Byung-Chul Han pone el foco en la gran trampa del rendimiento: cuando la superación personal encubre cansancio, culpa y autoexplotación
La frase ha regresado al debate público con la fuerza de las cosas que no suenan nuevas, pero sí terriblemente reconocibles. Cuando Byung-Chul Han sostiene que en el capitalismo occidental uno se explota a sí mismo figurándose que se realiza, no está lanzando una boutade de filósofo encerrado en una biblioteca ni una condena genérica contra el trabajo. Está poniendo nombre a una forma muy concreta de malestar contemporáneo: la de quienes viven bajo la impresión de que siempre deberían estar rindiendo más, aprendiendo más, entrenando más, produciendo más, corrigiéndose más. Nunca basta. Y lo más inquietante es que esa presión ya no se presenta siempre como una imposición exterior, sino como una supuesta elección personal, como una promesa de crecimiento, incluso como una prueba de ambición sana.
La noticia gira precisamente alrededor de esa paradoja moderna. El pensador surcoreano, convertido desde hace años en una de las voces más citadas del pensamiento europeo, vuelve al centro de la conversación por una idea que conecta de inmediato con la vida diaria de millones de personas: la sensación de que el cansancio no llega solo del exceso de trabajo clásico, sino de una lógica más amplia que ha colonizado el tiempo, el lenguaje y hasta la autoestima. La superación personal, en ese marco, deja de ser un impulso legítimo para mejorar y empieza a funcionar como una doctrina silenciosa. Una doctrina amable por fuera y dura por dentro, capaz de transformar el descanso en culpa, la pausa en sospecha y la fragilidad en fracaso privado.
No hace falta exagerar el diagnóstico para entender por qué la frase ha prendido otra vez. Basta mirar alrededor. El trabajo ya no termina del todo, aunque se cierre el portátil. Las redes convierten cualquier talento, cualquier rutina o cualquier inseguridad en material visible. El ocio se llena de objetivos. El cuerpo se gestiona como si fuera una empresa. La atención se fragmenta. La vida se ordena en torno a la productividad. Y, mientras tanto, mucha gente siente que no llega, que no desconecta, que corre sin tener del todo claro hacia dónde. Ahí encaja la tesis de Han con una precisión casi incómoda: el sistema ya no necesita imponerse solo desde arriba cuando ha aprendido a instalarse dentro de cada uno como autoexigencia, comparación y rendimiento continuo.
El filósofo que puso nombre al cansancio del siglo
Byung-Chul Han lleva años trabajando sobre ese terreno. Su nombre se asocia sobre todo a ensayos que han logrado algo poco frecuente en la filosofía contemporánea: salir del circuito universitario y circular con intensidad en la conversación pública. La sociedad del cansancio, La sociedad de la transparencia, Psicopolítica o La agonía del Eros no son títulos casuales ni adornos de librería fina. Son piezas de un mismo mapa, una lectura del presente marcada por la saturación, la hiperexposición, la vigilancia interiorizada y la erosión de los espacios de silencio. Han no analiza solo el empleo o la economía. Analiza el modo en que ciertas lógicas del capitalismo tardío han penetrado en la subjetividad hasta convertirse en una forma de vida.
Su tesis más conocida es también la más fértil para explicar esta noticia: hemos pasado de una sociedad disciplinaria, dominada por el mandato, la prohibición y la obediencia visible, a una sociedad del rendimiento que funciona con otros códigos. Ya no manda solo el “debes”, sino el “puedes”. Ya no se trata únicamente de obedecer, sino de mostrar iniciativa, flexibilidad, talento, capacidad de adaptación y entusiasmo. Parece una liberación, pero no necesariamente lo es. De hecho, según Han, esa lógica puede resultar más eficaz y más cruel que la vieja disciplina, porque convierte a cada individuo en empresario de sí mismo, juez de sí mismo y verdugo de sí mismo. El sometimiento no desaparece: cambia de traje.
En esa mutación está el corazón del asunto. Antes, la explotación tenía contornos más visibles. Horarios cerrados, jefaturas claras, órdenes directas, fábricas, oficinas, cadenas jerárquicas. Ahora el esquema se vuelve más sutil. El sujeto ya no se percibe solo como trabajador, sino como proyecto en mejora constante. Tiene que optimizarse, reinventarse, reciclarse, formarse, entrenarse, exponerse y demostrar que merece el lugar que ocupa. Y si no lo consigue, la culpa parece recaer enteramente sobre él. Esa interiorización de la presión explica por qué la fatiga contemporánea no se vive siempre como injusticia colectiva, sino como insuficiencia íntima. No “me exprimen”, sino “no estoy dando lo mejor de mí”. Ahí está la trampa.
