
Hay algo que Jorgelina Aruzzi ya no está dispuesta a negociar: la tranquilidad. Después de años de trabajo, de vínculos que la hicieron sufrir y de aprender a decir lo que piensa sin culpa, la actriz asegura que hoy valora la paz por encima de cualquier otra cosa. Y se nota.
Mientras atraviesa uno de los momentos más activos de su carrera: acaba de terminar una serie para Netflix junto a Carla Peterson, sigue de gira con El ser querido y prepara una nueva comedia producida por Adrián Suar. También se anima a revisar los temas que la atraviesan puertas adentro: el amor después de los 50, los mandatos sobre las mujeres y la necesidad de dejar de complacer a todo el mundo.
“Hay que encontrar una manera correcta de querer”, reflexiona durante la charla con Infobae. Lo dice después de haber pasado diez años sola y de haber aprendido a reconocer relaciones que ya no quería repetir.
Con la misma honestidad habla de la maternidad, de las críticas sobre el cuerpo, de sus comienzos trabajando como repositora mientras perseguía el sueño de actuar y de una carrera que la llevó desde las cámaras ocultas de Videomatch hasta el teatro, la televisión y las plataformas.
Entre anécdotas, risas y reflexiones inesperadas, Aruzzi muestra una versión sin filtros de sí misma: una mujer que sigue apostando al humor, que ya no se calla nada y que encontró una definición del éxito bastante más simple que la fama o el reconocimiento.
—Es un presente con mucho trabajo.
—Estoy de gira con una obra que escribí hace dos años, El ser querido, que cuenta lo que pasa con las personas que cuidan a otras personas. Es una mujer que cuida a su marido que está en terapia intensiva y también atraviesa la figura de Sister Rosetta Tharpe, que fue pionera del rock y nadie habla de ella. Todo con humor como lubricante para que entren ciertos temas.
—¿Por qué te interpela el tema del cuidado?
—Porque cuando escribo es como una licuadora de temas. La obra habla del cuidado, pero también de cómo sostenemos vínculos tóxicos y de esas cosas que al principio no queremos ver y con el tiempo, entendemos. Yo soy muy cuidadosa con las palabras y trato de decir lo que siento sin lastimar. También trabajo mucho para salir de ciertos mandatos como el de la obediencia y, con los años, ya no me quedo callada.
—¿Cómo fuiste hija? ¿Pudiste ser cuidada?
—Sí, fui muy cuidada y querida. En mi familia había mucho humor, pero también mucha tragedia, un tono muy italiano, entre lo dramático y lo cómico. De ahí viene mi manera de mirar el mundo y mi vínculo con el humor.
—Una familia en la que no había artistas. ¿De dónde nació esa vocación?
—Me fue llevando la vida. Yo quería estudiar cerámica en el Instituto Vocacional de Arte, en Parque Chacabuco y ahí descubrí que también daban teatro. Fue un mundo completamente nuevo, una puerta enorme.
—¿Cuándo planteás que te vas a dedicar a eso cómo lo recibieron?
—Al principio no les gustó. Querían que estudie en la facultad. Era otra época, muy de “hay que tener un título”. Pero los entiendo porque venían de una época donde tenían que trabajar y no se podía elegir estudiar. No sé si hoy a los adolescentes se les pide un título para poder trabajar.
—¿Qué querían que estudiaras?
—No lo tenían claro, querían que fuera a la Facultad. Hoy pienso que quizás podría haber hecho otra carrera también, pero actuar era mi pasión. Era lo único que sentía que realmente sabía hacer. Para conformar un poco a mi papá empecé a estudiar bandoneón, porque le gustaba mucho el tango, pero cuando empecé a trabajar como actriz lo dejé.
—¿Se puso orgulloso después?
—Sí. Mi papá murió cuando yo tenía 19 años, así que hace más tiempo que vivo sin él que con él. Pero la infancia y los vínculos que se construyen en esos años son tan importantes que te acompañan para siempre. Yo me siento acompañada por él. Y mi mamá viene a verme al teatro con sus amigas. Tenemos una relación muy cercana y hablamos mucho.
—¿Dedicarte a la actuación fue el mayor dolor de cabeza que les diste?
—No, no era brava, era una época muy machista y yo me rebelaba bastante contra ciertas consignas o cosas que había que hacer por ser mujer. Me fui muy joven de mi casa a vivir con un amigo, siempre fui muy independiente
—Eras feminista antes de saber qué era el feminismo.
