Brillante y atormentada, Assia Wevill murió junto a su hija el 23 de marzo de 1969 en un asesinato-suicidio que sacudió la literatura. Atrapada entre las sombras de Ted Hughes y Sylvia Plath, su vida fue mucho más que ese desenlace
Londres, 23 de marzo de 1969. La escena en el número 24 de Garden Court no parece, a primera vista, la de un crimen, sino la de un sueño inducido. En la cocina, el aire es denso, dulce y letal. El cuerpo de Assia Wevill yace en el suelo sobre un colchón que ella misma arrastró hasta allí, abrazada a su hija Shura, de apenas cuatro años.
La preparación fue metódica, casi un ritual: selló todas las ventilaciones de ventanas y puertas con cinta adhesiva y toallas húmedas, disolvió barbitúricos en un vaso de agua para la pequeña y bebió el resto con whisky. Con el tormento que solo ella conocía, abrió las llaves del gas y dejó que el tiempo hiciera lo suyo… No fue solo un suicidio; fue un eco macabro. Seis años antes, en una cocina similar, la poeta Sylvia Plath, esposa de su amante, Ted Hughes, había hecho lo mismo. Pero Assia no quiso dejar a su hija a merced de un mundo que sentía hostil, y decidió no marcharse sola.
Había nacido lejos de Londres y recorrió un camino tan singular como difícil de encasillar. Cosmopolita, políglota, seductora y talentosa, se movía con naturalidad en mundos diversos: la publicidad, la literatura, la traducción, los círculos culturales. Su vida privada, sin embargo, comenzó a enredarse cuando inició una relación con Hughes. Desde entonces, su historia quedó enganchada al drama de una pareja que no era la suya y a una tragedia que no había provocado.

La mujer que quería existir por sí misma
Assia Gutmann —más tarde Wevill— nació en Berlín el 15 de mayo de 1927, en el seno de una familia judía que, ante el avance del nazismo, abandonó Alemania para instalarse en Palestina cuando ella aún era una niña. Esa primera huida marcó su destino: creció en un mundo en permanente desplazamiento, atravesado por idiomas, fronteras y pérdidas. Eso también hizo que pronto aprendiera a hablar alemán, inglés, hebreo y francés; también desarrolló una sensibilidad aguda, casi dolorosa, para percibir la temperatura emocional de los otros.
Su adolescencia transcurrió en Palestina durante la Segunda Guerra Mundial. Allí, más que en las aulas universitarias, su formación se dio en un entorno familiar culto y políglota, donde la literatura funcionaba como refugio y exigencia. Marcada por el exilio, Assia creció entre el alemán, el hebreo y un inglés perfecto, desarrollando una sensibilidad creativa que años más tarde volcaría en la traducción de poesía y la publicidad.
Ya en la adultez y luego de unos años en Canadá, se trasladó a Londres, donde encontró su lugar en la publicidad. No le costó destacarse: su dominio de las lenguas y su presencia magnética la convirtieron en una figura valorada en las agencias. Tenía éxito y autonomía. Sin embargo, su verdadera aspiración era la poesía, un territorio donde, a pesar de estar casada con el poeta David Wevill y rodearse de la élite intelectual, no alcanzaba la validación propia que buscaba. Escribía y traducía, pero sentía que sus versos siempre quedaban a la sombra de los otros.
En esos años, Assia se volvió una mujer que no pasaba inadvertida. No solo por su belleza —quienes la conocieron hablaban de una presencia hipnótica—, sino por una combinación difícil de definir: inteligencia, elegancia y una melancolía persistente. Había estado casada tres veces y había vivido en distintos países —Israel, Canadá, Francia e Inglaterra—, dejando huellas en cada uno y, al mismo tiempo, arrastrando con ella una sensación de ser siempre extranjera.
Hasta que, en mayo de 1962, conoció a Ted Hughes, momento que la empujó hacia un lugar del que ya no podría salir indemne…