La autoexplotación no se parece a la vieja fábrica, pero existe
Conviene detenerse en el término porque es fácil banalizarlo o convertirlo en un eslogan. Autoexplotarse no significa simplemente trabajar mucho o tener ambición. Tampoco equivale a cualquier forma de esfuerzo sostenido. El problema aparece cuando el rendimiento deja de estar ligado a una tarea concreta y se convierte en criterio general de existencia. Cuando el valor de una persona parece depender de su capacidad para permanecer activa, visible, eficiente y siempre disponible. Cuando la identidad se construye bajo la presión de mejorar sin descanso. Entonces la autoexplotación ya no es una metáfora exagerada. Es una forma cotidiana de organizar la vida.
Esa forma tiene rasgos muy reconocibles. El móvil prolonga la jornada, las aplicaciones colonizan los huecos del día, el correo se convierte en una presencia permanente, el teletrabajo borra fronteras y la cultura del rendimiento se infiltra en ámbitos que antes conservaban cierta autonomía. Ya no se trata solo de rendir en el empleo. También hay que rendir en el gimnasio, en la pareja, en la crianza, en la sociabilidad, en el descanso, en la alimentación, en la experiencia cultural y hasta en la gestión emocional. Todo debe traducirse en progreso. Todo debe servir para algo. Todo debe mejorar alguna dimensión de uno mismo. La vida, así, termina pareciéndose demasiado a una hoja de cálculo.
Lo perverso del mecanismo es que se presenta como libertad elegida. Nadie obliga de manera explícita a convertir una afición en marca personal, a monetizar un talento, a medir los pasos, las calorías, las horas de sueño, la productividad semanal o el nivel de exposición pública. Nadie, al menos, en el sentido clásico. Pero el entorno empuja. Empujan los discursos empresariales, las redes, ciertas pedagogías del éxito, la precariedad, el miedo a quedarse atrás, la idea de que el mercado premia al que mejor se adapta y castiga al que baja el ritmo. Así, lo que aparenta ser una decisión autónoma muchas veces está atravesado por una coerción difusa, ambiental, silenciosa pero constante.
Han ha insistido en que esta forma de dominación resulta especialmente eficaz porque el explotador y el explotado coinciden en la misma persona. Ahí desaparece el conflicto visible y aparece algo mucho más desmoralizador: la guerra interior. El sujeto del rendimiento no solo trabaja. Se vigila, se compara, se reprocha, se corrige. Vive bajo evaluación. Y, como la promesa que lo mueve es positiva —crecer, mejorar, realizarse, triunfar—, el sistema logra presentarse como emancipador justo cuando está agotando a quienes participan en él.
La superación personal, entre impulso legítimo y doctrina agotadora
Aquí está una de las claves más delicadas del debate. Byung-Chul Han no dice que mejorar esté mal. Ni sostiene que cualquier deseo de aprender, entrenar, ascender o cambiar de vida sea una forma automática de alienación. Sería una caricatura. El problema no está en la voluntad de superarse, sino en el modo en que la cultura contemporánea la ha convertido en un mandato casi permanente. Una cosa es aspirar a algo. Otra, muy distinta, es vivir bajo la idea de que no mejorar equivale a fallar como persona.
En los últimos años, la superación personal ha dejado de ser solo un género editorial o un repertorio de consejos de autoayuda para convertirse en un clima cultural más amplio. Se cuela en discursos empresariales, en mensajes de redes, en la estética del bienestar, en ciertas narrativas del emprendimiento y también en esa moral de la hiperdisciplina que a menudo se vende como solución universal. Levantarse antes, optimizar rutinas, gestionar el tiempo al minuto, medir resultados, evitar distracciones, pulir hábitos. Todo eso puede tener sentido en contextos concretos. El problema empieza cuando ese vocabulario se vuelve hegemónico y acaba colonizando la forma entera de entender la vida.
La consecuencia es una inversión bastante llamativa. El descanso ya no se considera un derecho elemental ni una necesidad humana, sino una herramienta para seguir rindiendo. Dormir bien para producir mejor. Meditar para aguantar mejor. Hacer ejercicio para rendir más horas. Desconectar para volver más fuerte. Incluso el bienestar se redefine como pieza de la productividad. No se trata de estar bien por estar bien, sino de recuperar energía útil. Esa absorción de la crítica dentro del propio sistema es uno de los rasgos más finos del análisis de Han: el capitalismo contemporáneo no siempre niega el malestar; muchas veces lo recicla, lo convierte en mercado y lo devuelve como servicio.
