
La noción de capacidad de asombro ha estado presente desde los albores de nuestra cultura, y desde siempre se reconoció su valor. En el pensamiento griego, es lo que nos lleva a preguntar por qué las cosas son como son.
Platón afirma categóricamente que “el asombro es el origen de la filosofía”. Y que sin asombro la mente permanece dormida. Por su parte, Aristóteles sostiene que es lo que nos saca de la ignorancia. Y que es una experiencia propia no solo de niños, o de científicos y filósofos, sino de todos. En tiempos modernos, Heidegger enfatizó que el asombro no es una vivencia exclusiva ante fenómenos extraños, sino ante lo más cotidiano: la admiración de que “las cosas sean”. Y Catherine L’Ecuyer, una de las voces actuales destacadas en educación, afirma: “El asombro es el deseo intrínseco de aprender y debemos proteger al niño del bombardeo informativo”.
Por su parte, para E. Fromm “la capacidad de asombro no solo es necesaria, sino que es la condición previa fundamental para todo acto creativo, científico y emocional profundo. Motor de la productividad humana, del conocimiento, de la ética y la espiritualidad, es una potencialidad universal, pero que a menudo se encuentra atrofiada por las estructuras sociales modernas que privilegian el consumo y la conformidad. La sociedad suele considerar normales ciertas patologías, como en este caso, por su frecuencia en la población. Pero su carencia no deja de ser una patología. La persona mentalmente sana es aquella que conserva la frescura de su percepción y puede asombrarse ante lo cotidiano. Perder el asombro es un síntoma de deshumanización, mientras que cultivarlo es un acto de salud”. En consecuencia, siendo una capacidad humana esencial cuyo déficit en la sociedad actual implica una falencia grave, se justifica que atendamos a ella.
Una experiencia enriquecedora
Definimos la capacidad de asombro como la facultad de sorprenderse, maravillarse y encontrar lo extraordinario en lo cotidiano. Esto ya supone que es una experiencia enriquecedora, que nos aporta un sinnúmero de beneficios intelectuales y emocionales.
El que tiene capacidad de asombro tiene una mente ágil y un espíritu despierto Es una disposición psicológica que impulsa la curiosidad y estimula el aprendizaje, nos motiva a explorar y entender entornos desconocidos y buscar el sentido de las cosas. Además, mejora del pensamiento crítico, ya que facilita que procesemos más cuidadosamente la información Es una capacidad innata que fomenta la creatividad, pero si no la ejercitamos puede atrofiarse, y su ausencia conducirnos al automatismo de la rutina y la apatía. Al mismo tiempo, es una fuente de salud mental, fomenta el bienestar emocional y ayuda a reducir el estrés y disfrutar del presente. Y como nos aporta el insuperable beneficio de conectarnos con la naturaleza y la humanidad, reduce nuestro egocentrismo y nos ayuda a centrarnos en el exterior y conectarnos con la realidad. Se constituye, pues, en antítesis de la depresión. Por otro lado, facilita la relación con las personas que nos rodean y con la sociedad en su conjunto. Ayuda a apreciar el valor de los demás y ponernos en el lugar del otro. Investigaciones recientes señalan que las experiencias de asombro pueden volvernos más compasivos y dispuestos a ayudar.
