Columnista Colaborador Prensa Mercosur : Germán Rojas @Germanrojasm8
Para comprender la magnitud de la guerra que hoy sacude a Oriente Medio en este convulso 2026, es imperativo desentrañar los hilos de una historia marcada por la fe, el poder y la resistencia. Lo que hoy vemos como un campo de batalla entre potencias y una sociedad civil en pie de guerra, no es un evento aislado, sino el resultado de un proceso de décadas que transformó a Irán de una monarquía pro-occidental en una teocracia única en el mundo. El ascenso de la figura del Líder Supremo y la institucionalización del sistema religioso no solo cambiaron el rostro de una nación, sino que sembraron las semillas de una dualidad de poder y una política exterior de confrontación que, finalmente, han alcanzado su punto de ruptura. A continuación, analizamos los pilares de este sistema y los factores internos y externos que han llevado a Irán de la revolución de 1979 al abismo del conflicto actual.
Contexto político y social de Irán: El ascenso del poder teocrático
Para comprender por qué un Gran Ayatolá terminó siendo el Líder Supremo de Irán, es necesario contextualizar la situación política y social del país.
Antes de la revolución de 1979, Irán atravesaba una profunda crisis de identidad bajo el régimen de Mohammad Reza Pahlaví (el Sha). Aunque el país mostraba avances en modernización y crecimiento económico, gran parte del pueblo se sentía traicionado por la «occidentalización» forzada de su cultura. Mientras las tradiciones se desvanecían y la desigualdad crecía, la SAVAK (la temida policía secreta del Sha) reprimía brutalmente a cualquier disidente, desde intelectuales de izquierda y comunistas hasta clérigos.
Esta opresión alimentó una coalición improbable de islamistas, intelectuales y grupos de izquierda bajo una sola premisa: «el Sha debe irse». En este escenario emergió la figura del Gran Ayatolá Jomeini, quien se convirtió en el símbolo máximo de la causa revolucionaria.
El ascenso de Jomeini: De las aulas al poder
Durante décadas, Jomeini fue un respetado profesor en el seminario de Qom. Para los años 50 ya era considerado un Ayatolá («Signo de Dios»), título alcanzado por el reconocimiento de sus pares y sus tratados de jurisprudencia. Su salto a la relevancia política ocurrió en junio de 1963, tras un feroz discurso contra el Sha y su relación con Estados Unidos e Israel. Fue arrestado y el régimen consideró ejecutarlo por traición; sin embargo, debido a que la ley protegía a un Gran Ayatolá de la pena capital, fue enviado al exilio. Desde allí, continuó alentando a la población a rebelarse.
Lo que institucionalizó su autoridad fue la victoria de la revolución y la posterior Constitución de 1979, donde Jomeini introdujo el concepto del Velayat-e Faqih (el Gobierno del Jurista Islámico). Su argumento sostenía que, en ausencia del 12º Imán (quien según los chiíes está oculto), el Estado debía ser gobernado por el clérigo más sabio y justo.
Con la aprobación masiva de la nueva Constitución, Jomeini fue nombrado:
- Líder Supremo vitalicio (Rahbar).
- Comandante en Jefe de las fuerzas armadas.
- Máxima autoridad con poder para destituir al presidente y nombrar a los jefes de la justicia y de los medios estatales.
Tras la revolución, se le otorgó el título de «Imán», elevándolo por encima de cualquier otro clérigo. A partir de entonces, el sistema iraní se definió por una dualidad de poder: un Gobierno (Presidente y ministros) encargado de la administración y la diplomacia formal, y un Líder Supremo que ostenta el poder real sobre la política exterior y de defensa. Tras la muerte de Jomeini en 1989, la Asamblea de Expertos nombró sucesor a Ali Jamenei, quien hasta ese momento se desempeñaba como presidente.
El mandato de Ali Jamenei: La consolidación de la línea dura
Tras la muerte del fundador de la República Islámica, Ali Jamenei asumió el cargo de Líder Supremo, enfrentando el reto de mantener la cohesión en un sistema diseñado a la medida de Jomeini. A pesar de no contar inicialmente con el mismo prestigio religioso de su predecesor, Jamenei logró consolidar su autoridad apoyándose estratégicamente en el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), convirtiéndolo en el brazo armado y económico del régimen. Bajo su mandato, Irán ha profundizado su política de “mirar hacia el Este”, fortaleciendo alianzas con Rusia y China, y ha mantenido una postura de confrontación inflexible frente a Occidente. Jamenei ha sido el arquitecto de la “supervivencia del sistema” a toda costa, priorizando la seguridad nacional y la influencia regional a través de sus aliados en el exterior, incluso cuando esto ha significado el aislamiento internacional y una creciente desconexión con las aspiraciones de las nuevas generaciones iraníes.