Una triada maldita
Ese encuentro ocurrió en mayo de 1962. Assia y su tercer esposo, el poeta David Wevill, buscaban alquilar un departamento en Londres y llegaron así a la casa de Ted Hughes y Sylvia Plath en Chalcot Square. La atracción entre Ted y Assia fue inmediata, casi eléctrica; un magnetismo que Plath detectó al instante y que quedó registrado en su diario como una premonición de desastre: “Ella, con su piel dorada y su abrigo de leopardo, se sentó en el sillón y miró a Ted como si nadie más existiera en la habitación”.
Para Assia, Hughes no era solo un hombre; era la encarnación del mundo poético que ella tanto anhelaba conquistar. Sin embargo, lo que comenzó como un romance clandestino pronto se transformó en una jaula de espejos.
“Cuando pienso en Ted y Assia, siento que el desastre está esperando en la puerta”, presagió Plath. La relación extramarital de ellos había comenzado y siguió con la separación entre Ted y Sylvia. Una combinación de hechos lamentables terminó en el suicidio de Sylvia el 11 de febrero de 1963: el abandono de su esposo, la presión de criar sola a dos hijos pequeños, un invierno especialmente duro en Londres y el recrudecimiento de su depresión, que la acompañaba desde la adolescencia. Esa mañana, Plath selló las aberturas de la cocina de su casa y abrió el gas, eligiendo un final tan trágico como silencioso. La noticia conmocionó al mundo literario y, desde entonces, la figura de Assia Wevill quedó marcada para siempre por el estigma de haber sido parte de ese triángulo trágico.
Luego de la muerte de Plath, Assia ocupó su lugar físico —su casa, su cama, el cuidado de sus hijos, Frieda y Nicholas—, pero nunca pudo ocupar su lugar simbólico. Aún casada con su tercer esposo, se convirtió en la “otra”, la mujer que cargaba con la culpa de una tragedia ajena mientras intentaba, desesperadamente, construir una vida propia sobre los restos de un matrimonio roto y una ausencia que gritaba… Ese fue el inicio de su descenso. Hughes, incapaz de lidiar con el fantasma de Plath, comenzó a distanciarse de ella, y Assia, atrapada en una extranjería emocional cada vez más profunda, empezó a vislumbrar el mismo final que su predecesora.

La sombra de Sylvia Plath —cuya obra se expandía póstumamente— se volvió una presencia insoportable para Assia: los críticos hablaban de Plath, los lectores hablaban de Plath… Los defensores y detractores de Hughes hablaban de Plath. Y Assia quedaba atrapada en una narrativa que no le pertenecía pero que terminaba por definirla.
En 1965 nace Shura, la hija que tuvo con Ted, y pareció abrir una ventana de esperanza. Era el 3 de marzo y el nacimiento de la niña —fruto de un amor nacido en el escándalo— buscaba ser el ancla que Assia necesitaba para construir una identidad propia, lejos de los juicios morales de la sociedad londinense.
Sin embargo, la sombra de Sylvia se volvió una presencia insoportable. Mientras Assia criaba a Shura y a los hijos de Plath, la obra de la poeta fallecida se expandía póstumamente y aparecía en todos lados. Assia traducía poesía y colaboraba en publicaciones literarias, pero su talento quedaba siempre opacado por la narrativa ajena que terminaba por definirla: ninguna editorial se animaba a publicarla. Su maternidad se convirtió en su eje, pero también en su vulnerabilidad.
El espejo de vida en el que vivía terminó por hacerse trizas cuando entendió que Hughes no solo no lograba soltar el fantasma de Plath, sino que comenzaba a tener relaciones con otras mujeres. La mujer que había llegado para desplazar a una leyenda se descubrió, de pronto, igual de prescindible en la vida del hombre por el que había dejado todo.

El final
Hacia fines de los años 60, la vida de Assia se encontraba desgarrada. Había dejado su carrera, había perdido la confianza en la relación con Hughes y vivía con la sensación de ser un apéndice de una tragedia ajena. La maternidad ya no alcanzaba para sostenerla ante el peso de los vacíos y los silencios. Hughes se embarcaba cada vez más en nuevas relaciones y viajes.
El 23 de marzo de 1969, Assia tomó una decisión desesperada. Llevó a Shura, de cuatro años, al departamento donde vivían en Londres. Cerró las ventanas, bloqueó las puertas y abrió el gas. Murieron juntas. Replicó el método que Sylvia Plath había utilizado seis años antes, un eco que multiplicó el espanto y fijó para siempre una correspondencia macabra entre ambas vidas.
La noticia sacudió a los círculos literarios y dejó una marca indeleble en la historia de la poesía del siglo XX. Pero también sacó el velo a la fragilidad emocional de una mujer que había quedado atrapada entre la tormenta de dos genios, la presión de la mirada pública y el abandono afectivo.

Tras su muerte, parte de su obra inédita fue recuperada por investigadores y editores —los mismos que antes la rechazaron—, aunque nunca logró el reconocimiento que merecía. Su vida no pudo ser separada de las sombras de otros, pero en los últimos años comenzó a leerse con otra perspectiva: la de una voz propia, trágica, compleja y profundamente humana.
Assia Wevill murió sin encontrar su lugar. No era solo “la amante de Hughes”, “la sombra de Plath”. Era una mujer brillante, creativa y trágica que merecía contarse a sí misma.
Aislada y convencida de que el ciclo de abandono se repetía, Assia escribió en su diario la instrucción: “Ejecútate a ti misma y a tu pequeño yo de manera eficiente». Tres días después, cumplió su propia sentencia.
infobae.com
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