Las grandes fuentes del asombro
El mundo natural es el que brinda el escenario donde juegan su existencia los demás seres. Tierra, mar y cielo nos deslumbran con los fenómenos de un mundo inmenso y maravilloso. Las montañas nos impresionan por su altura y por su carácter inamovible, y a su vez, la profundidad de sus abismos nos conmueve. Por otro lado, desde los principios de nuestra cultura, el mar ha significado para el hombre el ámbito de un poder misterioso. Por su parte, el cielo nos abre el panorama del espacio sideral que nos deslumbra. El misterio del Cosmos nos orienta hacia el infinito y su grandiosidad excede todo pensamiento. Así, cuando afirmamos, por ejemplo, que la estrella más cercana fuera del sistema solar se encuentra a unos 40 billones de kilómetros, o sea: a 4,24 años luz de distancia, ¿nos damos cuenta de lo que decimos? ¿o estamos expresando palabras cuya significación nos sobrepasa? Esta realidad inabarcable nos recuerda la escena que describe Agustín de Hipona: un niño hizo un pocito en la playa y con su baldecito viene trayendo el agua de la orilla y la va depositando allí. Un adulto de intereses filosóficos le pregunta qué está haciendo, y le responde: “Voy a traer toda el agua del mar adentro de este hoyito” Y cuando el adulto le dice que eso es imposible, el niño le responde: “¿Y tú quieres abarcar con tu cerebro toda la grandiosidad del Universo?”
Montañas nevadas, cataratas majestuosas, paisajes imponentes, auroras boreales desbordantes de colores, arroyos con un cautivante susurro cristalino y otros incontables fenómenos de similar belleza, nos deslumbran y fascinan.
El misterio de la vida
Y sobre ese mundo físico natural se despliega el fenómeno de la vida. Llamamos naturaleza al conjunto de todo lo que existe en el universo de forma espontánea, sin que haya sido creado o transformado por la intervención del ser humano. Está integrada tanto por el mundo físico y material como por la exuberante riqueza de la vida en general. Y nosotros vivimos dentro de la naturaleza, fuente inagotable de asombro.
La vida es esa fuerza silenciosa y permanente que lleva a los seres vivos a nacer, desarrollarse y reproducirse, con la maravillosa capacidad de regenerarse, de adaptarse a los distintos ambientes y de perpetuarse a través de un proceso evolutivo continuo. El conjunto de los seres vivos, animales y vegetales, funciona como si fuera un solo ser, donde las especies se complementan, unidas por necesidades reciprocas. La vida desbordante se expresa a través la infinitud de colores de las flores, de la variedad de canto de los pájaros, de la inabarcable biodiversidad dentro de selvas impenetrables, de praderas hábitat de múltiples especies animales, de la vida oculta en la profundidad de los mares… Es lógico el asombro si nos encontramos frente una secuoya roja, la especie de árbol más alta del mundo. El ejemplar de mayor altura mide 115,85 metros. ¡Es más alto que la Estatua de la Libertad! Estos gigantes crecen de forma natural en una costa de Estados Unidos, y no solo son altos, sino también antiguos: ¡pueden vivir entre 1200 y 1800 añoso más!… Pero también es admirable, en el otro extremo, la complejidad de los procesos de los organismos más pequeños que hoy estudian los científicos. Por ejemplo, los nanobios son estructuras microscópicas consideradas como las formas de vida más pequeñas, diez veces menores que las bacterias conocidas. Tienen capacidad de crecimiento y pueden cultivarse en laboratorio. En el ámbito de la vida, la biofilia es un concepto acuñado por Erich Fromm ydefinido como la atracción por la vida, el natural impulso humano hacia lo viviente. Es un índice de normalidad psicológica, así como la necrofilia es lo opuesto, patología cuya cruda expresión ha sido la personalidad de Hitler. La biofilia Incluye la conexión con la naturaleza y la unión necesaria entre los humanos y el medio ambiente. En consonancia, según Edward O. Wilson, existe un Instinto biofílico: una necesidad humana, subconsciente o heredada, hacia lo viviente. Y en el contexto de la arquitectura, hoy el diseño biofílico busca integrar elementos naturales en el entorno para mejorar el bienestar. El misterio de la vida ha sido un interrogante perpetuo para el hombre.
La grandeza de la vida humana
Y en nuestro camino de admiración por la vida nos encontramos con un escenario superior, que es la Existencia humana. El hombre, por encima de los seres vivos, posee una inteligencia que le permite una comprensión de la realidad, una voluntad con la que puede lograr transformaciones de su medio, una vida emocional que enriquece los vínculos entre las personas y una imaginación que le permite una creatividad fecunda para innovar y generar cambios en la sociedad.
