Cinco muertos y una veintena de heridos en Zipaquirá: el choque en el peaje convirtió una fila común en una trampa mortal y sacudió al país.
La madrugada del 1 de abril dejó una de esas escenas que un país recuerda durante mucho tiempo, aunque al día siguiente vuelva a sonar la rutina y el tráfico siga como si nada. En el peaje Casablanca, sobre la vía entre Zipaquirá y Ubaté, un tractocamión que transportaba leche se quedó sin frenos, embistió a los vehículos que esperaban para pagar y convirtió una fila normal de carretera en una trampa de fuego. El balance que se consolidó durante la jornada fue de al menos cinco muertos, entre ellos un menor de edad, y más de una veintena de heridos.
No fue un roce, ni un susto de esos que se cuentan luego con la mano temblando y una mueca. Fue una colisión en cadena con explosión, vehículos calcinados y una operación de rescate que obligó a cerrar el corredor durante horas antes de reabrirlo con paso controlado. Las autoridades situaron el choque hacia las 5.30 de la mañana, en plena salida de Semana Santa, cuando el flujo de coches ya aprieta y una pendiente mal resuelta puede convertirse en una lotería cruel. En ese punto quedaron implicados once vehículos. Una fila cualquiera. Y, de golpe, nada tenía de normal.
Una fila detenida, una tractomula lanzada
La fotografía general del siniestro está bastante clara, aunque todavía falten detalles judiciales y periciales. La tractomula descendía en sentido Ubaté-Zipaquirá. En la zona del peaje había coches detenidos o muy lentos, esperando el paso. El camión, según la hipótesis preliminar difundida por las autoridades locales, sufrió una falla mecánica en el sistema de frenos. Lo demás ocurrió a una velocidad que no admite mucha literatura: impacto, arrastre, combustible regado, roce contra el pavimento, incendio. Y luego ese silencio raro de las tragedias grandes, donde nadie entiende todavía qué acaba de pasar y ya hay gente corriendo hacia las llamas.
Los equipos de bomberos y rescate describieron una escena especialmente severa porque varios de los vehículos alcanzados ardieron casi de inmediato. El fuego llegó a envolver a la propia tractomula y a coches particulares, y complicó la identificación de algunas víctimas mortales. El dato más devastador es este: cuatro de los fallecidos viajaban en un mismo automóvil; el quinto era el conductor de una motocicleta. Esa imagen, un coche convertido en un pequeño féretro de chapa, explica por sí sola la dimensión del golpe.
El peaje Casablanca vuelve al centro del debate
En Colombia, como en casi cualquier país con redes viales tensas y transporte pesado constante, los accidentes nunca son solo accidentes. Son también geografía, diseño, mantenimiento, fiscalización y costumbre. El peaje Casablanca ha vuelto a entrar en el foco porque está situado después de un descenso donde los vehículos de gran tonelaje llegan exigidos. Ese tramo arrastra desde hace tiempo advertencias sobre la velocidad de bajada, el esfuerzo de frenado y el riesgo que asumen los camiones cuando llegan a una barrera con coches detenidos delante.
Eso no significa que la culpa quede resuelta con una frase sencilla. Sería cómodo, quizá demasiado cómodo, despacharlo todo con el clásico “se quedó sin frenos” y seguir. Pero detrás de esa fórmula hay preguntas ásperas: en qué estado iba el vehículo, qué mantenimiento tenía, cómo respondió el conductor, si hubo margen para maniobrar hacia otro lado, si la infraestructura de ese punto es razonable para el volumen y el tipo de tráfico que soporta. Cuando una tragedia se repite o amenaza con repetirse, la palabra fatalidad empieza a sonar a excusa de sobremesa.
Los segundos previos que ahora pesan más
Uno de los elementos que más ha impactado es la existencia de un vídeo grabado segundos antes del choque. No registra el momento exacto del impacto, pero sí la advertencia de quien lo filma: la tractomula bajaba sin frenos. Esa secuencia, por breve que sea, cambia la manera de leer el siniestro porque muestra algo que en los accidentes suele quedar diluido entre rumores: la percepción inmediata del peligro, el instante en que alguien ve venir la catástrofe y ya no hay tiempo material para apartarse del todo.
