El óxido nitroso se vende como una diversión rápida entre jóvenes, pero puede dañar nervios, médula y cerebro. La alerta médica gana fuerza.
El óxido nitroso, rebautizado en la calle como “gas de la risa”, llevaba tiempo moviéndose entre fiestas, globos y pedidos fáciles, con ese disfraz tan contemporáneo de sustancia menor, casi simpática, casi de broma. La alerta lanzada este 18 de marzo de 2026 por expertos del Instituto Guttmann, en Badalona, rompe precisamente esa ficción: el consumo recreativo continuado puede causar lesiones neurológicas graves e irreversibles, con pérdida o alteración de la sensibilidad, problemas de movimiento en las extremidades y trastornos de coordinación y equilibrio. La advertencia no sale de un debate moral ni de una campaña abstracta. Sale de un hospital de neurorehabilitación que ha visto esos daños en pacientes jóvenes, con nombres, edades, ingresos prolongados y secuelas reales.
La fotografía clínica ya no admite el chascarrillo fácil. Desde 2020, el hospital ha tratado por esta causa a cinco hombres y una mujer de entre 19 y 25 años, todos ingresados entre uno y tres meses, con debilidad muscular en las cuatro extremidades o en las piernas. Uno de esos casos, descrito por el subdirector médico Cristian Figueroa, llegó a un consumo extremo de hasta 200 globos diarios y desarrolló una degeneración medular subaguda. La frase más dura de esa alerta no necesita adornos: un consumidor puede acabar sin poder caminar, en silla de ruedas o con una discapacidad importante. Ese es el salto brutal entre la estética banal del globo y la realidad neurológica que ya están atendiendo los especialistas.
La alerta que sale de Badalona
Lo que ha puesto sobre la mesa el Instituto Guttmann no es un susto pasajero ni una anécdota clínica. Es una señal precisa, documentada en un centro especializado, sobre una sustancia que había conseguido colarse en la conversación pública con una imagen muy lavada. El óxido nitroso tiene un uso sanitario pautado, sí, sobre todo por sus propiedades anestésicas y analgésicas, pero ese contexto médico no se parece en nada al consumo recreativo repetido que se ha extendido entre jóvenes. En el hospital de Badalona han visto lesiones severas en personas que inhalaban el gas de forma reiterada, y han visto también algo más incómodo: la rapidez con la que una práctica presentada como ligera puede acabar en un ingreso largo de neurorehabilitación. En eso insisten tanto Cristian Figueroa como el psicólogo Joan Saurí. No hablan de una amenaza hipotética; describen pacientes ya tratados y un patrón de daño que encaja con lo que vienen señalando desde hace años los organismos europeos sobre el uso intensivo de esta sustancia.
Conviene separar bien los planos porque aquí suele empezar la confusión. El óxido nitroso es un gas incoloro, casi inodoro y de ligero sabor dulce. Se utiliza en medicina y odontología bajo control clínico, pero fuera de ese circuito aparece en cartuchos metálicos cilíndricos, en botellas o en los ya muy conocidos globos con los que se inhala en fiestas, pisos, botellones o entornos de ocio nocturno. El Plan Nacional sobre Drogas lleva tiempo describiéndolo como una sustancia de alta disponibilidad y bajo precio, con una clara percepción social de seguridad que no se corresponde con sus riesgos. Ese contraste explica parte de su expansión: a simple vista no tiene la iconografía clásica de otras drogas, no deja el mismo rastro simbólico, no arrastra la misma mala fama y, por eso mismo, entra en muchos ambientes por la puerta de atrás, con una ligereza que luego el cuerpo no comparte.
Qué es el óxido nitroso y por qué su efecto corto lo vuelve traicionero
El gas de la risa se consume por vía inhalada y produce un efecto muy rápido. Según el dosier oficial del Plan Nacional sobre Drogas, la sensación de euforia, bienestar y risa aparece en menos de un minuto y suele durar entre 15 y 45 minutos, según la dosis inhalada. Ese detalle, que en apariencia juega a su favor en la cultura de la gratificación exprés, es precisamente una de las trampas del consumo recreativo: como el efecto se va enseguida, la tentación es repetir, encadenar globos, mantener el estado, estirar unos minutos más el subidón corto. Ahí empieza a cambiar el paisaje. Ya no se trata de un uso esporádico y aislado, sino de una repetición que multiplica la exposición y, con ella, el riesgo neurológico. En otras palabras: la propia brevedad del efecto empuja a una dinámica de consumo que puede acabar siendo mucho más agresiva de lo que parece desde fuera.
