
Amnistía general en Venezuela: Delcy Rodríguez la lleva al Parlamento y ordena cerrar El Helicoide, con cifras muy cruzadas de excarcelados.
Caracas ha anunciado una amnistía general para los presos políticos y la promesa, por sí sola, ya ha movido el aire en Venezuela: no como un rumor de pasillo, sino como un plan formal que, según el poder interino, se presentará a la Asamblea Nacional en forma de ley. La escena tuvo carga institucional y simbólica: la presidenta interina Delcy Rodríguez lo comunicó en un acto en el Tribunal Supremo de Justicia, con un mensaje de “convivencia”, de freno a la violencia y a la venganza, y con la afirmación de que la decisión se había hablado previamente con Nicolás Maduro. La palabra “general” suena a puerta grande, a salida masiva; la política venezolana, en cambio, suele funcionar como una cerradura llena de piezas pequeñas, y cada pieza importa.
La medida llega en pleno vuelco del tablero, con un dato que marca época: Maduro fue capturado el 3 de enero de 2026 por fuerzas estadounidenses y trasladado a Estados Unidos para enfrentar cargos ligados al narcoterrorismo y al tráfico de drogas, según la narrativa que se ha ido imponiendo en las últimas semanas. Desde ese momento, el Gobierno habla de una liberación gradual de detenidos: cifra oficial por encima de 600 excarcelaciones, frente a conteos de defensores y organizaciones que bajan el número a 302-303. En paralelo, Rodríguez anunció el cierre de El Helicoide, la prisión que en Caracas no se menciona sin que cambie el gesto, y su conversión en un centro social y deportivo. Hay promesas de reforma judicial y de lucha contra la corrupción. Todo junto, en pocos días, como si el país estuviera intentando girar una manivela atascada desde hace años.
La promesa de “amnistía general” y lo que se sabe de la letra pequeña
El anuncio, tal y como se ha contado en estas últimas horas, describe una ley de amnistía de alcance amplio, con un marco temporal que iría desde 1999 —el inicio del ciclo político de Hugo Chávez— hasta el presente. Ese corte no es casual: incluye la arquitectura completa del chavismo y, por tanto, engloba desde protestas y ciclos electorales hasta episodios de violencia callejera, alzamientos, intentos de rebelión y persecuciones judiciales cruzadas. Rodríguez lo vende como un puente hacia la reconciliación; sus críticos lo miran como un artefacto que puede servir para desactivar presión y, a la vez, reordenar lealtades.
En esa misma formulación han aparecido exclusiones que, si se mantienen en el texto final, limitarían la amnistía: quedarían fuera quienes hayan participado en asesinatos, graves violaciones de derechos humanos, tráfico de drogas y, según versiones que circulan con fuerza, también corrupción. Aquí está uno de los nudos: una amnistía que perdona “delitos políticos” pero no “delitos graves” obliga a definir con precisión qué entra en cada saco. En Venezuela, esa frontera ha sido una guerra semántica durante años: para el poder, una protesta puede ser “terrorismo”; para un juez dócil, una acusación de “conspiración” puede sustituir a la evidencia; para una familia, un hijo preso no es un expediente, es una silla vacía.
Rodríguez ha presentado el gesto como un camino de coexistencia. A nivel interno, la frase más repetida no es jurídica, es doméstica: que salgan, que vuelvan, que se acabe. Pero lo jurídico manda: si el proyecto aterriza con artículos ambiguos, si deja margen para que tribunales y fiscales apliquen criterios distintos, la “amnistía general” puede convertirse en una amnistía a trompicones, desigual, lenta, y con demasiado poder discrecional en manos del aparato que durante años ha gestionado la represión.
Caracas después del 3 de enero: el impacto de la captura de Maduro
La captura de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026 partió el calendario venezolano en dos, como una fotografía rasgada. El chavismo, que durante años se sostuvo en una mezcla de control institucional, fuerzas de seguridad y un relato épico, se quedó sin su figura central. A partir de ahí, el poder interino encabezado por Delcy Rodríguez ha intentado construir una narrativa de orden y transición: liberar presos, cerrar un centro de detención emblemático, prometer reformas, y al mismo tiempo mantener el control de las palancas del Estado.
