Los espacios de cowork se han instalado como símbolo de una nueva cultura laboral: flexibilidad, comunidad, horizontalidad y creatividad. Sin embargo, detrás de ese discurso moderno y atractivo, comienzan a visibilizarse tensiones y zonas grises que interpelan directamente las condiciones reales en que se desarrollan las relaciones de trabajo.
Cuando el acoso laboral en un cowork lo ejerce el dueño del espacio que a su vez es el presidente de una organización de beneficencia normalmente es ocultado por ese colectivo , la ex funcionaria que participa de esta entrevista pide su reserva de identidad del caso y nos aclara que este ciudadano argentino radicado en Uruguay es alguien con una imagen pública construida,trabaja aparte del espacio cowork en la industria de la construcción: falsamente respetado, con contactos, con presencia en ámbitos donde se supone que hay valores, ética, códigos. Eso pesa. Porque cuando alguien así cruza ciertos límites, lo primero que se pone en duda no es su conducta, sino tu percepción.
El problema no radica únicamente en conductas individuales, sino en el entramado que las rodea. Cuando una figura con reconocimiento social —asociada a valores, ética o liderazgo— es señalada por comportamientos inapropiados, lo que se activa no es necesariamente un proceso de revisión, sino, muchas veces, un mecanismo de defensa. El prestigio opera entonces como un blindaje simbólico: se duda de quien denuncia, se relativizan los hechos y se impone el silencio.

La ex trabajadora en la entrevista exclusiva a Diario la R nos explica varias zonas grises de estos lugares.
¿Cómo empezó tu experiencia trabajando en el cowork?
Al principio fue muy buena. Era un lugar moderno, bien ubicado, con una estética muy cuidada y un discurso atractivo: comunidad, colaboración, networking. Me sedujo esa idea de trabajar en un espacio compartido, con gente de distintos rubros, sin la rigidez de una oficina tradicional. Había emprendedores, freelancers, pequeñas empresas. Todo parecía muy profesional, muy “abierto”. Pero con el tiempo empecé a notar ciertas actitudes del propietario que me incomodaban.
Es de aclarar que es un ciudadano argentino presidente de una organización de mucha data y de acción internacional basada en mucho trabajo social con menores.
¿Qué tipo de actitudes empezaste a percibir?
Al principio eran comentarios sutiles, disfrazados de chistes. Cosas sobre mi forma de vestir, mi apariencia, mi vida personal. Uno trata de no darle demasiada importancia, de pensar que es una exageración propia. Pero después esos comentarios se volvieron más frecuentes y más directos. También empezó a haber una insistencia en generar encuentros fuera del horario laboral, invitaciones que no tenían que ver con el trabajo. Ahí ya no era ambiguo.
¿Cómo impactaba eso en el día a día?
Te cambia completamente la percepción del lugar. Pasas de sentirte cómoda a estar en alerta. Empezás a pensar cómo vestirte, a qué hora llegar, cómo evitar ciertos espacios. Incluso cosas simples, como ir a la cocina o cruzarte en un pasillo, se vuelven incómodas. Es un desgaste constante, porque estás trabajando pero también cuidándote todo el tiempo.
¿Sentiste que había una relación de poder que condicionaba tus respuesta?
Sí, claramente. Aunque en un cowork no sos empleada directa siempre, dependes del espacio: de mantener tu escritorio, de no tener conflictos, de poder seguir trabajando ahí. Él era quien administraba todo, quien decidía quién se quedaba y quién no. Esa asimetría pesa mucho. Sabés que cualquier enfrentamiento puede tener consecuencias, aunque no sean explícitas.
¿Intentaste hablarlo con alguien más dentro del espacio?
Sí. Empecé a conversar con su asistente directa que trabajaba ahí y me di cuenta de que no era la única.Incluso ella era vejada diariamente en la manera que le hablaba a ella de manera prepotente.