El ser humano ha modificado el planeta y ha logrado construcciones que provocan honda admiración. Las grandes urbes expresan la fuerza de su potencial, alcanzando construcciones tecnológicas que maravillan. Ha sido capaz de construir autopistas, vías férreas, puentes, embalses, túneles y edificios de envergadura colosal. Hasta ha logrado controlar la energía atómica, ha desarrollado el mundo de las comunicaciones y el mundo digital y se ha lanzado a la conquista del espacio cósmico, así como a adentrarse en la profundidad de la vida biológica, con progresos en la medicina nunca imaginados. Nuestra capacidad de asombro se dilata ante el admirable progreso de las ciencias, producto del enorme potencial de la mente humana.
El mundo de la espiritualidad
La vida humana, además, se expande más allá de lo biológico. Pertenece al mundo de la espiritualidad.
Poseemos la capacidad de la creatividad y de la percepción de la belleza. Y el desarrollo alcanzado en lo literario, lo musical y lo artístico ha sido maravilloso.
Pero, capaces de autoconciencia, nuestro don más precioso es la libertad, la capacidad de discernir y elegir entre opciones y decidir con autonomía. Por otro lado, poseemos condiciones morales que solo nosotros poseemos: un sentido ético, una idea de la justicia y de la injusticia y una conciencia que alimenta nuestra responsabilidad.
Además, contamos con una voluntad y una resiliencia ante la adversidad que puede alcanzar niveles de heroísmo. La verdadera grandeza humana no está en el poder sino en su carácter de seres sociales, hechos para vivir en comunidad, capaces de superar el egoísmo, con disponibilidad para el servicio a los demás, desarrollar los vínculos humanos de la solidaridad y la cooperación, la fraternidad y la compasión. En todos los tiempos la historia humana ha contado con personalidades ejemplares. En los nuestros, verdaderos profetas como un Gandhi, una Teresa de Calcuta, un Mandela o un Luther King … Y hasta, al parecer, pudiendo asomare hoy a niveles de solidaridad y cooperación entre naciones, cosa casi desconocida hasta el presente. El envío de ayuda por parte de México a Cuba de más de 814 toneladas de víveres e insumos básicos es un gesto de solidaridad ante una crisis severa, sin que tengan una ideología política común. Cuba atraviesa una de las crisis humanitarias y energéticas más críticas de su historia reciente, con una escasez brutal de alimentos. La ayuda mexicana busca aliviar de forma directa el desabastecimiento de la población civil. En el orden de la espiritualidad, la capacidad de asombro y la fe, en el creyente se unifican. Su grado mayor de admiración tiene lugar en el encuentro, no con una entidad abstracta o una fuerza inmaterial e impersonal, sino con un Dios personal, creador del Universo, con el cual puede hablar a través de la oración. Y los cristianos centramos el asombro máximo en la persona de Cristo.
En resumen: el asombro es despertar, salir del encierro del egocentrismo, abrir las ventanas del alma, asomarse a la alegría de la creación, participar de la vida con otros y disfrutar de los bienes de la Naturaleza, que para eso están, para todos. La persona que sigue poseyendo la capacidad de asombro está mostrando que su existencia se mantiene en consonancia con su condición humana.
Cumple una función silenciosa que sostiene ecosistemas enteros y permite que la vida continúe fluyendo.
Cuando entendemos que cada organismo es una obra maestra biológica, nace una nueva forma de respeto.
Preservar la vida no debería ser un acto selectivo, sino un compromiso profundo con toda la red que nos sostiene.
Cuidar a los seres más humildes es también cuidar la inteligencia de la Tierra, su memoria y su capacidad de regenerarse.
Reconocer su valor es un paso esencial para reconciliarnos con la naturaleza y asumir, con humildad, nuestro lugar dentro de ella.
Hugo Polcan
Fuente de esta noticia: https://www.xn--lamaana-7za.uy/opinion/la-capacidad-de-asombro/
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