En esa misma secuencia aparece otro nombre, inevitable por contraste: Cilia Flores, esposa de Maduro, también vinculada a la causa judicial estadounidense en varias informaciones recientes. Su situación, junto con la de Maduro, no solo tiene dimensión penal; es una señal política hacia dentro y hacia fuera. En Caracas, cualquier cambio que huela a “nuevo ciclo” se mide por el trato a los presos, por la libertad de organización, por la presión sobre medios y partidos, y por la capacidad real de un juez de decir “no” sin pagar por ello.
En medio, la oposición tampoco es un bloque homogéneo. María Corina Machado ha atribuido el giro a la presión de Estados Unidos, sugiriendo que no se trata de un acto de generosidad interna, sino de una consecuencia de un nuevo equilibrio de fuerzas. Ese matiz importa: si la amnistía nace por presión externa, su estabilidad puede depender de esa misma presión. Si nace por cálculo interno, puede ser más duradera… o más selectiva, según el interés del poder de turno.
Las cifras de excarcelados: 600, 303 y la sombra de los “libres a medias”
La discrepancia entre cifras no es un detalle de contabilidad: es el termómetro de la credibilidad. El Gobierno sostiene que han sido liberadas más de 600 personas desde principios de enero. Defensores de presos y organizaciones de derechos humanos hablan de 302-303. En ambos casos, hay una pregunta que no se resuelve con un número: ¿qué significa “liberado” en Venezuela hoy? Porque salir de una celda puede equivaler a libertad plena, sí; pero también puede significar cambio de régimen: medidas cautelares, presentaciones periódicas, prohibición de salida del país, restricciones para declarar, vigilancia, o una simple cuerda invisible que te recuerda que el expediente sigue vivo.
Ahí entra la experiencia acumulada de años. Organizaciones como Foro Penal han documentado el fenómeno del “excarcelado condicionado”: personas fuera de prisión, pero dentro del sistema. Y cuando Rodríguez habla de una amnistía que podría afectar a “cientos”, la cifra de referencia que circula con insistencia es otra: en torno a 711 presos políticos en registros recientes de esas organizaciones. Si esa cifra es la base, la amnistía sería, potencialmente, un desatasco de gran escala. Si la letra pequeña la recorta, el anuncio quedará como un golpe de efecto.
En la calle, el debate se vuelve concreto. Hay familias que no discuten doctrina jurídica; discuten horas de visita, dinero para comida, traslados, abogados, medicinas. La amnistía se evalúa por un solo resultado: la puerta abriéndose con un nombre al otro lado. Pero el periodismo serio se obliga a mirar lo incómodo: cuántos saldrán de verdad, con qué condiciones, y qué ocurrirá con los casos que el poder decida etiquetar como “no políticos” para dejarlos fuera.
El Helicoide: cerrar el símbolo no borra lo ocurrido
La promesa de cerrar El Helicoide y convertirlo en un centro social y deportivo es, probablemente, el gesto más cargado de simbolismo en todo el anuncio. En Caracas, El Helicoide ha sido durante años sinónimo de represión, de denuncias de malos tratos, de interrogatorios, de detenciones que no siempre pasaban por un debido proceso reconocible. Cambiarle el uso al edificio tiene un efecto inmediato en la narrativa: donde había miedo, habrá comunidad; donde había sombras, habrá actividad. Es una operación de imagen y también, si se ejecuta, una operación logística: mover detenidos, reubicar personal, reorganizar custodia, redefinir competencias.