Ese vídeo también refuerza otro detalle relevante. En el peaje operaba un carril reversible por el alto flujo propio de la Semana Santa, de modo que la concentración de vehículos en espera era mayor y más compacta. Un camión descontrolado entrando ahí no impacta contra un coche: impacta contra una acumulación de coches, una especie de tapón inmóvil. Es la diferencia entre un accidente grave y una escena de guerra en miniatura.
Víctimas, heridos y hospitales al límite
La cifra de lesionados se fue corrigiendo a medida que avanzaba el día, como suele pasar en emergencias grandes. El recuento oficial más repetido fue de 21 heridos, 19 adultos y dos menores, atendidos en distintos centros sanitarios de la zona. Uno de los pacientes presentaba un trauma craneoencefálico severo y tuvo que ser trasladado a una unidad de cuidados intensivos en Bogotá.
Detrás de esas derivaciones, de esos nombres de hospitales que en una noticia parecen simples estaciones de paso, hay un mapa bastante preciso del daño. Politraumatismos, quemaduras, golpes de alta energía, cirugías urgentes, familias separadas entre ambulancias y llamadas cruzadas a primera hora. No era una urgencia cualquiera: era una cadena de urgencias al mismo tiempo, una presión súbita sobre el sistema asistencial local, justo cuando la carretera todavía estaba cerrada y la escena seguía bajo intervención.
Hay un detalle especialmente crudo que resume la violencia del impacto. Entre las víctimas mortales había un menor de edad que viajaba en el mismo coche que otros tres fallecidos y con un animal de compañía. No es un matiz sentimental ni un adorno de redacción; es la prueba de que no hablamos de un convoy profesional o de un tramo exclusivamente pesado, sino de familias corrientes, de gente que salía, regresaba o simplemente cruzaba la zona creyendo que la mayor preocupación del día sería el atasco. La carretera, de repente, decidió otra cosa.
Investigación abierta y una vía reabierta a medias
La Fiscalía anunció una investigación para determinar las causas exactas del accidente. Es un paso lógico, sí, pero también imprescindible porque el relato preliminar explica el cómo inmediato y aún no aclara del todo el porqué profundo. Una falla de frenos puede ser un problema mecánico puntual o el último eslabón de una cadena más larga: mantenimiento deficiente, controles insuficientes, exceso de carga, desgaste en descenso prolongado, errores humanos acumulados. En los siniestros viales graves, la diferencia entre una avería inevitable y una negligencia sostenida no es menor; cambia por completo la lectura pública, política y judicial del caso.
Las autoridades mantuvieron durante horas la zona bajo trabajo de criminalística, levantamiento de cadáveres y revisión del lugar del choque. También participaron Policía Nacional, Ejército, bomberos de varios municipios y organismos de gestión del riesgo. Es la coreografía habitual de las grandes emergencias, pero aquí había un agravante: la identificación de algunos fallecidos estaba dificultada por el fuego. No es solo que el accidente fuera brutal; es que la violencia térmica posterior añadió una capa de horror que complica incluso el cierre mínimo que las familias necesitan, ese momento elemental en el que una víctima deja de ser una cifra.
La vía no permaneció bloqueada todo el día. A partir de primera hora de la tarde se habilitó un paso controlado en uno de los carriles, mediante un sistema de pare y siga, mientras continuaban los trabajos de atención, investigación y limpieza. Fue una solución de emergencia para aliviar la congestión y evitar un colapso mayor en plena operación salida de Semana Santa. Pero una reapertura así no resuelve nada de fondo; apenas le pone una tirita logística a un problema mucho más serio.
De hecho, la movilidad siguió afectada durante horas y las autoridades recomendaron rutas alternas. Algunas eran válidas solo para vehículos livianos, otras podían colapsar si entraba demasiada carga pesada. Ese matiz, que puede parecer secundario, ilustra bien el tipo de red vial del que estamos hablando: corredores con poca elasticidad, donde un accidente grande no solo mata o hiere, también paraliza una región entera y expone de golpe todas sus costuras.
