
Brasil necesita asumirse como parte fundamental de su propia región natural: una región que habla, en su inmensa mayoría, el español (Foto: Imagen generada por inteligencia artificial/Google AI).
La aspiración de Brasil de alcanzar una posición sólida como potencia benéfica de alcance global en el siglo XXI es una realidad interiorizada por diversos agentes políticos, diplomáticos y económicos del país, y también conocida y reconocida por numerosos actores y gobiernos del resto del mundo. La coyuntura internacional, en la que se manifiestan fracturas y peligros importantes para la concordia y la paz mundial, refleja asimismo el periodo histórico de ajuste en el que nos encontramos; un tiempo en el que se confronta una visión hegemonista de los Estados Unidos de América, como primera y única superpotencia global, con la voluntad de varias naciones de distintas regiones del planeta que desean consolidar un mundo multipolar más equilibrado y más representativo de las principales civilizaciones que componen la Humanidad.
De este modo, se observa la determinación de China en la consolidación de su presencia tecnológica y económica a escala global; la corriente coherente favorable a modificar los mecanismos de representatividad en el sistema de Naciones Unidas, especialmente en lo referente al Consejo de Seguridad; y también la articulación de marcos compuestos por grupos de naciones, como el G-20 o los BRICS —de los que Brasil forma parte— con la pretensión de contribuir a una globalización alternativa más justa.
Brasil tiene características y dimensiones extraordinarias, ampliamente conocidas, que lo identifican como un potencial actor de gran relevancia en el contexto que vive la comunidad internacional. Con 212 millones de habitantes, es el séptimo país más poblado del mundo, y sus ocho millones y medio de kilómetros cuadrados lo convierten en el quinto Estado más extenso del planeta. Su economía es la mayor de América del Sur y de América Latina, y es la undécima del mundo en términos de PIB nominal, además de ocupar el octavo puesto en paridad de poder adquisitivo. Brasil, sin desconocer los grandes desafíos que enfrenta en diversas áreas, es un país altamente industrializado, poseedor de inmensos recursos naturales —hídricos, minerales, marítimos o agroalimentarios—, todos fundamentales para consolidar su desarrollo presente y futuro. Esta gran nación cuenta con una identidad nacional clara, que supo fortalecerse históricamente, asegurando su unidad y su integridad territorial.
Pero todo eso no es suficiente. En el mundo globalizado y competitivo actual, esas dimensiones y características brasileñas son, de hecho, necesarias, pero en modo alguno suficientes para que Brasil pueda asumir plenamente el papel que le corresponde en el contexto internacional, y no solo pensando en su propio beneficio, sino en el de toda la comunidad internacional. Para que Brasil se convierta en ese actor global capaz de contribuir de forma decisiva a la construcción de un mundo más justo, próspero y equilibrado, antes que nada es preciso que se constituya como un líder regional y civilizacional, del mismo modo que lo son, en sus respectivos ámbitos y espacios, otros miembros del G-20 o de los BRICS.
En ese sentido, Brasil podría afirmarse como líder de su propia subregión natural, América del Sur, y de una región más amplia que integre al conjunto de América Latina. Pues solo a partir de la credibilidad, el prestigio y la representatividad que esa posición le conferiría, Brasil podría hacer valer, en el plano internacional, su legítima aspiración de alcanzar una posición sólida como potencia benéfica de alcance global en el siglo XXI —incluyendo, para ser claros, todo lo que respecta a la reconfiguración del Sistema de Naciones Unidas, entre muchas otras cuestiones.
Pero, para ello, Brasil necesita asumirse como parte fundamental de su propia región natural: una región que habla, en su inmensa mayoría, el español; un idioma que, a su vez, es muy semejante a la lengua portuguesa hablada en Brasil. Con esa conciencia, que se concretaría mediante la implementación de medidas sencillas de enseñanza-aprendizaje, los numerosos países hispanohablantes de América del Sur, de América Central y del Caribe entenderían y reconocerían de manera natural —con independencia de las divergencias políticas de cada momento— el liderazgo regional de Brasil. De lo contrario, eso realmente no sería posible.
