El Movimiento Socialista crece en España pisa campus y calles y reta a la izquierda institucional con el lema: impugnarlo todo y organizarse.
Este sábado, 31 de enero de 2026, dos manifestaciones coordinadas en Bilbao y Pamplona han servido como carta de presentación en mayúsculas de un actor que hasta hace nada circulaba casi en voz baja: el Movimiento Socialista, una red juvenil, extraparlamentaria y declaradamente marxista que se está extendiendo por España con una consigna tan contundente como incómoda para el resto de la izquierda: “impugnarlo todo”. No es una frase de pancarta sin más; es un programa de choque, una forma de mirar el país y, sobre todo, una manera de organizarse que está creciendo en campus, barrios y movilizaciones.
Lo relevante no es solo que convoquen, sino que estén empezando a hacerlo con una coordinación que ya sugiere estructura: fuentes conocedoras de su implantación hablan de una capacidad de movilización en esos territorios de entre 500 y 2.000 activistas, cifras que, para un movimiento sin representación institucional, no son poca cosa. Y detrás de esa foto hay un mapa más amplio: un origen claro en el País Vasco, una expansión con siglas distintas en Cataluña, Comunidad Valenciana, Galicia, Madrid y otros puntos, y una crítica frontal a la izquierda institucional —del PSOE a su izquierda— a la que acusan de vivir instalada en el reformismo y de usar el antifascismo como etiqueta sin consecuencias materiales.
Una etiqueta paraguas con un objetivo claro
El nombre, Movimiento Socialista, funciona como paraguas: no describe un partido único ni una marca electoral, sino una corriente compuesta por organizaciones relacionadas entre sí, con medios propios, cuadros juveniles y un lenguaje reconocible. En sus materiales y en las descripciones que se han ido publicando sobre su crecimiento aparece una insistencia casi obsesiva en dos ideas: organización y proceso. Hablan del Proceso Socialista como estrategia y de construir una alternativa revolucionaria que no dependa de ciclos electorales ni de pactos de despacho; por eso se definen como extraparlamentarios, con vocación de calle, y subrayan una identidad comunista sin demasiados rodeos.
En ese marco, “impugnar” significa discutir la legitimidad de lo que suele presentarse como intocable: el reparto de poder, el marco económico, incluso la manera de entender los conflictos sociales. No plantean una reforma “más ambiciosa”, sino que cuestionan la propia lógica de reformas graduales dentro del sistema. Esa forma de hablar —más dura, más cerrada— convive con una estética cuidada, casi minimalista, que se repite: pancartas limpias, colores muy concretos, lemas cortos, una puesta en escena que no parece improvisada con prisas. Y eso también es política, porque transmite disciplina y pretende vender seriedad frente a la imagen de protesta dispersa.
Hay, además, un rasgo que les distingue del ruido habitual: la obsesión por la formación. Jornadas, textos, encuentros, debates internos… No es nuevo en la izquierda radical, pero sí resulta llamativo que reaparezca con fuerza en una generación que ha crecido entre redes y precariedad, con menos tiempo y más prisa. Su tesis, en resumen, es que sin organización sostenida no hay nada: ni conquistas, ni resistencia, ni futuro. Y en esa tesis, la calle no es un símbolo; es el método.
Del foco vasco al mapa estatal
El punto de arranque más citado está en Euskadi y en una ruptura que, por dentro, fue mucho más que un debate juvenil: el distanciamiento de sectores estudiantiles y juveniles respecto al universo de la izquierda abertzale. En 2018 se sitúa la fractura de Ikasle Abertzaleak con Ernai, las juventudes de Sortu (integrado en EH Bildu), un movimiento que se explica por el rechazo a una deriva vista como demasiado institucional y socialdemócrata. A partir de ahí aparecen siglas y espacios que van cristalizando una línea propia, con un internacionalismo más subrayado y una identidad comunista más explícita.
En ese ecosistema emerge Gazte Koordinadora Sozialista (GKS), presentada como una organización comunista juvenil que no participa en elecciones y centra su actividad en movilización social, educación, vivienda, feminismo y antifascismo. Lo que para unos es una escisión menor, para otros es el síntoma de una disputa real por hegemonía en el ámbito estudiantil vasco. Y esa disputa se ha visto en hechos muy concretos: congresos, cambios de estructura y luchas internas por el control de organizaciones en universidades y centros educativos.
