El poniente se ha cebado con Valencia: rachas de 90 a 150 km/h, heridos e incidentes, y claves de por qué se repite y cuándo afloja otra vez.
Valencia lleva semanas con el aire atravesándole las calles como una radial: no es una racha suelta ni una tarde mala, es un episodio encadenado de poniente —viento de componente oeste— que se reactiva una y otra vez al paso de borrascas y cambios bruscos de presión. El resultado se traduce en avisos oficiales, en cierres preventivos y en una ciudad con el gesto torcido: el episodio más delicado de esta tanda se concentra entre el martes 10 y el miércoles 11 de febrero, con aviso naranja en el litoral norte de la provincia por rachas que pueden alcanzar los 90 km/h, un nivel ya serio para entornos urbanos y costeros, donde cualquier elemento suelto se convierte en proyectil.
La idea de “cuándo se acaba” tiene trampa, porque el viento no funciona como un interruptor. Lo que sí marca el calendario es la ventana de riesgo: los avisos se fijan con hora y fecha, y en este caso el tramo fuerte llega con el poniente más tenso y generalizado, dejando después un descenso de intensidad… pero no necesariamente silencio. La atmósfera está montada en modo pasillo atlántico, con borrascas de alto impacto —entre ellas Leonardo, nombrada el 2 de febrero— y un patrón de presión que favorece que el aire vuelva a coger carrerilla hacia el Mediterráneo.
El poniente que se ha instalado en la ciudad
El viento de poniente en Valencia no es un visitante raro; lo raro es la persistencia y la facilidad con la que, estos días, pasa del “molesta” al “peligra”. El poniente llega desde el interior y, cuando viene seco y recalentado, puede incluso empujar las temperaturas hacia arriba en pleno febrero, un efecto que se ha notado en comarcas como La Safor, con máximas por encima de los 20 grados en episodios recientes. Pero lo que está marcando titulares no es el termómetro: es la sensación de golpe, ese empujón lateral que aparece en una esquina, en un puente o en una avenida larga; la ráfaga corta que te obliga a frenar, la que hace vibrar una persiana como si alguien llamara a la puerta con prisa.
En lo meteorológico, el poniente fuerte suele ser un síntoma de contraste de presiones: un “tirón” entre áreas de bajas presiones y altas presiones que acelera el flujo de aire. En un mapa queda limpio, casi bonito; en la calle se traduce en turbulencias, especialmente en zonas donde los edificios crean embudos. Ahí el viento no sopla uniforme; golpea a trompicones. Y por eso la ciudad sufre más de lo que a veces sugieren las cifras oficiales: no es solo la velocidad, es cómo se canaliza en plazas, cruces, fachadas, patios interiores y pasillos urbanos que convierten el aire en algo físico, casi sólido.
A esta ecuación se le suma un detalle que Valencia conoce demasiado bien: la vulnerabilidad del entorno construido. Una racha de viento fuerte no “inventa” el problema; lo destapa. Encuentra el cartel mal anclado, la cornisa fatigada, el toldo que aguantó tres veranos pero no este febrero, la palmera con el tronco ya tocado. Cuando el poniente llega con insistencia, la ciudad se llena de pequeñas alarmas materiales: vallas que se desplazan, cristales que tiemblan, ramas que caen sin aviso y ese ruido seco —cascote contra acera— que cambia el ritmo del día.
Avisos naranjas y horas marcadas: lo que dice el parte
En los avisos por viento hay un dato que manda sobre el resto: la franja horaria. Para el litoral norte de la provincia de Valencia, el escenario de mayor riesgo se ha comunicado como aviso naranja por rachas máximas de 90 km/h, con un tramo que abarca desde el mediodía del martes 10 hasta la noche del miércoles 11, un margen amplio que explica por qué la sensación en la calle es la de “otra vez”. No es una tarde, es casi dos días completos con el poniente empujando y la ciudad funcionando en modo prudencia.
Cuando la alerta sube a naranja, el vocabulario institucional cambia: ya no se habla solo de incomodidad, se habla de riesgo importante. La experiencia reciente en la Comunitat Valenciana refuerza esa lectura, porque en episodios anteriores —a finales de enero, por ejemplo— se activaron avisos naranjas en comarcas del interior como la Costera y la Canal de Navarrés por rachas del oeste por encima de 90 km/h, con registros que alcanzaron 119 km/h en Quesa y superaron los 110 en otros municipios. Es un recordatorio de que el viento fuerte no se queda en la costa: a veces se hace más feroz en el interior, donde la orografía y la exposición amplifican el golpe.