En paralelo, hay un factor cultural que ha trabajado a favor de esa banalización. El gas entra en la escena recreativa sin la solemnidad oscura de otras sustancias. No exige un ritual complejo. No necesita demasiado tiempo. Puede pedirse, según explican los especialistas de Guttmann, incluso por aplicación, llega a casa y resulta barato. Todo eso lo ha convertido en una droga cómoda para el mercado de la inmediatez: rápida, accesible, vistosa, fácil de compartir y, sobre todo, rodeada de una falsa idea de inocencia. El Plan Nacional sobre Drogas ya advirtió en 2023 de esa mezcla de popularidad, bajo precio y disponibilidad en Europa, mientras que el organismo europeo de referencia, hoy EUDA, ha venido señalando el aumento de la oferta y del uso recreativo del óxido nitroso en distintos países. No es una moda exclusivamente española, aunque en España el problema ya haya entrado de lleno en los circuitos de prevención y vigilancia pública.
El punto crítico está en la vitamina B12
La llave médica del problema está en una palabra que suele sonar casi doméstica, vitamina B12, pero aquí no hay nada menor. El uso recreativo continuado de óxido nitroso interfiere en su metabolismo y esa alteración puede acabar dañando el sistema nervioso. La explicación clínica que manejan los especialistas es clara: la inactivación de la B12 afecta a la mielina, la estructura que recubre las fibras nerviosas y permite la correcta transmisión de los impulsos. Cuando esa protección falla, el daño puede extenderse a la médula espinal, a los nervios periféricos y también al cerebro. El propio Instituto Guttmann ha descrito esa cadena de lesión y la EUDA insiste en que la neurotoxicidad es dependiente de la dosis, con un riesgo mucho mayor en consumos regulares e intensivos. La vieja idea de que un globo es un gesto sin consecuencias se estrella, precisamente, contra esa mecánica biológica. El cuerpo no atiende a apodos simpáticos. Atiende a daño acumulado.
Cuando fallan la mielina, la médula y los nervios
Los síntomas pueden empezar de manera engañosa, casi discreta. La EUDA describe que muchas personas cuentan primero que las piernas “se sienten raras”, “torpes” o poco fiables. Aparecen hormigueos, pinchazos, entumecimiento, una extraña pérdida de seguridad al caminar, una debilidad que no encaja con la edad ni con el contexto. Después pueden llegar la falta de equilibrio, la disminución o ausencia de reflejos, la dificultad para mover las piernas o las manos y una torpeza cada vez más evidente. El NHS británico lleva años subrayando que una deficiencia de vitamina B12 puede provocar ataxia, neuropatía periférica y otros trastornos neurológicos que, en algunos casos, pueden ser irreversibles. Lo que en un principio se vive como un mareo divertido puede terminar expresándose en el cuerpo como una lesión seria de la médula o del sistema nervioso periférico. Y ahí ya no hay relato festivo que aguante.
Ese mecanismo también ayuda a entender por qué los especialistas afinan tanto cuando hablan de perfiles de riesgo. En la alerta difundida este miércoles, Guttmann subraya que, aunque por lo general hace falta un uso continuado para que aparezcan los efectos patológicos, el daño puede llegar mucho antes en mayores de 40 años y en personas con niveles bajos de vitamina B12. En adolescentes y jóvenes, además, el problema añade otra capa: el cerebro todavía está en desarrollo y los expertos apuntan posibles riesgos cognitivos. La EUDA ha alertado también de que la hipoxia repetida asociada al consumo frecuente puede contribuir a dificultades de concentración, memoria, aprendizaje y toma de decisiones. No todo eso aparece siempre, ni del mismo modo, ni con la misma intensidad, pero el mapa de riesgos ya no cabe en el cliché del simple mareo.