A finales de 2025, por ejemplo, se ha narrado un episodio especialmente significativo: un congreso en Berriozar en el que la organización estudiantil abertzale Ikasle Abertzaleak rompe con las juventudes de Sortu y acaba absorbida por el entorno de GKS, con la creación de una nueva denominación estudiantil —Euskal Herriko Ikasle Antolakunde Sozialista (IAS)— que refleja ese giro hacia un marco revolucionario socialista y un alejamiento del independentismo tradicional como eje principal. No es un detalle burocrático; es una batalla por el relato y por quién marca la agenda entre estudiantes.
Ese crecimiento también ha traído controversia. Se han descrito métodos confrontacionales, tensiones con otros colectivos y episodios de fricción con la policía o con estructuras tradicionales del mundo abertzale, sin que eso implique —y esto conviene decirlo claro— un retorno a la lógica del terrorismo: la propia cobertura reciente lo subraya como un fenómeno de activismo político y social, no como reaparición de violencia armada. La incomodidad, de hecho, va por otra vía: una organización que disputa espacios juveniles, que aprieta en la calle y que señala a EH Bildu como “aburguesada” es un problema político para quien gobierna o aspira a gobernar.
Cataluña, Galicia, Madrid: siglas que se repiten
La expansión fuera de Euskadi no copia exactamente el modelo vasco, pero sí repite un patrón: ruptura con estructuras previas, creación de nuevos órganos, y una insistencia en levantar medios propios como herramienta de cohesión. En Cataluña y Comunidad Valenciana aparece un hito claro en 2022: una crisis interna en Arran —organización juvenil vinculada a la izquierda independentista— y la salida de sectores que acusaban a ese espacio de socialdemócrata e interclasista. De ahí nace Horitzó Socialista, definido como órgano propagandístico y de expresión en catalán, con voluntad explícita de elaboración teórica y defensa de tesis comunistas dentro de un Movimiento Socialista “en construcción”.
En esa misma órbita se presenta la Organització Juvenil Socialista (OJS), con portavocías citadas públicamente como Clara Ballester en el País Valencià y Judith González en Catalunya. El relato de su nacimiento insiste en una idea repetida: proceden de experiencias diversas —vivienda, antifascismo, feminismo, sindicalismo— y buscan unificarlas bajo una estrategia común, con intervención en cultura, educación y conflicto social. En paralelo, el movimiento ha protagonizado acciones de protesta que han tenido gran eco: desde escraches contra figuras como Sílvia Orriols en 2024 hasta el lanzamiento de pintura roja contra Pilar Rahola en octubre de 2024, episodios que dibujan un estilo de confrontación simbólica que no pasa desapercibido.
En Galicia el itinerario también aparece bien marcado: primero como Creba Socialista, con jornadas políticas y culturales en Santiago de Compostela, y más tarde como una evolución organizativa hacia la Coordinadora da Mocidade Socialista (CMS), presentada como resultado de un proceso de unificación y expansión juvenil. De nuevo, la misma melodía: encuentros, formación, construcción de estructura, y un discurso que mezcla reivindicación territorial con una identidad de clase y horizonte comunista.
Y en Madrid —y, por extensión, en el Estado— el nombre que más se repite es la Coordinadora Juvenil Socialista (CJS), nacida en marzo de 2024 y presentada como una apuesta por construir una alternativa revolucionaria entre la juventud trabajadora. Su primera gran movilización propia se sitúa el 14 de diciembre de 2024 en el centro de Madrid, con recorrido desde la Plaza de la Villa y cierre en el Casino de la Reina, un acto que se vendió como “multitudinario” en su entorno y que se ha citado después como señal de implantación en crecimiento.
Universidad, vivienda y cultura: la calle como método
La universidad es, para ellos, algo más que un lugar donde captar militancia. Es un escenario perfecto: jóvenes que viven la precariedad como destino probable, alquileres que se comen sueldos futuros, y una politización que se acelera cuando la vida cotidiana se vuelve inestable. De ahí su interés por disputar organizaciones estudiantiles, por construir espacios propios y por convertir la formación política en rutina. En la práctica, eso se traduce en jornadas en campus, debates internos y una presencia que intenta ser constante, no solo cuando hay una gran manifestación.
La vivienda, por su parte, funciona como combustible. Aunque el movimiento no sea un sindicato de vivienda en sentido estricto, sí bebe de ese mundo: desahucios, alquileres imposibles, barrios tensionados. Es un terreno donde el discurso de clase encaja con facilidad, porque la experiencia es material: contrato temporal, habitación cara, colas para un piso, y la sensación de que el mercado decide más que el voto. Ahí la consigna “impugnarlo todo” se entiende sin teoría: se impugna lo que expulsa, lo que aprieta, lo que empuja a la gente fuera de su vida.