Pero el simbolismo no resuelve la sustancia. Convertir una cárcel en polideportivo no explica qué pasó dentro, ni quién dio órdenes, ni cómo se reparan daños. Y aquí aparece el conflicto entre dos necesidades que chocan: por un lado, el país quiere bajar tensión y salir del ciclo de cárcel como herramienta política; por otro, la exigencia de verdad y rendición de cuentas no desaparece por decreto. En América Latina, las amnistías han sido históricamente un campo minado: a veces pacifican; a veces encubren; a veces abren la puerta a la impunidad. En Venezuela, esa discusión no es teórica: es parte del pulso de poder.
La reconversión del edificio también plantea una cuestión práctica que rara vez se cuenta bien: ¿qué pasa con los archivos, los registros, las bitácoras, los expedientes internos, las cadenas de mando? Si de verdad se pretende una transición hacia un sistema más limpio, esos papeles —digitales o físicos— importan. Y si la intención es cerrar etapa sin mirarla, esos papeles estorban. El anuncio de Rodríguez, hasta ahora, se centra en el gesto y en la promesa, no en el mecanismo de garantía.
El Parlamento y el filtro real: cómo se convierte una promesa en libertad efectiva
Rodríguez ha dicho que la ley se presentará a la Asamblea Nacional. En un país con instituciones tensas, ese paso puede ser un trámite rápido o un filtro que reconfigure la idea original. La Asamblea, con mayoría oficialista en los últimos años, suele funcionar con disciplina de bloque. Aun así, el contexto actual —sin Maduro en el país, con presión internacional, con fracturas internas inevitables— puede introducir matices. Una cosa es aprobar una ley; otra es aplicarla en juzgados, fiscalías, prisiones y cuerpos de seguridad.
La aplicación es donde mueren o nacen las reformas. Para que una amnistía sea real, necesita procedimientos claros: cómo se identifican beneficiarios, qué órgano certifica, cómo se revisan causas, qué pasa con condenas firmes, qué ocurre con medidas cautelares, cómo se impide que un juez retuerza el espíritu de la norma. Si se deja mucho a discreción, el sistema puede abrir una ventanita y mantener cerrada la puerta principal. Y en Venezuela, donde durante años se ha denunciado la politización de la justicia, ese riesgo no es paranoia: es experiencia.
En paralelo, Rodríguez ha hablado de combatir la corrupción en el poder judicial. Es un mensaje calculado: intenta mostrar voluntad de limpieza interna, y al mismo tiempo desplaza parte de la culpa hacia jueces y funcionarios, como si el problema fuera una desviación del sistema y no una herramienta del poder. La credibilidad de esa promesa se medirá por nombres, ceses, investigaciones, reformas procesales, y por algo todavía más elemental: que un juez pueda absolver a un opositor sin miedo. En Venezuela, lo elemental se volvió extraordinario hace tiempo.
Quiénes podrían beneficiarse: opositores, periodistas, activistas y un país lleno de causas
La información disponible apunta a que la amnistía busca incluir a opositores, periodistas y activistas de derechos humanos, además de personas detenidas en el marco de protestas y episodios de confrontación política desde 1999. Este punto es crucial porque, en Venezuela, el concepto “preso político” no se limita a dirigentes: incluye estudiantes, militares disidentes, sindicalistas, trabajadores públicos señalados por “traición”, ciudadanos acusados por publicaciones en redes o por participar en manifestaciones. La amnistía, si es amplia y coherente, podría abarcar un mosaico de casos muy distintos.
También hay un territorio delicado: quienes ya fueron excarcelados en enero bajo fórmulas parciales. El Gobierno ha hablado de liberaciones, pero muchas veces esas liberaciones dejan cola. Una amnistía que incluya “casos desde 1999” podría aplicarse también a expedientes aún abiertos de personas que ya están fuera de la cárcel, con procesos congelados o medidas limitantes. Eso sería, para muchos, el verdadero cambio: no solo salir, sino cerrar la causa. La libertad sin cierre es una libertad con fecha de caducidad invisible.
