
Valencia es una ciudad que se cuela sin avisar. Llegué pensando quedarme un fin de semana, disfrutar de su luz mágica y volver a la vida que llevaba entonces. Pero nada sale como estaba previsto y, sin querer —pero queriendo—, Valencia se convirtió en hogar. En el lugar en el que me gusta quién soy. El que me hace sonreír y hasta bailar cuando lo recorro.
Acostumbrada a lugares grandes y a ritmos intensos, pensar en establecerme en una ciudad más pequeña me pareció, al inicio, casi imposible. Sin embargo, aquí el tiempo se acomoda distinto. Valencia baja el volumen sin apagar la vida. Hoy, además, suma una energía cosmopolita que se nota en las calles, en las mesas compartidas, en los idiomas que se cruzan, en la oferta cultural de sus esquinas, sin perder su esencia mediterránea.
Calatrava: el dios de las curvas
Pensar en Valencia es pensar en la Ciudad de las Artes y las Ciencias, diseñada por Santiago Calatrava. Un espacio que me sigue transportando a otro mundo cada vez que lo visito: curvas imposibles, reflejos que cambian con la luz, ángulos que no se terminan de entender.
Es arquitectura moderna, centro cultural, espacio de paseo e incluso de conciertos gratuitos de los alumnos de la prestigiosa escuela de música de Berklee. Recorrer el Jardín del Túria al atardecer, cuando el cielo se vuelve rojizo, y desembocar en este complejo es uno de los grandes privilegios que Valencia nos regala.
El centro histórico o Ciutat Vella

Varios barrios componen el centro histórico, como El Mercat, La Seú y mi favorito, El Carmen. Un laberinto de calles llenas de historia, terrazas, comercios tradicionales, arte urbano y museos como el Centre del Carme Cultura Contemporánia (CCCC), un antiguo convento que hoy es uno de los espacios culturales más vivos de Valencia, enmarcan el recorrido. Perderse aquí sigue siendo una de las mejores formas de entender Valencia.
Caminar sin rumbo, sin necesidad de llegar a ningún sitio concreto, es parte del encanto. Ir descubriendo los nuevos locales cargados de ingenio y propuestas frescas que acompañan las vitrinas “de siempre” con sus habituales sonrisas y recomendaciones, es un completo disfrute. Aquí, como suele pasar, el camino importa más que el destino.
Mercado Central

Mis sábados siguen teniendo un punto fijo: el Mercado Central. Mariscos frescos, frutas y verduras de la huerta, especias, vinos y productos de todo tipo conviven en uno de los espacios más vivos de la ciudad.
La arquitectura modernista —hierro, azulejos, vidrieras— envuelve el paso. Los quesos, los jamones y el producto local convierten cada visita en una celebración sencilla. Hoy, además, esta relación con la comida se refuerza: Valencia mira cada vez más al origen, al producto, a la mesa compartida.
Jardín del Túria

El Jardín del Túria merece siempre un capítulo propio. Diez kilómetros del antiguo cauce del río transformados en un espacio público que atraviesa la ciudad y la ordena.
Aquí se corre, se pasea, se juega, se descansa, se baila y se enamora. Dieciocho puentes cargados de historia, naranjos, pinos, fuentes, rosales y zonas deportivas acompañan el recorrido. Entre eventos culturales y ferias, el arte y la cultura no se visitan: forman parte del trayecto. Mi rutina pasa por aquí y no deja de cautivarme.
Tradición que se vive

En Valencia la tradición no se guarda. Se vive. Todo el año hay fiestas populares, celebraciones de barrio y rituales que forman parte de la vida diaria. Cada barrio tiene su carácter, su identidad y su forma de celebrar.
En marzo, la ciudad se transforma con Las Fallas. El fuego, la pólvora, el arte efímero y la música toman el espacio público. No es solo una fiesta: es una manera de entender la cultura, participativa y orgullosa. Quiero hacer una mención especial al calor de los valencianos. Llevo cuatro años viviendo en esta ciudad y no me canso de resaltar la generosidad de espíritu que tiene este pueblo. Su gente es, sin dudas, uno de los principales atractivos y poder celebrar con ellos sus fiestas es un honor.
Gastronomía, vino y vida social

Valencia mantiene su esencia mediterránea, pero hoy suma una escena gastronómica más diversa y cosmopolita. Restaurantes de cocina local conviven con propuestas internacionales bien ejecutadas, haciendo que en esta ciudad se coma bien sin artificios y sin necesidad de grandes presupuestos.
La huerta marca el ritmo y el vino acompaña. Los vinos de la zona, especialmente los elaborados con la cepa bobal, hablan de territorio, de carácter, tradición y de una forma honesta de hacer las cosas.
Las tardes se alargan sin esfuerzo. El Mercado Colón, Ruzafa o las terrazas de Conde de Altea funcionan como puntos de encuentro naturales. Los tardeos, obviamente, están a la orden del día.
El mar y los barrios marítimos

Valencia vive de cara al mar. Terminar el día en la playa, incluso entrada la noche, sigue siendo uno de los grandes lujos. A pocos minutos del centro, el Mediterráneo equilibra los días más calurosos y les da sentido.
La relación con el mar se amplía hacia la Costa Blanca, pero también se vive muy cerca, en lugares como La Patacona, que se ha convertido en una extensión natural de la ciudad.
Y si hablamos de barrios marítimos, El Cabanyal tiene un aire distinto. Casas con historia, vida de barrio, mar y calma. Aquí el tiempo se acomoda a otro ritmo, más relajado, más auténtico.
Valencia no intenta deslumbrar. Prefiere vivirse. Y quizá por eso, cuando te das cuenta, ya te ha hecho un lugar.
Por: Andrea Chaman Caballero
Infotur Latam
Fuente de esta noticia: https://infoturlatam.com/valencia-una-ciudad-para-vivir/
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