Luego está la cultura, que en este movimiento no aparece como adorno. Hablan de ocio, de gimnasios populares, de deporte de contacto como espacio comunitario, de encuentros juveniles que mezclan política y socialización. No es una rareza: es una estrategia clásica de construir tejido. El ejemplo más visible han sido encuentros y actos en Cataluña con cientos de asistentes, con discursos de portavocías y una estética que refuerza identidad: la bandera roja, consignas cortas, un orgullo de pertenencia que hoy, en una política cada vez más líquida, tiene su efecto.
Esa apuesta por la cohesión tiene un reverso inevitable: la acusación de sectarismo. Cuando una organización se concibe como “herramienta” y la pertenencia exige disciplina, siempre aparece la sospecha de cierre sobre sí misma. Y ahí el movimiento camina por una cuerda fina, porque su fuerza está en esa disciplina, pero su debilidad potencial también: si el entorno los percibe como un bloque impermeable, su capacidad de crecimiento se frena. La historia de la izquierda europea está llena de ejemplos así, y en España el recuerdo todavía pesa, aunque a veces se disfrace de chiste.
El choque con la izquierda institucional
El choque no es teórico: es una disputa por el lugar de la izquierda en 2026. Para el Movimiento Socialista, el ciclo de gobierno progresista ha mostrado una contradicción que consideran insalvable: hablar de transformación mientras se gobierna con límites que impone el sistema económico, el marco europeo y la lógica parlamentaria. Su crítica, tal y como se ha descrito en los retratos recientes del movimiento, no se queda en el PSOE; se dirige con especial dureza a quienes se presentan como izquierda “de ruptura” pero han terminado gestionando: Sumar, Podemos y el ecosistema que los rodea. En su lenguaje, eso se llama reformismo.
Hay una palabra que atraviesa esa crítica: antifascismo. Ellos sostienen que se ha convertido en una etiqueta de consenso que sirve para movilizar emocionalmente sin alterar lo material, una especie de paraguas moral que, si no se acompaña de organización y conflicto real, acaba siendo marketing político. Dicho así suena exagerado, incluso injusto, pero conecta con una sensación que existe en parte de la militancia joven: que la política institucional se ha vuelto un circuito de declaraciones, pactos y rectificaciones, mientras la vida cotidiana —alquiler, sueldo, precariedad— sigue apretando. Y cuando eso pasa, los discursos más duros entran como un cuchillo en mantequilla.
A diferencia de otros fenómenos recientes, su apuesta no parece centrarse —al menos por ahora— en convertirse en partido electoral. En Euskadi se ha descrito que GKS no participa en elecciones; en el resto del Estado, la lógica dominante del movimiento se sitúa en movilización y construcción desde fuera. Esa decisión tiene ventajas claras: permite señalar contradicciones ajenas sin pagar el coste de gobernar, evita el desgaste de la gestión y mantiene una imagen de pureza ideológica. También tiene un límite: llega un momento en que la política se cruza con presupuestos y con poder real, y ahí la calle sola no siempre basta.
En esa tensión aparece la gran incógnita: si seguirán siendo un movimiento de presión o si acabarán construyendo alguna forma de intervención institucional. En su propio entorno se ha repetido una idea que funciona como mantra: primero organización, luego lo demás. Eso les permite mantener el foco en estructura, cuadros y tejido, pero también alimenta una pregunta que sobrevuela cada crecimiento rápido: cuánto de lo que hoy parece expansión sostenida se convierte en algo estable cuando bajan los focos y se acaban las grandes citas.
Líneas rojas: feminismo, Palestina y la pelea por el lenguaje
Uno de los campos donde más se juegan su imagen —y su diferenciación frente a otros comunismos españoles— es el de género. En la última década, parte de la extrema izquierda ha intentado apropiarse de un discurso “obrerista” que choca con el feminismo y con el movimiento LGTBI, y eso ha generado fracturas y batallas culturales intensas. En este caso, el Movimiento Socialista ha intentado marcar frontera con esa deriva: dentro de su entorno se han organizado jornadas específicas contra la opresión de género en Cataluña, con asistencia de cientos de personas, y con un mensaje explícito de separación respecto a interclasismo, reformismo y fe en instituciones burguesas. Es una manera de decir: aquí no se vuelve al pasado en ese terreno.
