pérdidas que parecían incomprensibles modifican nuestra escala de valores.
Personas que creíamos eternas se marchan.
Otras aparecen inesperadamente.
Y nosotros también cambiamos.
Un día miramos hacia atrás y descubrimos que aquella versión nuestra que estaba absolutamente convencida de tener razón simplemente todavía tenía cosas por aprender.
Y probablemente nuestra versión actual también las tenga.
Ahí comienza una forma profunda de sabiduría: comprender que mientras estemos vivos, seguiremos siendo estudiantes de la existencia.
Ser sabio también es seguir siendo humano
Quizás por eso la sabiduría no debería medirse únicamente por cuánto sabemos, sino por aquello que hacemos con lo aprendido.
¿Nos volvió más humildes?
¿Más capaces de escuchar?
¿Más compasivos?
¿Más conscientes de nuestras propias limitaciones?
¿Más capaces de reconocer nuestros errores?
Porque si todo nuestro conocimiento solamente sirve para sentirnos superiores a los demás, probablemente hemos acumulado información, pero todavía nos falta sabiduría.
La verdadera sabiduría no necesita gritar.
No necesita humillar para demostrar inteligencia.
No necesita ganar cada discusión.
Puede decir “me equivoqué” sin sentirse destruida.
Puede decir “enséñame” sin sentirse inferior.
Puede decir “te escucho” sin renunciar a sus convicciones.
Y puede decir “perdóname” cuando comprende que tener razón nunca justificó lastimar a alguien.
Al final, quizá llegar a ser sabios no consista en alcanzar un punto en el que finalmente tengamos todas las respuestas.
Quizás sea exactamente lo contrario.
Es llegar a un momento de nuestra vida en el que podamos mirar el inmenso misterio de existir y reconocer, con serenidad:
He aprendido mucho.
Me he equivocado muchas veces.
Todavía tengo muchísimo por comprender.
Y mientras tenga vida, seguiré aprendiendo.
Porque la sabiduría no comienza cuando creemos haber llegado.
Comienza cuando tenemos la humildad de reconocer que todavía estamos en camino.
«Mejor es el fin del negocio que su principio; mejor es el sufrido de espíritu que el altivo de espíritu.» Eclesiastés 7:8 (RVR1960)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.