Esa cadena de episodios, con pausas cortas y reactivaciones, es lo que alimenta la idea de “no parar”. No es que el viento sea continuo día y noche a la misma intensidad; es que el patrón se repite con facilidad, y cada vez que vuelve lo hace con la credibilidad ganada de la semana anterior. Valencia, además, ha pasado por demasiadas alertas en poco tiempo como para mirar el cielo con indiferencia: cuando suena la palabra “aviso”, la ciudad ya no la oye como ruido de fondo.
La semana en que el viento pasó de molesto a peligroso
El episodio que marcó el punto de inflexión llegó el jueves 5 de febrero, con la Comunitat en alerta y la provincia de Valencia registrando cifras que no se discuten: en Buñol se midieron rachas de hasta 150 km/h, una velocidad que entra en el territorio de daños generalizados si encuentra el material adecuado para romper. Ese mismo día, en Valencia capital, el balance inmediato dejó tres personas heridas, y la palabra “poniente” empezó a sonar menos meteorológica y más policial: ya no era el viento, era lo que el viento tiraba.
En el centro de la ciudad, una de las escenas más comentadas ocurrió en la plaza del Ayuntamiento, donde el viento tiró cartelería metálica y un ventanal de un restaurante, provocando heridas leves a una ciudadana extranjera que pasaba por la zona y que fue trasladada a un hospital. No hubo misterio: fue la física más simple, la de un elemento que cede cuando el aire empuja con fuerza. Al lugar acudió el concejal de Emergencias, Juan Carlos Caballero, para una primera valoración.
Ese mismo jueves se registró también otro herido en el entorno de Guillem de Castro, golpeado por una farola derribada por el viento, con traslado al Hospital General por contusión en la espalda, según la información difundida en esas horas. Y hubo un tercer caso en Campanar, dentro del mismo balance de una jornada que obligó a los servicios municipales a multiplicarse. No fue un día “de viento”, fue un día de incidencias.
El mapa de rachas, además, se extendió más allá de la provincia: ese 5 de febrero se informó de 133 km/h en Villena, y en el área valenciana aparecieron registros de 131 km/h en Paterna, 126 km/h en Quart de Poblet y 119 km/h en Sollana, según la Asociación Valenciana de Meteorología, Avamet. Son números que explican por qué las noticias de aquel día no iban de meteorología abstracta, sino de árboles en el suelo, vallas dobladas y servicios de emergencia ocupados.
314 incidentes en València y una ciudad en modo contención
El día después, con el episodio todavía presente, el balance de emergencias en la ciudad de València dejó un dato que habla solo: 314 incidentes gestionados en un corto margen de tiempo, con un catálogo muy reconocible en temporales de viento: árboles caídos y desprendimientos de ramas y palmeras, mobiliario urbano desplazado, cascotes de fachadas, roturas de cristales, vallas y carteles publicitarios arrancados, antenas descolgadas, postes de alumbrado derribados. No hace falta dramatizar cuando el listado es así de concreto: el viento se convierte en una fuerza que “desordena” la ciudad pieza por pieza.
En estas situaciones, las decisiones municipales suelen ir por delante del golpe, porque el riesgo en ciudad no es solo la caída; es la caída donde hay tránsito. Por eso se cierran parques y jardines en cuanto el viento aprieta, y por eso se insiste en asegurar elementos sueltos. Valencia no necesita lluvia para tener un día complicado: con rachas intensas, cualquier desplazamiento se vuelve un trayecto con puntos ciegos, especialmente en zonas arboladas o con fachadas antiguas. El poniente, cuando entra a ráfagas, convierte la acera en un lugar menos previsible.
Hay además un detalle que se cuela en febrero por calendario: la plaza del Ayuntamiento y su entorno se preparan para semanas de actos y concentraciones, y los servicios municipales revisan cornisas, balcones y elementos ornamentales en inspecciones preventivas. Es una foto que, leída junto al temporal, suena lógica: una ciudad que se mira las costuras, porque sabe que una vibración —sea por mascletà o por viento— encuentra primero lo que está flojo.
El viento deja también imágenes más discretas pero igual de reveladoras: árboles caídos sobre vías del tren en municipios de la provincia, cortes parciales, retiradas de urgencia. No siempre salen en portada, pero forman parte de la misma película. El episodio no es solo lo que ocurre en el centro; es lo que ocurre en una red amplia, donde cada rama caída tiene un coste de servicio, tiempo y coordinación. Ese es el desgaste real de un viento que vuelve.
