
Puedes ver el anuncio en sitios de noticias: Meta (Instagram, Facebook y WhatsApp) y Google (Youtube) han sido declarados culpables en un juicio histórico sobre la adicción a las redes sociales. Como explica un reportaje:
Un jurado de Los Ángeles ha otorgado una victoria sin precedentes a una joven que demandó a Meta y Google por su adicción a las redes sociales durante la infancia.
Un panel de jurados determinó que Meta y Google construyeron intencionalmente plataformas de redes sociales adictivas que perjudicaron la salud mental de una mujer de 20 años, conocida como Kaley [una usuaria de redes sociales desde la niñez].
Por ello, resolvieron que la mujer deberá recibir US6 millones en total —US3 millones como compensación y otro tanto en concepto de daños punitivos—, al concluir que Meta y Google «actuaron con malicia, opresión o fraude» en la forma de operar sus plataformas.
Esto es histórico porque establece un precedente con repercusiones en cientos de casos similares que están siendo llevados a juicio, y muchos potenciales miles.
Pero también porque quedó en evidencia que tanto Meta como Google y otras empresas similares (como TikTok y Snap, que alcanzaron acuerdos confidenciales con la demandante) no solo han sido negligentes ante el daño que generan sus plataformas, sino también intencionales en monetizar la adicción de sus usuarios.
Los creyentes ya no tenemos excusa para seguir ignorando los peligros de las redes sociales cuando las usamos sin sabiduría
Más que entrar en detalles sobre el juicio y la condena, en este artículo solo quiero invitarte a que nos preguntemos: ¿Qué hará la iglesia con esto? Mi preocupación es que nosotros también estemos siendo negligentes ante el daño masivo que las redes sociales causan por diseño.
Nada nuevo bajo el sol
Mi inquietud se debe a que absolutamente nada de lo que esta condena reciente a Meta y Google ha sacado a la luz es algo nuevo bajo el sol.
Incontables estudios ya demuestran cómo las redes sociales están diseñadas para ser adictivas, generando ansiedad, depresión, soledad y otros males para personas de todas las edades. Documentos internos de empresas como Meta y TikTok revelan cómo ellas sabían el daño que causaban… y no les importaba, sino que más bien buscaban mejores formas de monetizarlo.
Puedes googlear todo esto por ti mismo. El libro Generación ansiosa de Jonathan Haidt, célebre psicólogo social, es excelente al mostrar la evidencia de una relación directa entre el auge de la crisis presente en la juventud y el auge de los teléfonos inteligentes y las redes sociales. Yo también he podido enseñar por más de una década sobre esto en un nivel más accesible, desde una perspectiva cristiana enfocada en cómo navegar esto a la luz de la Biblia, en mi libro e incluso en artículos para Coalición por el Evangelio sobre el peligro de Instagram para los adolescentes y cómo TikTok es cocaína digital para los niños.
Por supuesto, debemos tener cuidado de no caer en la tentación de culpar a las redes sociales por el estado de nuestros corazones caídos.
Como he argumentado antes, las redes presentan una visión distorsionada de la realidad cuando las personas son alentadas allí a publicar solo un lado de la realidad que viven, las fotos bonitas, el lado positivo de la vida; pero eso no crea en nosotros un corazón propenso a la comparación y envidia que conduce a la frustración y depresión colectiva. Estas plataformas están hechas para fomentar la vanidad en nosotros, pero ellas no crean corazones que sean egocéntricos. Estas plataformas son adictivas, pero no crean en nosotros corazones sedientos del aparente placer y el entretenimiento que ellas prometen; una sed que existe en nosotros debido a la falta de propósito que experimentamos apartados de Dios y alejados de Su diseño para nuestras vidas. Así que no, no debemos ser simplistas y decir que el problema es simplemente las redes sociales.
Pero también es innegable que ellas no son neutrales. Sí, pueden tener muchos usos buenos, pero no están diseñadas con nuestro bienestar en mente, sino más bien para explotar nuestras vulnerabilidades más profundas.
Entendamos el valor de nuestra atención para la gloria de Dios y busquemos ser buenos mayordomos de ella
La verdad incomoda es que los creyentes ya no tenemos excusa para seguir ignorando los peligros de las redes sociales cuando las usamos sin sabiduría. Meta y Google y otras empresas están siendo y seguirán siendo juzgadas en tribunales humanos, pero eso no debería importarnos tanto en comparación al día en que nosotros seremos juzgados ante el tribunal de Dios cuando nos llame a cuentas por nuestro andar en esta vida, si nos hemos conducido con sabiduría o no.