Su objetivo es tener empleadas mujeres ,solas,sin pareja y con problemas de vida con vulnerabilidad económica y psicológica.Varias personas habían pasado por situaciones similares, con distintos niveles de gravedad. Pero todas coincidían en algo: el miedo a exponerse. Nadie quería ser “la que genera problemas”.
¿Por qué creés que ese silencio se sostiene?
Porque hay mucho en juego. El cowork no es solo un lugar físico, también es una red de contactos, oportunidades, proyectos. Además, cuando quien ejerce ese comportamiento tiene vínculos con organizaciones o cierto peso social, se genera una sensación de intocabilidad. Como si denunciar fuera inútil o incluso contraproducente.
¿Existen canales formales para denunciar en este tipo de espacios?
En la mayoría de los casos, no. Ese es uno de los grandes problemas. No hay recursos humanos, no hay protocolos claros, no hay instancias independientes. Todo queda en lo informal, en lo personal. Y lo informal muchas veces termina protegiendo al que tiene más poder.
¿Cómo impactó esta situación en tu vida laboral y personal?
Mucho más de lo que pensé en un principio. Me generó ansiedad, insomnio, una sensación constante de incomodidad. Empecé a evitar el lugar, a modificar mis rutinas, a limitar mi tiempo ahí. Eso afecta directamente tu trabajo: te concentras menos, rendís peor, te sentís insegura. Y también te lo llevás a tu vida personal, porque es algo que te acompaña todo el tiempo.
¿Tomaste la decisión de irte?
Sí, finalmente me fui. Fue una decisión difícil, porque implicaba perder un espacio que me servía profesionalmente. Pero llegó un punto en el que mi bienestar pesó más. Igual, irte no es una solución real: el problema sigue existiendo para quienes se quedan o para quienes llegan después.
¿Creés que los espacios de cowork tienen una “zona gris” en términos laborales?
Totalmente. Al menos se este que trabaje se vende como espacios , flexibles, horizontales, pero muchas veces no tienen reglas claras ni mecanismos de protección. Esa falta de estructura, que al principio parece una ventaja, puede volverse un problema cuando surgen conflictos. No hay a quién recurrir.
¿Qué tipo de cambios creés que serían necesarios?
Primero, regulación. Que estos espacios tengan normas claras de convivencia y protocolos frente a situaciones de acoso. Segundo, instancias externas o independientes donde se pueda denunciar. Y también capacitación: que quienes gestionan estos lugares entiendan la responsabilidad que tienen. No es solo alquilar escritorios.

¿Y a nivel cultural?
También hay que cambiar la forma en que se perciben estas situaciones. Muchas veces se minimizan, se relativizan, se transforman en “malentendidos”. Eso hace que las personas duden de sí mismas y no actúen. Es clave validar lo que uno siente y poder hablarlo.
¿Qué le dirías a alguien que está atravesando algo similar?
Que no lo naturalice. Que busque apoyo, que hable con otras personas, que no se aísle. Y que, si tiene la posibilidad, priorice su bienestar. Ningún espacio de trabajo, por más atractivo que parezca, vale la tranquilidad personal.
Diario La R viene realizando una investigación a partir de esta nota que a la brevedad estaremos ampliando.
Ya podemos adelantar que la persona que la entrevistada nos cuenta en Argentina fue procesada en pandemia por violaciones de la normativa de la pandemia y que otros testigos tienen pruebas de que esta persona hace distribución pornográfica por redes privadas de comunicación sin el consentimiento de los mismos.
También ya identificados de qué organización es presidente, por lo mismo estamos en contacto con el Rotary Club del Uruguay para aclarar los hechos o denunciarlos.
Y qué acciones tomará el Rotary Club del Uruguay ante la denuncia periodística acompañada con aporte de pruebas documentales
Será interesante saber qué acciones la organización realizará.
Juan Carlos Blanco Sommaruga
Fuente de esta noticia: https://grupormultimedio.com/acoso-en-un-cowork-de-montevideo-id190720/
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