
El apóstol Pablo hizo en Filipenses 2:12 un llamado importante para los creyentes: «Así que, amados míos, tal como siempre han obedecido, no solo en mi presencia, sino ahora mucho más en mi ausencia, ocúpense en su salvación con temor y temblor».
Muchos leen la frase «ocúpense de su salvación» y piensan que Pablo está pidiendo que «nos ganemos» el cielo. Sin embargo, el apóstol no está hablando de mérito, sino de la madurez espiritual que busca desarrollar en la vida diaria la obra que Dios ya ha comenzado.
Esta exhortación está anclada en el corazón de toda la carta a los filipenses. Pablo escribe desde una prisión, pero su gozo no depende de las circunstancias, sino de Cristo. Por eso su mensaje gira en torno a una verdad: la vida cristiana es una vida centrada en el evangelio, sostenida por la gracia y caracterizada por la obediencia gozosa.
Por lo tanto, «ocuparse en la salvación» no significa producirla o evitar perderla, sino vivirla activamente, es decir, reflejar en la conducta lo que Dios ha operado en el alma. A la luz de esto, podemos profundizar en cómo esta exhortación se enraíza en la enseñanza paulina. Estas son seis reflexiones que quiero compartir contigo, con unas palabras finales sobre cómo esta verdad impacta nuestras vidas:
1) La exhortación en el marco del evangelio.
Desde el primer capítulo, Pablo deja claro que toda la vida cristiana se define por el evangelio y recuerda a sus destinatarios otra gran verdad: «El que comenzó en ustedes la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús» (Fil 1:6).
Por tanto, el llamado a ocuparse de la salvación no contradice esa seguridad, sino que la confirma. El mismo Dios que inicia la salvación es quien la desarrolla y la consumará. Por eso, «ocuparse» no implica temor a perderla, sino diligencia por manifestar el fruto de poseerla.
El creyente no trabaja para evitar perder la salvación, sino porque confía que Dios la está perfeccionando en él. Esa es la lógica del evangelio: la gracia produce esfuerzo y el esfuerzo depende de la gracia.
2) Obedecer en comunidad: Una salvación compartida.
Filipenses no fue escrita a un individuo, sino a la iglesia. El verbo «ocúpense» está en plural. Por eso, Pablo no llama a una santificación solitaria, sino comunitaria.
El evangelio une a los creyentes en un mismo propósito: «Teniendo el mismo sentir, conservando el mismo amor, unidos en espíritu, dedicados a un mismo propósito» (Fil 2:2).
Así que «ocuparse en la salvación» significa también ocuparse en la unidad, evitando la murmuración y el orgullo (Fil 2:3, 14). El progreso espiritual del creyente no puede separarse del amor fraternal de la iglesia.
En otras palabras, nadie se santifica en aislamiento. La salvación que Dios produce en nosotros se evidencia en cómo servimos, perdonamos y edificamos a otros.
3) Con temor y temblor: La reverencia del asombro.
Este llamado paulino a ocuparnos de nuestra salvación se debe obedecer «con temor y temblor». No se trata de inseguridad espiritual, sino de reverencia. El creyente no tiembla por miedo a perderse, sino por el peso de la gracia que lo salvó.
Dios obra en nosotros, no para que nos quedemos inactivos, sino para que vivamos activamente de Su poder
Ese «temor» es la actitud del alma que reconoce que está tratando con el Dios tres veces santo. David lo expresó así: «Sirvan al Señor con reverencia y alégrense con temblor» (Sal 2:11).
Entonces, este temblor no nace del terror, sino del asombro. La gracia que nos libra del pecado también nos libra de la indiferencia. John Owen lo dijo con precisión: «Las carnadas del pecado pierden su atractivo cuando el alma está llena de la cruz de Cristo» (Las obras de John Owen, p. 51). Por eso mientras más conocemos el evangelio, más profundamente nos humillamos ante él.
4) Dios obra, nosotros respondemos.
La exhortación se sostiene sobre una afirmación gloriosa en el siguiente versículo: «Porque Dios es quien obra en ustedes tanto el querer como el hacer, para Su buena intención» (Fil 2:13).
Aquí encontramos un equilibrio entre la soberanía divina y la responsabilidad humana. El creyente actúa, pero Dios es quien produce tanto su deseo como su capacidad para hacerlo.
Como enseñó Juan Calvino: «El hombre natural no puede moverse hacia el bien por sí mismo; es Dios quien produce en nosotros tanto el querer el bien como el hacerlo» (Institución de la religión cristiana, p. 312).
