
El mundo atraviesa una transformación profunda en su vínculo con el agua dulce. Ya no se trata de una crisis coyuntural, sino de una etapa poscrisis marcada por pérdidas irreversibles.
Este escenario obliga a replantear políticas públicas, modelos productivos y hábitos cotidianos, ya que muchos sistemas hídricos superaron su límite de recuperación.
Así, la noción de abundancia queda atrás y da paso a una realidad de escasez estructural que atraviesa continentes.
Regiones bajo mayor presión hídrica
Las señales más alarmantes se concentran en el Oriente Medio y el Norte de África, donde la sobreexplotación histórica redujo acuíferos y ríos. A esto se suma el sur de Asia, con una demanda creciente.
En paralelo, el suroeste de Estados Unidos enfrenta un estrés hídrico persistente. Allí, el río Colorado y sus embalses reflejan décadas de consumo por encima de su capacidad real.
Aunque no todos los países atraviesan la misma situación, la acumulación de sistemas críticos modifica el equilibrio global del agua.
Un planeta que pierde reservas esenciales
Desde la década de 1990, más de la mitad de los grandes lagos del mundo redujeron su volumen. Este fenómeno altera climas locales y afecta a millones de personas.
Al mismo tiempo, el uso intensivo de aguas subterráneas sostiene el consumo doméstico y el riego agrícola, pero acelera el agotamiento de acuíferos profundos. A esto se suma la desaparición de humedales, glaciares y ríos que ya no llegan al mar durante parte del año.
Cómo afecta esto al medio ambiente
La bancarrota hídrica impacta de forma directa en los ecosistemas. La pérdida de humedales reduce la biodiversidad y elimina barreras naturales frente a inundaciones y sequías.
Además, el retroceso de glaciares compromete reservas estratégicas de agua dulce y altera el caudal de ríos esenciales para la vida silvestre.
En consecuencia, la degradación hídrica acelera la desertificación, empobrece los suelos y rompe equilibrios ecológicos clave.

Consecuencias sociales y productivas
La escasez de agua ya afecta a miles de millones de personas al menos un mes al año. Esto tensiona sistemas sanitarios, energéticos y alimentarios.
Como la agricultura concentra la mayor parte del uso de agua dulce, cualquier alteración repercute en los precios y en la seguridad alimentaria global.
De este modo, la falta de agua se convierte en un factor de desigualdad, migraciones forzadas y conflictos territoriales.
Reconocer para reconstruir
Aceptar la bancarrota hídrica no implica resignación, sino un punto de partida. Reconocer los límites permite planificar una gestión más justa y sostenible.
Esto requiere cooperación internacional, protección de ecosistemas y decisiones políticas de largo plazo que prioricen el cuidado del agua.
Solo así será posible reconstruir la relación entre sociedad y naturaleza en un planeta donde el agua ya no es infinita.
Fuente de esta noticia: https://noticiasambientales.com/medio-ambiente/bancarrota-hidrica-global-segun-la-onu-el-planeta-enfrenta-una-situacion-de-la-que-podria-no-recuperarse/
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