Las becas Erasmus cambian según la comunidad: Murcia roza el mínimo, Andalucía lidera y la desigualdad marca la movilidad universitaria real.
La desigualdad en las becas Erasmus+ en España no está en Bruselas ni en la universidad de destino: está, sobre todo, en el mapa autonómico. Un estudiante que se marche el próximo curso a Italia, Francia o Alemania no recibe el mismo respaldo económico si sale de Murcia, de Andalucía, del País Vasco o de la Comunidad Valenciana. La diferencia no es pequeña ni simbólica. En el extremo más bajo aparece Murcia, con 25 euros al mes de ayuda autonómica complementaria. En el más alto, Andalucía puede alcanzar 473 euros mensuales. Entre una cifra y otra no hay un matiz: hay un abismo que condiciona quién puede asumir una estancia fuera con cierta tranquilidad y quién arranca el viaje con la cuenta ya temblando.
Eso explica por qué el debate se ha reactivado con tanta fuerza este marzo. Miles de estudiantes han solicitado Erasmus+ para el curso que viene, pero el sistema sigue funcionando con una lógica muy española: el programa es europeo, la experiencia académica se vende como una oportunidad común, y luego cada comunidad decide cuánto añade, cómo lo paga, durante cuántos meses y con qué criterios. El resultado lo resume bien el VII informe del Observatorio de Cofinanciación, elaborado por Erasmus Student Network España bajo el lema “No es más, es mejor”: la movilidad internacional presenta una brecha territorial persistente y la mejora del presupuesto no se traduce, en términos reales, en un alivio suficiente para quienes tienen que irse a estudiar fuera.
La misma plaza, distinto dinero
La anomalía se ve con claridad cuando se pone un caso concreto sobre la mesa. Dos alumnos pueden conseguir una plaza similar, irse al mismo país, cursar un número parecido de créditos y afrontar gastos muy parecidos de alquiler, transporte y manutención. Sin embargo, el dinero público que acompaña esa estancia cambia según la comunidad autónoma de origen. No porque el destino sea distinto, ni porque uno necesite mucho menos que el otro, sino porque el sistema de cofinanciación está troceado. Cada autonomía convoca sus ayudas complementarias con su propio presupuesto, sus plazos, sus meses cubiertos y sus reglas. Ahí aparece el gran desequilibrio: la oportunidad formal es la misma, pero la capacidad real para aprovecharla no.
El informe vuelve a poner cifras donde durante años ha habido intuiciones, quejas y resignación. Andalucía se mantiene como la comunidad que más invierte en el programa, con más de 12,15 millones de euros destinados a Erasmus+. Galicia casi ha duplicado su presupuesto hasta 1,88 millones. Madrid introdujo por primera vez el curso pasado una ayuda propia con 2 millones de euros. Cataluña ha pasado de 2,13 millones en 2020 a 2,75 millones en 2025. Frente a esos avances, otras comunidades y territorios siguen muy por detrás. Asturias, Murcia y Melilla aparecen señaladas por su financiación débil. Y esa disparidad no es un efecto lateral del sistema: es ya una de sus características centrales.
La fractura se nota todavía más cuando se baja del presupuesto global al bolsillo del estudiante. El País Vasco ofrece 390 euros mensuales durante nueve meses, una cifra que se suma al tramo estatal. Andalucía combina una beca base de hasta 263 euros con otra ayuda especial que puede llegar a 210 euros, de modo que el total mensual alcanza 473 euros. Aragón y la Comunidad Valenciana pueden cofinanciar con hasta 350 euros al mes durante siete meses. Extremadura añade 200 euros mensuales. Cantabria plantea un complemento único de 670 euros por curso completo. En el otro lado, Murcia se queda en 25 euros mensuales, una cifra tan baja que ha terminado por convertirse en emblema del problema. No por su rareza, sino por lo que revela: en algunos lugares la ayuda autonómica sirve de apoyo real; en otros parece apenas un gesto administrativo.
De dónde sale la diferencia
El primer motivo es institucional y muy simple. Las comunidades autónomas no están obligadas a complementar Erasmus+ de la misma manera. Cada una fija su cuantía, su dotación presupuestaria, la duración cubierta y los criterios de reparto. El Estado financia una parte. Europa sostiene el programa marco. Las universidades también pueden incorporar apoyos. Pero la pieza autonómica sigue siendo decisiva en muchísimos casos, y esa pieza no está armonizada. Así, la movilidad depende de un rompecabezas donde cada territorio coloca fichas distintas. Unos aprietan más. Otros menos. Otros llegan tarde. Y alguno, directamente, parece seguir tratando la movilidad internacional como un asunto secundario.
