Un email atribuido a Epstein salpica a Bill Gates con una supuesta ETS y antibióticos en secreto; los documentos publicados y el desmentido.
En la última descarga masiva de documentos del caso Epstein, lo que ha vuelto a colocar a Bill Gates en el centro del ruido no es una foto nueva ni una declaración bajo juramento que cambie el tablero, sino un borrador de email atribuido a Jeffrey Epstein. En ese texto se lanza una acusación muy concreta —y muy delicada—: que Gates habría contraído una enfermedad de transmisión sexual tras encuentros con “chicas rusas”, que habría pedido borrar correos relacionados con ello y que habría solicitado antibióticos para manejar el asunto con discreción dentro de su vida privada. No hay en ese borrador un informe médico, no hay un diagnóstico documentado, no hay una prueba clínica pública: hay una acusación escrita, con la textura del veneno que se guarda en un cajón y se agita cuando interesa.
El episodio cae dentro de un contexto institucional gigantesco: el U.S. Department of Justice ha publicado un lote de tamaño casi obsceno, con millones de páginas, miles de vídeos y decenas de miles de imágenes, parte de ellas con acceso restringido mediante verificación de edad por la naturaleza sexualmente explícita de ciertos materiales. En la explicación oficial se insiste en que no todo puede publicarse —por protección de víctimas, por investigación en curso, por material ilegal— y, a la vez, se reconoce un hambre pública de archivos que parece no tener fondo. En ese mar, un párrafo con un nombre famoso funciona como anzuelo: se clava rápido, tira fuerte, arrastra conversación.
El correo atribuido a Epstein: qué dice y qué no prueba
Lo primero, para no perder el norte: esto no es “Gates tiene una ETS” como hecho probado, esto es “aparece un borrador atribuido a Epstein que lo afirma”. Parece una diferencia de matiz, pero es una diferencia de mundo. Un documento puede existir y su contenido puede ser falso, exagerado o construido con intención de presionar; y, en el universo Epstein, esa posibilidad no es exótica, es parte del ADN del caso. Hay personas que almacenan fotos por nostalgia; hay otras que almacenan historias por poder. Aquí se está leyendo, sobre todo, el rastro de un modo de operar: escribir cosas que te permitan controlar la temperatura de una relación, subirla o bajarla según convenga.
Según la descripción que se ha difundido, uno de los textos se sitúa en julio de 2013, con un asunto directo —“Bill”— y un contenido que mezcla sexo, enfermedad y borrado de huellas digitales. La frase más corrosiva no es la de “ETS” en abstracto, sino la que introduce la intimidad familiar: la idea de conseguir antibióticos para administrarlos a Melinda French Gates de forma discreta, como si el matrimonio fuese parte de la operación y no solo el entorno. Ese giro convierte una supuesta infección en un relato de engaño doméstico, de culpa que se reparte a golpes de insinuación. Es una acusación diseñada para sonar “grave” incluso antes de que nadie pregunte “¿pero dónde está la prueba?”.
Hay un detalle técnico que cambia el encuadre: el borrador estaría redactado como si lo escribiera un tercero, no Epstein. Esa ventriloquia —poner la acusación en la boca de otro— tiene sentido estratégico: si el texto parece una confesión interna, gana verosimilitud social aunque no gane verosimilitud probatoria. Es la diferencia entre “lo dice Epstein” y “lo dice alguien del círculo”; la segunda suena más cercana, más creíble, más dañina. En casos de presión, ese “como si” es oro.
La respuesta del entorno de Gates, por su parte, ha sido tajante: negación absoluta. No un “no lo recuerdo”, no un “no puedo comentar”, sino un “es falso” sin adjetivos blandos. Y ese enfoque también tiene lógica defensiva: una acusación sexual o sanitaria se convierte en trampa si intentas contestarla con detalles, porque al explicar abres la puerta a más preguntas privadas. Epstein —si realmente escribía en ese tono— conocía esa mecánica: con una frase basta para forzar al otro a defenderse en terreno pantanoso.
La liberación masiva: transparencia, redacciones y el borde del precipicio
La acusación sobre Gates no se puede leer aislada del formato en el que aparece: un repositorio enorme, heterogéneo, con tachones, con documentos que no son “capítulos” de una historia sino restos: correos, notas, borradores, referencias cruzadas, piezas sueltas. La institución explica que hubo equipos enteros revisando y redactando para evitar daños a víctimas y para cumplir límites legales, y aun así el tamaño hace que el material se comporte como una avalancha: no cae de forma ordenada, cae como cae, y lo primero que asoma suele ser lo más escandaloso, no necesariamente lo más importante.