Y luego está el punto de los exilios. Venezuela ha expulsado población por presión política y económica durante años. Una amnistía general podría incentivar retornos, pero eso depende de garantías reales: seguridad, ausencia de represalias, posibilidad de reinsertarse, y un mínimo de estabilidad institucional. Si el país ofrece amnistía a quienes están dentro pero sigue hostigando a quienes están fuera, el gesto se queda cojo. En política, los gestos cojos acaban sirviendo a quien manda, no a quien sufre.
La reacción de las organizaciones: alivio prudente y condiciones exigentes
Las organizaciones de derechos humanos han reaccionado con una mezcla reconocible: alivio porque el anuncio abre una puerta, y prudencia porque Venezuela ha prometido antes y ha reculado después. Foro Penal, que ha servido como referencia para el conteo de presos políticos y el seguimiento de casos, ha señalado que aún quedan cientos de detenidos. Provea, con larga trayectoria en la documentación de abusos, suele insistir en que liberar presos es imprescindible, pero no sustituye a reformas estructurales. Esa postura no busca poner palos en la rueda; busca evitar que el poder use la liberación como maquillaje mientras mantiene intacto el aparato que permite nuevas detenciones arbitrarias.
Además, está la pregunta que muchos esquivan porque incomoda: ¿qué ocurre con las víctimas de abusos? Si la amnistía excluye crímenes graves, como se ha sugerido, se abre un espacio para que casos de torturas o malos tratos no queden bajo el paraguas del perdón. Pero esa exclusión solo vale si se investiga de verdad. En países con instituciones débiles, una exclusión escrita no garantiza justicia; puede convertirse en una frase decorativa, útil para tranquilizar críticas internacionales mientras no se toca a nadie.
El anuncio de Rodríguez incluyó un llamamiento explícito contra la venganza. El mensaje se entiende: el poder interino quiere evitar una dinámica de ajuste de cuentas que incendie la transición. El problema es que, si se confunde justicia con venganza, se corre el riesgo de cerrar la puerta a investigaciones legítimas. En Venezuela, el reto es doble: desactivar el ciclo de represión sin convertir el futuro en una amnesia oficial.
Estados Unidos, la presión exterior y el detalle de los ciudadanos liberados
En el fondo de todo, la sombra estadounidense es alargada y evidente. La captura de Maduro el 3 de enero fue una operación de enorme impacto político y diplomático, con repercusiones regionales inmediatas. Desde entonces, se ha confirmado la liberación de ciudadanos estadounidenses que estaban detenidos en Venezuela. Ese dato, aunque parezca lateral, suele ser una señal de negociación: cuando un Estado libera extranjeros en bloque, normalmente está ajustando relaciones, buscando alivio de sanciones, o intentando estabilizar interlocución.
La amnistía encaja en esa misma lógica de reposicionamiento. El poder interino necesita oxígeno internacional y necesita, también, reconstruir una legitimidad interna erosionada. Liberar presos políticos, cerrar El Helicoide, prometer reformas, todo ello funciona como paquete de señales hacia el exterior: “estamos cambiando”. Pero, en política internacional, las señales sin verificaciones se desgastan rápido. Y en Venezuela, donde la comunidad internacional ha visto anuncios que luego se quedaron en nada, la credibilidad es una moneda escasa.
Al mismo tiempo, la oposición utiliza esa presión como argumento. María Corina Machado, con peso propio y discurso frontal, ha insistido en que el giro no nace de una convicción repentina del chavismo, sino de un cambio de correlación impuesto desde fuera. Esa lectura puede ser útil para mantener movilizada a su base, pero también puede complicar la transición si la legitima exclusivamente como producto de injerencia. Venezuela está en un equilibrio delicado: necesita presión para abrir puertas, pero también necesita instituciones para que esas puertas no se vuelvan a cerrar cuando cambie el viento.
Qué puede pasar en las próximas semanas: escenarios reales sin fuegos artificiales
Una amnistía general puede derivar en tres resultados plausibles, sin necesidad de dramatizar. El primero, el más limpio, sería una aprobación rápida y una aplicación relativamente ordenada: identificación de beneficiarios, liberaciones masivas, cierre de causas y una reducción notable del número de presos políticos, con transparencia suficiente como para que las cifras no parezcan inventadas. En ese escenario, la promesa se convertiría en un cambio tangible, y el país entraría en una fase nueva, todavía frágil, pero distinta.
