Multas, policía y acusaciones de censura sacuden Serranillos del Valle en un pleno que retrata la fractura política del municipio madrileño.
En Serranillos del Valle ya no se discute solo sobre actas, presupuestos o tasas municipales. Se discute, sobre todo, sobre quién pone el límite del debate y con qué instrumentos. El último pleno ordinario, celebrado el 26 de marzo, acabó con sanciones de 200 y 500 euros al portavoz del PP, avisos de expulsión, presencia policial y una escena bronca que ha colocado a este municipio madrileño en el escaparate regional. El origen inmediato del choque fue tan poco épico como revelador: la aprobación de actas anteriores. El conflicto político, en cambio, venía de antes y tiene bastante más profundidad.
La clave de la noticia está en una norma local que no es un rumor ni una exageración. El Reglamento Orgánico Municipal de Serranillos del Valle, modificado en 2024, permite al alcalde sancionar con 500 euros los insultos, ofensas y faltas de respeto en el pleno; con 200 euros las interrupciones cuando no se tiene la palabra; y con 100 euros desviarse del objeto del debate o alargar en exceso la intervención. Esa es la base jurídica que el Gobierno municipal invoca para justificar lo ocurrido. La oposición, por su parte, sostiene que ese mecanismo se ha convertido en una forma de castigo político y de estrechamiento del espacio de control al Ejecutivo. Ahí está el nudo. Seco. Sin maquillaje.
El pleno que saltó por los aires
La sesión del 26 de marzo tenía un orden del día reconocible en cualquier ayuntamiento: aprobación de actas de plenos anteriores, modificaciones de crédito, transferencia presupuestaria, plan económico-financiero 2026-2027, cambios en ordenanzas y varios puntos de control. Nada que, de entrada, oliera a tormenta institucional. Pero el choque empezó precisamente en el primer escalón, con la aprobación del acta del pleno ordinario del 22 de diciembre de 2025.
Juan Quintana, portavoz del PP, utilizó su turno para quejarse de la documentación y cuestionar procedimientos previos; el alcalde, Rubén Fernández Díaz, le cortó al entender que se estaba apartando del punto debatido. De ahí se pasó muy deprisa del desacuerdo reglamentario al intercambio bronco. Muy deprisa. Casi con la velocidad con la que un pleno municipal puede convertirse en un ring de pueblo pequeño, que a veces resulta más feroz que el Parlamento porque allí todos se conocen demasiado.
De las actas a las sanciones
Las crónicas coinciden en la secuencia central: llamadas al orden, interrupciones reiteradas, subida de tono, sanciones económicas y amenaza de expulsión. La versión difundida desde el entorno de la Alcaldía y recogida por distintos medios subraya que Quintana interrumpió varias veces y puso en duda procedimientos, acuerdos y hasta el trabajo de los habilitados nacionales. La visión del PP es la contraria: denuncia censura, impedimentos para intervenir y un uso del reglamento destinado a limitar la labor de fiscalización.
Entre una y otra lectura queda un dato duro: las multas se impusieron y la Policía Local fue requerida en el salón de plenos cuando la situación se tensó al máximo. En las imágenes difundidas también se recogen improperios dirigidos al regidor y la defensa del alcalde de que las interrupciones persistentes deben ser apercibidas y sancionadas cuando no cesan tras la advertencia.
No es un detalle menor que la amenaza de expulsión llegara acompañada de un ritual casi disciplinario: avisos previos, sanción verbal y exhibición de autoridad en directo. El reglamento, tal y como quedó redactado, establece justamente eso, que las sanciones se impondrán verbalmente en el pleno tras la advertencia del alcalde sobre el incumplimiento y sus posibles consecuencias. Es decir, no se trata de una improvisación de última hora, sino de un mecanismo reglado por el propio Ayuntamiento.
Otra cosa, bastante distinta, es el juicio político sobre si ese mecanismo preserva el orden institucional o si lo que hace es enfriar el debate a golpe de cartera. Y ahí Serranillos se ha convertido en un caso de estudio incómodo: un pleno donde el reglamento no solo organiza la palabra, también la amenaza.
Qué dice la norma que permite multar a concejales
La modificación del Reglamento Orgánico Municipal fue aprobada en abril de 2024 y publicada oficialmente unos meses después. El texto añade al artículo 46.3 la posibilidad de sancionar a los miembros de la corporación por incumplimientos reiterados de sus obligaciones en esa materia y concreta cuatro supuestos con cuantía cerrada: 500 euros por insultos, ofensas y faltas de respeto; 200 por interrumpir sin turno; 100 por desviarse del debate; y 100 por exceder el tiempo concedido por la Alcaldía.