La verificación de edad también dice mucho sin decirlo en voz alta. Si un Estado decide poner una barrera para que menores no accedan a documentos, es porque hay material sexual explícito y porque la línea entre “documento judicial” y “exposición dañina” se vuelve fina, casi transparente. Esto explica por qué hay tanta redacción y por qué ciertas partes se retienen por completo: no se trata solo de reputaciones; se trata de no volver a hacer daño a quienes ya lo sufrieron.
Y, aun con esas precauciones, el repositorio ha levantado polémicas sobre errores de redacción, sobre nombres que se cuelan, sobre datos identificativos que deberían estar tachados. Esa discusión es crucial aunque parezca ajena a Gates, porque coloca un aviso en la puerta: el archivo no es un museo perfecto, es un material vivo, corregible, con fallos posibles. La lectura literal, línea por línea, sin contexto ni contraste, es una receta para el desastre. Y eso incluye —por supuesto— los borradores que suenan a bomba pero no traen comprobación externa.
Gates y Epstein: un vínculo incómodo antes del borrador
Este episodio no nace en enero por generación espontánea. La relación Gates–Epstein ya era un problema público desde hace años, sobre todo por el símbolo: el cofundador de Microsoft reuniéndose con un hombre con antecedentes por delitos sexuales, y haciéndolo después de que ese pasado fuese conocido. Gates, en entrevistas, ha reconocido que fue un error enorme dedicarle tiempo, que fue “estúpido”, y que la supuesta utilidad filantrópica de esos encuentros no se materializó. Esa admisión es un dato importante porque muestra dos cosas a la vez: que hubo trato, y que hoy se presenta como un fallo de juicio.
El papel de Melinda añade textura emocional —y una pista sobre por qué este tema perfora tan rápido—. Ella ha contado que no le gustaba que Bill se reuniera con Epstein, que se lo dejó claro, que lo conoció una vez y salió con una impresión visceral. Lo describió con palabras durísimas, “el mal personificado”, y habló de pesadillas después. Ese testimonio no prueba la acusación de ETS; lo que hace es dibujar el clima: cuando alguien así entra en tu vida, incluso por una puerta lateral, deja olor. Un olor que luego, con un borrador como este, se convierte en gasolina.
La cronología criminal del caso conviene recordarla con limpieza, sin adornos. Epstein fue detenido en 2019 por cargos federales relacionados con tráfico sexual de menores y murió ese mismo año en el Metropolitan Correctional Center, en New York City, mientras esperaba juicio. El caso siguió vivo por la magnitud del sistema, por el volumen de material, por la existencia de colaboradores, y por la condena de Ghislaine Maxwell. En ese ecosistema, la palabra “archivo” no es neutra: es el combustible del debate, y también el riesgo de convertirlo todo en espectáculo.
A finales de 2025, además, se reactivó el componente visual del escándalo cuando demócratas del House Oversight Committee difundieron materiales e imágenes vinculados a Epstein donde aparecían figuras conocidas. Algunas fotografías relacionadas con Gates circularon con rostros redaccionados de terceras personas, y esa estética —caras tapadas, recortes, tachones— alimenta la lectura conspirativa incluso cuando el objetivo declarado es proteger identidades. Es una paradoja: proteges a víctimas, pero el efecto colateral es que el público interpreta “tapan cosas”. En ese caldo, un borrador sobre una ETS se convierte en titular antes de convertirse en hecho.
Boris Nikolic: el nombre médico que le da “verosimilitud” al borrador
El detalle más llamativo del borrador es que estaría escrito como si quien hablara fuera Boris Nikolic, médico y antiguo asesor vinculado a la Bill & Melinda Gates Foundation. Meter un nombre médico en una historia sobre antibióticos y secretos no es casual: aporta pátina clínica, sugiere acceso a fármacos, sugiere confidencialidad, y construye ese “pasillo interno” que hace que una acusación suene más real aunque no venga acompañada de pruebas.
Nikolic, además, ya había aparecido en la conversación pública años atrás por un cruce extraño: Epstein lo mencionó en su testamento como sucesor ejecutor, un nombramiento del que Nikolic dijo haberse enterado por sorpresa y del que se desmarcó. Ese tipo de gestos —enlazar tu legado con nombres serios del mundo científico o filantrópico— encaja con la obsesión de Epstein por la respetabilidad prestada. En este episodio concreto, lo esencial es que no hay base pública para afirmar que Nikolic escribiera nada: el borrador está redactado “como si” fuera él, y ese “como si” es justo lo que convierte el texto en artefacto de presión antes que en evidencia de hechos.