Seis ingresos y un caso extremo de 200 globos al día
Los seis casos atendidos en el Hospital de Neurorehabilitación del Instituto Guttmann tienen una importancia mayor de la que su número podría sugerir a primera vista. No son relevantes porque permitan inflar una estadística, sino porque muestran con mucha nitidez qué clase de lesión puede producir esta sustancia cuando el consumo se cronifica o se intensifica. Los seis pacientes, cinco hombres y una mujer, tenían entre 19 y 25 años. Todos presentaban debilidad muscular en las piernas o en las cuatro extremidades. Todos necesitaron ingreso hospitalario de entre uno y tres meses. Uno de ellos desarrolló una degeneración medular subaguda después de escalar hasta 200 globos diarios, un volumen que Cristian Figueroa define como un caso extremo, sí, pero precisamente por eso tan revelador. Marca el punto al que puede llegar una conducta que muchas veces empieza con apariencia de juego. No es una exageración retórica: es una progresión clínica registrada en un centro especializado.
La respuesta terapéutica no tiene nada de ligero. Según explica el propio Guttmann, el trabajo en estos pacientes consiste en rehabilitación neurológica para intentar recuperar funciones perdidas y, cuando la lesión no revierte por completo, en adaptar la vida a la nueva discapacidad. A esa parte se suma el abordaje médico del déficit: distintos servicios sanitarios europeos, como Guy’s and St Thomas’ NHS Foundation Trust, detallan que el tratamiento inicial de los problemas neurológicos asociados al óxido nitroso incluye inyecciones intramusculares diarias de vitamina B12. Dicho sin la asepsia de la terminología clínica, el recorrido puede pasar de una noche de euforia breve a un calendario de ingresos, pinchazos, sesiones de rehabilitación y reaprendizaje físico. A veces hay recuperación considerable. A veces el margen es menor. Lo decisivo es que el cuerpo no siempre regresa al punto de partida.
Una droga barata, fácil de pedir y demasiado blanqueada
Uno de los rasgos más incómodos de esta historia es la normalización práctica de la sustancia. Cristian Figueroa lo resume de forma bastante cruda: el gas de la risa se está popularizando entre los jóvenes porque es fácil de obtener, barato y puede llegar a casa tras pedirlo por una aplicación. Esa facilidad cambia por completo la escena. Ya no hace falta moverse a mercados opacos ni entrar en circuitos especialmente cerrados. El producto aparece al alcance de un clic, con un envoltorio visual casi inocente y un nombre que rebaja el peligro antes incluso de empezar a hablar de él. El Plan Nacional sobre Drogas ya venía describiendo el fenómeno con términos parecidos: alta disponibilidad, bajo precio y una percepción social de seguridad que favorece el consumo. Es el tipo de combinación que convierte un riesgo sanitario en una moda silenciosa. Primero se trivializa, después se extiende y, cuando aparecen los daños más graves, ya lleva tiempo instalado.
España, de hecho, ya lo tiene dentro de sus estadísticas oficiales. La encuesta EDADES 2024, publicada en 2025 por el Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones, sitúa el consumo de óxido nitroso alguna vez en la vida en el 0,3% de la población de 15 a 64 años, con un 0,4% en hombres y un 0,2% en mujeres. No son cifras de consumo masivo, pero sí suficientes para que la sustancia haya entrado en la vigilancia institucional. En paralelo, la encuesta ESTUDES 2025 confirma que el óxido nitroso ya forma parte del cuestionario sobre drogas en estudiantes de 14 a 18 años y que la prevalencia detectada es muy reducida, aunque oficialmente observada y separada ya como fenómeno específico. No es un detalle menor: cuando una sustancia empieza a aparecer con nombre propio en los sistemas de observación pública es porque ha dejado de ser una rareza anecdótica. El propio dosier del Plan Nacional sobre Drogas recordaba además que su uso venía detectándose desde hace años en zonas turísticas españolas como la Costa Brava, la Costa del Sol o las Islas Baleares.