No estamos hablando de una fórmula genérica sobre “mantener el orden”, sino de una tabla de precios política, casi de parquímetro institucional, donde cada exceso tiene tarifa. La norma, además, quedó vinculada a la advertencia previa del alcalde en el propio pleno.
Aquella reforma salió adelante con los votos de Transparencia y Democracia Serranillos, el partido que gobierna el municipio, y Vox, mientras el PP votó en contra. Ya entonces el debate era exactamente el mismo que hoy vuelve como un eco bastante menos teórico. El Gobierno local defendía que la medida respondía a la tensión habitual de las sesiones y que no se aplicaría de forma arbitraria, prometiendo varios avisos antes de actuar. El PP la tachó de “absolutamente antidemocrática” y denunció que daba al alcalde una capacidad desproporcionada para castigar económicamente a ediles que, además, no cobran sueldo municipal.
En mayo de 2025 llegó la primera gran prueba de estrés de esa reforma: Juan Quintana fue sancionado con 500 euros en otro pleno tenso y negó haber faltado al respeto, afirmando que la multa se le puso por interrumpir “según el alcalde”. O sea, el precedente ya existía. Lo de ahora no ha caído del cielo.
Un choque que viene de lejos
El clima político de Serranillos del Valle no empezó a pudrirse en marzo. Las relaciones entre el equipo de Gobierno y el PP llevan tiempo embarradas por acusaciones cruzadas, reproches por contratos antiguos, discusiones sobre documentación y una hostilidad que se ha ido acumulando pleno a pleno, como se acumula el polvo en un archivo municipal que nadie abre hasta que se hunde la estantería.
Cuando el Ejecutivo endureció el reglamento en 2024, el propio relato oficial vinculó la reforma al comportamiento del portavoz popular durante el mandato. La oposición, a su vez, leyó aquella decisión como un intento de disciplinarla. De manera que el último choque no es un accidente aislado, sino una expresión casi mecánica de una dinámica previa: cada sesión parte ya con el combustible derramado sobre la mesa. Basta una chispa. Y en este caso la chispa fueron unas actas.
Oposición y Alcaldía: dos relatos enfrentados
La oposición del PP sostiene que no se le deja desarrollar con normalidad su labor de control y que las multas forman parte de un deterioro institucional más amplio. En esa lectura, el reglamento ha pasado de ser una norma de funcionamiento a una herramienta para estrechar el margen de la crítica y convertir cualquier fricción en una sanción.
La palabra que aparece una y otra vez en sus denuncias es fuerte, muy fuerte, y no conviene usarla a la ligera: “dictadura”. Más allá del exceso retórico, que en política local también existe y a veces sobra, lo relevante es lo que subyace bajo esa acusación: la sensación de que una mayoría municipal puede blindarse con una mezcla de procedimiento y coerción económica. Esa es la tesis del PP. Y la ha vuelto a colocar sobre la mesa tras recurrir la multa.
La Alcaldía y el entorno del Gobierno local presentan un relato opuesto. No hablan de silenciamiento, sino de desorden reiterado. No hablan de castigo político, sino de cumplimiento del reglamento. No hablan de censura, sino de interrupciones constantes, desviaciones del objeto del debate y faltas de respeto que imposibilitan el desarrollo normal del pleno.
Es una defensa clásica del poder institucional: no estoy cerrando la boca a nadie, estoy exigiendo reglas mínimas. Y, sin embargo, ese argumento se vuelve más frágil cuanto más frecuente se hace la sanción, porque llega un momento en que el orden deja de parecer neutral y empieza a oler a control. Esa frontera es la que Serranillos ha cruzado, o al menos rozado, a ojos de mucha gente.
La política local cuando deja de parecer local
En un municipio pequeño, la bronca institucional no se queda encerrada en el salón de plenos. Sale a la calle, entra en el bar, se reparte por WhatsApp, se convierte en conversación de colegio y en alineamiento casi doméstico. Serranillos del Valle no es una capital donde el escándalo dura un ciclo de noticias y al día siguiente lo tapa otro. Aquí cada multa tiene nombre y apellidos, cada intervención se recuerda, cada gesto se multiplica.
Por eso el debate no es solo jurídico. Es también comunitario. El problema no es únicamente si el alcalde puede sancionar, sino qué clase de cultura política deja detrás cuando la oposición denuncia intimidación y el Gobierno responde que simplemente está poniendo orden. Ambas posiciones, por separado, pueden sonar razonables. Juntas dibujan una avería democrática que ya nadie puede disimular con el decorado de la rutina municipal.
