
Una de las citas más conocidas sobre los puritanos proviene del controvertido periodista y crítico H. L. Menken, quien en 1925 afirmó que los puritanos tenían «el temor obsesivo de que alguien, en algún lugar, pudiera ser feliz».1 Recientemente, ha resurgido el interés por el entendimiento que los puritanos tenían del gozo, con ensayos e incluso libros enteros dedicados al tema.2 En el tratamiento más reciente y sólido al respecto, Nathaniel Warne señala acertadamente que el miedo de los puritanos no era que alguien pudiera ser feliz, sino que alguien pudiera vivir y «no experimentar la verdadera y rica felicidad para la que fueron creados por Dios».3 De hecho, es posible que los puritanos se preocuparan más por la felicidad de la humanidad que cualquier otro grupo en la historia del mundo. Entendían que la verdadera felicidad no es un sentimiento circunstancial frívolo, sino un gozo profundo y duradero en Dios que tiene su origen en la fuente del gozo: Dios mismo.
Aunque es fácil criticar a los historiadores seculares por pasar por alto el vínculo entre el puritanismo y el gozo, mi experiencia —como miembro de la rama confesional reformada de la iglesia protestante— sugiere algo más sorprendente: las iglesias y tradiciones con herencia presbiteriana y reformada a veces pueden pasar por alto la realidad de que el gozo en Dios es un principio fundamental celebrado en sus propios estándares confesionales. El Catecismo menor de Westminster comienza con una pregunta central que utiliza un lenguaje superlativo: «¿Cuál es el fin principal del hombre?». Respuesta: «El fin principal del hombre es glorificar a Dios y disfrutar de Él para siempre».
Al explorar el contexto histórico detrás de la elaboración de los Estándares de Westminster y, específicamente del Catecismo menor, este artículo argumentará que los puritanos consideraban que la búsqueda de la gloria de Dios y nuestro gozo en Él eran fundamentales para la vida cristiana. También mostrará cómo esta tradición teológica saturada de gozo fue heredada y continuó difundiéndose a través de figuras posteriores, especialmente Jonathan Edwards. Por último, terminará extrayendo dos lecciones prácticas que podemos aprender del enfoque de los puritanos en el gozo en Dios.
Actas de una asamblea memorable
El 1 de julio de 1643, el Parlamento convocó la primera de las 1330 reuniones que se celebrarían durante la siguiente década (1643-1652) en la Abadía de Westminster. Este grupo, conocido como la Asamblea de Westminster, era una reunión de «eruditos y teólogos piadosos […] para establecer el gobierno y la liturgia de la Iglesia de Inglaterra». La publicación de Minutes and Papers of Westminster Assembly [Actas y documentos de la Asamblea de Westminster] —que contiene, entre otras cosas, una transcripción en varios volúmenes de las actas oficiales de la Asamblea— recientemente nos ha provisto de la ventana más clara que revela lo que sucedió en la elaboración de la Confesión de Westminster y los catecismos mayor y menor.
Los puritanos consideraban que la búsqueda de la gloria de Dios y nuestro gozo en Él eran fundamentales para la vida cristiana
Por ejemplo, sabemos que la Asamblea delegó la redacción del Catecismo menor a un comité de al menos ocho miembros, entre los que se encontraba el presidente Herbert Palmer, que había compilado su propio catecismo, y que el primer debate sobre el Catecismo menor tuvo lugar el 21 de octubre de 1647, el mismo día que tuvo lugar el último debate sobre el Catecismo mayor.4 También sabemos que, después de terminar el borrador del Catecismo menor de Westminster, el 8 de noviembre de 1647, debatieron si «seguirían el formato estándar de exponer los Diez Mandamientos, el Padrenuestro y el Credo de los apóstoles, o si esos textos se añadirían al Catecismo mayor», y que la Asamblea optó por la segunda opción.5 Incluso sabemos que el Catecismo menor fue finalmente aprobado el 16 de noviembre de 1647 y que, para su aprobación definitiva, el Parlamento les instruyó el 26 de noviembre de 1647 «que adjuntaran pruebas bíblicas a ambos catecismos».6
Sin embargo, a pesar de arrojar luz sobre innumerables facetas de la Asamblea anteriormente desconocidas, existen lagunas en nuestra comprensión de por qué tomaron algunas decisiones. Hay días enteros en el registro en los que el secretario de las actas simplemente anota: «Debate sobre el catecismo menor» o «Se procedió al debate sobre el catecismo», o incluso más breve: «Deb. Catchisme [sic]».7 En muchos casos, entonces, debemos inferir —a partir del contexto histórico y los énfasis dentro de la tradición teológica más amplia del movimiento puritano— qué les motivó en sus diversas decisiones sobre cuestiones catequéticas individuales. A medida que exploramos el contexto histórico de los teólogos y la tradición teológica más amplia, obtenemos claridad sobre la importancia del gozo en Dios en el Catecismo menor y la teología puritana.