Entonces, el esfuerzo del cristiano no compite con la gracia, sino que la expresa. El evangelio no destruye la disciplina, la dignifica. Dios obra en nosotros, no para que nos quedemos inactivos, sino para que vivamos activamente de Su poder.
Por eso, cada acto de obediencia es evidencia de Su presencia. La santificación no es el precio que pagamos por nuestra salvación, sino la prueba de que ya fuimos redimidos por Cristo.
5) Cristo es nuestro modelo y motivación.
El pasaje que nos anima a «ocuparnos de nuestra salvación» está conectado con lo que Pablo acaba de decir en los versículos anteriores: Cristo, siendo Dios, se humilló y obedeció hasta la muerte (Fil 2:5-11). Su obediencia perfecta es la base de nuestra salvación y el modelo de nuestra santificación.
Por tanto, «ocuparse en la salvación» significa seguir la mente de Cristo (2:5): vivir con humildad, servir con gozo y obedecer con dependencia. Jesús no obedeció para ser amado, sino porque amaba al Padre y sabía que era amado por Él. De igual manera, nosotros no obedecemos para ser aceptados, sino porque ya hemos sido aceptados en el Amado (Ef 1:6). Así, la santificación es la evidencia visible de nuestra unión invisible con Cristo.
6) La teología del gozo que trabaja.
El tema de toda la carta de Filipenses no es el deber, sino el gozo. Pero no un gozo superficial, sino uno que se expresa en obediencia. Pablo repite: «Regocíjense en el Señor siempre» (4:4), mostrando que el verdadero gozo brota de vivir conforme al evangelio.
Por eso «ocuparse en la salvación» no es una carga pesada, sino un privilegio alegre. La gracia nos salva gratuitamente, pero también nos transforma eficazmente.
Como afirmó R. C. Sproul: «La fe que realmente salva siempre se manifiesta en obediencia; una gracia que no transforma vidas no es la gracia que salva».
Bíblicamente, implica que la justificación y la santificación son inseparables: Dios no salva a nadie sin también santificarlo. El que comenzó la buena obra, la perfeccionará (1:6).
Palabras finales
Cuando leo las palabras de Pablo, no puedo evitar detenerme. «Ocúpense en su salvación con temor y temblor». Confieso que muchas veces las he leído rápido, como si fueran una más entre tantas exhortaciones.
Pero cada vez que las medito con calma, entiendo que Pablo no está hablando de carga, sino de amor. Está recordándome que la salvación no es algo que debo sostener, sino algo que debo honrar.
La santificación no es el precio que pagamos por nuestra salvación, sino la prueba de que ya fuimos redimidos por Cristo
Yo también me canso, me distraigo, me enredo en mis propias luchas. Sin embargo, cuando miro atrás, me doy cuenta de que en medio de todo Dios ha seguido obrando. Aun cuando no lo siento, Él sigue moldeando mis afectos, corrigiendo mi orgullo, levantándome del pecado, enseñándome a depender menos de mí y más de Él.
Por eso entiendo que este llamado no es una exigencia vacía. Es una invitación de gracia. Es como si Pablo dijera: «Recuerda quién te salvó, recuerda cuánto costó y vive a la altura de ese amor».
Cuando pienso en eso, me da temor… pero no miedo. Temor porque sé que estoy tratando con el Dios santo, el mismo que me buscó cuando yo no lo buscaba. Temblor porque me asombra Su paciencia, Su misericordia y Su fidelidad conmigo.
Entonces me doy cuenta: «ocuparse en la salvación» no es hacer más cosas, es ser y caminar más consciente de lo que Dios está haciendo. Es obedecer por amor, servir por gratitud, perseverar porque Su Espíritu no permite que me rinda.
Sé que esta vida no es fácil. Obedecer cuesta, perdonar duele, esperar cansa. Pero si algo he aprendido, es que Dios nunca deja inconclusa una obra que comenzó con Su gracia. Él me salvó, Él me está santificando y Él mismo me llevará hasta el final.
Así que hoy quiero vivir mi salvación con temor y temblor. No porque dude de mi futuro, sino porque me asombra la gracia que me sostiene en el presente. Quiero que mi vida tenga el peso del evangelio: que se note en cómo hablo, en cómo amo, en cómo espero. Mientras tanto, seguiré caminando. Con gozo, con dependencia, con esperanza. Porque sé que el Cristo que comenzó Su obra en mí y en ti, no se detendrá… hasta terminarla.
Estas verdades también son para ti. Así que, ocupémonos en nuestra salvación con temor y temblor.
Jorge Rivera
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/significado-frase-ocupense-salvacion-filipenses-dos/
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