Por eso su frase molesta y atrae al mismo tiempo. Porque toca un punto donde se mezclan ambición genuina, precariedad, deseo de reconocimiento y cansancio acumulado. Nadie quiere renunciar a mejorar su vida. Pero cuando todo se mide por la mejora, la existencia empieza a estrecharse. Quedan menos márgenes para la lentitud, para la torpeza, para el error, para la simple experiencia de estar sin producir nada visible. Queda menos espacio, en definitiva, para una vida que no necesite justificarse todo el tiempo.
Cuando el éxito se convierte en un deber moral
La cultura del rendimiento ha logrado algo notable: convertir el éxito en obligación moral. No basta con trabajar; hay que destacar. No basta con sostenerse; hay que escalar. No basta con hacer bien lo propio; hay que transformarse constantemente. Ese imaginario, repetido hasta la saciedad, tiene efectos concretos. Quien no llega siente que no solo pierde posiciones materiales, sino también legitimidad personal. El fracaso deja de ser un tropiezo circunstancial y se vive como un defecto íntimo. No tener energía, no ser constante, no dar más de uno mismo. Ahí aparece el lenguaje de la culpa.
La gran astucia de este modelo es que privatiza el malestar. En lugar de mirar horarios, condiciones, salarios, precariedad, competencia o saturación tecnológica, empuja a que cada uno se pregunte qué está haciendo mal. No se discute la estructura; se corrige el individuo. Más disciplina, mejor organización, menos queja, más resiliencia. Es una lógica perfecta para sistemas que prefieren no hacerse preguntas incómodas sobre cómo distribuyen el tiempo, la riqueza y la fatiga. Si el problema eres tú, el sistema sale limpio.
No es casual que esta idea resuene tanto en un contexto marcado por el agotamiento emocional, la ansiedad y la dificultad creciente para separar trabajo y vida. Lo que Han describe no es un accidente, ni una rareza cultural, ni una moda intelectual pasajera. Es el reverso de un modelo que celebra la autonomía mientras multiplica las dependencias, que predica libertad mientras exige disponibilidad total y que presenta como autorrealización lo que muchas veces funciona como sumisión interiorizada.
Del trabajo a la vida entera: así se expande la lógica del rendimiento
Uno de los aciertos del debate que reabre esta noticia es recordar que la autoexplotación no se agota en el ámbito laboral. Se ha extendido a la vida completa. El cuerpo debe mostrar control y progreso. La agenda social debe ser interesante. La crianza debe ser consciente y eficiente. La pareja debe ser emocionalmente madura, intensa y equilibrada. El tiempo libre debe resultar memorable. Incluso las vacaciones cargan con la obligación de ser fotografiables, optimizadas y bien narradas. Casi nada queda fuera del radar de la mejora.
Ese desplazamiento explica por qué tanta gente experimenta una fatiga extraña, difusa, sin origen único. No es solo cansancio tras una jornada pesada. Es la sensación de vivir sometido a evaluación constante. Hay que estar informado, actualizado, saludable, presente, atento, productivo, atractivo y estable. Todo a la vez. Todo con una sonrisa razonable. Todo sin parecer que cuesta demasiado. El sujeto contemporáneo administra perfiles, tareas, emociones y expectativas como quien intenta sostener varios platos girando al mismo tiempo. Y, claro, a menudo se rompe algo.
Las redes sociales intensifican esa presión porque convierten la comparación en una rutina automática. Cada pantalla ofrece ejemplos de gente que trabaja más, viaja más, entrena más, factura más, descansa mejor, come mejor, piensa mejor y parece tener una narrativa más ordenada de sí misma. La exhibición del rendimiento ya no pertenece solo al mundo corporativo; invade la vida cotidiana. El resultado es un escenario donde el ideal de autenticidad convive con una teatralización permanente del yo. Hay que ser uno mismo, sí, pero de un modo visible, competitivo y validable.
En ese clima, palabras como disciplina, enfoque, mejora, hábitos o productividad dejan de ser herramientas neutras. Se vuelven piezas de un imaginario más amplio que valora a las personas según su capacidad de sostener el ritmo. Y lo que queda fuera —la duda, el cansancio, el aburrimiento, la fragilidad, el tiempo improductivo— se vuelve sospechoso, casi vergonzante. De ahí que la reflexión de Han no sea una excentricidad académica, sino una radiografía útil de una época que ha aprendido a convertir la exigencia en cultura ambiental.
El smartphone como oficina portátil y vigilante íntimo
Si hay un objeto que resume esta mutación es el smartphone. No porque sea el origen de todos los males, una idea demasiado simple, sino porque concentra como pocos la nueva organización del tiempo. El teléfono sirve para trabajar, responder, exhibirse, aprender, comprar, compararse, distraerse, controlarse y volver a empezar. La jornada se estira en notificaciones. La atención se reparte en fragmentos. La disponibilidad se vuelve norma. En ese entorno, desconectar deja de ser automático. Hay que decidirlo, defenderlo, a veces casi negociarlo.