Además, como se ha mencionado, Brasil tiene en sus manos la posibilidad y la oportunidad estratégica de convertirse en un espacio de convergencia central de un mundo mucho más amplio, de una verdadera civilización presente en todos los continentes: el llamado “Mundo Ibérico” o la “iberofonía”, con presencia no solo en las Américas, sino también en Europa, África y Asia. Nos referimos al gran espacio intercontinental de las lenguas española y portuguesa, sin excepciones geográficas, que reúne cerca de treinta naciones y casi 900 millones de personas: una décima parte de la población mundial y una quinta parte de la superficie del planeta. El español y el portugués son, de hecho, las únicas grandes lenguas internacionales recíprocamente comprensibles, en líneas generales, lo que convierte al espacio panibérico o de la iberofonía en el mayor bloque lingüístico del mundo.
Brasil es, por tanto, la convergencia natural entre la América hispánica y el África de lengua portuguesa; y, en consecuencia, el punto central de todo el Mundo Ibérico, incluyendo incluso a las europeas España y Portugal. Como dijo el siempre recordado sociólogo brasileño Gilberto Freyre: “Brasil es una nación doblemente hispánica (ibérica), por su formación portuguesa y española”. Es algo que debe ser explorado.
En este sentido, en la política brasileña se ha observado un cierto paradojo. En general, los gobiernos históricamente más nacionalistas, a menudo conservadores, limitaron tradicionalmente el conocimiento del castellano y, en consecuencia, la propia proyección regional y global del país. Por otra parte, otras fuerzas políticas han tendido a ser más propensas a la integración sudamericana y latinoamericana, como determina la propia Constitución nacional, y a la adopción del español, buscando así una mayor visibilidad e influencia de Brasil en el mundo.
En ese contexto, conviene recordar el episodio ocurrido hace poco más de un año, que impactó negativamente en diversos segmentos educativos y diplomáticos de Brasil, de la mayor parte de los países hispanoamericanos y de España: la embajada de la República Francesa en Brasilia, con el apoyo de las embajadas de Italia y Alemania, maniobró políticamente para evitar que el idioma español fuese declarado por el Parlamento brasileño lengua de enseñanza obligatoria en las escuelas del país. Ante esa declarada injerencia en la política interna brasileña por parte de actores no americanos, es preciso reiterar siempre la premisa de que cualquier decisión sobre la política interna o externa de Brasil es una prerrogativa soberana exclusiva de la nación brasileña.
En cuanto a la implementación de sistemas de enseñanza-aprendizaje del español en Brasil y en los demás países lusófonos y recíprocamente del portugués en las naciones hispanohablantes—, podemos, sin duda, considerar la experiencia de instituciones como la Fundación Universitaria Iberoamericana (FUNIBER), la primera plataforma educativa presente en todas las naciones iberófonas de América, Europa y África, orientada al conocimiento mutuo de nuestros grandes idiomas desde la perspectiva de la intercomprensión natural.
El desempeño, en ese sentido, de la Universidad Internacional de Cuanza (UNIC), en Angola —la primera universidad iberófona e iberoamericana de África—, o los logros de la Universidad Europea del Atlántico, en España —ambas de la Red FUNIBER—, lo confirman.
En suma, está en nuestras manos articular un gran espacio iberófono de carácter intercontinental, en el que Brasil ocupará un lugar especial. Una oportunidad estratégica que deriva de una posición singular, legado en gran parte de la historia y de la geografía, pero que requiere decisión geopolítica y que permitirá al mayor país de lengua ibérica del mundo alcanzar sus objetivos en beneficio de todas las naciones hermanas y del resto de la comunidad internacional.
Dr. Santos Gracia Villar, presidente de la Fundación Universitaria Iberoamericana (FUNIBER); Dr. Oldemar Nólio, presidente de la Universidad Internacional de Cuanza (UNIC); Dr. Frigdiano Álvaro Durántez Prados, director de la Cátedra FUNIBER de Estudios Iberoamericanos y de la Iberofonía; Dr. Gean Marques Loureiro, alcalde de Florianópolis (SC) de 2017 a 2022.
Por Dr. Santos Gracia Villar; Dr. Oldemar Nólio; Dr. Frigdiano Álvaro Durántez Prados; Dr. Gean Marques Loureiro