El factor desgaste
Cuando una institución entra en una lógica de choque permanente, el ciudadano deja de ver matices. Ve ruido. Ve enfado. Ve a sus representantes atrapados en una pelea donde cada sesión parece menos útil que la anterior. Eso erosiona al Gobierno, desgasta a la oposición y deja al vecino con la sensación de que el Ayuntamiento discute mucho sobre sí mismo y demasiado poco sobre su pueblo.
En ese punto, las multas dejan de ser solo una cuestión reglamentaria y se convierten en un símbolo. Para unos, el símbolo de que por fin alguien pone orden. Para otros, la prueba de que el poder municipal ha decidido blindarse. En cualquiera de los dos casos, el pleno deja de ser un espacio deliberativo y empieza a parecer una escenografía de autoridad.
La sombra judicial sobre el Ayuntamiento
Hay otro factor que explica por qué esta historia ha crecido tanto en tan pocas horas. El actual alcalde, Rubén Fernández Díaz, no es un regidor recién aterrizado en un conflicto menor, sino el máximo responsable municipal en un momento especialmente delicado. Asumió el mando tras la salida de Iván Fernández Heras, que dejó su acta de concejal en enero de 2026 después de haber renunciado antes a la Alcaldía.
Ese relevo, que en otro contexto habría podido venderse como transición tranquila, ha quedado engullido por una atmósfera mucho más áspera. Porque sobre el Ayuntamiento planea además una causa judicial por presunta prevaricación administrativa vinculada a la contratación del carril ciclista y el paseo peatonal del municipio.
El 29 de abril como fecha sensible
La justicia ha citado a declarar como investigados al actual alcalde, Rubén Fernández Díaz, y al exalcalde Iván Fernández Heras por esas presuntas irregularidades en el contrato del carril bici y del paseo peatonal. Según las informaciones publicadas, la denuncia gira en torno al material empleado en la obra, que no coincidiría con el previsto en la licitación, y ambos deberán comparecer el 29 de abril ante el juzgado de Navalcarnero.
Conviene subrayarlo con limpieza: se trata de una investigación judicial en curso, no de una condena. Pero políticamente el efecto ya está ahí. Cuando un ayuntamiento bajo foco judicial empieza a protagonizar plenos con multas, policía y acusaciones de censura, cualquier gesto se amplifica y cualquier reglamento parece más severo de lo que quizá parecería en otro escenario. La desconfianza, una vez instalada, hace de lupa.
Lo que se juega Serranillos a partir de ahora
Lo ocurrido en el pleno del 26 de marzo no es una anécdota pintoresca de la política municipal madrileña. Es una señal. Una bastante nítida. Señala que Serranillos del Valle ha entrado en una fase donde el conflicto institucional ya no se administra, se representa. Con cámaras, con sanciones, con denuncias cruzadas y con una ciudadanía que asiste a algo cada vez menos parecido a una sesión de control y cada vez más cercano a una pugna por la legitimidad.
El reglamento existe y ampara formalmente las multas, sí. La cuestión de fondo es otra: si un pleno necesita llegar a ese punto una y otra vez, el problema ya no es solo de quién interrumpe más o de quién se sale del asunto. El problema es que la institución ha dejado de inspirar serenidad. Y en un ayuntamiento, la serenidad institucional no es un lujo estético; es una condición básica para que el vecino crea que alguien está gobernando en serio.
Lo próximo dirá mucho. Dirá si el recurso del PP contra la multa encuentra recorrido. Dirá si el Gobierno municipal baja la temperatura o dobla la apuesta reglamentaria. Dirá si los próximos plenos recuperan un tono de discusión política normal o si cada intervención vuelve a sonar como una moneda cayendo dentro de una hucha sancionadora. Y dirá, sobre todo, si Serranillos consigue salir del bucle en el que cada debate acaba hablando menos del municipio y más del propio combate.
Cuando el pleno deja de hablar del pueblo
Esa es, en el fondo, la peor noticia para cualquier municipio: cuando las instituciones dejan de discutir sobre la vida cotidiana y pasan a discutir, con saña, sobre sí mismas. Ahí ya no hay solo tensión. Ahí hay un síntoma. Porque un pleno municipal puede ser duro, incómodo, incluso bronco, pero cuando el reglamento empieza a pesar más que la política y la sanción eclipsa al debate, lo que queda no es orden. Lo que queda es una imagen de fractura que cuesta mucho reparar.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/serranillos-del-valle/
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