El segundo motivo tiene que ver con la falta de un suelo común. España no ha fijado un marco mínimo autonómico que garantice cierta homogeneidad. No existe una especie de base obligatoria que impida que una comunidad cofinancie con cantidades muy bajas mientras otra construye un modelo mucho más sólido. Eso deja a los estudiantes dentro de una especie de lotería postal. El derecho a marcharse fuera, con un apoyo suficiente para sostener la estancia, queda atravesado por el lugar donde se cursa la carrera. No es un detalle burocrático; es una desigualdad material que condiciona decisiones muy concretas: aceptar o renunciar, elegir un destino más caro o uno menos deseado, buscar trabajo complementario, pedir ayuda a la familia o, simplemente, desistir.
El tercer motivo es menos visible, pero igual de importante: el aumento del presupuesto no ha seguido el ritmo del coste de vida europeo. El tramo estatal de las becas Erasmus+ en España ha pasado de 30 millones en 2016 a 70 millones en 2025, un salto claro en términos nominales. El problema, según advierte ESN España, es que ese crecimiento no se traduce en una mejora real equivalente porque los gastos en las principales ciudades europeas se han disparado. Alquileres más altos, residencias universitarias saturadas, suministros más caros, comida más cara, transporte más caro. La beca sube, sí, pero muchas veces sube menos que la factura de vivir fuera. El dinero parece mayor sobre el papel y, al aterrizar, se encoge.
Andalucía arriba, Murcia al fondo
La comparación entre Andalucía y Murcia es la que más ha llamado la atención porque resume el desajuste de forma casi brutal. Andalucía no solo lidera por presupuesto; también lo hace por diseño. Su modelo combina una ayuda base y una ayuda especial acumulable, lo que permite elevar la cobertura mensual y dar algo más de oxígeno a quienes se desplazan. Además, la comunidad andaluza lleva tiempo siendo citada como uno de los territorios con mayor esfuerzo inversor en Erasmus+, por encima de la media y con una estructura más robusta que la de muchas otras autonomías. No resuelve todos los problemas —ninguna comunidad lo hace—, pero sí reduce parte del golpe económico que supone una estancia internacional.
Murcia, en cambio, aparece en el otro extremo con esos 25 euros al mes que, vistos en 2026, resultan difíciles de defender como complemento serio. No es solo que la cifra sea baja. Es que el contexto la vuelve casi irrisoria. En una ciudad europea media, esa cantidad puede evaporarse en un par de trayectos, en una compra modesta o en parte de una factura telefónica. No cubre alquiler, ni transporte, ni instalación, ni el sobrecoste habitual de los primeros días. Y cuando una ayuda pública se queda tan lejos de la realidad de precios, deja de funcionar como apoyo eficaz y empieza a sonar a trámite cumplido.
El coste real de irse fuera
El dinero que recibe cada estudiante no depende únicamente de la comunidad autónoma. También influye el país de destino, que se agrupa por niveles de coste de vida. En el grupo más alto figuran países como Alemania, Austria, Finlandia, Francia, Italia o Suecia, donde las ayudas pueden moverse en rangos que van de 350 a 674 euros mensuales, según complementos y circunstancias. En el grupo de coste medio se sitúan destinos como Chequia, Chipre, Eslovaquia, Eslovenia, Malta, Grecia o España, con horquillas aproximadas de 300 a 600 euros al mes. En el grupo de coste más bajo entran países como Bulgaria, Croacia, Hungría, Polonia o Rumanía, donde las ayudas pueden ir de 250 a 550 euros mensuales.
Ese escalado tiene lógica. No cuesta lo mismo vivir en París que en Cracovia, ni en Milán que en Sofía. El problema es que la lógica del destino se cruza con la desigualdad del origen. Un estudiante que va a una ciudad cara ya parte con una ayuda base que puede quedarse corta frente al mercado real de alquiler y manutención. Si, además, procede de una comunidad con cofinanciación débil, el margen económico se estrecha muchísimo. En cambio, quien sale desde una autonomía que sí ha reforzado el programa llega con un colchón mejor. El mismo destino puede ser viable para uno y casi inasumible para otro, aun teniendo perfiles académicos parecidos.
Aquí se rompe una idea muy repetida durante años: la de que Erasmus es una experiencia abierta a cualquiera que consiga plaza. Formalmente lo es. Materialmente, no siempre. Hay estancias que exigen adelantar gastos antes de cobrar una parte de la ayuda, asumir depósitos elevados, pagar meses caros de inicio o moverse en ciudades con una presión brutal sobre la vivienda estudiantil. Todo eso hace que la movilidad siga dependiendo bastante de la capacidad de adelanto de la familia. Y ahí entra una de las grandes críticas del informe: los criterios socioeconómicos siguen siendo minoritarios en muchos modelos de beca complementaria. Es decir, el sistema todavía no corrige del todo las desigualdades previas. Las acompaña. A veces apenas las amortigua.