El perfil que describen los profesionales tampoco responde a una caricatura simple. Joan Saurí, psicólogo de Guttmann, habla de personas que a menudo viven sin rutinas ni hábitos, a veces con situaciones familiares complicadas, y que utilizan la sustancia como vía de escape. No conviene convertir eso en un molde único, porque el consumo recreativo es siempre más desordenado que las tipologías perfectas. Pero sí ayuda a entender por qué esta droga encuentra hueco en determinados tramos de edad y en determinados contextos vitales: ofrece un efecto inmediato, barato, breve y socialmente rebajado. En una parte del ocio juvenil contemporáneo, eso vale mucho. Y, sin embargo, la factura que puede dejar es desproporcionada respecto a esa apariencia ligera. Ahí está el verdadero nudo del asunto: muy poco prestigio del riesgo, muchísima facilidad de acceso. Mala mezcla.
El daño no termina cuando pasa la euforia
Reducir el problema a la neurotoxicidad sería quedarse corto. El propio Instituto Guttmann advierte de que el gas puede causar también alucinaciones, desorientación y una reducción de la sensibilidad al dolor. Ese último efecto tiene una derivada física muy concreta: son relativamente habituales las quemaduras en la boca y en las vías respiratorias por la baja temperatura del gas. El Plan Nacional sobre Drogas añade otros riesgos: náuseas, vómitos, mayor mucosidad, inflamación de las vías respiratorias y, en situaciones de dosis excesiva o mala administración, asfixia e hipoxia. La EUDA menciona además casos raros pero graves, en consumidores intensivos, de trombosis, embolias e incluso infartos. No es que cada globo conduzca a ese escenario, ni tendría sentido afirmar algo así. Es que el campo de daños posibles es bastante más amplio que la caricatura social del simple ataque de risa.
También importa distinguir entre uso médico controlado y consumo recreativo repetido. El primero se maneja en entornos clínicos, con monitorización, mezcla adecuada de gases y supervisión profesional. El segundo suele producirse en ambientes donde mandan la improvisación, la repetición y la falsa sensación de seguridad. Es ahí donde el riesgo escala. La EUDA insiste en que los mayores daños se concentran en el uso regular y pesado, mientras que el NHS recuerda que la alteración de la vitamina B12 por óxido nitroso puede desembocar en problemas neurológicos persistentes. De fondo hay una idea incómoda, pero necesaria: no todo consumo ocasional deriva en una lesión grave, pero la existencia demostrada de casos irreversibles basta para desmontar la categoría de droga “blanda” con la que todavía se sigue blanqueando en demasiados entornos.
Una palabra amable para un problema muy serio
Lo más engañoso del gas de la risa sigue siendo el nombre. Suena a feria, a ocurrencia química, a noche absurda sin demasiadas consecuencias. Pero la alerta difundida el 18 de marzo de 2026 desde Badalona obliga a mirarlo de otra forma: como una sustancia capaz de dañar nervios, médula y cerebro cuando el consumo se repite, y capaz también de dejar a personas muy jóvenes en un circuito de ingreso, rehabilitación y discapacidad. Los especialistas de Guttmann no están describiendo un peligro remoto, sino un daño ya visto, tratado y, en algunos casos, no completamente reversible. Esa es la noticia de fondo, la que importa de verdad y la que desarma el tono de chiste con el que demasiadas veces se ha hablado del óxido nitroso.
En España, además, el fenómeno ya no circula solo en el rumor del ocio nocturno. Ha entrado en las encuestas oficiales, en los dosieres del Plan Nacional sobre Drogas, en la observación clínica y en el discurso de los neurólogos. Todo eso señala un cambio de fase. El globo sigue ahí, sí. Igual de fotogénico, igual de barato, igual de rápido. Lo que ha cambiado es la claridad con la que se conoce su reverso. Y ese reverso, dicho sin rodeos ni moralejas, incluye debilidad muscular, pérdida de sensibilidad, alteraciones del equilibrio, daño medular, déficit de B12, posible deterioro cognitivo y secuelas irreversibles. Cuesta más vender inocencia cuando la neurología ya ha hablado tan claro.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/gas-de-la-risa-deja-secuelas-irreversibles/
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