
Estamos en una crisis de discipulado. Muchas iglesias se han enfocado más en tratar de crecer en número en vez de crecer en discípulos; en mantener a sus miembros entretenidos en vez de instruidos. Hemos confundido el discipulado con llenar sillas, creyendo que la mejor forma para que nuestra iglesia crezca es diluyendo el mensaje de la Biblia. ¿Cómo llegamos a esto?
El problema del discipulado es complejo, pero aquí quiero señalar una cuestión que me parece crucial: muchos cristianos han entendido la gran comisión solo en términos de evangelismo. Se ha enfatizado la idea de «vayan», pero la gran comisión incluye bautizar y enseñar a guardar todo lo que Jesús mandó, es decir, abarca toda la vida cristiana (Mt 28:18-20).
Si la orden de Cristo es ganar almas para formar discípulos, esto quiere decir que el evangelismo es una parte importante, pero no es toda nuestra misión. Las conversiones no son el punto final de la gran comisión, sino el punto de partida.
Las conversiones no son el punto final de la gran comisión, sino el punto de partida
Estoy convencido de que esta visión reducida de la gran comisión es un factor importante en la actual crisis en el discipulado. Muchos creyentes no conocen sus biblias, las iglesias enseñan cada vez menos doctrina y teología, y esto afecta la manera en la que vivimos. Necesitamos recuperar la formación en cada creyente de una visión más grande y completa de Dios. Esto requiere, al menos, un mejor entrenamiento bíblico, teológico y espiritual en nuestras iglesias.
Necesitamos formación bíblica
Vivimos en la era más privilegiada y avanzada tecnológicamente. El acceso a la información abunda y tenemos millones de recursos a nuestro alcance. Esto ha permitido que los cristianos tengamos a disposición todo tipo de formatos para aprovechar: pódcasts, blogs, influencers en redes sociales y YouTube. Sin embargo, todavía nos cuesta leer la Biblia y cultivar una relación íntima con Dios.
Se nos olvida que la vida cristiana consiste en conocer a una persona, no en acumular información (Jn 17:3). Si no dedicamos tiempo a la Palabra de Dios, no podremos conocer a Dios, ¿y cómo podemos amar a quien no conocemos? Una pobre formación bíblica estorba nuestro crecimiento espiritual y es un obstáculo para que disfrutemos la vida abundante que Dios tiene para nosotros.
Parte de la actual crisis de discipulado incluye el analfabetismo bíblico: los cristianos no conocen su Biblia. Pocos la leen y muchos menos la estudian por su propia cuenta. Otros conocen algunas historias sueltas, pero no la narrativa principal del plan redentor de Dios. También hay mucha lectura bíblica al azar o repitiendo algunos de los versículos más conocidos. Todo esto ha alimentado una lectura moralista de la Biblia: queremos saber qué debemos hacer para ser mejores personas, pero eso toca apenas la superficie de la Escritura.
Si queremos superar la crisis de discipulado debemos comprometernos como creyentes e iglesias a la lectura completa, ordenada y reflexiva de la Biblia. Debemos entender cada versículo e historia en su contexto más amplio, identificar los grandes temas que unifican las Escrituras y comprender cómo todo apunta a Cristo (Lc 24:44-45).
El llamado de Dios a conocerlo en Su Palabra es para toda la iglesia, no para unos pocos. Necesitamos ocuparnos de nuestra alimentación bíblica y crecimiento espiritual para vivir una fe vibrante y fructífera.
Necesitamos formación teológica
A pesar de haber crecido en un hogar cristiano, ¿cómo fue posible que la primera vez que escuché sobre la Trinidad tenía más de treinta años? No hablamos de un detalle secundario, sino de una doctrina fundamental de la fe cristiana. Y esta no es solo mi historia, también es la de gran parte de la iglesia hoy.
Es común que después de la conversión y de abrazar la fe cristiana, muchos cristianos dejamos de crecer en el conocimiento de Dios. Hemos asimilado la idea de que la doctrina y la teología son innecesarias o que nos llevan a una fe fría y muerta. Pensamos que la teología es impráctica o algo reservado para pastores, líderes y académicos.