Cuando la ayuda llega tarde
Otro de los problemas más repetidos, y menos glamourosos, es el retraso en los pagos. Puede parecer una cuestión de gestión menor, casi de ventanilla, pero no lo es. Una beca que llega después de que el estudiante ya haya adelantado meses de alquiler, billetes, fianza y gastos de instalación pierde parte de su sentido práctico. Sigue siendo dinero útil, claro, pero ya no evita el golpe inicial. Funciona más como compensación tardía que como instrumento real de acceso.
Ese desfase perjudica especialmente a quienes parten con menos margen económico. Quien puede adelantar dinero aguanta. Quien no puede, se endeuda, depende por completo de la familia o directamente se plantea renunciar. La movilidad Erasmus+ sigue arrastrando el viejo problema de las ayudas que no llegan a tiempo, y eso explica buena parte del malestar estudiantil. No se trata solo de cuánto se cobra, sino de cuándo se cobra. Una beca bien dotada y mal pagada también genera desigualdad.
Lo que está pidiendo el estudiantado
La plataforma Erasmus Student Network España no se ha limitado a describir el problema. Ha puesto sobre la mesa una hoja de ruta bastante concreta. La primera reclamación es aumentar la financiación del tramo estatal y, sobre todo, crear un marco mínimo autonómico común que garantice una cuantía base suficiente, criterios homogéneos y calendarios de convocatoria alineados. No se está pidiendo uniformidad absoluta ni borrar la autonomía de las comunidades. Se está pidiendo algo bastante más sobrio: que el suelo no sea tan bajo en algunos territorios y que la diferencia entre autonomías no termine vaciando de contenido la igualdad de acceso.
La segunda gran exigencia tiene que ver con el calendario de pago. Las ayudas deberían abonarse antes del inicio de la movilidad o, al menos, en una fase suficientemente temprana como para permitir planificar la estancia sin convertir cada paso en una apuesta. Ese punto es crucial, porque el momento en que llega el dinero altera la posibilidad real de aceptar la plaza. También se reclama simplificar y digitalizar los procesos, aprovechando mejor los datos públicos para evitar trámites redundantes, y reforzar la transparencia, de modo que cada comunidad publique con claridad cuánto presupuesto dedica, a cuántos beneficiarios alcanza, qué cuantía media paga y en qué plazos resuelve.
Hay un tercer bloque que toca una fibra más profunda: la equidad social. El estudiantado pide que se priorice de verdad a quienes tienen menos oportunidades y que las becas no se limiten a ser un complemento genérico, sino una herramienta para garantizar la inclusión. También plantea incentivar las estancias largas con ayudas adicionales, algo lógico en un momento en que una movilidad más prolongada suele implicar más coste, más papeleo y más necesidad de estabilidad financiera. No es una reivindicación ornamental. Es una discusión muy concreta sobre quién puede estudiar fuera y en qué condiciones.
El contraste con las nuevas becas Medrano
En mitad de este debate ha aparecido otra noticia universitaria que funciona casi como espejo incómodo. El Gobierno ha anunciado el lanzamiento de las becas Luisa de Medrano para impulsar la movilidad entre universidades españolas, con 900 euros mensuales durante nueve meses, es decir, 8.100 euros por curso, y con la previsión de llegar a 2.300 estudiantes en la primera convocatoria de 2026-2027. El programa recupera, en espíritu, las antiguas becas Séneca, eliminadas en 2013, y busca reforzar la movilidad interterritorial dentro de España.
El contraste es llamativo. Mientras se plantea una movilidad nacional con un apoyo de 900 euros al mes y pago en un solo abono, la movilidad internacional Erasmus+ sigue dependiendo de una arquitectura donde las diferencias autonómicas son muy marcadas y donde muchas ayudas complementarias siguen siendo modestas, tardías o desiguales. No se trata de oponer una beca a la otra. Las Medrano cubren otra realidad y responden a otro objetivo. Pero la comparación deja una pregunta bastante evidente en el aire: si el sistema reconoce que estudiar fuera de casa dentro de España exige un respaldo potente, ¿cómo se justifica que estudiar fuera de España siga dependiendo de apoyos tan dispares según el territorio de origen?
Además, el propio diseño de las Medrano revela algo importante: cuando hay voluntad política, se puede crear un esquema más claro, más visible y mejor financiado. La discusión, por tanto, no gira ya en torno a la imposibilidad técnica de mejorar Erasmus+, sino a la falta de una decisión suficiente para ordenar el mapa de ayudas y corregir la brecha territorial. El debate está maduro. Los datos, también. Lo que falta es mover ficha de manera más ambiciosa.
