El PP intenta vender un no a la guerra mientras Cayetana agitó el sí contra Irán. La grieta interna, el giro y el coste político real del PP.
El PP no puede presentarse como un partido nítidamente contrario a la guerra sin que le exploten encima sus propios mensajes de las últimas semanas. La dirección popular ha terminado abrazando en sede parlamentaria el lema del “no a la guerra”, primero con Alberto Núñez Feijóo y después con Carlos Rojas, pero esa posición llegó después de un arranque muy distinto: Feijóo pidió que España estuviera “sin matices” junto a las democracias liberales tras el ataque de EE UU e Israel a Irán, celebró que “el mundo es mejor cuando cae un tirano”, y Cayetana Álvarez de Toledo fue todavía más lejos al escribir, negro sobre blanco, “sí a la guerra contra Irán”.
Dicho de otro modo, la foto enseña a un PP que rechaza la guerra como consigna pública, pero no porque haya construido una posición pacifista clásica, sino porque ha recalibrado el discurso tras el coste político del debate. El partido sigue cargando contra el régimen iraní, mantiene un tono muy duro de solidaridad occidental y acusa al Gobierno de debilitar a España ante sus aliados; lo que ha cambiado es el envoltorio. Cayetana no inventó una línea nueva: expresó con una franqueza casi brutal lo que otros en su espacio político habían formulado antes con más paños calientes.
La frase de Cayetana que dinamitó el maquillaje
La frase existe, tiene fecha y tiene contexto. Cayetana Álvarez de Toledo dejó escrito en X: “Sí a llamar a las cosas por su nombre. Y, por tanto: sí a la guerra contra Irán”. No era un desliz verbal, una mala tarde televisiva ni una cita arrancada a medias; era una formulación deliberada, publicada por una de las voces más reconocibles y más ideológicas del PP. Y no llegaba de la nada: antes ya había mostrado su admiración por los estadounidenses e israelíes que participaban en la operación contra Irán. Esa secuencia importa, porque dibuja continuidad y no accidente.
Lo interesante no es solo el literal. Lo realmente revelador es el marco mental que encierra. Cayetana no habla como quien lamenta una guerra inevitable; habla como quien considera que, en determinadas condiciones, la guerra es un instrumento legítimo y quizá necesario si el enemigo es una teocracia represiva, expansionista y enemiga declarada de Occidente. Es la vieja tradición del belicismo moral, ese que se niega a llamarse belicismo porque se presenta como una defensa limpia de la libertad. Suena solemne. Luego llegan los misiles, los muertos, el petróleo, el estrecho de Ormuz y la palabra “libertad” empieza a oler a combustible.
De la admiración inicial al apoyo “sin matices”
La diputada no fue una isla solitaria en mitad del océano popular. El propio Feijóo reaccionó en los primeros compases del conflicto con un discurso que, sin utilizar la misma frase, se movía en la misma dirección política. Afirmó que España debía estar “sin matices junto a las democracias liberales” frente a Irán, sostuvo que “el mundo es mejor cuando cae un tirano” y dibujó el conflicto como una prueba de claridad moral: saber quién amenaza la libertad y quién la defiende. Esa posición, en lenguaje diplomático, era un apoyo político a la intervención; en lenguaje llano, un alineamiento muy claro con quienes la habían lanzado.
Ese arranque explica por qué la frase de Cayetana no puede despacharse como extravagancia personal. Ella sube el volumen, sí; pero no cambia la melodía. Dice en voz alta lo que el líder había insinuado con traje institucional: que la caída del régimen iraní sería una buena noticia, que no caben ambigüedades ante Teherán y que España debe situarse del lado del bloque occidental sin demasiadas vacilaciones. Luego vino el retrovisor, la memoria de Irak, el desgaste parlamentario y el cambio de tono. Pero el rastro quedó ahí, como un reguero de pólvora sobre la alfombra.
El giro del PP en el Congreso
Cuando Pedro Sánchez llevó el choque al Congreso y enlazó la crisis iraní con el trauma español de 2003, Feijóo ya compareció con otra música. En su discurso oficial dejó una frase destinada a circular, ser recortada y repetida: “No a la guerra y no a usted”. Ya no había celebración del derrocamiento de un tirano ni llamamientos a estar sin matices junto a nadie. Había oposición dura al Gobierno, crítica a su gestión, denuncia del aumento del gasto militar y una apropiación táctica del eslogan que en España tiene más memoria que una hemeroteca entera.