El panorama actual: Desencanto y fractura social
A diferencia de 1979, donde el motor era la fe, la agitación social actual está impulsada por el desencanto generacional. Irán es un país joven (más del 60% de la población es menor de 30 años) que no vivió la revolución y no comparte la austeridad del clero.
Un punto de inflexión crucial ocurrió en 2022 con la muerte de Mahsa Amini, detenida por la «policía de la moral» por llevar mal el velo. Este evento desató protestas nacionales bajo el lema «Mujer, Vida, Libertad». El descontento se ha profundizado debido a:
- Economía fracturada: Consecuencia de las sanciones internacionales y la corrupción sistémica.
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- Desigualdad: Una brecha enorme entre el ciudadano común y las élites de la Guardia Revolucionaria.
- Represión extrema: El uso de ejecuciones públicas bajo cargos de Moharebeh («Guerra contra Dios») para sembrar miedo.
Para 2026, la situación se tornó crítica. La represión aumentó ante una población que se levantó firmemente contra el régimen, proyectando un panorama de fragmentación en la actual estructura de gobierno.
Tensiones internacionales: El choque con EE. UU. e Israel
Irán mantiene una «guerra fría» de décadas. Para Teherán, Israel es el «Pequeño Satán» y un enclave colonial; para Israel, Irán es una amenaza existencial por su programa nuclear y su retórica de eliminación.
- Guerra de proximidad: Irán ha rodeado a Israel de aliados armados (Hezbolá, Hamás y milicias en Siria). Por su parte, Israel ha respondido con ataques preventivos, ciberataques (como Stuxnet) y asesinatos selectivos de científicos.
- Ruptura del tabú: Entre 2025 y principios de 2026, el conflicto pasó de las sombras al ataque directo, con intercambios de misiles y drones de territorio a territorio, escalando hacia una guerra abierta en marzo de 2026.
- Relación con EE. UU.: Marcada por la desconfianza desde el golpe de 1953 y la crisis de los rehenes de 1979. Eventos recientes, como la salida de EE. UU. del acuerdo nuclear en 2018 y el asesinato del general Qasem Soleimani en 2020, llevaron la tensión al límite.
Hoy, Irán ha pasado de ser un actor regional a un problema global debido a su alianza militar con Rusia, lo que ha endurecido la postura de la OTAN y Washington hacia el régimen de Teherán.
En conclusión, la convergencia de una sociedad civil fracturada por la represión interna, una economía asfixiada y una crisis de legitimidad sin precedentes, terminó por colapsar el delicado equilibrio regional. Estos factores internos, sumados a la escalada de hostilidades directas con Israel y la ruptura total de la diplomacia con Estados Unidos, formaron la tormenta perfecta que culminó en la actual guerra en Oriente Medio. Lo que comenzó como una lucha por la identidad y la autonomía en 1979, ha derivado en un escenario bélico donde las tensiones ideológicas y geopolíticas han silenciado cualquier intento de resolución pacífica, sumiendo a la región en un conflicto de consecuencias impredecibles.
Desde una perspectiva ética, resulta inadmisible y carente de toda justificación ordenar el bombardeo de poblaciones civiles, así como es indefendible la represión violenta y el asesinato que el régimen ejerce contra su propio pueblo. Toda vida humana es intrínsecamente valiosa y no existe causa política, religiosa o estratégica que legitime su eliminación. Aquel líder que ordena una agresión armada contra otros, provocando la pérdida de vidas inocentes, incurre en un acto criminal que no debe quedar impune. Es imperativo que la justicia internacional prevalezca; la Corte Penal Internacional debe cumplir su función con rigor, investigando y condenando a quienes, desde el poder, dan la orden de asesinar, recordándole al mundo que la soberanía nunca puede ser un escudo para la barbarie.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
REDACCIóN COLOMBIA
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