—No sé, fui aprendiendo. Todos recibimos una educación machista y es difícil decir “soy feminista” porque vas aprendiendo. A veces te das cuenta de que algo no está bien, pero no sabés por qué. Creo que hay que ejercitarlo, reconocer que todos y todas fuimos educados de esa manera y entender por qué ciertas cosas están mal.
—¿Y militancia política había en esa época?
—No. Sí empatizaba y empatizo con ciertas ideologías que me representan y, en general, trato de votar lo que más me representa dentro de lo que hay.
—¿Hoy algo te representa?
—Me siento muy cercana a las luchas de las mujeres y a la necesidad de seguir hablando de la problemática. Como artista trato de hacerlo desde el escenario, sin bajar línea partidaria ni asociarme a ningún espacio político. No me gusta sacarme fotos con políticas o políticos, el apoyo es en la urna y viendo qué pasa con eso. Tampoco me caso con nadie.
—¿Cuándo entendiste que eras buena actuando?
—Cuando empecé. Sentí que eso me salía bien, ya que no era buena para los deportes, no jugaba bien al vóley, en todo lo que hacían mis amigas era pésima. En ese momento la televisión parecía un mundo lejano y asociado a gente hegemónica, más todo el prejuicio que tenía como estudiante de teatro respecto a la tele. Después fui abrazando lo popular.
—Era una idea bastante instalada en esa época. Como si el teatro tuviera más prestigio.
—Totalmente. Hasta que hice televisión y entendí lo difícil que era.
—¿Con qué proyecto fue?
—Arranqué en las cámaras ocultas de Videomatch. Después fui haciendo otros trabajos. Ahí conocí a Eugenia Guerty y terminamos armando una obra juntas, Pasado carnal. Éramos muy jóvenes y nos fue muy bien.
—Ustedes ahí también eran amigas de Mariana Brisky.
—Muy amigas de Mariana. Yo seguí viéndola hasta el final y siempre que subo a un escenario, o hay algo que quiero preguntarle, la pienso.
—El paso del teatro a la tele es vía cámaras ocultas.
—Sí.
—¿Cuándo entendiste que ibas a poder vivir de ser actriz?
—Trabajé de muchas cosas. Creo que la primera vez que cobré como actriz fue por una publicidad con Lucho Bender. Mi mamá trabajaba en una peluquería súper setentosa y eligieron ese lugar como locación. Me presenté, me lookearon toda, era muy chica, y pensé: “Bueno, voy a vivir de esto. Me gusta”.
—¿Es verdad que nunca dejaste que tu mamá se ocupe de tu pelo?
—(Risas) Pocas veces. Ella es una genia, pero cuando el peluquero te corta y no te gusta, no le decís nada. A tu mamá sí. Igual no me corto mucho el pelo.
—Ella tampoco te debe querer de clienta.
—No, no me quiere de clienta.
—¿Se pelean mucho?
—No, en la vida no. Con el pelo sí. Alguna que otra pelotera tuvimos, pero poco. Por ahí un poco con la grieta, que también es generacional, entonces sí hablamos de cosas y yo ya sé que cuando se pica, trato de ir para otro lado.
—¿Políticamente están lejos?
—Qué sé yo. Creo que muchas veces parece que estamos lejos en el discurso, pero cuando hablás encontrás puntos en común. Para mí es importante revisar qué valores compartimos, porque ya no sirve esto de Boca-River. Cuando los valores son distintos se pone difícil, pero en general siempre hay algo para conversar.
—¿La podés aggiornar un poco?
—No. Yo la abrazo, la amo y cambiamos de tema. Es divina, re buena y una copada. También una súper buena abuela.
—Cómo fue el casting para llegar a las cámaras ocultas.
—Corría el año… (risas). Yo trabajaba como repositora de trapos de piso y había conocido a una cantante muy alta, Leticia. Hicimos juntas la fila para el casting. Eran como cuatro cuadras. Ella se cansó y se fue; yo me quedé, lo hice sola y quedé.
—¿Sabías qué ibas a hacer?
—No. Primero empecé con unos sketches y después con las cámaras ocultas. Tenía 22 años.
—Trabajabas como repositora. Cuando mirás para atrás, ¿en qué trabajo pensás: “No puedo creer que hice esto”?
—En ese. (Risas).
—¿Nunca estuviste disfrazada de empanada en una esquina?
—No. Bueno, disfrazada de empanada sí estuve pero en un programa de Susana Giménez. (Risas). Pero con glamour. Siempre fui muy busca: fui niñera, cuidé abuelitos. Me pagaba el teatro y el alquiler. Fui muy independiente y crecí con esa cultura del trabajo y el sacrificio.
—Y después llegó la etapa del supermercado.