ETS, antibióticos y matrimonio: la acusación bajo lupa
Hay una tentación fácil y muy humana: ver “documento” y concluir “verdad”. En cuestiones de sexo y salud, esa tentación se vuelve peligrosa porque el estigma hace el resto del trabajo. Lo que se puede afirmar con rigor es esto: existe un borrador atribuido a Epstein dentro del lote liberado que acusa a Gates de una ETS y de ocultación, y Gates lo niega de manera tajante. Lo que no se puede afirmar como hecho probado —con lo que se ha hecho público— es que Gates contrajera una ETS en esas circunstancias, que pidiera antibióticos para administrarlos a su entonces esposa, o que solicitara borrar correos por ese motivo. Entre la acusación escrita y la comprobación independiente hay un vacío.
La vaguedad del lenguaje también importa. “ETS” es un paraguas enorme: hay infecciones que se tratan con antibióticos y otras que no; hay diagnósticos que requieren pruebas específicas; hay tratamientos con pautas y controles. Un texto que se queda en el término genérico puede significar dos cosas, y ninguna fortalece la credibilidad: o quien escribe no tiene datos, o quien escribe no quiere fijarlos porque le basta con la vergüenza asociada. Y el borrador, tal y como se describe, parece diseñado para eso: no para explicar un episodio sanitario, sino para manchar.
El dardo más tóxico es el de “administrarlos a Melinda”, porque introduce contagio y engaño como insinuación doble. Si fuese cierto, sería gravísimo; si fuese falso, es el tipo de frase que un chantajista escribiría para maximizar daño, no solo hacia la persona acusada sino hacia su casa, su historia, su pareja. En el archivo Epstein, esa construcción encaja con una dinámica más amplia: acumular relatos que obliguen al otro a reaccionar. Un poderoso puede ignorar una insinuación sobre dinero; una insinuación sexual suele morder más, porque es más íntima y más difícil de desactivar sin hablar de más.
Algunas descripciones del paquete hablan, además, de otros borradores con afirmaciones más amplias sobre supuestos favores, gestiones de fármacos o facilitación de encuentros. Es decir, un relato de entorno corrupto armado para sonar a confesión en primera persona. Sin pruebas externas, esa acumulación no aumenta la veracidad, aumenta el impacto. Se parece a un perfume cargado: no necesitas que sea “cierto” para que se quede en el aire.
El patrón Epstein y el “por qué ahora” del ataque a Gates
La lectura más fría —y probablemente la más útil— es que el borrador dice tanto de Epstein como de Gates. Un manipulador con historial de control social puede intentar mantener relevancia construyendo relatos que mezclen sexo, vergüenza y dependencia. En esa lógica, si la relación con una figura influyente se enfría, el archivo funciona como recordatorio: “yo sé cosas”, aunque esas “cosas” sean exageradas o directamente inventadas. El entorno de Gates ha enmarcado el episodio en esa línea: textos que reflejarían intentos de manipulación y difamación tras no conseguir sostener el vínculo.
La acusación de ETS tiene una ventaja psicológica evidente: es difícil rebatirla sin entrar en detalles privados. Si la niegas, algunos te dirán “claro que lo niegas”; si intentas demostrar que no, abres la puerta a conversaciones médicas que no deberían existir en público. Es un callejón diseñado para que el acusado pierda algo en cualquier salida. Por eso, en términos de comunicación, la respuesta habitual es lo que se ha visto: negación tajante y no jugar al morbo.
Y hay una última capa que conviene no perder porque explica el coste real del espectáculo. Mientras el debate gira alrededor de si Gates tuvo o no tuvo una ETS, el caso central —las víctimas, los mecanismos de captación, las complicidades, los fallos institucionales— se desplaza fuera de foco. Ese es el riesgo de estos volúmenes masivos: que el archivo, por su propia naturaleza, se convierta en máquina de distracción. Un borrador con un nombre gigante funciona como imán; el resto del material se queda en sombra, aunque sea más relevante.
El día después del titular: lo que queda en pie, sin espuma
Cuando baja el volumen, el episodio se ordena con una frase seca: existe un borrador atribuido a Epstein dentro del lote liberado; ese borrador acusa a Gates de una supuesta ETS y de ocultación; Gates lo niega de manera tajante. Todo lo demás son capas: interpretación, morbo, guerras de reputación, y un repositorio monstruoso publicado con tachones, restricciones y polémicas sobre errores que pueden exponer a víctimas mientras se discute si se está siendo transparente o teatral.
La historia, tal y como está hoy, no demuestra que Gates contrajera una ETS; demuestra que aparece un texto con esa acusación en el contexto de una liberación documental masiva, y que el acusado lo niega con rotundidad. También demuestra algo más incómodo, casi sociológico: que una frase sexualmente cargada puede eclipsar el resto del caso en cuestión de minutos. En el archivo Epstein, el poder de una frase sucia no está solo en si es verdad; está en que, al circular, ya hace daño.
🔎 Contenido Verificado ✔️
Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: El País, elDiario.es, People, Business Insider, ABC News, U.S. Department of Justice.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/se-contagio-bill-gates-en-una-fiesta-de-epstein/
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