Cuando la carretera avisa y nadie escucha
Los accidentes con camiones sin frenos no son una rareza exótica. En tramos de montaña o descensos largos, el calentamiento del sistema de frenado y la pérdida de eficacia forman parte del manual del riesgo. Lo que cambia de un país a otro, y de una administración a otra, es cuánto se previene, cuánto se inspecciona y cuánto se corrige antes de que el problema estalle. La carretera suele avisar durante años; el drama es que casi siempre avisa en voz baja, con siniestros menores, con denuncias locales, con conversaciones técnicas que nunca llegan a convertirse en obra o control suficiente.
Por eso el debate abierto tras la tragedia no debería agotarse en la mecánica del camión concreto. También afecta al diseño del corredor, a la ubicación del peaje, al tratamiento de pendientes, a la vigilancia sobre transporte pesado y a los protocolos en épocas de tráfico excepcional. Cuando desde el ámbito local se insiste en que ese peaje debería reubicarse porque el descenso castiga a los vehículos de gran tonelaje, conviene escuchar algo más que el titular. Conviene escuchar el subsuelo del titular, que suele ser menos espectacular y bastante más importante.
No deja de ser elocuente que todo esto ocurriera justo al comienzo de la Semana Santa, cuando millones de desplazamientos convierten cualquier vía en un tubo a presión. En esos días, una pequeña avería multiplica consecuencias, una maniobra tardía se encadena con otras y un error técnico deja de ser individual para volverse colectivo. La salida vacacional promete descanso; a veces ofrece, sin previo aviso, el reverso más brutal del viaje.
Lo que deja la humareda cuando ya no hay cámaras
En noticias como esta existe siempre la tentación del vídeo viral, del coche ardiendo, del testimonio que hiela la sangre y circula rápido. Todo eso forma parte del relato, claro. Pero lo decisivo está en otra parte. Está en las familias que iban dentro de un coche normal y no llegaron. Está en los heridos que salieron con vida y ahora entran en una secuencia distinta, la de las curas, las secuelas, las cirugías, el miedo a volver a una carretera. Está en los vendedores y conductores que se lanzaron a ayudar entre humo y explosiones cuando aún no habían llegado todos los equipos de rescate. Está, también, en la pregunta incómoda que queda después de cada siniestro grave: si esto podía pasar así, ¿por qué seguía siendo posible?
Zipaquirá, Ubaté, Cogua, Cajicá, Bogotá. Los nombres de esa mañana forman casi una línea recta en el mapa y una línea rota en la memoria del día. El accidente del peaje Casablanca no fue solo una noticia fuerte de última hora ni un susto mayúsculo en un puente festivo. Fue un recordatorio feroz de cómo una infraestructura mal tensionada y una avería en el peor lugar posible pueden triturar en segundos la normalidad de decenas de personas.
A estas alturas, lo único serio es separar lo que se sabe de lo que todavía debe probarse. Se sabe que un tractocamión sin control alcanzó a una fila de vehículos en el peaje Casablanca. Se sabe que el choque provocó incendio, cinco muertes y más de veinte heridos. Se sabe que entre los fallecidos había un menor y que varios ocupantes quedaron atrapados en un mismo coche. Se sabe que la vía tuvo que cerrarse y luego reabrirse a medias. Se sabe, en fin, que la principal hipótesis apunta a una falla mecánica. Todo lo demás, responsabilidades penales, fallos de supervisión, defectos estructurales del corredor, sigue bajo investigación.
Pero incluso antes de que lleguen esos resultados, hay una verdad que ya no necesita esperar peritajes. El peaje Casablanca ha dejado de ser un punto más en la carretera. Desde esta semana es, para muchos colombianos, el lugar donde una fila cualquiera de madrugada se convirtió en una imagen insoportable. Y cuando una infraestructura adquiere ese significado, cuando ya no se la asocia al viaje sino al miedo, algo importante se ha roto. No solo un camión. No solo varios coches. Algo más hondo, más político, más incómodo: la confianza mínima de que el trayecto ordinario no iba a terminar así.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/que-paso-en-el-peaje-de-zipaquira/
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