
Alberto Volonté reivindicó el nacionalismo, la autodeterminación de los pueblos y la hermandad latinoamericana de una manera que nadie desde el gobierno supo —ni quiso— hacerlo con respecto al ataque militar de Estados Unidos a Venezuela. No lo hizo desde el cálculo electoral ni desde la comodidad del cargo, sino desde la convicción profunda de quien entiende que la política es, antes que nada, un acto moral y cultural.
En tiempos donde el nacionalismo suele ser deformado y reducido a consignas vacías o utilizado como excusa para el aislamiento, Volonté lo defendió como una afirmación de dignidad. Para él, el nacionalismo no era exclusión ni chauvinismo, sino conciencia histórica: la certeza de que un pueblo solo puede ser libre si decide su propio destino, sin tutelajes externos ni obediencias automáticas a intereses ajenos.
La autodeterminación de los pueblos fue uno de los ejes centrales de su pensamiento para dar forma a como Uruguay debe tomar el tema del ataque militar de Estados Unidos a Venezuela y secuestro de Maduro y Flores.
Volonté entiende que América Latina no puede seguir siendo un territorio de experimentación política y económica dictada desde afuera. Denunció con claridad las nuevas formas de dependencia, más sutiles pero igual de dañinas, que se esconden detrás de discursos técnicos, acuerdos desiguales y promesas de modernización que nunca llegan a las mayorías.
Pero si hubo una idea que atravesó su palabra con especial fuerza fue la de la hermandad latinoamericana. No como una abstracción romántica, sino como una necesidad histórica. Volonté comprende que ningún país de la región puede salvarse solo, que la fragmentación es la mayor victoria de quienes se benefician de nuestra debilidad. Frente a gobiernos que hablan de integración solo en cumbres y documentos, él habló de solidaridad concreta, de destino común, de una identidad compartida forjada en luchas similares.
Mientras muchos funcionarios repiten discursos redactados por asesores y vaciados de contenido, Volonté habló con una voz propia, incómoda para el poder y clara para el pueblo. Su palabra no buscó agradar, sino despertar. No pretendió administrar el presente, sino interpelar el futuro.
Hoy, cuando el nacionalismo es tergiversado y la integración regional parece un recuerdo lejano, recuperar lo actuado desde el fondo de la historia de la diplomacia uruguaya de Alberto Volonté no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de responsabilidad. Porque hay palabras que el gobierno no supo decir, y hay verdades que solo pueden ser dichas desde la coherencia, la valentía y el compromiso con los pueblos de América Latina.
Juan Carlos Blanco Sommaruga
Fuente de esta noticia: https://grupormultimedio.com/alberto-volonte-y-la-palabra-que-el-poder-no-supo-decir-id182856/
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