En paralelo, su activismo ha tocado conflictos internacionales convertidos en clave emocional en España, como la guerra en Gaza y el debate sobre Palestina, que ha cruzado campus, medios y cultura. En Cataluña, por ejemplo, se ha descrito la protesta contra Pilar Rahola como una acción vinculada a denunciar su posición pública respecto a ese conflicto, y no como una mera provocación local. Es un estilo de intervención que mezcla política internacional con señalamiento directo, y que suele producir dos efectos a la vez: cohesiona a los propios y enciende rechazo fuera.
La pelea por el lenguaje, además, es constante. Hablan de clase trabajadora de un modo que no es retórico: intentan reconstruir esa identidad como centro político, frente a la fragmentación en causas y colectivos. Eso no significa que ignoren otras luchas; más bien intentan absorberlas dentro de una lectura de clase. En textos que los mencionan aparecen nombres de militantes como Lorién Gómez e Ismael Seijo vinculados al movimiento en debates sobre el auge reaccionario y el concepto de fascismo, señal de que también buscan construir una interpretación propia de la coyuntura europea y no limitarse al marco español.
Y luego está la frontera con otros proyectos de izquierda radical que se han movido en España con estilos distintos. Se menciona a menudo el caso de Frente Obrero y de su dirigente Roberto Vaquero como referencia inevitable en la conversación pública sobre “nueva extrema izquierda”, sobre todo por su tono cultural y sus posiciones en temas de género. En análisis y crónicas sobre el Movimiento Socialista se subraya que su perfil pretende diferenciarse de esa línea, insistiendo en integrar feminismo y antirracismo dentro de su propuesta comunista, precisamente para evitar quedar encasillados en una caricatura reaccionaria.
También hay un elemento memorialista, más español de lo que parece: la relación con la historia del antifascismo, la Guerra Civil, la memoria de la izquierda obrera. En Madrid, la CJS ha organizado actos que se han descrito como memorialistas, con una lectura política del pasado y una voluntad de conectar esa memoria con movilización presente. No es nostalgia por sí misma; es construcción de identidad. En política, la identidad es gasolina, y ellos la están refinando con cuidado.
El pulso de 2026 y lo que está en juego
La foto de Bilbao y Pamplona no es un final, es un aviso: un movimiento que ya puede coordinar dos convocatorias el mismo día con un mensaje único está probando músculo y probando narrativa. El lema “impugnarlo todo” funciona porque simplifica una frustración compleja: se impugna lo que no da vivienda, lo que normaliza salarios bajos, lo que promete ascensor social y entrega escaleras rotas. En ese sentido, su crecimiento no se explica solo por ideología, sino por condiciones materiales que empujan a parte de la juventud a buscar respuestas más duras y organizaciones más cerradas.
A corto plazo, su impacto puede sentirse de una manera muy concreta: presión simbólica sobre la izquierda institucional, disputa por la calle, y competición por la hegemonía en campus y entornos juveniles. Cuando un grupo consigue instalar la idea de que otros “no hacen lo suficiente”, obliga a endurecer discursos, a mover prioridades, a reaccionar. Y esa reacción puede adoptar dos formas: intentar absorber parte del lenguaje para neutralizarlo o confrontarlo frontalmente para aislarlo. Ambas estrategias tienen costes. La absorción diluye; la confrontación amplifica.
También está el riesgo interno: crecer rápido exige gestionar tensiones, evitar que la disciplina se convierta en autoritarismo, y sostener militancia cuando pasan los picos de movilización. En Euskadi, la disputa con el mundo abertzale ya ha mostrado que el conflicto no es solo contra “los de fuera”, también es por controlar espacios propios. En el resto del Estado, el reto es distinto: coordinar territorios sin perder cohesión, mantener un relato común sin borrar realidades locales, y evitar que la suma de siglas parezca un laberinto para quien se asoma por primera vez.
En este momento, con lo que hay sobre la mesa, el Movimiento Socialista aparece como una izquierda de choque que quiere reconstruir organización juvenil de clase desde el conflicto, con una estética y una disciplina que recuerdan a otras épocas, pero con herramientas modernas y una lectura muy actual de la precariedad. En España, donde los ciclos políticos cambian rápido y las etiquetas se queman con facilidad, su principal apuesta parece ser la paciencia: crecer por capas, consolidar estructura, extender red. La pregunta no es si van a seguir haciendo ruido; la pregunta es si ese ruido se convierte en fuerza estable o se queda en ola intensa que rompe y retrocede. De momento, la consigna ya ha quedado flotando en el aire invernal del norte, seca, directa, difícil de ignorar: impugnar todo.
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Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: The Objective, EL PAÍS, Público, Nortes, La Marea.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/quien-es-el-movimiento-socialista/
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