La mutación se confirmó después en la Comisión Mixta de Seguridad Nacional. Allí, el portavoz popular Carlos Rojas proclamó que “nadie quiere la guerra” y el PP resumió su intervención insistiendo en que el rechazo al conflicto no puede quedarse en una consigna vacía. La dirección popular pasó, en pocas semanas, de justificar políticamente el alineamiento con la ofensiva occidental a presentarse como una fuerza que también se sitúa contra la guerra, aunque al mismo tiempo acuse al Ejecutivo de poner en riesgo la relación con los aliados y de proyectar una imagen preocupante de España.
Un partido que habla en dos registros
Aquí está el nudo del asunto. El PP habla en dos registros superpuestos. Uno, el parlamentario y prudente, dice que nadie quiere la guerra, que la paz es deseable y que el Gobierno usa el conflicto como coartada política. El otro, más ideológico y más reconocible en figuras como Cayetana, parte de la idea de que hay guerras que no solo son comprensibles, sino moralmente defendibles cuando se libran contra un régimen como el iraní. Ambos registros conviven. Chocan, desde luego, pero conviven. Y de esa convivencia sale la confusión actual.
Eso explica por qué la pregunta sobre si el PP está o no contra la guerra no admite un sí limpio. Está contra la guerra en su formulación pública más reciente, sí, porque así lo ha dicho en el Congreso y en comisión. No está contra la lógica que sirvió para justificarla al principio, también. Lo que rechaza no es exactamente la intervención como categoría moral, sino el coste de quedar retratado como el partido que, otra vez, se acerca demasiado a una aventura militar liderada por Washington y bendecida desde la derecha atlántica. Una cosa es ser pacifista; otra, oler el viento.
El fantasma de Irak sigue sentado en la bancada
En España, hablar de una guerra lanzada por EE UU y apoyada desde la derecha no remite a un debate abstracto. Remite a Irak. Sánchez explotó ese reflejo en el Congreso al acusar a PP y Vox de haber contribuido con su apoyo o su silencio al desastre de la guerra de Irán y al asociar a Feijóo con la herencia de José María Aznar. La comparación no era casual ni ornamental: en la memoria política española, 2003 sigue siendo un agujero negro que absorbe cualquier intento de vender una intervención exterior como ejercicio virtuoso de responsabilidad occidental.
Por eso el PP corrigió velocidad. Porque una cosa es denunciar la represión iraní —eso tiene recorrido, incluso consenso— y otra muy distinta aparecer respaldando, aunque sea por elevación moral, una guerra iniciada de forma unilateral por EE UU e Israel. Margarita Robles recordó en el Congreso que el Gobierno vetó desde el principio el uso de Rota, Morón y del espacio aéreo español para apoyar la operación contra Irán, y justificó la decisión por respeto al orden jurídico nacional e internacional. También subrayó que otros países europeos han tomado medidas similares. Ahí, el PP optó por discutir la gestión, no por volver a defender abiertamente la intervención.
No es casualidad tampoco que el PP haya querido refugiarse en una fórmula híbrida: “no a la guerra”, pero tampoco “sí” al relato del Gobierno. Es una manera de salir del cuadro sin abandonar del todo a sus referentes internacionales. Feijóo necesita no parecer Aznar reescrito; Cayetana, en cambio, nunca ha tenido demasiado problema en ocupar el papel de quien dice lo que otros prefieren insinuar. Ahí está parte de la tensión: el partido busca centralidad, una parte de sus voces busca claridad ideológica aunque la factura electoral suba. Y a veces la claridad ideológica tiene la elegancia de un portazo.
Rota, Morón y el coste real del conflicto
El debate no se libra solo en el terreno simbólico. España ha convertido su posición sobre la guerra en decisiones concretas: restricción del uso de bases y espacio aéreo para apoyar el ataque, relevo de la fragata desplegada en el Mediterráneo oriental y defensa de una posición aliada, sí, pero dentro de un marco multilateral. Robles insistió en que la negativa española no rompe el vínculo con la OTAN, mientras el PP respondió que esas decisiones pueden deteriorar la confianza de los aliados y comprometer la seguridad nacional. Dicho sin liturgia: el Gobierno cree que frenó una implicación; la oposición cree que ha tensionado la relación con Washington y con la Alianza.
Y luego está el dinero, que siempre aterriza aunque el debate quiera volar alto. El conflicto ya ha tenido impacto en el precio del crudo, en las previsiones de inflación y en la incertidumbre económica europea. Si el estrecho de Ormuz se convierte en una herida abierta, la factura no la pagarán solo los ministerios o los analistas de geopolítica. La pagarán los transportes, la industria, las empresas intensivas en energía y el consumidor corriente que llena el depósito y mira el ticket con esa mezcla de resignación y mala leche tan española. Cuando Cayetana escribe “sí a la guerra”, no está hablando solo de una tesis geopolítica; está hablando también, aunque no lo diga, de gasolineras, tipos, deuda y nevera. La guerra, por desgracia, siempre acaba entrando por la cocina.