—Sí. Era un buen trabajo, me trataban bien y cobraba bien, pero yo quería ser actriz. Entonces, quedé en el casting y me fui.
—¿Y cómo fue esa época de Videomatch? Me imagino mucho trabajo y mucha producción.
—Mucho trabajo. Era un programa donde las mujeres no teníamos demasiada participación. Pero ahí escribimos una obra de teatro con Eugenia, me hice amiga de Mariana Brisky y conocí al padre de mi hija. Fue un año de mucha plantación para el futuro.
—¿Pero no es de lo que más te gusta de lo que hiciste?
—No. Yo era una parte muy pequeña de todo eso, no tenía voz ni voto. A mí me gusta contar historias, la ficción. Después hice Chabonas en América y más tarde llegué a Telefe con La niñera. Después vinieron Amor mío, Chiquititas y ya seguí.
—La carrera del actor tiene una inestabilidad que hay que saber bancarse. ¿Te adaptaste rápido a eso?
—La autogestión te da la certeza de que siempre vas a hacer algo, que vas a poder expresarte. Además tenía la herramienta de escribir y de juntarme con gente. Al principio no soportaba los baches de incertidumbre, con los años aprendí a bancármela, a administrarme, pero al principio si pasabas un año sin que te llamen, creías que no laburás nunca más.
—¿Uno piensa eso de verdad?
—Sí. Pensás que tal vez no vuelva a pasar. Y lo loco es que hoy no sólo les pasa a los actores; también a periodistas, productores, a mucha gente. Hay momentos en que no trabajás y después aparece algo maravilloso que te vuelve a poner en la mirada de todos. Ya cuando podés elegir los trabajos, es un lujo.
—¿Le dijiste que no a algo que hoy pensás: “Cómo me lo perdí”?
—Sí, claro. Le dije que no a TOC TOC, pero acababa de ser mamá.
—Veinticinco años en cartel.
—Departamentos enteros se compraron con esa obra. (Risas).
—¿Qué hacías cuando nació Ámbar?
—Al mes y medio fui a hacer Alguien que me quiera, en Pol-ka. Ámbar iba conmigo al set, todos la adoraban. Fue hermoso, aunque duro porque estaba en pleno posparto. Igual me cuidaron muchísimo.
—¿Hoy volverías a trabajar tan rápido después de un parto?
—No. No sabía nada. También había una urgencia económica y muchas presiones. Hasta que no sos madre no sabés qué vas a querer. A mí se me corrió completamente el foco. Me hubiera encantado quedarme durmiendo con ella.
—“Durmiendo” es una forma de decir, ¿no?
—No dormía nada. Me acuerdo que una vez tenía que grabar una escena acostada sobre unos escombros y cuando dijeron “Acción”, me había quedado dormida ahí. La maternidad es dura. Amo a mi hija y aprendí muchísimo siendo madre, pero es intensa.
—En cuanto al humor, cambió el rol de la mujer y algo aprendimos.
—Algunos aprendimos. Estamos muy encriptados y es difícil salir, porque obviamente hay mucho interés para que todo continúe así. Pero ya es responsabilidad de todos instruirse, no desmerecer la lucha de las mujeres, entender por qué un chiste sexista está mal o por qué determinadas cosas ya no pueden naturalizarse. Muchos varones se quedan callados porque no saben cómo abordar el tema, sobre todo en los medios. Entonces hay que volver a explicarlo, con paciencia, y generar espacios para que participen. Los cambios se producen entre todos y todas.
—Comunicar, como en los grupos de chat cuando comparten determinado material que no está bueno.
—Exacto. Decir: “Esto no está bueno”. Y hablar con los hijos sobre lo que consumen porque las redes están heavys con la violencia de género. No es algo abstracto, es algo concreto. Hay desafíos virales, contenidos muy violentos, por eso creo que estos temas deberían trabajarse de manera obligatoria en las escuelas.
—La política actual.
—La política actual está en contra de que se solucione el problema. Cuando ves conferencias de prensa por casos de violencia de género aparecen policías, jueces y fiscales: todos hombres. ¿Eso no le llama la atención a nadie? También tendría que haber espacios para que periodistas que no saben cómo abordar estos temas aprendan, porque están formando opinión.
—Pienso en casos recientes, como el de Agostina Vega.
—Fijate quiénes daban las conferencias. Y después escuchás que dicen que las feministas se pasaron cuatro pueblos. ¿A qué pueblo llegamos si siguen matando niñas? Lo que nos hace reaccionar es ver que ya está todo mal en la cúspide.
—Yo soy feminista y pregunto desde ese lugar. Una crítica frecuente es que el feminismo no defiende todas las causas por igual.
