Periodista – Columnista – Germán Rojas @Germanrojasm8
Hablar hoy de Cuba es hablar de una crisis profunda, visible en cada apagón, en cada fila para conseguir alimentos, en cada familia que decide irse. Pero también es hablar de algo más incómodo para ciertos sectores: una crisis que no puede entenderse sin nombrar directamente a Estados Unidos.
Durante años, el debate sobre la isla ha estado atrapado en una simplificación: culpar exclusivamente al modelo interno o, en el extremo opuesto, reducir todo al embargo. La realidad, sin embargo, hoy parece inclinar la balanza con mayor claridad. Las tensiones recientes, especialmente en el ámbito energético, han dejado en evidencia que el bloqueo no es un elemento secundario, sino estructural.
Pero antes de llegar al presente, hay un punto que suele olvidarse en medio del debate: lo que cambió tras la revolución. Cuba no partía de una sociedad igualitaria. Por el contrario, era un país con profundas brechas sociales, donde una parte de la población vivía en condiciones de pobreza, especialmente en zonas rurales.
La Revolución Cubana transformó esa estructura. La desigualdad se redujo de manera significativa, el acceso a la educación se universalizó y la salud dejó de ser un privilegio para convertirse en un derecho. Millones de personas accedieron por primera vez a servicios básicos, y el país alcanzó indicadores sociales comparables con naciones desarrolladas en aspectos como alfabetización y cobertura médica.
Esos avances en derechos sociales no son un detalle menor: son el núcleo del proyecto político cubano. Y explican, en parte, por qué el modelo ha resistido durante décadas a pesar de sus dificultades.
Cuando un país tiene dificultades para acceder a combustible porque terceros temen sanciones, no estamos ante un mercado fallido: estamos ante una política deliberada de presión. Y cuando esa presión se traduce en apagones, hospitales con limitaciones y transporte colapsado, el impacto deja de ser geopolítico para convertirse en profundamente humano.
No se trata de absolver al modelo cubano de sus responsabilidades. Cuba arrastra problemas evidentes: baja productividad, centralización excesiva, escasa apertura económica y limitaciones en libertades políticas. Ignorar esto sería ingenuo. Pero también lo es analizar la situación actual sin reconocer que el margen de maniobra de la isla está severamente condicionado desde el exterior.
Porque hay una diferencia clave entre un sistema que falla por sí mismo y uno que, además, es asfixiado. Y en el caso cubano, ambas cosas están ocurriendo, pero no con el mismo peso en este momento.
El embargo —o bloqueo, como lo denomina La Habana— ha evolucionado. Ya no es solo una restricción comercial tradicional; es una red de sanciones que desincentiva a terceros países, limita el acceso a financiamiento y afecta sectores críticos como la energía. En otras palabras, condiciona la vida diaria de millones de personas que no toman decisiones de política internacional, pero sí cargan con sus consecuencias.
La paradoja es evidente: una política que durante décadas ha buscado generar cambios internos en Cuba ha terminado, en la práctica, reforzando narrativas de resistencia y cerrando espacios de transformación. Y, más grave aún, ha contribuido a deteriorar las condiciones de vida de la población.
Hoy, la pregunta no es si el modelo cubano necesita reformas —las necesita—, sino si es viable exigir cambios profundos bajo un contexto de presión externa constante. La historia reciente sugiere que no.
Cuba sigue siendo un símbolo para muchos: de soberanía para unos, de restricciones para otros. Pero más allá de los símbolos, hay una realidad concreta: una población que enfrenta una crisis cada vez más dura.
Y en esa realidad, es imposible mirar hacia otro lado. Porque si bien los problemas internos existen, la intensidad de la crisis actual tiene un acelerador evidente. Y ese acelerador tiene nombre propio.
Se llama política exterior de Estados Unidos.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
REDACCIóN COLOMBIA
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