No es pacifismo: es reposicionamiento
A estas alturas, la posición real del PP se parece menos a un pacifismo coherente que a un reposicionamiento táctico. El partido no comparte la tesis del Gobierno sobre el conflicto, ni su tono hacia EE UU, ni su forma de leer la legalidad internacional, ni su política hacia Oriente Próximo. Tampoco renuncia a presentar a Irán como una amenaza mayor, a subrayar la represión interna del régimen o a insistir en que España debe mantenerse con sus aliados occidentales. Lo que ha hecho es desplazar el foco: del apoyo moral a la intervención hacia la crítica a la gestión española de sus consecuencias.
Eso deja a Cayetana en una situación curiosa. No está fuera del marco ideológico del PP; está, más bien, demasiado dentro. Tanto que lo desnuda. Su frase molesta no porque contradiga por completo a su partido, sino porque impide el maquillaje posterior. Feijóo puede decir “no a la guerra”; Carlos Rojas puede repetir que nadie la quiere; pero cuando una dirigente central del mismo partido ha defendido antes un “sí a la guerra contra Irán”, lo que se rompe no es solo el relato, también la pretensión de coherencia. La hemeroteca, ese animal sin piedad, tiene estas costumbres.
Hay, además, una cuestión de fondo que conviene no perder de vista. El PP actual quiere ocupar al mismo tiempo la casilla de la responsabilidad atlántica y la de la prudencia española ante la guerra. Quiere ser fiable para el bloque occidental sin comerse el desgaste de defender una nueva guerra impopular. Quiere denunciar a los ayatolás, distanciarse de Sánchez, mantener la épica liberal y no reabrir del todo el álbum de las Azores. Es una cuadratura complicada. A veces sale. Otras, aparece Cayetana y deja la geometría hecha migas.
Lo que realmente dice hoy el PP sobre Irán
Si uno toma solo las declaraciones más recientes, el PP dirá que está contra la guerra. Eso es lo que verbalizó Feijóo en el Congreso y lo que reiteró Carlos Rojas en comisión. Pero si uno toma el recorrido completo de las últimas semanas, la respuesta exacta es más áspera y bastante menos cómoda: el PP está contra la guerra en la superficie del mensaje, pero no ha roto del todo con los argumentos que sirvieron para avalarla políticamente. Esa doblez no es un matiz menor; es la sustancia del debate.
Por eso la frase de Cayetana pesa tanto. Porque resume una verdad que el partido ha intentado repartir en dosis pequeñas y luego retirar del escaparate. La diputada no abrió una grieta nueva; iluminó una que ya estaba. En un extremo, la dirección que ahora se cubre con el “no a la guerra”. En el otro, la convicción de que frente a Irán la neutralidad moral es cobardía y la guerra puede ser un precio asumible. Entre ambas orillas navega hoy el PP, con una mano en la OTAN, otra en la hemeroteca y los pies —como casi siempre en política— sobre una alfombra bastante más resbaladiza de lo que aparenta.
Una ambigüedad con firma propia
Al final, la cuestión no es si dentro del PP hay dirigentes más duros o más prudentes. Eso ocurre en cualquier gran partido. La cuestión es que, en este caso, las dos almas se han expresado casi seguidas y sobre el mismo conflicto. Primero llegó el entusiasmo moral ante la caída del tirano, el apoyo sin matices a las democracias liberales y el “sí a la guerra” de Cayetana. Después, el “no a la guerra” parlamentario. En medio no ha habido una rectificación doctrinal visible, sino un reajuste de tono. Y eso se nota. Mucho.
Así que no, el PP no aparece como un partido inequívocamente contrario a la guerra. Aparece como un partido que ha querido corregir su encuadre público cuando el conflicto empezó a pesar en España no solo como gesto geopolítico, sino como memoria histórica, riesgo estratégico y factura económica. Cayetana Álvarez de Toledo, con su frase afilada, hizo una cosa muy poco agradecida en política: volvió visible lo que otros preferían dejar en penumbra. Y desde entonces el PP discute con Sánchez, con Robles, con Irán, con la OTAN… y también, aunque no lo diga, con su propio reflejo.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/el-pp-choca-con-cayetana-por-iran/
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