Por qué son tan fuertes: presión, pasillos y una atmósfera en racha
La explicación de la fuerza no está en una sola causa, sino en una combinación que encaja demasiado bien para el poniente. Primero, el gradiente de presión: cuando la diferencia entre altas y bajas presiones se marca, el aire acelera para “equilibrar” el tablero, y lo hace siguiendo trayectorias que a menudo vienen del Atlántico y se canalizan hacia el Mediterráneo. Segundo, la circulación atlántica activa: en estas semanas, el paso de borrascas ha sido constante, con sistemas de impacto que han dejado lluvia en unas zonas y viento muy fuerte en otras, y con episodios en los que se ha advertido de rachas muy fuertes en amplias regiones.
Ahí entra un nombre propio que ha servido para ordenar la conversación meteorológica: Leonardo. En el sistema de nombramiento del suroeste europeo, AEMET participa junto a otros servicios meteorológicos, y la temporada 2025-2026 ha ido sumando borrascas con nombre cuando se espera un impacto relevante. En esa lista, Leonardo figura como borrasca de alto impacto, nombrada el 2 de febrero de 2026 por el servicio meteorológico portugués. Esa fecha importa porque marca el inicio de un tramo especialmente agitado, donde el viento se ha convertido en protagonista recurrente, también en la Comunitat Valenciana.
El tercer ingrediente es local y muy valenciano: la orografía y la exposición. El aire que baja hacia la costa puede ganar velocidad en corredores naturales; en zonas abiertas, la racha se estira y se hace más sostenida. En ciudad, el problema cambia: la fuerza se fragmenta en turbulencias. Una racha de 80 o 90 km/h, en un barrio con edificios altos, se siente como varios golpes laterales, y esos golpes son los que sueltan carteles, mueven cristaleras o tumban ramas que parecían firmes. El viento no tiene que ser constante para ser peligroso; le basta con ser imprevisible.
Y luego está el factor que más desespera: la repetición. Cuando una borrasca se debilita pero otra está en camino, el patrón se mantiene. AEMET ha señalado en estos días la posibilidad de que, tras el debilitamiento de Leonardo, llegue otra borrasca atlántica que vuelva a intensificar la situación en diferentes zonas del país. No significa que Valencia vaya a replicar el peor momento cada día; significa que el escenario general favorece que el viento reaparezca con facilidad.
¿Cuánto durará esta vez? La respuesta que sí se puede dar
La respuesta más honesta mezcla certeza y prudencia, y se apoya en lo único que es realmente sólido: el aviso vigente. Para el litoral norte de Valencia, el aviso naranja por 90 km/h se extiende entre el martes 10 y el miércoles 11, con horas concretas y una probabilidad asociada, y eso dibuja el tramo en el que se espera el viento más comprometido. Después, lo habitual es que la intensidad baje de escalón, que el poniente siga pero pierda filo, y que el parte cambie de color. No hay magia; hay meteorología de transición.
La experiencia inmediata de finales de enero y primeros de febrero ayuda a leer lo que viene: episodios que suben de nivel durante unas horas, dejan rachas muy altas, y luego aflojan lo justo para que la ciudad recoja y repare, antes de que llegue otra tanda. En la Comunitat Valenciana, ese ciclo ha sido especialmente visible: avisos naranjas en comarcas del interior a finales de enero, un repunte fuerte con el episodio del 5 de febrero, y ahora un nuevo aviso naranja a caballo entre el 10 y el 11. La historia no es una línea recta; es una sucesión de dientes de sierra.
También hay una diferencia importante entre “fin del episodio” y “fin del riesgo”. El riesgo urbano no desaparece cuando el viento baja de 90 a 60. Con rachas moderadas aún se pueden producir caídas si hay elementos dañados por el golpe anterior, árboles debilitados, fijaciones flojas o cristaleras tocadas. Por eso, cuando se habla de duración, conviene pensar en dos tiempos: el del viento fuerte que activa avisos naranjas y el del pos-episodio, cuando la ciudad sigue viviendo entre revisiones y pequeñas reparaciones.
En cualquier caso, la foto del miércoles 11 es clara: el parte meteorológico sigue siendo protagonista en Valencia y provincia, con intervalos nubosos, probables precipitaciones débiles en puntos del interior y el viento como el elemento que condiciona el día. La atmósfera no ha cerrado el grifo todavía; simplemente lo regula por tramos.
¿Ha pasado antes? Sí, y con cifras que todavía impresionan
Valencia no está ante un fenómeno desconocido, aunque cada episodio tenga su propia firma. Hay precedentes de rachas notables en registros oficiales: en marzo de 2020, el aeropuerto de Manises llegó a medir una racha de 109 km/h, señalada entonces como la más fuerte registrada en un mes de marzo en décadas en la Comunitat Valenciana. Ese dato sirve para poner escala: el viento fuerte aparece, se va, vuelve; lo que cambia es su frecuencia y el contexto, y ahora el contexto está cargado de episodios seguidos.
