

Una batalla tras otra se impone como la película más honesta —y por ello más ardua— del año. No busca agradar ni ordenar; se limita a ser fiel a la materia que contempla.
En un tiempo que ha perdido la capacidad de síntesis, el filme renuncia a imponer una armonía falsa y asume la fractura como método. Aquí la forma no acompaña al fondo: lo encarna. Cada decisión estética es una toma de posición moral. La película está herida porque el mundo que mira lo está, y fingir lo contrario sería una impostura.
Se ha calificado su narración de esquizofrénica, y el término, bien entendido, resulta iluminador. “Esquizofrenia” proviene del griego schízein —partir— y phrēn —mente—: mente partida. Así viven los personajes, escindidos entre impulsos incompatibles, atrapados en una identidad que ya no logra mantenerse unida.
Y así se comporta el relato: fragmentado, discontinuo, a ratos contradictorio. No hay progreso lineal porque no hay vida lineal que contar. La película no se desordena por incapacidad, sino por fidelidad. Ordenar este mundo sería mentir sobre él.
El argumento, reducido a lo esencial, puede enunciarse sin dificultad. Un conjunto de personajes se mueve en torno a un conflicto violento, una guerra persistente y mal delimitada que nunca termina de concretarse y que, precisamente por eso, lo impregna todo.
No hay una batalla decisiva ni una victoria final; cada enfrentamiento engendra otro. Las relaciones, los trabajos, las lealtades quedan subordinadas a esa lógica de combate permanente.
El título no promete épica, sino repetición: siempre hay otra batalla esperando. La historia no avanza hacia una resolución, sino que gira sobre sí misma, acumulando desgaste.
La libertad con la que está filmada remite a la Nouvelle Vague, no como cita nostálgica, sino como gesto de insubordinación radical. El filme se resiste a las convenciones del relato clásico, al arco psicológico tranquilizador y al confort del espectador.
Al mismo tiempo, su rigor visual y su atención al vacío lo emparentan con la estética de Michelangelo Antonioni: planos que no explican, silencios que no rellenan, espacios que aplastan a los cuerpos.
Como en Antonioni, la alienación no se diagnostica; se hace visible.
En este terreno, Paul Thomas Anderson confirma una libertad creativa poco común en el cine contemporáneo. Junto a Christopher Nolan, mantiene un pulso tácito por algo más que la excelencia formal o el reconocimiento crítico: por el legado simbólico de Stanley Kubrick.
Si Nolan persigue la arquitectura total, el sistema perfecto que lo abarque todo, Anderson opta aquí por lo contrario: mostrar la grieta, dejar el mecanismo a la vista, aceptar que el mundo ya no puede narrarse como un todo coherente.
Dos caminos opuestos hacia una misma pregunta: cómo filmar la verdad en una época que desconfía de toda verdad.
Desde una lectura teológica, la película resulta inquietantemente reveladora. El universo que presenta está saturado de exigencia, de conflicto y de juicio, pero casi desprovisto de gracia. Todos luchan, todos buscan justificarse, todos reclaman tener razón, y sin embargo nadie descansa.
La batalla se convierte en identidad; la violencia, en lenguaje. La Escritura recuerda que “no tenemos lucha contra sangre y carne”, pero aquí toda lucha se reduce precisamente a eso: cuerpos enfrentados, voluntades en choque, egos intentando salvarse a sí mismos.
La ausencia de una palabra reconciliadora no es un vacío accidental del guion, sino el núcleo de su diagnóstico espiritual.
Y, sin embargo, la película no celebra esa ausencia. La padece. En su negativa a cerrar el sentido, en su resistencia a ofrecer una redención prefabricada, deja entrever una intuición profunda: si todo está roto, es porque algo —o Alguien— falta.
La fragmentación no es una conquista, sino una herida abierta. La forma quebrada señala una quiebra más honda. Una batalla tras otra no proclama esperanza, pero la echa de menos con una intensidad que pocas películas contemporáneas se atreven a sostener.
Quizá por eso su impacto perdura: porque muestra a un mundo exhausto de luchar y todavía incapaz de rendirse, esperando, sin saberlo, una paz que no puede darse a sí mismo.
Samuel Arjona
Fuente de esta noticia: https://protestantedigital.com/pantallas/71238/mente-partida-gracia-ausente-el-combate-interminable-de-una-batalla-tras-otra
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