El corazón palpitante de la ortodoxia
La convocatoria de la Asamblea de Westminster para redefinir y refinar la ortodoxia en Inglaterra se produjo tras una tumultuosa década de reformas bajo el gobierno del rey Carlos I y el arzobispo William Laud. El rey y el arzobispo persiguieron a los miembros del movimiento puritano y trataron de llevar a la Iglesia de Inglaterra hacia una dirección claramente más católica. En este contexto, los puritanos se reunieron en 1643 para aclarar lo que ellos creían que eran las verdades teológicas centrales de la doctrina y la vida cristiana. Entre sus preocupaciones estaba la de enfatizar que la ortodoxia reformada no era meramente doctrinal o conductual, sino experiencial o afectiva; es decir, que el cristianismo verdadero y vital abarca el amor a Dios y el gozo en Dios.
Los puritanos habían sido testigos de primera mano de un cristianismo conformista que carecía de un énfasis experiencial vital. En la década de 1630, el clero conformista de la Iglesia de Inglaterra había promovido un cristianismo que era superficial, basado en el desempeño, que enfatizaba la liturgia, el ritual y la ceremonia. Esto se veía más claramente en la forma en que el clero conformista redefinió las tareas centrales del ministerio pastoral. En marcado contraste con los puritanos, estos ministros afirmaban que los domingos los pastores eran llamados principalmente por Dios para dirigir la liturgia, leer las Escrituras y administrar los sacramentos.
Los puritanos respondieron argumentando que los pastores son «médicos de las almas» y, por lo tanto, deben ir más allá de una lectura superficial de las Escrituras y la recitación de palabras. En resumen, deben atravesar los corazones de sus oyentes con las Escrituras. ¿Cuáles eran las herramientas de los ministros, su proverbial bisturí e instrumentos quirúrgicos? Dios los había equipado y llamado para pastorear al pueblo de Dios a través de una profunda predicación experiencial al corazón. A través de su poderosa predicación, el Espíritu tomaría la palabra, la aplicaría a la conciencia de los hombres, transformaría los afectos de sus oyentes y les daría un nuevo gozo en Dios mismo.
El cristianismo verdadero y vital abarca el amor a Dios y el gozo en Dios
El hecho de que la primera pregunta del Catecismo menor comience vinculando la gloria de Dios con nuestro gozo no es casualidad. Se prestó gran atención y cuidado no solo al contenido, sino también al orden de estos estándares. El orden destaca que ellos creían que el gozo y la búsqueda de la gloria de Dios eran primordiales. Y el hecho de que estos dos temas clave se trataran en la misma pregunta catequética indica que los puritanos creían que la gloria de Dios y el gozo del creyente estaban vinculados. En la mente de los puritanos, el primer deber de los creyentes es disfrutar de Dios y glorificarlo. Y estos dos deberes no son llamamientos separados, sino una oportunidad gloriosa: los creyentes glorifican a Dios a través de su disfrute de Él.
De esta manera, la primera pregunta refleja las preocupaciones pastorales de los puritanos dentro de su contexto histórico. También muestra que el gozo en Dios era un principio central de todo su sistema teológico. Para los puritanos, el gozo del creyente no era la cereza del pastel de la vida cristiana, sino el azúcar que impregna todo el postre. De hecho, la forma en que los creyentes glorifican a Dios es mostrando que la comunión con Él es tanto lo más satisfactorio de todo el universo como la razón misma por la que fueron creados.