—Muchas veces se le exige al feminismo algo que debería resolver la Justicia. El feminismo es un movimiento, no es el Poder Judicial. Pasó también con Actrices Argentinas: se les pedía que respondieran por todo, hay una lupa puesta sobre el feminismo. Del otro lado, ¿qué estamos mirando?
—Como si hubiera un solo feminismo y todas pensaran igual, además.
—Exacto. Además hay situaciones en las que ni siquiera sabés cómo expresarte. Para mí mucho tiene que ver con la educación desde la base y también con quiénes tienen micrófono, porque a veces dicen cosas tremendas.
—¿No se hizo un uso político del feminismo?
—Es que todo es política. Otra cosa son los partidos políticos. La política también es ponernos de acuerdo en que cuando el semáforo está en rojo no cruzamos. Si no quieren llamarlo feminismo, llamémoslo igualdad de derechos, igualdad de oportunidades, como quieran. ¿Por qué genera tanto miedo esa palabra?
—¿Fuiste a las marchas de Ni Una Menos?
—Sí, fui.
—¿Y formás parte de Actrices Argentinas?
—No. Participé en algún momento, pero nunca tuve el tiempo para involucrarme activamente.
—¿Cómo es ser mamá de una adolescente hoy?
—Nos llevamos muy bien. Trato de estar atenta a qué hace, qué le interesa. Siempre hay amigos y amigas en casa y me encanta.
—¿Ya pasó por la etapa del “te amo, te odio”?
—Qué sé yo. No le gusta mucho que hable de ella.
—Si no te tocó esa etapa te envidio mucho, quiero que lo sepas.
—Seguro las tenemos. Pero en casa siempre se priorizó el amor. Tanto con su papá como conmigo. Si hay una pelea o un berrinche, después se habla, se pide disculpas y se reflexiona.
—Estás noviando.
—Estoy noviando, sí.
—¡Contame todo!
—Me costó mucho encontrar un formato. Estuve 18 años con el papá de mi hija y después durante diez años estuve sola.
—Decías que no volvías a convivir nunca más.
—Y lo sigo diciendo. (Risas). Pero tuve que preguntarme qué quería yo estando en pareja.
—¿Y qué receta encontraste?
—Primero, salir de relaciones tóxicas. Creo que eso fue fundamental para encontrar a mi pareja actual. Y también mirar hacia otro tipo de hombres: no actores, no músicos…
—¿Qué hace el hombre en cuestión?
—Es kinesiólogo.
—Te hace masajes, es espectacular.
—Sí, creo que es de las mejores profesiones que tuve a nivel novio.
—¿Podemos decir su nombre de pila aunque sea?
—Dari. Darío.
—Ya llevan un año juntos. ¿Quién conquistó a quién?
—Fue un proceso. Nos conocimos en la puerta del colegio y después nos reencontramos.
—Todos los que pasamos por la segunda gestión conocemos el Tinder de la puerta del colegio.
—Sí, hay Tinder.
—¿Era uno de los papás más solicitados?
—No sé si tanto, pero tenía sus solicitudes.
—¿Y cuáles son hoy las reglas de ese formato que te funciona?
—Hacer realmente lo que me da ganas, estar atenta al deseo y entender que si mañana cada uno tiene sus cosas, está bien. Sin escándalos. Primero tenés que conocerte vos para saber qué deseás y para después no estar pidiendo al otro algo que, en realidad, te lo podrías dar vos misma, como en el caso de la paz, que es lo que más valoro hoy.
—¿En algún momento te equivocaste con lo que necesitabas o con lo que valorabas?
—Sí, seguramente. Pero tuve la suerte de conocer al papá de mi hija, que es una gran persona, y de tener una hija hermosa. Haber formado una familia me dio también libertad para dejar de sentir que tenía que cumplir determinados objetivos. Que dure lo que dure mientras estemos bien. Esa es la regla.
—¿Es verdad que tenés ciertas fobias?
—Sí, pero trato de controlarlo. No comparto el mate, tengo algo con la saliva, con los microbios.
—Pero con quien te gusta chapar, chapás.
—Sí, claro. Ahí no tengo problemas. (Risas)
—¿Tenés gente bloqueada?
—En el celular no. En Instagram sí, por el hate.
—¿Cómo te llevás con el hate?
—Bastante bien. No tengo Twitter y en Instagram bloqueé ciertas palabras. Trato de tomar distancia tanto del odio como del amor excesivo. O sea, agradezco todo el amor, pero trato de tomar distancia del fanatismo. Estoy muy agradecida con Cris y con Gustavo porque para mí Chiquititas fue una experiencia inolvidable. Como se ve por YouTube y otras plataformas lo siguen viendo niños, niñas y gente grande que por ahí te dicen que fuiste parte de su infancia y tienen 30 años.