Es una orientación de toda la vida alrededor del evangelio y la persona de Cristo
Sin embargo, la teología es importante porque es lo que pensamos y decimos acerca de Dios. Todos tenemos conceptos sobre quién es Él, todos practicamos una teología cuando oramos, trabajamos, conversamos o cantamos. La pregunta no es si tenemos una teología, sino si tenemos una buena o mala teología.
En 2022, una encuesta de Lifeway y Ligonier sobre el estado de la teología en Estados Unidos reveló que 53 % de los cristianos evangélicos cree que el Espíritu Santo es una fuerza impersonal, 73 % piensa que Jesús es el primer y más grande ser creado por Dios y 43 % de los evangélicos lo consideran solo un gran maestro pero no Dios. Los resultados son alarmantes y, al parecer, la situación empeora desde entonces. Podemos creer que la situación en América Latina no es muy diferente.
Los datos demuestran que tenemos una crisis en el discipulado. Pero me alienta pensar que el analfabetismo teológico no es por falta de fe, sino por falta de formación. Por eso, debemos abrazar la formación doctrinal como parte del discipulado profundo que nuestras iglesias necesitan para revertir la crisis actual. No hay nada más práctico que conocer a Dios y amarle tal como se revela en Su Palabra, como Pablo anima a Timoteo: «Retén la norma de las sanas palabras que has oído de mí» (2 Ti 1:13).
Necesitamos formación espiritual
Un concepto común en esta crisis actual de discipulado es que pensamos que ser un discípulo consiste en completar un plan de estudios o una serie de clases. Pero en el Nuevo Testamento vemos que el discipulado no consiste en compartir contenido para un grupo de oyentes. En cambio, es algo que Jesús y los primeros cristianos practicaban sentados a la mesa, en una barca mientras pescaban, de camino hacia otro pueblo o en una conversación junto a un pozo de agua.
Ser discípulo no es un evento o una etapa, no es completar una serie de clases o hacer una oración de fe; más bien, significa seguir a Jesús en cada aspecto de la vida, cada día y de manera sacrificial (Mt 16:24-25). Es una orientación de toda la vida alrededor del evangelio y la persona de Cristo, es la puesta en práctica de nuestra formación teológica y bíblica.
Cuando ponemos nuestra fe en Cristo y nacemos de nuevo, todavía no somos productos terminados. Al contrario, nuestro llamado es a ser transformados por el Espíritu y la Palabra a la imagen de Cristo, para que seamos presentados maduros ante Dios (Ef 4:11-13) y equipados para toda buena obra (2 Ti 3:16).
Debemos conocer nuestras biblias para aprender a amar a Dios y a nuestro prójimo. Debemos formarnos en buena teología a través de la lectura, oración y meditación en las Escrituras. Debemos aprovechar las disciplinas espirituales que Dios nos regaló para nuestro crecimiento en santidad y para nuestra transformación mediante la obra del Espíritu Santo (Ro 12:2).
Recuperemos un discipulado profundo
¿Qué discipulado estamos practicando en nuestras iglesias y con nuestros hermanos?
Sería un error asumir que ser discípulo consiste sólo en asistir a la iglesia, escuchar el sermón y participar en un grupo pequeño. Todo esto es bueno, pero no es suficiente para nuestra formación como discípulos.
La formación requiere de vínculos y relaciones dispuestas a practicar el discipulado, de compromiso mutuo y de sacrificios los unos por los otros (Gá 4:19). Los creyentes necesitan lugares donde puedan hacer preguntas, dialogar y aprender en comunidad. Necesitamos tiempos y espacios dedicados al aprendizaje sobre la unidad narrativa de la Palabra de Dios (formación bíblica); sobre los fundamentos y convicciones de la fe cristiana (formación teológica); y que todo esto apunte a la transformación práctica del creyente (formación espiritual).
Todo cristiano, sea miembro, líder o pastor de la iglesia, debe preguntarse qué tipo de discipulado está practicando para formar a esta generación y alcanzar a la siguiente.
En la cultura actual que valora lo inmediato y lo superficial, apostar por un discipulado profundo y robusto puede parecer lento, pero el fruto a largo plazo será una iglesia sana, madura y comprometida con su misión en cualquier contexto. Cumplir con la gran comisión de hacer discípulos no es opcional: es el llamado de Dios para ser transformados a la imagen de Cristo y para Su gloria (2 Co 3:18).
Camilo Jiménez
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/crisis-discipulado-formacion/
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