El gozo antes de Westminster y más allá
El énfasis en el disfrute personal y la comunión con Cristo se remonta a los orígenes del puritanismo. William Perkins, el «padre del puritanismo» y autor del primer manual de predicación puritano, The Art of Prophesying [El arte de profetizar] (profecía era la palabra antigua puritana para predicación), utilizó la analogía de los predicadores como panaderos, que cortan cuidadosamente el pan y alimentan a los que necesitan nutrirse espiritualmente. ¿Cuál era el fin de esta alimentación? No era meramente transaccional, sino profundamente personal: descubrir a Cristo mismo.8 Perkins no estaba solo. Thomas Watson, en su obra Body of Practical Divinity [Cuerpo de la teología práctica], dice que el «fin de las Escrituras» es obtener «un claro descubrimiento de Cristo» y «avivar nuestros afectos» hacia Él.9 Del mismo modo, John Owen escribió que un creyente lee las Escrituras para «encontrar todo lo necesario para su felicidad».10
Esta convicción explica por qué los puritanos a menudo se referían a la comunión con Cristo como el deleite del «matrimonio espiritual».11 En particular, en los sermones y escritos sobre el Cantar de los Cantares, utilizaban el lenguaje del «éxtasis» para describir el amor de Cristo por ellos.12 Tom Schwanda señala que su lectura del Cantar de los Cantares les llevó a hablar «libremente de la intimidad y las alegrías del matrimonio espiritual con Jesús, como el divino Esposo», al expresar su «deleite y disfrute de Dios».13
No prives a Dios de Su gloria al negarte a regocijarte en Él mientras le adoras. Esa es la razón por la que fuiste creado
Este tema de la importancia central de la alegría en la vida cristiana continuó en figuras como Matthew Henry y su obra The Pleasantness of a Religious Life [El deleite de una vida religiosa] (1714). Sin embargo, encuentra su máxima expresión en los escritos del teólogo más importante de Estados Unidos, Jonathan Edwards. Hacia el final de su vida, Edwards escribió un libro que se publicó siete años después de su muerte. En su Dissertation Concerning the End for Which God Created the World [Disertación sobre el fin para el cual Dios creó el mundo] (1765), Edwards sostiene que el gozo de un creyente se encuentra supremamente en la exaltación de Dios. La esencia misma del «gozo», según Edwards, es «el regocijo del corazón en la gloria de Dios».14 Edwards sostiene que tres realidades aparentemente independientes —la búsqueda de Dios de Su gloria, Su búsqueda de nuestro gozo y nuestra búsqueda de gozo al buscar la gloria de Dios— están en realidad intrínsecamente conectadas en el orden del universo establecido por Dios. Al buscar Su gloria y animar a aquellos que creó a hacer lo mismo, Dios busca el gozo eterno y cada vez mayor de Sus criaturas.15
Dos lecciones para hoy
¿Qué pueden aprender los cristianos de este estudio sobre la centralidad del gozo en el puritanismo? La primera lección es para los cristianos que viven en una sociedad cada vez más poscristiana. El énfasis de los puritanos en encontrar nuestro gozo en Dios es completamente contracultural con respecto a la comprensión del gozo de nuestra sociedad. El mensaje de la cultura es que el gozo proviene de ser valorado y de establecer la propia identidad mediante las herramientas de la época (incluyendo, en primer lugar, las redes sociales). Los puritanos despejan esta niebla cultural con los rayos del sol del evangelio: el verdadero gozo viene cuando honramos a Dios y disfrutamos de nuestra nueva identidad en Cristo. Nos desafían a ver que la búsqueda de la gloria de Dios es realmente agradable; el mayor gozo que se puede tener en la vida es honrarlo.
La segunda lección es para los cristianos que viven y ministran en iglesias que, en la experiencia (al menos en parte), se han alejado de sus propias tradiciones teológicas. El énfasis de los puritanos en el gozo en Dios contrasta con lo que algunos cristianos (de hecho, algunos cristianos reformados) consideran que es el objetivo de la adoración, es decir, ignorar las motivaciones del interés propio. He oído a muchos cristianos bienintencionados decir durante los cultos: «No estamos aquí por nosotros mismos, sino para adorar a Dios». Si bien es cierto que existe un egoísmo pecaminoso, los puritanos nos señalan un interés propio santo, diseñado por Dios: los cristianos deben, por diseño mismo de Dios, buscar su propio bien al glorificar a Dios.
No olvidemos nunca esto: acudimos al culto los domingos para glorificar a Dios al encontrar nuestro gozo en Él. Mientras cantas los himnos, lees las Escrituras, elevas tus oraciones, participas en la liturgia, escuchas la predicación de la Palabra y recibes los sacramentos, proponte como objetivo acercarte a Dios, sentirte satisfecho por Él y disfrutar de Él. Como argumenta Edwards, puesto que la «felicidad de Dios consiste en disfrutar y regocijarse en Sí mismo […], también la felicidad de la criatura […] consiste en regocijarse en Dios, por lo que también Dios es magnificado y exaltado».16 No prives a Dios de Su gloria al negarte a regocijarte en Él mientras le adoras. Esa es la razón por la que fuiste creado. De hecho, la razón por la que disfrutamos ensalzando a Dios es porque Él nos diseñó de esta manera a Su imagen. Así como Él se deleita en ensalzarse a Sí mismo, nosotros le seguimos y glorificamos Su nombre.
Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por María del Carmen Atiaga.
Greg Salazar
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/fin-existencia-hombre-gloria-gozo/
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