
Imagen Cancillería de Colombia
La ciudad de Bogotá se convirtió en el epicentro de una advertencia histórica y de una convocatoria urgente. En el Palacio de San Carlos, símbolo de la diplomacia latinoamericana y espacio cargado de memoria política, se inauguró la Conferencia de Emergencia “Nuestra América”, un encuentro que no respondió a formalidades protocolares ni a gestos diplomáticos rutinarios, sino a la conciencia compartida de que el continente atraviesa una coyuntura crítica. Así lo expresó con claridad David Adler, co-coordinador de la Internacional Progresista, al abrir una jornada marcada por el llamado a la acción colectiva frente a una amenaza que, según advirtió, compromete el derecho mismo de los pueblos a decidir su destino.
Adler habló de una crisis existencial de la autodeterminación en las Américas, alimentada por el resurgimiento explícito de una lógica de dominación que evocó como una versión contemporánea de la Doctrina Monroe, hoy reciclada bajo nuevas formas de presión y control. Una doctrina que, afirmó, pretende reinstalar la idea del continente como esfera de influencia exclusiva, sustituyendo el diálogo por la coerción financiera, normalizando las sanciones que castigan a poblaciones enteras y reinstalando la intervención política y militar como instrumentos legítimos de disciplinamiento. En ese contexto, advirtió, la erosión de la soberanía en un solo país debilita a todos, porque la autodeterminación no es divisible ni negociable.
Desde esa misma casa, recordó, Simón Bolívar comprendió con lucidez que ninguna república podía sostener su libertad en soledad y que la independencia solo podía preservarse mediante la unión. No se trataba de una aspiración romántica, sino de una necesidad histórica. “La unidad de nuestros pueblos no es simple quimera de los hombres, sino inexorable decreto del destino”, evocó Adler, subrayando la vigencia de una idea que atraviesa generaciones. Décadas más tarde, José Martí profundizó esa misma convicción al formular el concepto de Nuestra América, una visión que no solo nombró al continente desde sí mismo, sino que lo pensó como proyecto político compartido. “¿A dónde va la América? ¿Y quién la juntará?”, se preguntaba Martí, convencido de que solo unida podría levantarse, luchar y vencer.
A esa tradición de pensamiento se suman también las palabras y el legado de Camilo Torres, cuya concepción de la unidad popular y de un frente auténticamente antiimperialista fue recordada como parte de una herencia viva, no como una referencia museística. Para Adler, estas ideas no pertenecen únicamente al pasado: son orientaciones prácticas para el momento actual. Nuestra América, sostuvo, no es una consigna ni una metáfora vacía, sino un desafío político concreto que exige cooperación real, coordinación institucional y solidaridad efectiva entre los pueblos.
En ese espíritu, el co-coordinador de la Internacional Progresista expresó su agradecimiento al presidente de Colombia, Gustavo Petro Urrego, y a la Canciller, Rosa Yolanda Villavicencio, destacando su liderazgo y valentía al abrir las puertas del Palacio de San Carlos a un encuentro que calificó de histórico y necesario. Que Bogotá, en el corazón del proyecto bolivariano, sea sede de esta conferencia no es un gesto menor: es una decisión de profundo significado político. Colombia, subrayó, no solo recibe a las delegaciones, sino que invita a pensar y a actuar como región.
La magnitud de la convocatoria reforzó ese mensaje. En apenas dos semanas, más de cien delegados y delegadas de más de veinte países respondieron al llamado, provenientes de Cuba, Venezuela, México, Brasil, Estados Unidos, Ecuador, Uruguay, Honduras, Puerto Rico, Chile, Panamá, así como de España y Francia, entre otros. En la sala se reconocieron figuras de distintos niveles institucionales y trayectorias políticas, desde representantes parlamentarios y autoridades gubernamentales hasta referentes sociales y municipales. Para Adler, el solo hecho de reunirse en un contexto global marcado por la fragmentación ya constituye una afirmación política: cuando la división es la estrategia de quienes buscan dominar, la unidad se convierte en un acto de resistencia.
En un pasaje personal y significativo, Adler habló desde su condición de ciudadano estadounidense. Reconoció con franqueza la responsabilidad histórica y contemporánea de sectores de su país en las agresiones que hoy sufren los pueblos del continente, pero también señaló que dentro de la sociedad estadounidense crece un movimiento que rechaza esa lógica de dominación y apuesta por relaciones basadas en el respeto, la igualdad y la cooperación. “No venimos a dirigir”, afirmó, “sino a escuchar, aprender y sumar nuestra solidaridad desde el norte a las luchas de los pueblos de este continente”.
La lección histórica, insistió, es contundente: ningún país puede resistir en soledad el peso combinado de sanciones, bloqueos, presiones financieras y amenazas militares. El aislamiento multiplica la vulnerabilidad; la coordinación fortalece. La cooperación, lejos de diluir la soberanía, es su condición de posibilidad. Los mecanismos tradicionales han demostrado límites evidentes para defender estos principios, y por eso este encuentro adquiere una relevancia singular.
La Conferencia de Emergencia “Nuestra América” se abre así como un espacio destinado no solo al diagnóstico, sino a la construcción. Un punto de partida para articular respuestas comunes en un momento en que la historia vuelve a exigir definiciones colectivas. En Bogotá, la región volvió a mirarse a sí misma, consciente de que el destino de cada pueblo está indisolublemente ligado al destino de todos.