El segundo escenario, más típico de sistemas opacos, sería una aprobación con texto ambiguo y aplicación selectiva: liberaciones de alto impacto mediático, excarcelaciones condicionadas, casos sensibles que se quedan fuera, y un tira y afloja constante entre jueces, fiscales, cuerpos de seguridad y presiones políticas. En ese caso, la “amnistía general” quedaría como un paraguas con agujeros: cubre a algunos, deja a otros empapados. Y el conflicto se desplaza del anuncio a los tribunales, a las prisiones y a la calle.
El tercero, el más frustrante, sería un anuncio que se diluye: la ley se presenta, se discute, se reescribe, se demora, y mientras tanto se mantiene un goteo de liberaciones como válvula de escape. Ese goteo sirve para bajar presión y ganar tiempo, pero no resuelve el problema de fondo. En ese escenario, la palabra “general” se convertiría en un adjetivo vacío, y el país volvería a su patrón habitual: promesa grande, ejecución pequeña.
En cualquiera de los tres, hay un elemento decisivo: el grado de transparencia. Una lista de liberados verificable, procedimientos claros, acceso de abogados, supervisión de organismos, y criterios públicos. Sin eso, la amnistía se convierte en propaganda. Con eso, aunque imperfecta, puede convertirse en política pública real.
Un país sin Maduro y con demasiadas cicatrices en los expedientes
Venezuela llega a este anuncio con una acumulación de causas, heridas y fracturas que no caben en un solo texto legal. La amnistía, si se concreta, puede aliviar un punto especialmente doloroso: el uso de la cárcel como herramienta de control político. El cierre de El Helicoide, si se ejecuta con garantías, puede cerrar también una etapa simbólica de miedo institucionalizado. Las promesas de reforma judicial y de lucha contra la corrupción pueden sonar a manual, sí, pero en Venezuela cualquier movimiento en ese terreno tiene consecuencias inmediatas en la vida real.
Lo que hace especial este momento es su rareza histórica: un chavismo sin Maduro intentando reconfigurarse, una oposición que ve oportunidad y riesgo, una presión exterior que ha demostrado capacidad de alterar el tablero, y una sociedad que está cansada de vivir en modo supervivencia. La amnistía general, si llega a materializarse, no será un final feliz ni un borrón perfecto; será, como mucho, un punto de inflexión con problemas añadidos. Pero para quienes llevan años esperando una llamada desde una cárcel, una amnistía no es teoría: es un nombre pronunciado en voz alta, una puerta que se abre, y el primer silencio que no da miedo.
La amnistía como prueba de realidad, no como eslogan
La palabra “amnistía” siempre suena grande, casi solemne, como si bastara con decirla para que el país se ordene. En Venezuela, lo que está en juego es mucho más prosaico y, por eso mismo, más serio: cuántas personas salen, cuántas causas se cierran, cuántas condiciones desaparecen, cuántos expedientes dejan de ser una amenaza. Delcy Rodríguez ha puesto la promesa sobre la mesa con toda la liturgia del poder. Ahora le toca a la maquinaria —Parlamento, tribunales, fiscalías, prisiones— demostrar si el anuncio era un giro real o un paréntesis decorativo.
Y hay una última idea que sobrevuela todo sin necesidad de adornos: si una amnistía general se aplica de verdad, la política venezolana cambia de terreno. Se discute en el Parlamento, en los partidos, en la calle, en las urnas cuando toque. Si no se aplica, la política vuelve al sitio más oscuro: a la celda, al expediente, al miedo. Ahí está la frontera. Ahí se verá si Caracas ha anunciado una ley… o solo una frase.
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Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: RTVE, El País, Reuters, AP News, Euronews, Cadena SER.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/amnistia-total-en-venezuela/
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