La brecha no es solo presupuestaria
Sería un error pensar que todo se reduce a poner más dinero sin tocar el resto. La desigualdad Erasmus+ en España es presupuestaria, sí, pero también administrativa y política. Hay comunidades que convocan antes, otras después; unas cubren más meses, otras menos; unas integran mejor criterios de renta o situaciones vulnerables, otras los dejan en segundo plano. Incluso el modo en que se comunica la ayuda, se resuelve la convocatoria o se informa del calendario influye en la capacidad de planificación. En la práctica, lo que vive el estudiante no es una beca única, sino una combinación de capas: tramo europeo, tramo estatal, tramo autonómico, apoyo universitario y, en demasiados casos, apoyo familiar.
Por eso el informe insiste en que la financiación en términos reales se mantiene parecida a ejercicios anteriores, pese a las subidas nominales. Porque la experiencia final no depende de una sola cifra. Depende del ensamblaje completo. Y ahí siguen apareciendo los mismos problemas que hace años: cobertura insuficiente de toda la estancia, retrasos en el pago, poca homogeneidad territorial y escaso peso relativo de la dimensión socioeconómica. Cambian algunas cuantías, mejoran algunos presupuestos, entra Madrid con una nueva ayuda, Cataluña incrementa el suyo, Galicia acelera. Bien. Pero el modelo de fondo sigue dejando demasiados huecos.
Tampoco conviene olvidar el impacto que esto tiene en la propia idea de universidad pública. Erasmus+ no es un capricho turístico ni una medalla curricular para adornar el expediente. Es una herramienta académica, lingüística y profesional, cada vez más valiosa en un mercado laboral donde la experiencia internacional cuenta, y donde el aprendizaje fuera del aula —adaptación, autonomía, red de contactos, soltura intercultural— pesa de verdad. Si esa herramienta se vuelve más accesible para quien sale desde ciertas comunidades y más precaria para quien sale desde otras, la desigualdad deja de ser solo económica: se convierte también en una diferencia de oportunidades formativas.
Un mapa que obliga a revisar el modelo
A estas alturas, el debate ya no debería estar en si la brecha existe. Existe y está medida. La cuestión es si España quiere seguir aceptando que la movilidad universitaria internacional dependa tanto del territorio de origen. Porque eso es exactamente lo que muestran los datos: un sistema que, aun habiendo mejorado en volumen de presupuesto, no ha corregido la fractura autonómica y sigue dejando demasiado espacio al azar geográfico.
La fotografía final es nítida. Andalucía lidera, País Vasco se mantiene entre las comunidades que mejor cofinancian, Aragón y Comunidad Valenciana sostienen complementos relevantes, Extremadura añade una cuantía fija adicional, Cantabria opta por un pago único, Madrid se ha incorporado al esquema con presupuesto propio y Cataluña ha reforzado el suyo. En paralelo, Murcia queda hundida en el extremo más bajo, Asturias sigue en posiciones débiles, y territorios como Baleares o Castilla-La Mancha han arrastrado problemas de convocatoria. Ese mapa no responde a un criterio común de equidad. Responde a decisiones políticas distintas, y a prioridades presupuestarias que no siempre colocan la movilidad estudiantil en el mismo lugar.
De ahí que la reforma que más sentido tiene no sea una promesa grandilocuente, sino algo bastante más sobrio y útil: un mínimo común exigible, criterios más transparentes, más peso de la renta y menos retraso. Nada revolucionario. Más bien lo contrario. Un sistema menos arbitrario, más previsible y un poco más justo. Porque una beca Erasmus+ debería servir para abrir puertas, no para recordar que, incluso antes de salir del país, ya se compite con ventajas y desventajas de origen.
Erasmus, pero no a dos velocidades
Lo que deja esta nueva radiografía de las becas es una evidencia incómoda: la movilidad europea sigue dependiendo demasiado del código postal universitario. Y mientras eso no cambie, seguirá habiendo estudiantes que miren su plaza Erasmus con entusiasmo y otros que la miren, antes que nada, con angustia financiera. No es una cuestión menor. Tampoco un simple desajuste entre administraciones. Es una desigualdad que atraviesa una de las experiencias universitarias más valiosas de las últimas décadas.
La discusión ya no pasa por decidir si Erasmus+ es importante. Lo es. Pasa por asumir que su acceso efectivo no puede seguir descansando en una cofinanciación tan desigual. Cuando una comunidad aporta 25 euros y otra puede rozar los 473 mensuales, el mensaje que deja el sistema es demasiado claro: la misma Europa pesa distinto según desde dónde se salga. Y ese, por mucho que se envuelva en siglas, convocatorias y declaraciones institucionales, sigue siendo un problema muy español.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/beca-erasmus-cambia-segun-comunidad/
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