—¿Cobran por esas repeticiones?
—Por plataformas, muy poco. Por YouTube no.
—Es algo que en algún momento habrá que discutir.
—Sí. Pero todo cambió muy rápido: la forma de cobrar, de distribuir contenidos, el uso de la imagen. Imagino que en algún momento se regulará mejor.
—Y vos estás teniendo un año de mucho trabajo.
—Sí. Estoy terminando de grabar una serie con Carla Peterson para Underground y la estoy pasando muy bien.
—¿De qué va?
—Cuenta la historia de un grupo de amigos que vuelve a reunirse cuando reaparece alguien de su pasado. Se cruzan distintas generaciones y tiene algo muy nuestro, muy de comedia nacional.
—¿Quiénes están?
—Carla Peterson, Leo Balcarce, Luciano Castro, Leyrado, María Leal, entre otros. Y la dirige Ardanaz. Es para el año que viene, por Netflix.
—Y además se viene nueva obra de teatro.
—Sí. Sigo de gira con El ser querido y además se viene una obra nueva.
—Que tiene tu corazoncito, arriba y abajo del escenario.
—Eso también me da la posibilidad de compartir con amigos. La escribí con Peto Menahen y la vamos a estrenar en Paseo La Plaza con producción de Adrián Suar. Están Gloria Carrá, Pata Etchegoyen, Rafa Ferro, Toto Kirzner y Marcelo De Bellis.
—¿Para reírnos? Qué necesario que es.
—Sí una comedia para reírnos mucho. Habla un poco de en qué nos transformamos con la plata, con el dinero.
—¿Vos cómo te llevas con la plata?
—No soy una persona que sepa manejar su economía. Vivo con lo que voy ganando, ahorro y trato de disfrutar la vida. Me gusta viajar.
—No sabés cómo comprar una criptomoneda.
—No, no tengo idea.
—Aparece tu yo de dentro de veinte años. ¿Qué le preguntás?
—Cómo hace para conservarse tan bien. (Risas).
—¿Cómo te llevás con el paso del tiempo?
—Bien. Aunque todavía hay mandatos estéticos que no termino de superar. No sé qué tipo de mujer voy a ser en relación con eso. Pero me siento joven cuando hago lo que me gusta, cuando me río con amigas, cuando disfruto.
—Alguna vez contaste que te pusiste bótox y que Mercedes Funes no entendía tus señas arriba del escenario.
—Sí. Estábamos haciendo Le Prénom. Me había puesto demasiado bótox y necesitaba hacerle una seña para que avanzara la escena. Yo pensaba que estaba siendo clarísima y ella no reaccionaba. Hasta que le dije: “Te estoy haciendo el gesto”.
—¿Te seguiste poniendo bótox después?
—Alguna vez más. Pero tampoco sé cuánta eficacia tiene porque ya todo el mundo sabe identificarlo.
—Mientras nos haga sentir bien…
—Sí. Yo banco que cada uno haga lo que quiera. Pero también creo que hay que dejar de mirarse tanto, aunque es difícil porque trabajamos con nuestra imagen.
—¿No te duele cuando te dicen qué deberías hacerte algo en el pelo, en la cara o en los dientes?
—Sí, me re duele y tiene que ver con lo que hablábamos antes: la exigencia permanente hacia las mujeres. Pero también creo que el tiempo es un regalo. Y a veces pasar dos horas en un consultorio para que te pinchen para perseguir algo que nunca alcanza también es perder tiempo. Las redes vinieron a hacer mucho daño en ese sentido, pero hay una contracorriente de personas que están más libres con respecto a lo estético.
—Del 1 al 10, hoy estás más cerca del “me acepto” o del “todavía me pesa”?
—Me acepto. Hay planos que no me gustan y no los miro. Pero me siento divina. Me siento ágil, conectada, comunicada.
—Te voy a titular: “Me siento divina”.
—Hay que empezar a decirlo. Yo me puse una luz en el baño que la prendo y amanezco divina, arranco la mañana iluminada (risas). Si tengo la suerte de envejecer, quiero hacerlo tranquila. Y no juzgándome. A veces la vara que tenemos con nosotras mismas es tremenda.
Publicado por: Tatiana Schapiro
Fuente de esta noticia: https://www.infobae.com/reportajes/2026/07/04/jorgelina-aruzzi-si-tengo-la-suerte-de-envejecer-quiero-hacerlo-tranquila-y-no-juzgandome/
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