En Cristo, ya no hay condenación alguna para el creyente (Ro 8:1). Pero más que ser eso un motivo para la negligencia (e incluso el libertinaje) y la falta de discernimiento en nuestros tiempos de imperios digitales, esta es la razón por la que queremos honrar a Dios en cada área de nuestras vidas. Y esta tampoco es una realidad nueva bajo el sol.
Una iglesia sabia, valiente y compasiva
A veces me pregunto: ¿Qué más tienen que hacer las grandes empresas de las redes sociales para que la iglesia tenga mayor cautela con ellas?
Para que no permitamos que nuestros niños estén en redes; para que no esperemos que los miembros de nuestras iglesias estén en WhatsApp para que puedan formar parte de la vida de la iglesia; para que los ministerios en la iglesia dependan menos de las redes sociales para la comunicación y el discipulado (¿qué sentido tiene aconsejar a la iglesia a que pase menos tiempo en redes, mientras al mismo tiempo los invitamos a ver nuestras publicaciones, carruseles o transmisiones allí?).
La verdad es que las redes sociales ya hicieron su obra de hacernos creer que son indispensables; que son el camino para la relevancia en un mundo ruidoso como el nuestro; y también hicieron el trabajo de cautivarnos de tal manera que, sin importar la condena reciente y las próximas en camino, la verdad es que poco va a cambiar para billones de personas.
Ahora nos toca a nosotros como iglesia hacer nuestras buenas obras al respecto.
No somos salvos por nuestras buenas obras, sino para que hagamos buenas obras (Ef 2:10). Y aunque la misión de la iglesia no es llevar a juicio terrenal a los proveedores de cocaína digital que buscan invadir cada espacio de nuestras vidas, o convertirnos en simples activistas contra la tecnología, es necesario que seamos intencionales en evaluar qué medidas tomar y aplicar (a nivel personal, familiar y eclesial) con respecto a las redes sociales para exaltar a Cristo en nuestra generación. Para vivir sin distracciones. Sin entregar nuestros corazones a los algoritmos. Sin delegar el discipulado o incluso la crianza a las pantallas.
Que el Señor nos haga una iglesia compasiva para mostrar hospitalidad, gracia y verdad a una generación ansiosa, solitaria, herida y confundida
El mejor momento para ser firmes y sabios ante el uso de las redes sociales fue hace más de quince años. Pero el segundo mejor momento es ahora. Así lo escribí en la última página de mi libro sobre redes sociales y vida cristiana, y cada día estoy más convencido de esto:
Ahora es el momento para despertar al hecho de que el discipulado en el siglo XXI demanda enseñarnos bíblicamente cómo confrontar y destronar en nuestros corazones el ídolo de la superficialidad de nuestra cultura, nuestra obsesión por lo nuevo y atractivo, y que entendamos los peligros de dar nuestros corazones a los baales de Silicon Valley. La misión de la iglesia es más que solo proclamar el evangelio a otros. Incluye enseñar a guardar todo lo que Cristo nos ha mandado (Mt. 28:18-20). Y sabemos cuáles son los mandamientos más grandes: amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a nosotros mismos (Mt. 22:37-40). Así que el discipulado hoy debe lidiar con cómo obedecer eso en el momento en que vivimos, lleno de saturación tecnológica y redes sociales.
Esto implica no solo que debemos tener un buen entendimiento bíblico de la tecnología para enseñar a otros, sino que también es necesario modelar cómo usar correctamente la tecnología. Por ejemplo, ¿cómo enseñar el valor del silencio, la paciencia, y el dominio propio a las personas que discipulamos si a cada rato publicamos en las redes cualquier cosa que pasa por nuestras mentes? ¿Cómo enseñar que Cristo satisface la sed de aprobación en nuestros corazones si vivimos buscando la aprobación de otros en Internet? ¿Cómo enseñar que Dios es lo que más merece nuestra atención cuando pasamos más horas en redes sociales de lo que deberíamos?
Por lo tanto, oro para que Dios haga de Su pueblo hoy una iglesia sabia ante las pantallas y las redes sociales: que entendamos el valor de nuestra atención para la gloria de Dios y busquemos ser buenos mayordomos de ella.
Oro que el Señor nos haga una iglesia valiente: para que no nos importe en absoluto si otros nos miran como anticuados si decidimos alejarnos de ciertas plataformas, sabiendo que la influencia que ellas nos ofrecen es una simple ilusión y que es necio buscar en ellas el gozo y la plenitud que solo tenemos en Cristo.
Y oro que el Señor nos haga una iglesia compasiva: para mostrar hospitalidad, gracia y verdad a una generación ansiosa, solitaria, herida y confundida luego de estar por años bajo la esclavitud de las redes sociales que les prometían identidad y diversión, pero que solo les proveyeron confusión y adicción.
¿Orarías conmigo también?
Josué Barrios
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/meta-google-culpables-iglesia/
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