El móvil introduce una forma de continuidad que encaja a la perfección con el sujeto del rendimiento. No hay salida nítida de la escena productiva. Siempre puede hacerse algo más. Siempre queda un mensaje, una tarea menor, una corrección, una reacción, una lectura pendiente, una actualización. La idea misma de tiempo muerto empieza a desaparecer. Todo hueco puede llenarse con actividad útil o al menos con la apariencia de actividad útil. Y cuando el vacío desaparece, con él se erosionan también el silencio, la pausa y cierta posibilidad de pensamiento no orientado a resultados.
Han ha insistido muchas veces en que el problema no es solo tecnológico, sino político y cultural. La técnica no impone por sí sola una forma de vida, pero sí puede convertirse en infraestructura ideal para un modelo basado en la atención capturada y el rendimiento ininterrumpido. Por eso hablar de autoexplotación en 2026 no suena a una crítica vieja con vocabulario nuevo. Suena a la descripción bastante exacta de una cotidianeidad en la que el trabajo no necesita presencia física para seguir operando y en la que la vigilancia más eficaz ya no viene de fuera, sino del hábito interiorizado.
Por qué este debate no es una moda ni una simple queja generacional
Reducir la reflexión de Han a un malestar de clases medias urbanas con exceso de pantalla sería una forma elegante de no entender nada. La cuestión tiene más fondo. Habla de cómo se organiza el poder en sociedades que ya no dependen solo de la obediencia clásica, sino de la participación activa de sujetos que aceptan, interiorizan y reproducen las reglas del rendimiento. Habla también de cómo el lenguaje económico ha colonizado zonas enteras de la experiencia humana. Invertir en uno mismo, rentabilizar habilidades, gestionar emociones, construir marca, optimizar recursos personales. Todo eso no son simples expresiones de moda. Son huellas de una transformación cultural profunda.
Tampoco se trata de idealizar el pasado. El viejo trabajo disciplinario era brutal en muchos sentidos y nadie sensato querría blanquearlo. La aportación de Han va por otro lado: mostrar que la dominación cambia de forma y que no siempre se vuelve menos dura por parecer más amable. La flexibilidad puede convivir con la ansiedad. La autonomía, con la inseguridad. La promesa de autorrealización, con el agotamiento. Ahí reside la potencia de su diagnóstico. No denuncia un exceso puntual, sino una gramática entera de la época.
Por eso la noticia tiene recorrido más allá del nombre del filósofo. En el fondo, lo que vuelve a discutirse es algo mucho más amplio: si la cultura contemporánea está confundiendo libertad con disponibilidad, ambición con sumisión voluntaria y crecimiento con fatiga sostenida. Y esa no es una pregunta retórica ni un adorno intelectual. Es una disputa concreta sobre la forma de vivir, de trabajar y de medir el valor de las personas en sociedades atravesadas por el mercado, la imagen y la competencia continua.
El punto exacto donde la realización se convierte en trampa
La frase de Byung-Chul Han sigue circulando porque no ofrece una moraleja fácil, sino una incomodidad precisa. Obliga a mirar ese momento en el que el deseo legítimo de mejorar se convierte en maquinaria de desgaste. Ese punto en el que la autorrealización deja de abrir posibilidades y empieza a funcionar como consigna agotadora. Ese lugar donde la libertad aparente no libera, sino que intensifica la presión porque ya no hay un otro visible al que culpar: todo parece depender de uno mismo y, por tanto, todo fracaso se vive como fracaso total.
Esa es la verdadera carga política y social del debate. Si la explotación adopta forma interior, si se integra en el vocabulario del mérito y la superación, resulta mucho más difícil discutirla en términos colectivos. El cansancio se privatiza. La culpa también. Y el sistema sale reforzado porque cada sujeto se encarga de corregirse a sí mismo sin tocar las condiciones que producen la fatiga. Más cursos, más rutinas, más hábitos, más esfuerzo. Menos preguntas sobre por qué la vida contemporánea parece exigir una intensidad incompatible con cualquier descanso verdadero.
La vigencia de Han está ahí. No en ofrecer soluciones instantáneas ni en vestir de filosofía el pesimismo, sino en señalar con nitidez una forma de violencia que no grita, no se exhibe y a veces hasta sonríe. Una violencia que se presenta como oportunidad. Que halaga mientras aprieta. Que promete plenitud mientras multiplica la autoexigencia, la comparación y el desgaste. Quizá por eso su diagnóstico vuelve una y otra vez, como regresan las ideas que no terminan de resolverse porque siguen explicando demasiado bien la época en la que vivimos.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/superacion-personal-y-agotamiento/
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