La comparación histórica, aun así, tiene límites. Las ciudades cambian: hay más mobiliario urbano, más cerramientos ligeros, más terrazas, más superficies acristaladas, más elementos que no están pensados para rachas sostenidas. Y el propio entorno natural cambia: árboles que han sufrido sequías, podas agresivas o estrés, y que pueden fallar antes. Por eso el viento de hoy no se mide solo con la hemeroteca; se mide con el inventario urbano que tiene delante.
En esta última cadena de temporales hay además un factor de percepción que pesa: la sensación de que el clima está “dando poco descanso”. No es una frase poética; es una realidad administrativa. Cada aviso implica coordinación de servicios, preventivos, inspecciones y respuesta. Y cuando los avisos se repiten, el cansancio se acumula. En Valencia, ese cansancio no se explica solo por el viento; se explica por lo que viene detrás en la memoria.
La sombra de la DANA: nervio y memoria corta en las calles
El viento no es la DANA, y mezclar fenómenos sería un error, pero el ambiente social sí se mezcla. Valencia y su área metropolitana siguen atravesadas por la herida de la DANA del 29 de octubre de 2024, cuya investigación judicial ha ido fijando una cifra oficial de víctimas mortales que alcanzó las 230 tras un auto del Tribunal de Instancia de Catarroja. La última víctima reconocida oficialmente fue un hombre de 74 años, vecino de Catarroja, fallecido el 3 de noviembre en el Hospital La Fe por un tromboembolismo pulmonar, según el nexo causal establecido en el procedimiento. Esa cifra y esa fecha no son meteorología, pero están en el mismo tablero emocional: cuando el cielo vuelve a empujar, la ciudad escucha distinto.
En esa investigación han aparecido nombres propios que forman parte del relato institucional de la emergencia: la jueza que instruye la causa, Nuria Ruiz Tobarra, y responsables políticos de la gestión de entonces, entre ellos la exconsellera Salomé Pradas, a quien se le han requerido comunicaciones de aquel día dentro del marco de diligencias. Ese plano judicial es paralelo al temporal de viento, pero explica por qué cualquier nueva alerta se vive con una tensión extra, como si la ciudad caminara con el cuerpo ligeramente inclinado incluso cuando no sopla.
Volviendo al viento, el balance conocido de esta cadena en Valencia capital se ha centrado en heridos y daños materiales, con incidentes concretos y traslados hospitalarios, sin que se haya comunicado una cifra de víctimas mortales atribuibles al viento en la ciudad durante estos episodios. Ese matiz importa: el viento hace daño sobre todo por intermediarios —farolas, cristales, cornisas, ramas— y ahí la prevención y el estado del espacio público marcan la diferencia entre susto y tragedia.
Febrero aún con ráfagas en el guion de Valencia
La historia inmediata de este temporal se puede leer como una cronología de presión y respuesta: a finales de enero, avisos naranjas en comarcas interiores por rachas del oeste; el 2 de febrero, el nombre de Leonardo en el radar; el 5 de febrero, rachas de 150 km/h en Buñol, tres heridos en Valencia capital y registros por encima de 100 km/h en estaciones de la Comunitat; el 6, el recuento de 314 incidentes en la ciudad; el 10 y el 11, un nuevo tramo naranja en el litoral norte con rachas máximas previstas de 90 km/h. Son fechas encadenadas, y por eso la pregunta “por qué no para” suena tan razonable.
En medio, Valencia funciona con medidas que se repiten porque el riesgo se repite: retirada de elementos inestables, acordonamientos puntuales, cierres de parques cuando el viento aprieta, inspecciones en zonas sensibles, y un trabajo constante de los bomberos para sanear fachadas y retirar objetos arrastrados. El viento, en estos episodios, no es solo meteorología; es una prueba de estrés de la ciudad, de su mantenimiento y de su capacidad de respuesta rápida cuando algo se desprende.
El parte meteorológico seguirá cambiando, y el viento acabará aflojando, pero la ciudad no lo olvidará al instante. Queda la revisión de lo que se ha movido, el inventario de lo que se ha roto, la sensación de haber vivido otra semana con el cuerpo en alerta. En Valencia, este febrero está dejando una idea simple y muy poco literaria: el poniente puede ser cotidiano, pero cuando se encadena con avisos naranjas y rachas de 90 a 150 km/h, deja de ser un fondo sonoro y pasa a ser un asunto público, medible y, sobre todo, serio.
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Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: AEMET, Poder Judicial, Ayuntamiento de Sagunto, EFE, Cadena SER, La Vanguardia, Europa Press.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/viento-en-valencia/
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