
El sur de Chile arde. No como metáfora, sino de manera literal. El presidente Gabriel Boric declaró el «estado de catástrofe» en dos regiones del sur del país. Bosques consumidos, comunidades evacuadas, más de trescientas casas reducidas a cenizas, familias que han perdido todo en cuestión de horas y veinte víctimas fatales.
Entre los damnificados están hermanos y hermanas en la fe. El domingo pasado cantaban a Dios en sus congregaciones locales y hoy miran el suelo ennegrecido donde antes estaba su hogar.
En medio de este escenario, surge una pregunta inevitable, honesta y profundamente humana: ¿Dónde está Dios cuando todo se quema?
¿Dónde está Dios?
No es una pregunta nueva. Tampoco es una pregunta incrédula. Es la pregunta del salmista, del profeta, del justo que sufre (Sal 13; Hab 1; Job 10). Es la pregunta que brota cuando el dolor no da espacio a discursos rápidos ni a respuestas prefabricadas.
La tentación frente a tragedias como esta es ofrecer explicaciones y respuestas rápidas: «Dios tiene el control», «Todo pasa por algo», «De esto saldrá algo mejor». Aunque estas frases contienen verdades bíblicas, mal usadas pueden convertirse en una forma piadosa de evasión. El sufrimiento real no necesita frases pulidas, sino compañía, llorar con el que sufre y verdades dichas con amor.
La Escritura no nos enseña a negar el dolor ni a espiritualizarlo apresuradamente. Al contrario, nos muestra a un Dios que escucha el clamor, que recoge las lágrimas y que no se avergüenza del lamento de Su pueblo. Los Salmos están llenos de preguntas profundas sin respuestas inmediatas. El libro de Job nos confronta con el misterio del sufrimiento. Y Jesús mismo lloró frente a la tumba de Su amigo Lázaro, aun sabiendo que lo resucitaría.
De hecho, el mensaje del evangelio no comienza diciendo «todo está bien», sino reconociendo que el mundo está quebrado por el pecado. Pero el mensaje del evangelio no termina allí…
En un mundo caído, Dios está presente.
La Biblia es clara en afirmar que Dios no se deleita en la destrucción ni es el autor del mal moral (Ez 33:1; Stg 1:13). La creación gime a causa del pecado (Ro 8:20-22) y fenómenos como los incendios nos recuerdan que vivimos en un mundo afectado por la caída. Sin embargo, afirmar esto último no significa decir que Dios esté lejos, indiferente o derrotado frente a la tragedia de este mundo.
El testimonio bíblico sostiene dos verdades que debemos mantener juntas: Dios es soberano y Dios es bueno y compasivo. Separar estas verdades nos lleva a cometer errores graves. Si enfatizamos solo la soberanía sin la bondad, caemos en un determinismo insensible. Si hablamos solo de la bondad divina sin soberanía, terminamos con un Dios bien intencionado pero impotente e incapaz.
La Escritura nos muestra a un Dios que obra incluso en medio del caos, no siempre explicando el por qué de las cosas malas que suceden, pero sí revelando el para qué. Él quiere conformar a Su pueblo a la imagen de Cristo, purificar la fe y manifestar Su gloria de maneras que no podríamos ver de otro modo (Ro 8:29; 9:17).
En medio de las cenizas, Dios está presente.
Una de las verdades más consoladoras del evangelio es que Dios no nos salva desde lejos. En Cristo, Dios entra en nuestro sufrimiento. El Hijo eterno conoce el dolor, la injusticia, la pérdida y la muerte. La cruz no es una respuesta teórica al sufrimiento humano; es Dios mismo cargando el dolor en Sus hombros.
Cuando una familia cristiana pierde su casa, cuando una iglesia local llora a uno de los suyos, Dios no observa desde la distancia. Él está cerca de Sus hijos que tienen el corazón quebrantado; Él sostiene al que ya no tiene fuerzas para orar; Él permanece cuando las palabras se acaban.
Decir que Dios está presente no elimina mágicamente el dolor, pero es una verdad que nos da un suelo firme donde postrarnos y elevar nuestro lamento. No estamos solos entre las cenizas y las ruinas.
A través de Su iglesia, Dios está presente.
En momentos como estos, la pregunta «¿Dónde está Dios?» también se responde mirando hacia Su pueblo. Él trabaja a través de medios, y uno de los principales es Su iglesia. Cuando los creyentes oran, acompañan, ayudan, dan, hospedan y lloran con los que lloran, Dios mismo está actuando a través de ellos.
Este no es el tiempo para el espectáculo espiritual ni para usar la tragedia como plataforma. Es tiempo del servicio silencioso, de la generosidad concreta, del amor perseverante. Santiago nos recuerda que una fe viva se expresa en obras de misericordia reales (Stg 2:15-16). El sufrimiento del prójimo no es una ilustración para un sermón, sino un llamado para encarnar el amor de Cristo.
Hablar de esperanza cristiana no significa minimizar la pérdida. La esperanza bíblica convive con el dolor. Pablo dice que lloramos, pero no como quienes no tienen esperanza (1 Ts 4:13). Eso implica que sí lloramos, y mucho, pero a la luz de nuestro Señor.
Nuestra esperanza no está en la reconstrucción material, aunque anhelamos y trabajamos por ella, sino en un reino inconmovible. Un día, Dios hará nuevas todas las cosas. No habrá más muerte, ni llanto, ni dolor. Las llamas no tendrán la última palabra.
Mientras tanto, caminamos por fe, no por vista. A veces con fuerzas, otras veces apenas sostenidos por la gracia. Y aun así, Dios sigue siendo fiel.
Para quienes sufren
Si estás leyendo esto y el fuego ha tocado tu vida de manera directa, quiero decirte algo con profundo respeto: Dios no te ha abandonado. No estás siendo castigado ni olvidado. El Señor ve, conoce y acompaña tu dolor. Puedes clamar, preguntar, llorar y aun guardar silencio delante de Él. Todo eso cabe en la fe cristiana.
La gloria de Dios no se manifiesta ignorando tu sufrimiento, sino sosteniéndote en medio del dolor.
Un llamado a la oración
Como iglesia, no podemos permanecer indiferentes. Ante una tragedia que supera nuestras fuerzas y comprensión, somos llamados a hacer lo que el pueblo de Dios siempre ha hecho en tiempos de aflicción: clamar al Señor.
Oremos por quienes han perdido a seres queridos, por las familias que hoy no tienen hogar, por los hermanos en la fe que caminan entre ruinas con el corazón quebrantado. Oremos por consuelo para los que lloran, por provisión para los necesitados y por fortaleza para las iglesias locales que están sirviendo en medio de la emergencia.
Cristian Fierro
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/incendios-sur-chile-2026/
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